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Hechos

¿Dónde cayó el Cuatro Vientos?

¿Dónde cayó el Cuatro Vientos?

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

No pensaba que dedicaría la página de hoy a los pilotos Mariano Barberán y Joaquín Collar, desaparecidos en su vuelo La Habana-Ciudad de México, en 1933, sobre los que hablé la semana anterior, pero las numerosas opiniones recibidas me obligan a volver sobre el tema. Como se recordará, ellos fueron, en junio de ese año,  los protagonistas del histórico vuelo Sevilla-Camagüey, hasta entonces la distancia más larga cubierta sin escala por una aeronave. A bordo del Cuatro Vientos, un avión de hélice de madera, Barberán y Collar demoraron 39 horas y 55 minutos en reducir la distancia que media entre una ciudad y la otra.

El lector Manuel Rodríguez me reprocha amigablemente que aludiera al monumento que a los valerosos pilotos existe en Camagüey y no mencionara el que se erigía en el hospital Diez de Octubre (antigua Quinta de Dependientes) para perpetuar su hazaña y que se demolió en los años 60 para  levantar en su lugar otro en homenaje a la gesta del cosmonauta Yuri Gagarin. Yo recordaba perfectamente ese monumento y sobre él hablé en esta misma página, el 17 de marzo del 2002. De todas formas, el doctor Ismael Pérez, profesor de la Facultad de Medicina de esa casa de salud me hizo llegar la foto del monumento original: una sencilla columna, con los rostros de Barberán y Collar esculpidos al relieve, que es coronada por un avión que se entierra de cabeza en ella. El monumento de Camagüey, refiere el lector Sandor González, y es algo que desconocía, marca el kilómetro cero de la Carretera Central en dicho territorio. 

El doctor Ismael Pérez  pregunta el nombre de la amante del dictador Gerardo Machado con la que supuestamente tuvo, en La Habana,  relaciones íntimas el teniente Collar. Nada puedo decir al respecto. Y mucho menos asegurar que Machado, enterado de la infidelidad, en caso de que fuera cierta,  ordenara sabotear el avión de los españoles en el campo militar de Columbia. El asunto, y así lo dije explícitamente el domingo anterior,  no pasa de ser un rumor que circuló en México en los días de la desaparición del Cuatro Vientos, cuando se dijo  indistintamente que la tragedia obedeció a la bomba que el mandatario cubano mandó  colocar en el aparato o al bórax  que ordenó echar en el tanque principal de combustible. No digo que no fuera capaz de algo semejante. Era larga su mano para el crimen, bien se sabía en México, y el tema de sus amantes era, en su tiempo, público y notorio.   Pero en este caso no debió tener motivos porque me parece poco probable que una querida suya se atreviera a tanto con un piloto extranjero cuyos días cubanos transcurrieron a la expectativa pública, y que, dado los múltiples compromisos que debió cumplir, apenas pudo haber disfrutado de momentos de intimidad. Sin contar que desde su llegada a La Habana, tanto Collar como el capitán Barberán, tuvieron a su servicio edecanes militares que no les perdieron pie ni pisada.

El asunto más grave que exponen los lectores en sus mensajes es el tema de la desaparición del Cuatro Vientos. ¿Cayó al mar, como afirma el informe oficial sobre la tragedia o, por el contrario, se precipitó a tierra y sus pilotos, que sobrevivieron al accidente, fueron asesinados?  Los periodistas españoles Alfonso Domingo y Jorge Fernández-Coppel, en su libro El vuelo del Cuatro Vientos; epopeya y tragedia de Barberán y Collar, que comenté la semana pasada, están convencidos de su caída al mar. Otros, como el periodista mexicano Jesús Salcedo, se atienen a la otra versión. Sobre ella también escribí en la ya aludida página del 17 de marzo del 2002.

“AH, EL AVIÓN, EL AVIÓN”

La versión del asesinato de los aviadores cobró cuerpo a partir de 1941. En esa fecha, la revista mexicana Hoy recibía una carta que hablaba sobre la caída del aparato en la Sierra Mazateca, entre los estados de Puebla, Oaxaca y Veracruz. Y allá fue un equipo de periodistas, encabezado por el después notable escritor Edmundo Valadés, que después de treinta días de búsqueda aseguró haber encontrado el Cuatro Vientos. Conversaron los periodistas con residentes en la zona que les confirmaron los hechos. Barberán salió del accidente con las piernas fracturadas y Collar, ileso, buscó ayuda. El fajo de dólares que mostró a un individuo, excitó la codicia de este que, en complicidad con otros lugareños, decidió matarlos para apropiarse del dinero. Lo hicieron a traición y a tiros de escopeta. Valadés menciona los nombres de los culpables, pero no aporta fotos ni prueba material alguna  acerca del suceso ni de los restos  del avión. En 1947 se llevó a cabo otra expedición a la zona. Encontraron entonces un par de auriculares, un cinturón de seguridad y un altímetro, pero ninguno de esos objetos pertenecía al Cuatro Vientos. El periodista Jacobo Zabludowsky, en 1973, hizo otra búsqueda, y en 1982 Jesús Salcedo comenzó sus investigaciones. Logró localizar entonces al presunto asesino. Pero el hombre, dicen Domingo y Fernández-Coppel, no hablaba español y tampoco lo entendía bien. En su entrevista se limitó a asentir a cuanto Salcedo le preguntaba y murmuró en una frase casi ininteligible: “Ah, el avión, el avión”.

            Como se decía que el Cuatro Vientos, picado a hachazos, fue escondido en una cueva del Cerro de la Guacamaya, en la Sierra Mazateca, Salcedo empleó años y muchos recursos en hallarlo. La suerte pareció sonreírle en 1995. En la falda del Cerro de los Gachupines, en una cueva separada del abismo por unos cinco metros de volado, a mil metros de altura sobre el nivel del mar y a unos 700 del fondo del precipicio, creyó haber hallado  el Cuatro Vientos.

            Al respecto dijo Salcedo a la revista española Cambio 16: “Lo primero que vimos fue la tierra quemada y restos inequívocos de que allí se había producido un incendio. Al entrar distinguí en una de las paredes algo que parecía una línea de metal fundido en la roca. ¿Por qué habría metal allí? Escéptico como soy, después de tantos fracasos, el corazón  comenzó a latirme con fuerza. Sacamos la vegetación, despejamos la entrada y comenzamos a cavar… Logramos sacar las primeras piedras con metal fundido, algunas de las cuales semejaban perfectamente piezas de avión (restos de hélice, remaches) y en otras se distinguían claramente los colores amarillo y gualda, como estaba pintado el Cuatro Vientos: allí estaba”.  

            Pero no. Apuntan Domingo y Fernández Coppel en su libro El vuelo del Cuatro Vientos, que los restos aportados por Salcedo fueron analizados en España por expertos del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial. El dictamen de los peritos arrojó un saldo negativo: “Los presuntos restos del Cuatro Vientos no son asimilables, por su apariencia, a ningún tipo de pieza procedente de una aeronave… Existe una gran probabilidad de que los restos sean de origen volcánico por lo que es imposible dar credibilidad al supuesto descubrimiento”.

PERO ¿QUÉ AVIÓN?

No hay duda, escriben Domingo y Fernández Coppel, que la Sierra Mazateca encierra un misterio. O mejor, un avión. Dada la cantidad de noticias, reportajes, programas televisivos, comentarios de expertos y profanos, se arriba a la conclusión de que hay un avión encerrado en la región. Apuntan investigadores de la Asociación Mexicana de Cultura e Historia Aeronáutica: “Por un lado la gente de la zona tiene miedo a hablar del avión, el Cuatro Vientos está en la Sierra Mazateca y todos los expedicionarios han visto presumiblemente partes del aparato. Todos ellos, desde lugareños de La Guacamaya, periodistas, hasta autoridades judiciales y militares, han contribuido a que el misterio continúe ya que todos tenían prueba del hallazgo del avión, pero nadie ha aportado ninguna prueba material”. Añade el presidente de dicha Asociación: “En ese misterio, indudablemente, está de por medio un avión, pero ¿qué avión?”

            Se imponía una investigación histórica. La acometió la Asociación Mexicana de Cultura e Historia Aeronáutica.  Entre 1933, fecha de la desaparición del Cuatro Vientos, y 1941, cuando se habla por primera vez de la aparición de una aeronave en la Sierra Mazateca, existe un clima convulso en toda el área centroamericana e incluso en Venezuela y Colombia. Hay dictaduras y golpes de Estado en la región y grandes problemas sociales que se derivan de los gobiernos militares impuestos por EE UU. Guerras civiles e intervenciones militares estadounidenses.  México mismo sufre los vestigios de la Guerra Cristera, sofocada en su totalidad por el general Cárdenas en 1939. En esa situación, el tráfico de armas entre EE UU y Centroamérica era cosa rutinaria. Aseveran los investigadores:

            “Creemos firmemente, la comisión encargada del misterio de La Guacamaya, miembros de la Asociación Mexicana de Cultura e Historia Aeronáutica, que en La Guacamaya efectivamente existe un avión, pero no es el Cuatro Vientos. El avión accidentado es uno de los tantos aviones que volaban de la frontera norte de México hacia territorio tanto nacional como centroamericano y viceversa, transportando armas y el pago por esas armas. Ahora sí las narraciones de Edmundo Valadés en su expedición de 1941 toman un carácter de credibilidad, no en las fechas de la narración, sino en el periodo de 1933 a 1941 ya que en la sierra el tiempo pierde su carácter de exactitud”.

            Precisan esos investigadores que los habitantes de esa zona basaban su poder en la tenencia de armas y dinero. De ahí que les parezca explicable la muerte de los pilotos para apropiarse de lo que transportaban. Es lógico y normal que se quiera allí mantener en secreto ambos delitos. Lo que para ellos resulta inexplicable es que las autoridades civiles y militares mexicanas se hayan prestando para que el misterio continúe. Dice el presidente de la Asociación mencionada: “Ahí está el verdadero misterio de La Guacamaya, ya que el avión accidentado, como sucede en la actualidad con los vuelos clandestinos del narcotráfico, puede ser uno de tantos. ¿Por qué se ocultó ese hecho? Quizás porque no era bueno para las relaciones con EE UU y debía ser silenciado. Si fue así, lo del Cuatro Vientos era la tapadera perfecta. No había relaciones con España y nadie iba a investigar seriamente el asunto”.

ENTONCES…

 

¿Dónde cayó el avión de Barberán y Collar y cuál fue el motivo de la tragedia?   El accidente ocurrió sobre el mar, en medio de una fuerte tormenta,  en un sitio próximo a la localidad de Frontera en el tramo previsto hacia Veracruz.  ¿Se desencoló la hélice de madera? ¿Falló el motor? ¿Alcanzó una descarga eléctrica a la aeronave?  ¿Puede atribuirse al desfase horario y al cansancio y  estrés de los pilotos?  Nada de eso parece ser cierto, aunque las condiciones sicofísicas pueden haber influido.  El Cuatro Vientos tenía limitaciones de diseño. La cabina de cristal se concibió para que los pilotos se guiaran por las estrellas, no para que miraran hacia delante. La visibilidad de Barberán, que ocupaba el asiento posterior, era prácticamente nula, y, dado lo pequeño de los parabrisas, muy escasa la de Collar desde el asiento anterior. La lluvia intensa redujo a cero la visibilidad de los pilotos y el Cuatro Vientos chocó contra el mar. El salvavidas que se encontró en una playa mexicana y que iba amarrado con doble lazo debajo de los asientos, puso en evidencia que al menos uno de los aviadores luchó inútilmente por salvar su vida.

           

  

 

  

Propietarios (I)

Propietarios (I)

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Llovía a cántaros desde la noche anterior y muchos pensaron que el estado del tiempo restaría brillo y público a la presentación de Los propietarios de Cuba; 1958, de Guillermo Jiménez. En definitiva, no se trataba de una novela de Daniel Chavarría ni de Leonardo Padura, nuestros escritores  con más éxito de venta, y el hecho de que la lluvia obligara a trasladar el espacio del “Sábado del Libro”  desde el portal, su escenario habitual, al salón de la planta alta del Palacio del Segundo Cabo, no causaba mayor preocupación en los funcionarios del Instituto Cubano del Libro, que pensaron que con veinte sillas habría más que suficiente para acomodar a los osados que en aquella mañana se atrevieran a desafiar el agua. Una hora después, y a punto ya de comenzar el acto, Iroel Sánchez, presidente del ICL, recordaba a la concurrencia que se hallaba en un edificio con más de tres siglos  de antigüedad y  pedía que se evitaran los movimientos innecesarios ante el riesgo de  desplome. El reclamo cayó en el vacío y, más que calmar los ánimos, solo consiguió exacerbarlos porque antes de que Sánchez lo confirmara aquellas seiscientas personas que desbordaban la sala y se escurrían por balcones exteriores y pasillos laterales, se habían percatado de que los libros no alcanzarían  para todos. Para la presentación de Los propietarios de Cuba; 1958, promocionada en los días previos con bombo y platillo por la prensa, no habría más de ciento cincuenta ejemplares disponibles, los últimos en existencia  pues el título había tenido ya una primera venta  en la última jornada de la más reciente feria del libro de La Habana.

            Presentaciones de libros famosas se registran en Cuba a lo largo de las décadas precedentes. En 1982 fue apoteósica la del primer volumen de En marcha con Fidel; 1959, del capitán Antonio Núñez Jiménez. Entonces el “Sábado del Libro” tenía lugar al comienzo de la calle Obispo, al costado de La Moderna Poesía, pero en ocasión de la del título aludido, los organizadores, ante la previsible avalancha de público, reubicaron el espacio en el Parque Central. Por esa misma época, años antes o años después, la puesta en venta de una reedición de Biografía de un cimarrón, obligó a su autor, Miguel Barnet, a firmar, con paciencia y resignación  de monje, los ejemplares  que durante cinco horas consecutivas estuvieron tendiéndole sus ávidos lectores.

Sonado fue asimismo  el lanzamiento de La neblina del ayer, la última novela publicada por Leonardo Padura. Como sucede de manera invariable con las obras de este afamado narrador,  la sala Martínez Villena, de la Unión de Escritores, resultó pequeña otra vez  para dar cabida  los interesados en adquirirla, a los que no quedó otro remedio que permanecer en los jardines de esa institución a fin de pescar su ejemplar a la hora de la venta. Para ello, la cola empezó a organizarse antes de los discursos. Luis Marré, el poeta de Los ojos en el fresco, se “dejó caer” como quien no quiere las cosas al comienzo de la fila, en busca de algún resquicio que le permitiera llegar al libro.

-Viejito, ¿usted estaba ahí? –le preguntó, cariñosa, una muchacha de pantalón a la cadera y barriguita  con teléfono celular incluido, ante la que el poeta pretendía colarse sin saber que ella también estaba colada. Y Marré,  haciendo valer su condición de fundador de la Unión de Escritores, respondió, imperturbable:  

-Fíjese si estaba, que llegué aquí hace cuarenta y cinco años.

EL CASO DE PARADISO

  

Chillidos, gritos estentóreos, lágrimas y ataques de histeria –como en un concierto de rock en su punto culminante- caracterizaron la presentación en la Habana, en 1991, de la segunda edición cubana de Paradiso, la  novela descomunal  de José Lezama Lima. Fue una verdadera batalla campal en que cada uno de los asistentes se mostraba decidido a conseguir un  ejemplar de la obra a como fuera y actuaba en consecuencia.

            La ensayista y traductora italiana Alexandra Riccio, el poeta César López y el autor de esta página debíamos   presentar aquella tarde  la novela  que aparecía con el sello de la editorial Letras Cubanas. Nos disponíamos a hacerlo cuando el público, joven en su mayoría, cada vez más numeroso e inquieto, ahogó las palabras de Alexandra con lo que primero fue un rumor sordo y luego un grito a voz en cuello. ¡Paradiso! ¡Paradiso! ¡Paradiso!,   repetía sin cansancio aquella multitud apiñada en el amplio portal del Palacio del Segundo Cabo,  y que para garantizar que no hubiera  discursos hizo desaparecer de su soporte, en un golpe de manos sorpresivo y audaz, el micrófono que utilizaríamos, solo para devolverlo cuando se convenció de que los tres oradores habíamos desistido del empeño.

            Lo que siguió fue al acabóse. Ante la multitud que rugía, se retiraron de prisa los ejemplares dispuestos para la venta. Se dijo que el libro se vendería en el interior del edificio y hacía allá se disparó la gente, solo para volver al portal, decepcionada. Allí volvió a intentarse la venta, pero tampoco pudo llevarse a cabo con el público  encimado sobre las vendedoras, pese a que se hizo saber que habría libros para todos.   Al fin se decidió lo que parecía más prudente y la venta se hizo a través una ventana protegida por barrotes.

            “Jamás vi algo semejante”, comentaba el narrador Lisandro Otero, y Julio Travieso, el novelista de Para matar al lobo, se preguntaba por su parte que cuánta de esa gente que pugnaba por conseguir su ejemplar lo  leería   realmente. Y aunque quizás fuera  cierto que muchos de los que se hicieron de la novela aquella tarde  se regodearían  solo en   los vericuetos del famoso capítulo octavo o  con las peripecias de Farraluque, “un leptosomático adolescentario, con una cara tristona y ojerosa, pero dotado de una enorme verga”, el tumulto era justificado y explicable. Se trataba de una obra  que había sido elogiada, con toda razón, hasta el delirio, y también criticada a muerte y negada con furia durante los veinte y cinco años precedentes. Un libro signado por el escándalo sobre todo  a partir  del largo diálogo sobre la homosexualidad  que José Cemí, el  protagonista, sostiene con sus amigos Ricardo Fronesis y Eugenio Foción luego de haberse enterado de que Baena Albornoz, un atleta machista y perseguidor de homosexuales, fuera sorprendido en pecado nefando con el guajiro Leregas.

            Publicada originalmente por Ediciones Unión  en 1966, cuando los cinco mil ejemplares de la tirada se agotaron en un decir amén pese a su precio de cinco pesos, exorbitante  para la época,   Paradiso no había vuelto a editarse en Cuba. Y en  aquella ya lejana tarde de 1991 existía un atractivo más para adquirir un ejemplar de la novela. Su edición era fiel hasta el detalle al manuscrito lezamiano y salvaba las numerosas erratas y omisiones que en ediciones extranjeras  se repetían desde su primera publicación en Cuba.  No era una edición más de Paradiso aquella que se ponía a la venta. Era el Paradiso  recobrado.

LOS MÁS PODEROSOS

 

En el caso de Los propietarios de Cuba;  1958, tanto el autor como los presentadores pudieron hablar; nadie les sustrajo el micrófono, y el presidente del ICL ofreció una buena noticia: había dispuesto la reedición de la obra, que estará a disposición de los lectores sobre el 5 de julio próximo.

            Esa seguridad, sin embargo, no evitó lo que pasaría cuando el libro de Jiménez se puso al fin a la venta. Pese a que se formaron tres  filas, es un decir,  frente a igual número de expendios, la escasez de ejemplares provocó codazos, empujones, caídas. En la confusión, algunos se fueron sin pagar. Alguien, no sin dificultad,  deslizó un ejemplar en las manos de este cronista, pero no hubo ejemplares  para periodistas cubanos y la prensa extranjera  quedó igualmente al margen. Algunas celebridades que  por la vía de la cortesía pensaron conseguirlo, tuvieron que salir a la lluvia  con el rabo entre las piernas y la alforja vacía. Ya finalizado el acto, Max Lesnick, director de Radio Miami, de paso en la ciudad para la presentación privada del excelente documental El hombre de las dos Habanas, realizado por su hija Vivian y que lo tiene como protagonista e hilo conductor,  todavía esperaba salir con el suyo. La doctora Graziella Pogolotti, que, agobiada por el calor y el tumulto,  tuvo que ser sacada del salón, fue recompensada. Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, Vicario General de La Habana, no tuvo esa suerte. Tampoco Antón Arrufat ni Jaime Sarusky, premios nacionales de Literatura, el arquitecto Mario Coyula ni  Marta Rojas.  Por cada persona que salió del Palacio del Segundo Cabo con el libro, hubo cuatro al menos  que se quedaron sin la obra, y deberán esperar a su inminente reedición.

            Samuel Feijóo me dijo en una oportunidad que un escritor puede sentirse satisfecho si alcanza siete lectores en una generación, cifra esa que incluía al linotipista. No se trata, por supuesto, de una frase para tomar al pie de la letra.  En este Sábado del Libro era  lógico que se dieran cita, como ocurre siempre,  los amigos y compañeros del autor, y también especialistas, investigadores y estudiosos del tema. Nadie esperaba, sin embargo, tal afluencia de público. El propio Jiménez se sorprendió de su poder de convocatoria. Su libro anterior, Las empresas en Cuba; 1958, publicado al igual que este con el sello de la editorial de Ciencias Sociales, si bien ya  agotado, tuvo un fluir discreto.

            Y es que Los propietarios de Cuba; 1958 atrapa por lo inédito del tema. En sus páginas el autor presenta de manera individualizada una selección de 551 de los más influyentes y poderosos miembros de la oligarquía, cubanos o extranjeros, pero residentes en Cuba en el momento de la irrupción de la Revolución Cubana y que  concentraban el mayor número de las empresas principales de la nación.

            Incluye el universo de los propietarios de la industria azucarera y la banca, sectores punteros de la economía,  así como los propietarios de  empresas  no azucareras de gran rentabilidad como las de tabacos y cigarrillos, rones, cervezas, medios de prensa, ganaderas… Para precisar la importancia económica de esos personajes, a juzgar por sus propiedades, Jiménez les otorgó una clasificación que va del 1 al 5 y que facilita una evaluación rápida del sujeto. En cada caso se consignan el número de sus propiedades, su nacionalidad y la del fundador de su estirpe, la profesión, el estado civil, número y nombre de los hijos, religión, títulos nobiliarios, relaciones sociales y políticas, lugar de residencia en la época que aborda el libro… Un diccionario biográfico, lo define en el prólogo el profesor Oscar Zanetti, cuya originalidad radica en su asunto. Precisa:   “Nuestros diccionarios biográficos suelen  comprender figuras destacadas en la política, las acciones militares, la literatura, las artes, las ciencias, pero rara vez en el mundo de los negocios. Tal ausencia se hace muy sensible, especialmente para los historiadores, pues muchos de esos ‘negociantes’, además de su gestión casi siempre decisiva en el campo económico, actuaban también en otras esferas y en particular ejercían una influencia nada desdeñable en la vida política”.

            Repare el lector en el título del libro. No se trata de los propietarios “en” Cuba, sino Los propietarios de Cuba, unos pocos cientos de hombres que tenían en sus manos la riqueza nacional en 1958, lo que ya de por sí justificó la Revolución de 1959. Sobre algunos de ellos hablaremos la próxima semana.

                                                                                  (Continuará…)

           

             

  

              

Propietarios (II)

Propietarios (II)

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Massaguer

 

De manera individual, Julio Lobo Olavarría era, dice Guillermo Jiménez, el más rico entre los propietarios de Cuba en 1958. Su fortuna se calculaba entre 85 y 100 millones de dólares. Era dueño de 16 centrales, una corredora azucarera y 22 almacenes de azúcar. Poseía además un banco, una naviera, una aerolínea, una agencia de seguros y otra de radiocomunicaciones, una petrolera… Era la personalidad más destacada de la burguesía cubana, el principal empresario y el más grande corredor de azúcar del mundo.

            Entre los grupos familiares, destaca Jiménez en su libro Los propietarios de Cuba; 1958, cuya segunda edición se anuncia para comienzos del próximo mes de julio, a la Sucesión Falla Gutiérrez, que con un capital de entre 65 y 75 millones e inversiones por más de 40 millones en el exterior, era el más poderoso clan  financiero-azucarero del país. Al fallecer, en 1929, Laureano Falla Gutiérrez, fundador de la dinastía, su herederos decidieron no dividir el legado, valuado en  unos 35 millones, y sus yernos Agustín Batista, Viriato Gutiérrez y David Suero  trabajaron por acrecentarlo. A través de Batista, presidente de The Trust Company of Cuba, el más importante banco cubano, con 26 sucursales y 800 empleados y depósitos por 213 millones, la Sucesión enlazaba con los González de Mendoza (siete familias, acaudaladas todas)  y gracias a Viriato Gutiérrez con los Castaño (10 millones de pesos y 26 empresas) y con los Cacicedo, poseedores  de dos centrales azucareros y de un banco, entre otras propiedades.

            Los más poderosos se enlazaban entre sí para ser cada vez más ricos e influyentes. Liliam, la única hija de José Gómez Mena (cuatro centrales, una destilería, un club de pelota, entre otros bienes, y activos calculados en 20 millones) contrajo matrimonio con Alfonso Fanjul Estrada, uno de los cuatro hijos de Fanjul Rionda y descendiente de los Rionda Polledo, creadores de todo un emporio azucarero.  Lian, la hija de ambos y nieta, por tanto, de Gómez Mena, con solo 17 años,  casó a su vez, en 1955,  con Norberto Azqueta, heredero de una de las mayores fortunas creadas en Cuba durante el segundo tercio del siglo XX. Fue, recuerda Jiménez, la boda más trascendente celebrada en la época por la burguesía pues unía a tres de los más poderosos clanes del azúcar.

DEL UNO AL CINCO

Todos los personajes mencionados arriba tienen  categoría 1 en cuanto a la importancia económica de sus propiedades. Cada una de las 551 figuras  incluidas en el libro de Guillermo Jiménez  lleva una clasificación que, en orden decreciente de capital,  llega hasta el 5 y que permite al lector una evaluación rápida del propietario. En esas figuras, que el autor presenta de manera individual, están los dueños  de las principales empresas y otros que pueden considerarse propietarios no esenciales, entre ellos, descendientes de antiguas familias criollas que, pese a haber perdido sus posesiones más significativas, conservaban ascendiente y poder gracias a sus vínculos familiares, sociales o políticos.  Incluye asimismo una relación de treinta ejecutivos, propietarios o no, que por los cargos que desempeñaban, sus nexos y sus aptitudes profesionales, se paseaban entre la oligarquía.

            Para facilitar la búsqueda de información en un libro de más de 700 páginas,  Jiménez dotó a su obra de varios índices. En el Índice General relaciona a todos los propietarios que incluyó, mientras que en los  de Ejecutivos y de  Propietarios Extranjeros particulariza a los de  esas dos categorías. Uno más indiza a los propietarios según su importancia.  En otro incluye a los fundadores de las grandes fortunas. Hay también índices de Veteranos de las guerras de independencia  y de  Autonomistas, que se opusieron a ellas, vistos Autonomistas y Veteranos en su condición de propietarios;  un índice de Empresas, otro, de Militares, así como uno más que inserta a personas citadas en el texto y no recogidas en índices anteriores.  El Índice de Profesiones consigna los nombre de los propietarios por aquellas carreras que estudiaron  y ejercieron o no.

            En ese último precisa  Jiménez a 109 abogados, 27  arquitectos e ingenieros-arquitectos, 5 contadores públicos y 4 dentistas. También a 5 farmacéuticos, 22 ingenieros, 20 médicos, 7 periodistas y 50 políticos.

            Saltan algunas curiosidades. El doctor Fernando Ortiz, con clasificación 3 en cuanto al rango de su fortuna, aparece en el libro como dueño de fincas madereras y una aseguradora, El Iris, la primera y más antigua empresa cubana de su giro. Era Ortiz el principal de los tres propietarios de tierra en la Ciénaga de Zapata, donde poseía, en copropiedad, dos fincas con una extensión total de 2 600 caballerías.

Ortiz vendió sus fincas en 1958. En cambio Julio Lobo que, en marzo de ese año, pidió a banqueros de Wall Street un préstamo por más de 24 millones de dólares  que devolvería en cuatro plazos, tres de los cuales vencían en 1959, se vio obligado a liquidar su deuda  cuando ya sus negocios en Cuba habían sido nacionalizados.

  Justo Luis del Pozo, alcalde de La Habana entre 1952 y 1958 y que, en sociedad con Batista y otros empresarios, llegaría  a ser uno de los dueños de Isla de Pinos, compró en ese territorio más de un millón de metros cuadrados de tierra y pagó por ellos  solo 1 106 pesos. Justo Luis, con categoría 3 en atención a sus bienes en 1958, había comenzado su vida laboral como un modesto peón de fincas. Igualmente comenzó por abajo José Manuel Casanova Diviñó: de  jornalero, con 14 años de edad en 1898,  en el central Bramales, devendría  uno de los zares del azúcar cubano, apoderado y dueño de centrales y desde 1933 vocero y guía de los hacendados, con un papel relevante y decisivo  en la política azucarera de la nación.

            Lamentablemente en los casos de Justo Luis y de Casanova, así como de otros personajes que se recogen en el libro, Jiménez no ofrece detalles en cuanto a la forma en que pasaron de pobres a propietarios. De otros sí lo hace. O lo insinúa.

 Del abogado Jerónimo Bugeda (director de Petróleos Aurrerá y accionista del Banco de la Construcción) español, ex  militante del Partido Socialista Obrero y  subsecretario de Hacienda en la República, recoge la acusación que le hizo la prensa por el desfalco de unos 12 millones de dólares que se le confiaron, durante la Guerra Civil, para la compra de armas en Francia.

 Alude también al posible origen de la fortuna de los Castaño. Al español Nicolás Castaño Capetillo, fundador de la casa, se le tuvo como el hombre más acaudalado de Cuba a comienzos del siglo XX. Se había establecido en la ciudad de Cienfuegos en 1849 y a partir de 1851 trabajó como dependiente de bodega y vendedor ambulante. Fue luego empleado de los Cacicedo hasta que se estableció por su cuenta con una fábrica de velas y una tienda mixta, que perdió en un incendio. Reaparecería  como comerciante y productor de azúcar.

¿Qué pasó en ese tiempo? Castaño Capetillo, contrario  a la independencia de Cuba, formaba parte del elemento integrista  español más recalcitrante, si bien durante la República se mantuvo al margen de la política y ocultó  sus ideas pasadas. En la Colonia, a  los cubanos condenados por sus ideales o acciones separatistas se les confiscaban sus propiedades, que quedaban bajo el control de una Junta de Bienes Embargados. Castaño Capetillo, teniente del Batallón de Voluntarios de Cienfuegos, fue, en esa localidad,  miembro de una de esas comisiones. Y por esa vía muchas de las propiedades enajenadas a los patriotas cayeron en sus manos.

ENRIQUECIMIENTO SÚBITO

Claro que si de enriquecimiento súbito y oscuro se habla en Cuba, pocos ejemplos superan al de Fulgencio Batista. El Guajirito de Banes haría una carrera meteórica no solo en la vida militar y en la política, sino también en el mundo de los negocios.

            Por su capacidad de molida diaria, los centrales Washington, Andorra y Constancia, que eran de su propiedad, convertían a Batista en el 14º hacendado y en 6º entre los de capital no norteamericano. Poseía además acciones en la Compañía Azucarera Atlántica del Golfo, el mayor consorcio norteamericano en su esfera en Cuba y el segundo grupo en capacidad de molida. Y es probable que fuera también titular de acciones en los centrales Ulacia y Corazón de Jesús. Era dueño además de una de las 40 mayores colonias cañeras. Sus intereses se extendían por varias compañías inmobiliarias, urbanizadoras y  de fomento tanto en La Habana como en Varadero. Propietario, en ese balneario,  del reparto Kwama, de múltiples edificios en la capital y de vastos terrenos en Miramar, Nuevo Vedado, Puentes Grandes y Ampliación de Almendares.

En lo que se refiere a  medios de difusión, eran  suyos los  periódicos Alerta y Pueblo, la revista Gente, las  radioemisoras RHC Cadena Azul (Radio Repórter) y Circuito Nacional Cubano,  la Cadena Oriental de Radio y Unión Radio y el Canal 12 de TV, así como de la Compañía Editorial Mediodía y la Compañía de Inversiones Radiales.  También propietario único de  Cuba Aeropostal, socio mayoritario de Aerovías Q, y el principal entre los socios privados de Cubana de Aviación. Propietario secreto de la Compañía Interamericana de Transporte por Carretera y de otras empresas de transporte, así como socio de la naviera Vacuba.

Entre otras propiedades, pertenecían asimismo a Batista el motel Oasis (Varadero) y  el hotel Colony, en Isla de Pinos.  La urbanizadora Centro Turístico de Barlovento (Marina Hemingway). La Compañía Territorial Playa Francés. La Compañía de Fomento y Turismo de Trinidad S. A. La Gerona Beach Territorial. La Compañía Hotelera Antillana, que proyectaba en el Parque Martí, en G y Malecón, un hotel de unas 700 habitaciones y un costo de 25 millones de pesos.

TAPADERAS

Si el salario de un general del Ejército no pasaba de los 400 pesos mensuales, y el del Presidente de la República era, en 1958, de 12 500, ¿cómo pudo Batista amasar una fortuna que se calcula en 300 millones? Jiménez ofrece una respuesta. La forma en que se aprovechó de la política de financiamiento y concesiones que promovía la banca estatal, bien mediante su apropiación o el cobro a través de terceros de elevadas gabelas a los empresarios beneficiados,  por cohecho, malversación e imposiciones, entre estas la  del juego prohibido, del que era principal beneficiario,  y por el cobro del 30% de las comisiones que los contratistas pagaban en efectivo por las concesiones de obras recibidas, cuyos créditos Batista supervisaba personalmente.

            Batista, con categoría 1 en la escala de Guillermo Jiménez,  enmascaraba la propiedad o su participación en unas 70 empresas a través de una telaraña tupida de testaferros, intermediarios, cómplices, socios y abogados, dirigida por Andrés Domingo y Morales del Castillo, su ministro de la Presidencia, y de su propia familia.

            

           

 

 

 

           

Árabes en Cuba

Árabes en Cuba

Ciro Bianchi Ross

 Si los moriscos españoles dejaron una huella singular en la arquitectura colonial cubana -patio central, arcadas, techos de alfarje, lucetas, mosaicos y azulejos- la cultura árabe durante la República se asimila a la cubana y  no deja una huella visible. Se calcula que  hoy en la Isla la colonia árabe la conforman,  entre originarios y descendientes, unas 50 mil personas. Hay en La Habana una Casa de los Árabes, que atrapa el trazo de esa cultura y algunos restaurantes que se afanan por recrear la atmósfera de Las mil y una noches.

            Fue Antón Farah el primer árabe que llegó a Cuba con el propósito de asentarse en estas tierras. Lo hizo en 1879 y abrió un camino que hasta 1936 siguieron unas 40 mil personas, hombres fundamentalmente que, en lo esencial, se dedicarían al comercio, con preferencia al de los tejidos y las sedas que importaban de sus regiones de origen. Algunos, muy pocos, consiguieron establecer  almacenes y casas importadoras; los más, se las pasaron de vendedores ambulantes y ponían una nota pintoresca en las principales ciudades cubanas. Otros se dedicaron a la joyería. El libanés Isaac Estéfano, vendió al Estado cubano, en los años 20, el brillante que en el Capitolio de La Habana marcaba el kilómetro cero de todas las distancias del país. La gema en cuestión había sido parte de una de las coronas de Nicolás II, último zar de Rusia. Un notable poeta cubano ya fallecido, Fayad Jamís, tenía ascendencia árabe;  sus amigos le llamaban El Moro, que es como se llama aquí familiarmente a árabes y descendientes. Pedro Kourí es una de las glorias de la medicina cubana. Su hijo Gustavo dirige el Instituto de Medicina Tropical, de La Habana,  que lleva su nombre y cuyo quehacer se reconoce internacionalmente.  Se trata de una familia que, a través del tiempo,  dota a la salud cubana de nombres muy ilustres.  Una familia descendiente de árabes   se atribuye la paternidad de la guayabera, prenda nacional de Cuba, y aunque no parece que sea cierto, sin duda debe haber contribuido a conformar esa camisa que es sinónimo de elegancia y comodidad.   También de ese origen era Jorge Nayor, cabeza pensante y  protagonista del sonado asalto al Royal Bank de Canadá en La Habana de 1947; el mayor robo de dinero en efectivo que registra la historia de Cuba.

            A diferencia de los chinos, que tuvieron y tienen su barrio en la capital cubana, no existió nunca aquí un barrio árabe. Para residir los arabófonos buscaron lugares que les recordaran en algo aquellos sitios de donde provenían. La populosa calzada de Monte, una de las arterias comerciales habaneras más movidas, y sus inmediaciones fueron el centro de sus preferencias.

            Los hombres solos casaron con cubanas y muy pocos mantuvieron su fe. Se hicieron católicos y contrajeron matrimonio y bautizaron a sus hijos según el ritual de esa iglesia. Muchos de los libaneses que se radicaron en Cuba eran cristianos de la vertiente maronita, y eso motivó que en la década de los  40 del siglo pasado la imagen de San Marón  se emplazara en una parroquia católica habanera en la que, por otra parte, oficiaban sacerdotes libaneses.

            Muchos de aquellos emigrantes castellanizaron sus nombres tras la llegada a Cuba, y, por lo general, no enseñaron su lengua a los hijos cubanos. Crearon sus sociedades y tuvieron sus periódicos en árabe o en español y árabe. Y se empeñaron, ellos y sus descendientes, en mantener sus tradiciones culinarias, sin mistificaciones.

            Porque si cocinas como la española y la italiana se adaptaron al paladar cubano, la cocina árabe mantiene, o intenta mantener, su pureza. Cuando se habla de cocina árabe en Cuba se alude, en lo esencial, a las cocinas libanesa, siria y palestina, por ser esas nacionalidades las más ampliamente representadas, aunque se conocen y elaboran platos egipcios, libios e iraquíes, entre otros.

            Es una cocina que no se ha popularizado. Pervive en los hogares de los árabes y sus descendientes que siguen elaborando sus platos según recetas trasmitidas de madres a hijas y con el empleo del llamado condimento árabe –mezcla de canela, nuez moscada, pimienta dulce y clavo de olor- y no con las especias que cubanizan la cocina.

            Hay, justo es reconocerlo, un verdadero empeño porque esa cocina no muera en Cuba, lo que podría suceder, sin remedio, si se tiene en cuenta que la colonia no ha recibido en los últimos años golpes sustanciales de emigrados que la fortalezcan; más bien se ha despoblado. De ahí que resulten encomiables los esfuerzos de la Unión Árabe por preservarla.

            Como no hay regla sin excepción, las circunstancias obligan a algunas adaptaciones, mínima a veces, pero adaptaciones al fin. Tal es el caso del empleo del maní en sustitución de la almendra y el pistacho, no siempre fáciles de conseguir ahora; la falta de algunas semillas, que se intenta remediar como se pueda, y la suplantación de los garbanzos por los chícharos en el hummus, que se elabora aquí, y esa es otra adaptación, con salsa mayonesa. 

             

  

El déspota en fuga

El déspota en fuga

Ciro Bianchi Ross

 

Sin ley, autoridad ni orden La Habana ardía el 12 de agosto de 1933 mientras que el dictador Gerardo Machado, que había renunciado a la Presidencia de la República el día antes, aguardaba, en su finca Nenita, la hora de la fuga, y su sustituto, el general Alberto Herrera, antes de esconderse en el Hotel Nacional, designaba secretario de Estado a Carlos Manuel de Céspedes, hijo del Padre de la Patria, a fin de allanarle el camino hacia la Presidencia. La multitud arrasaba las viviendas de los machadistas y ajusticiaba o ponía presos a los que encontraba a su paso. Había gritos de muerte, incendios, disparos… En medio de ese aquelarre, Céspedes, el hombre de la embajada norteamericana, la rueda de repuesto del carro de la injerencia, que había sido ministro y embajador de Machado, se empeñaba en que el Congreso lo proclamara Presidente. Pero ¿a qué congresistas convocar a esa hora en la que ellos también se escondían como ratas? Al fin, cuatro senadores y siete representantes a la Cámara lograron darse cita en el Hotel Nacional y asumiéndose con la mayoría suficiente reformaron a la carrera la Ley Orgánica del Poder Ejecutivo y proclamaron a Céspedes antes de volver a sus escondites respectivos. A las 12 horas,  veintiuna salvas de artillería saludaban, desde la fortaleza de la Cabaña, al nuevo mandatario que juraría su cargo, sin embargo, al día siguiente en un Palacio Presidencial que no ocultaba los estragos que ocasionó en su interior la “visita” que el pueblo le había hecho.

            Cuba tenía un nuevo presidente, que lo sería solo por veinte y tres días, pero aún Machado estaba en el país. A las 3:20 de la tarde del propio día 12, el dictador, en su automóvil, un Lincoln  blindado, llegaba al aeropuerto de Rancho Boyeros. Lo acompañaban funcionarios del régimen depuesto y el brigadier Antonio Ainciart, jefe de la Policía, todos bajo la protección de la escolta presidencial al mando de un capitán apodado Colinche, a las órdenes de Machado desde los días de la Guerra de Independencia (1895-98). Pero no todos pudieron abordar el avión de seis plazas que Benjamín Sumner Welles, embajador de Estados Unidos en La Habana, dispuso para la fuga, un Sikorski N. M., anfibio, de color negro, perteneciente a la Pan American Airways y con tripulación norteamericana.  Con el déspota subieron a la pequeña aeronave el ex alcalde de La Habana Pepito Izquierdo, los ex secretarios de despacho Octavio Averhoff, de Hacienda, y Eugenio Molinet, de Agricultura, y los capitanes Vila y Crespo Moreno, un asesino que se pegó como una lapa al dictador. Cuando el avión alzó vuelo con destino a Nassau quedaron en la pista Carlos Miguel de Céspedes, ex secretario de Educación, el brigadier Ainciart, el guardaespaldas Colinche y, entre otros parlamentarios, el senador Wifredo Fernández, aquel que en un acto supremo de adulonería dijo una vez a Machado: “Gerardo, ha comenzado tu milenio”.

ESCALA EN ANDROS

No parece que el viaje a Nassau obedeciera a una determinación de última hora. Machado se había asegurado del trato que le dispensarían las autoridades coloniales británicas en las Bahamas. Lo cierto es que una representación de estas aguardó su arribo en la noche del 12 de agosto, pero el ex presidente llegó a Nassau el 13, lo que quiere decir que las cinco horas previstas para el vuelo desde La Habana se convirtieron en 15.

 En el alud informativo que provocó en Cuba la caída de la dictadura poco espacio hubo en la prensa nacional de entonces para los detalles de la fuga. Los pormenores los ofreció el diario Daily Tribune, de Nassau. A causa de la oscuridad y de una pequeña avería, el avión tuvo que amarizar sobre las siete de la tarde cerca de Nicholls Town, en la isla de Andros, donde los fugitivos pasaron la noche sin salir de la aeronave anfibia. Al día siguiente, a las 5:30, reparado el desperfecto, el aparato cobró altura y poco después amarizó en la base de la Pan American, en Nassau. La llegada, infrecuente a esa hora, provocó la sorpresa de funcionarios y empleados de la aerolínea, y llamó su atención porque el avión no se acercaba al punto de desembarque. Un inspector de Aduanas y el médico del puerto se dirigieron entonces hasta el anfibio y regresaron en compañía de Crespo Moreno, que se identificó como el secretario privado del ex presidente de Cuba y pidió que se abreviaran los trámites para llevar a tierra a los pasajeros del Sikorski, solicitó dos automóviles para moverse hacia un hotel y explicó que todos necesitaban ropas presentables.

Aunque nada dice al respecto la información del Daily Tribune, imagina el autor de esta página que la noche incierta pasada en el mar, encerrados en un avión, debió haber provocado abundantes y reiteradas aguas menores y mayores en los fugitivos. Viajaron sin equipaje, y la Aduna les retuvo los cinco revólveres que portaban. Los capitanes Vila y Crespo manipularon ocho saquitos de lona, pesaditos. En ellos iba la fortuna de Machado, en oro. La depositarían en un banco local. Muchos años después todavía se decía en esa ciudad: Nunca hubo tanto oro en Nassau como cuando vino Machado.

El dictador se instaló en la suite 119 del hotel Royal Victoria y pidió protección policial. Ordenó té y whisky y se acostó a dormir. Luego del descanso, hizo declaraciones a la prensa y ensalzó en ellas su obra de gobierno. Al día siguiente recibió al cónsul de Cuba en Bahamas y le dijo una de esas frases que los mandatarios en desgracia quieren hacer pasar de contrabando a la historia: “Ya no soy tu presidente. La posteridad dirá si fui bueno o malo como cubano y como jefe de Estado”. Esa misma tarde, con ropas nuevas, hizo una visita de cortesía al Gobernador colonial.

Machado estuvo muy poco tiempo en Nassau. En 5 de septiembre de 1933 escribió al presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt desde el hotel Mount Royal, de Toronto, Canadá, para quejarse del mal trato que le dio el embajador Sumner Welles en La Habana, y Roosevelt le respondió que el diplomático siguió las instrucciones de su gobierno. El 26 volvió a escribirle a fin de que interpusiera sus buenos oficios con las autoridades cubanas que habían creado los Tribunales de Sanciones para juzgar a los machadistas. El presidente norteamericano le contestó con cortesía, pero le dio el esquinazo.

FINAL

 

Carlos Miguel de Céspedes, que nada tiene que ver con el otro Céspedes de esta historia, salió de Cuba,  tras la fuga de Machado,  en un barco, con la ayuda de un pescador al que apodaban Picúa. Ainciart se suicidó para evadir la vendetta popular y aun así los estudiantes intentaron colgar de un poste, frente a la escalinata de la Universidad de La Habana, su cadáver completamente desnudo. Wifredo Fernández se privó de la vida estando preso ya en la Cabaña. Crespo Moreno murió en Santo Domingo donde, por recomendación de Machado, estuvo a las órdenes del sátrapa Rafael Leónidas Trujillo.  A Colinche se le perdió el rastro; nunca más volvió a saberse de él después de aquel 12 de agosto.

            Hacia 1937, al amparo del coronel Batista, jefe entonces del Ejército cubano, los machadistas comenzaron a regresar a la Isla. Volvieron Molinet y Averhoff, que recuperó sus propiedades, incluido su célebre castillo de las afueras de La Habana, pero se mantendría a la sombra hasta 1960, en que volvió a desaparecer. Carlos Miguel sí se reinsertó en la política y aunque se vio frustrado en sus aspiraciones de conquistar la alcaldía  habanera, murió en 1954 como Senador de la República. Reconstruyó Villa Miramar –donde hoy se halla el restaurante 1830- arrasada por el pueblo en 1933, y cedió a la Iglesia Católica los terrenos en los que se edificó el bellísimo templo del Corpus Christi. El arrogante Pepito Izquierdo, que lo perdió todo, terminó sus días como empleado de una bolera.

Machado, al igual que muchos de sus partidarios, logró entrar en Estados Unidos. El gobierno cubano  solicitó  la extradición de todos ellos y aunque Washington en definitiva no los devolvió, pareció en un primer momento que daría una respuesta favorable al pedido y dispuso la tramitación de los expedientes de extradición de Machado y del ex general Alberto Herrera, jefe del Ejército  desde 1922 a 1933.

            Un grupo de policías  apareció en la casa de Machado en Nueva York  para llevarlo  detenido. Pero el ex dictador después de recibirlos y asegurarles que la persona que buscaban  no estaba en casa, se les escurrió delante de las narices, como un vulgar ratero, por la puerta principal.

 Orestes Ferrara, que había sido su embajador en EE UU y su ministro de Relaciones Exteriores y tenía vinculaciones estrechas con grandes monopolios norteamericanos, como el de los teléfonos y el telégrafo (ITT)  insistió en  que Machado se presentara al juicio migratorio. En un rapto repentino de antiimperialismo, Ferrara –un gran abogado- quería aprovechar el proceso para denunciar la injerencia de Washington  en los asuntos internos de Cuba. Machado no accedió. Le dijo: “Yo no hablo inglés, no sé de leyes, no soy orador ni conozco bien estos asuntos internacionales”. Por lo que prefirió buscar refugio en la República Dominicana, donde suponía gozar, como en efecto ocurrió,  de la  acogida de  Trujillo.

En un barquito tripulado por dos marineros emprendió la travesía. Pero aquella embarcación era un cacharro. Se rompía una y otra vez, lo que obligaba a la tripulación a tocar tierra  en busca de ayuda. Se averió  incluso frente a las costas de Cuba, pero esa vez los propios marineros lograron superar el inconveniente y Machado llegó al fin a su destino. 

El juicio de Herrera, también con Ferrara como  abogado defensor, sí se llevó a cabo, y el juez determinó que no habría extradición. Machado volvió a entrar a Estados Unidos  por la frontera con  Canadá y no pasó nada. Washington no devolvería en definitiva a quienes bien lo sirvieron.

Allí murió. En Miami, en marzo de 1939, mientras su médico de confianza, que hizo viajar desde La Habana, lo sometía a una intervención quirúrgica. En los años 40 el Congreso de la República dispuso que sus restos nunca pudieran ser traídos a Cuba.

 

           

           

           

Tragedia en La Suiza

Tragedia en La Suiza Ciro Bianchi Ross

Las versiones acerca del suceso difieren en su esencia. Unos dicen que Enrique Villuendas accedió a que registraran su habitación, y otros, que se negó porque su condición de parlamentario hacía inviolables su persona y su domicilio. Algunos aseveran que la Policía buscaba pretextos para sorprenderlo in fraganti y detenerlo, y otros son de la opinión que las autoridades aprovecharían el registro para inculparlo por tenencia de explosivos, que “sembrarían” convenientemente en el lugar. Para unos, fue un incidente casual. Para otros, un hecho premeditado. A Enrique Villuendas, joven Representante a la Cámara de filiación liberal, le cazaron la pelea en la ciudad de Cienfuegos y se lo llevaron en la golilla.

Corría el año 1905 y el presidente Tomás Estrada Palma, instigado por el ejecutivo del Partido Moderado, decidió ir a la reelección. Para garantizarle el triunfo su Gabinete de Combate pareció no deparar en obstáculos: perseguía sin tregua a los liberales y encarcelaba a figuras prominentes de ese partido, ocupaba ayuntamientos y deponía a alcaldes y concejales y cesanteaba a funcionarios públicos que no fuesen afines al gobierno, mientras que la prensa, según su tendencia liberal  o moderada, difundía noticias carentes a veces de fundamento, pero que inflaman los ánimos de sus seguidores... Llegó así el mes de septiembre. El día 23 se celebrarían en todo el país elecciones para constituir los colegios electores. En Cienfuegos, el senador José Antonio Frías asumía la dirección de la política gubernamental, y Villuendas dirigiría la oposición, pero el 22, a las 11 de la mañana, Villuendas estaba muerto y un día después los moderados copaban los colegios y se aseguraban la victoria en los comicios generales del primero de diciembre.

 

RONDA LA MUERTE

En la Guerra de Independencia Villuendas ganó los grados de coronel con solo 21 años de edad. Comandó durante la contienda el Regimiento Castillo, que combatió a las órdenes de José Miguel Gómez. A los 24 años resultó electo miembro de la Asamblea que redactó la Constitución de 1901 y tenía 26 cuando ocupó un escaño en la Cámara. Abogado. Gran orador. Tenía una agradable presencia física y una simpatía que desbordaba. José Miguel lo quería como a un hijo.El 22 de septiembre, tres horas antes de que lo asesinaran, Villuendas escribía al caudillo liberal: “Pude convencerme que tanto en el tren por la mañana como en el Correccional por la tarde, se trataba de un complot contra mi vida tramado por Frías. Cuando nos veamos le contaré todo esto. El que había de matarme es un mulato, Mantilla, que oportunamente se encasquilló y dijo que por 20 centenes no se exponía a que yo lo matara a él. El de por la tarde era el propio Illance, que me encañonó con su revólver a dos pasos de distancia...”Sobre esto, en su edición del día 21, el periódico La Lucha  (liberal) daba a conocer una nota de su corresponsal en Cienfuegos: “Esta tarde, celebrándose el juicio correccional en que Villuendas defendía al activo propagandista liberal José Fernández (Chichí) acusado falsamente de injuriar a la policía se formó un fuerte escándalo por parte de agentes de la autoridad al mando de los jefes Illance, Cueto, Ruiz, Soto y otros. Entraron estos, revólver en mano, en el juzgado correccional desalojando a todo el mundo y apuntando contra Villuendas, quien estuvo admirable de valor y sangre fría...”El propio día 21, La Discusión, diario rabiosamente gubernamental devolvía la pelota: “En vísperas de las elecciones para los colegios cuando parece asegurado el triunfo del Partido Moderado por su fuerza en la opinión y brillante organización política, los liberales de Cienfuegos quieren perturbar la tranquilidad a fin de dificultar la lucha legal en los comicios. La policía municipal de Cienfuegos ha ocupado una bomba que según se dice fue puesta con el objeto de atentar contra la vida del señor Frías”.

Porque violencia hubo, en verdad de parte y parte. Hoy se sabe que fueron Villuendas, Carlos Mendieta y Orestes Ferrara los que instaron a que se redujese a cenizas el Ayuntamiento de Vueltas para evitar así que fuera ocupado por la comisión del gobierno que depondría a su alcalde.

 

LA TRAGEDIA

 

En el Hotel La Suiza, sito en la calle San Carlos número 103, a media cuadra del Parque Central cienfueguero, encontró la muerte Enrique Villuendas. Ocupaba la habitación número uno de esa instalación hotelera.La Discusión relató los hechos de esta manera: “Con noticias la policía de que en el hotel La Suiza, donde se alojaba el señor Villuendas, se encontraba un depósito de armas, se procedió a practicar un registro. Al subir el señor Illance, que mandaba la fuerza pública, las escaleras del hotel, fue agredido brutalmente por un grupo de liberales, quienes dispararon sobre él sus armas, dándole muerte. Envalentonados por ese hecho atacaron enseguida a la fuerza pública, que se vio precisada a repeler la agresión, haciendo una descarga sobre el grupo que la asaltaba, viéndose caer entre varios heridos al representante liberal Enrique Villuendas, que resultó muerto”.La realidad fue bien distinta, aunque sin duda los primeros disparos partieron del grupo liberal. El jefe Illance, en compañía de dos vigilantes, se personó en La Suiza y pidió a Nicanor Sánchez, dueño del hotel, que lo condujera a la habitación de Villuendas. Tenía lugar allí la reunión del comité municipal del Partido Liberal y Villuendas ante la llegada de Illance pidió a los reunidos que abandonaran el local. Dice Horacio Ferrer, que arribó a Cienfuegos horas después del incidente y que conversó con figuras de uno y otro bando, que Villuendas, pese a su inmunidad, se dispuso a autorizar que registraran su habitación.Cuéllar Vizcaíno, en cambio, afirma que se negó al registro. Comprendió Illance los derechos del Representante a la Cámara y pidió al vigilante Parets que lo hiciera constar así en la diligencia. Parets se dispone a redactar el documento y requiere la presencia de un testigo. Se llama a Nicanor Sánchez, pero este se niega porque, aduce, no sabe leer ni escribir y dice que enviará de inmediato a un hombre de confianza.En eso sale de la habitación número dos José Fernández, conocido por Chichí. Se enfrenta cara a cara con Illance y sin pensarlo dos veces lo fulmina. Parets, que está ocupado en la redacción del documento, saca entonces su revólver, pero Villuendas se le echa encima y se enfrascan en una lucha cuerpo a cuerpo. Chichí dispara contra Parets y lo hiere. Sube el vigilante Andrés Acosta que, por órdenes de su jefe, había quedado apostado en el vestíbulo del hotel y Chichí le atraviesa el pecho con un balazo. Quiere Acosta repeler la agresión, pero ya Chichí está fuera de su alcance y acude a donde todavía forcejean Parets y Villuendas. Dispara y el parlamentario muere en el acto.“Si un espectador hubiera estado con reloj en mano tomando el tiempo, no hubiera contado un minuto desde que sonó el primer tiro contra Illance al último que privó de la vida a Villuendas”, escribe Horacio Ferrer en su libro Con el rifle al hombro. Dice además: “Según a mí se me informó, era lo convenido que mientras Parets iniciara el acta de constitución en el hotel, debía llegar un oficial de la policía con dos bombas de dinamita que aparecerían encontradas en el aposento de  Villuendas”, y se acusaría así al parlamentario de querer volar el cuartel de la Policía.El cadáver, denunció Sanguily en el Senado, fue arrastrado por los pies escaleras abajo y la cabeza repicó, como una campana fatídica, de escalón en escalón. Dicen que la muerte de Villuendas no estaba en los cálculos de Frías, que quería, sí, apartarlo de la lucha comicial del día siguiente. Sin embargo, Frías no se cansó de proclamar a los cuatro vientos que él había ordenado la ejecución. De todas formas, a su regreso a La Habana, Estrada Palma lo recibió como a un héroe en el Palacio Presidencial.(Fuentes: Con el rifle al hombro, de Horacio Ferrer, y Doce muertes famosas, de Manuel Cuéllar Vizcaíno. Con documentación de Gonzalo Sala)

Judíos

Judíos

Ciro Bianchi Ross

El escritor Jaime Sarusky recuerda aún aquel día de 1970 cuando, en busca de tema para un buen reportaje, un cambio de tren lo llevó a conocer Omaja, asiento de una colonia norteamericana en la zona oriental de Cuba. El asombro inicial de que allí el nombre de una ciudad del estado de Nebraska y de una nación de bravos indios pieles rojas se cubanizara con la “j”, pronto quedó atrás cuando el visitante recorrió la pequeña villa  y vio sus casas y bungaloes destartalados por el paso del tiempo, así como los restos del hotel y la iglesia metodista y le pareció que por algunas de las puertas con  batientes de la bodega, que bien pudo haber sido la taberna, podría emerger en cualquier momento la figura tranquila y legendaria de Billy the Kid dispuesto a enfrentarse solo con una banda de adversarios.

            Aquel descubrimiento marcó un  interés todavía vivo en Sarusky (Premio Nacional de Literatura, 2004)  por otros asentamientos  de extranjeros. Siguieron sus investigaciones en torno a suecos, japoneses, hindúes y yucatecos en la Isla, que recogió en su libro Los fantasmas de Omaja (1986)  mientras que  en otro título de 1999 narró las peripecias de un grupo de suecos que huyeron de la pobreza y la miseria y buscaron en Estados Unidos, primero, y en Cuba después el lugar para realizar su anhelo de bienestar.

            En esa línea se inscribe su libro más reciente, Las dos caras del paraíso. Lo publicó Ediciones Unión y lo conforman  crónicas sobre la huella cubana, durante las primeras décadas del siglo XX, de emigrantes canadienses, finlandeses, haitianos y  japoneses, sin olvidar las peculiaridades de la presencia hebrea. Son  esas páginas del libro a las que quiero referirme  y glosaré hoy.

QUÉ ES UN JUDÍO

El tema le toca muy de cerca. Sarusky desciende de una familia judía. Sus progenitores fueron también emigrantes. La madre, bielorrusa.  Su padre, polaco, encontró empleo en las labores de reparación de la línea férrea del norte de Oriente. Ahorró y compró algunas mercancías que comenzó a vender de puerta en puerta. Prosperó y abrió un establecimiento, lo que le permitió traer de Polonia a seis de sus nueve hermanos, a los que ayudaría a radicarse aquí. Sarusky es el primer cubano de su estirpe. Nació en La Habana y vivió hasta los nueve años en la localidad avileña de Florencia. Quedó huérfano siendo niño  y pronto entró en contradicciones religiosas con los suyos. Jamás puso piedras en la tumba de sus padres, como hacen los judíos,  sino flores.

            Qué es un judío o, mejor, que son los judíos, se pregunta el escritor  en Las dos caras del paraíso. ¿Una civilización, una cultura, un pueblo? Dice enseguida que el carácter ambiguo, por lo variado y hasta contrapuesto, de la condición social en que históricamente se han situado o han sido situados los judíos, revela la complejidad del asunto. Y puntualiza: “Un judío puede no asumirse como tal por abstención  o alejamiento de la religión y de las tradiciones, o porque no posee sentido o conciencia de pertenencia”. Si trata de enmascararse  o de escapar, los antisemitas,  de descubrirlo, lo discriminarán, lo expulsarán de donde se encuentre, lo reducirán a un ghetto o lo eliminarán. La Inquisición condenó a los judíos a la hoguera; los nazis, a las cámaras de gas.

LOS PEREGRINOS DEL SAN LUIS

Así como los españoles sin excepción son aquí gallegos, todos los judíos, vinieran de donde vinieran, eran aquí polacos. En Cuba, el polaco formaba parte del paisaje. Aun así, dice Sarusky, el antisemitismo se expresaba de las más disímiles formas, como negarle empleo a un judío. “Pero no se trataba, precisa, de una política de Estado ni de un rechazo popular, sino de acciones condicionadas por intereses de clases”. En este punto recuerda  las campañas antisemitas del Diario de la Marina. Representaba ese periódico los intereses de los ricos comerciantes españoles que veían con recelo y temor la competencia de los comerciantes judíos.

            También el Diario de la Marina azuzó el odio contra los judíos cuando el incidente de los peregrinos del San Luis, en junio de 1937. Ese barco, con más de 900 refugiados judíos a bordo, permaneció durante varios días anclado en el puerto de La Habana  en espera de que se autorizara el desembarco de sus pasajeros, procedentes de la Alemania de Hitler. El gobierno del presidente Laredo Bru, sin embargo, se negó a concederles el permiso. Más que por decisión propia, las autoridades cubanas procedieron de esa manera por presiones del Departamento de Estado norteamericano. Cordell Hull, titular de esa secretaría, pidió a La Habana que les negara el derecho de asilo con el pretexto de que las cuotas para los potenciales emigrantes procedentes de la Europa central estaban ya cubiertas en Estados Unidos, país a donde, en definitiva, se suponía  viajarían muchos de aquellos refugiados. Levó anclas entonces el San Luis con su carga, en Miami también se les negó el ingreso y fue en Holanda donde al fin pudieron desembarcar los pasajeros. Una aventura trágica. Más de 670 de ellos fueron capturados por los nazis y murieron en campos de concentración. Los 240 restantes pudieron escapar otra vez para ponerse a salvo.

UN POCO DE HISTORIA

Los primeros judíos llegaron a Cuba con Colón. En sus viajes a América navegaron con el Almirante unos 160 judíos, seguramente conversos o que ocultaban su origen para escapar de la Inquisición. De ellos, se recuerdan los nombres de Martín Alonso Pinzón, Rodrigo de Jerez y Luis de Torres, políglota consumado que fue el primer terrateniente hebreo en Cuba y el introductor del tabaco en Europa. Fueron judíos portugueses, por otra parte, los que trajeron la caña de azúcar.

            Aun así, dice Sarusky, fue tarea ardua la de los judíos en su afán de echar raíces en la Isla y  en todo el nuevo continente pues cuando se autorizó la venida de los hijos de los quemados por la Inquisición, se les impuso la restricción de que no ocupasen cargos públicos. Se les obstaculizaba su movilidad social  y no fructificaban sus expedientes de “limpieza de sangre”. Carlos V, en 1552, prohibió la venta de hidalguías a los que tuviesen un antepasado condenado por pública infamia, a los descendientes de los comuneros y a los sospechosos de herejía o de descender de  judíos. Los sucesores del Emperador, a partir del siglo XVII, flexibilizaron la venta de ese privilegio. De todas formas, era judía conversa Isabel de Bobadilla, que sustituyó a su esposo,  Hernando de Soto, como gobernadora de la Isla e inspiró al artista que esculpió La Giraldilla.

            No fue hasta 1881 cuando el gobierno de Madrid autorizó la migración de los judíos. Es a partir de entonces, recuerda Sarusky, que puede hablarse de una comunidad judía en Cuba, si bien no existía la libertad de cultos. Martí tuvo a judíos entre sus colaboradores cercanos y fue valioso el aporte de la comunidad judía de Cayo Hueso a la Guerra de Independencia, en la que sobresalieron combatientes judíos.

            En 1906 sumaban unos mil los judíos radicados en Cuba. Eran en lo esencial hombres de negocios y fundaron  una institución social y una sinagoga en La Habana y un cementerio en Guanabacoa. Entre 1910 y 1917 arribaron unos cuatro mil judíos sefarditas procedentes de Marruecos y Turquía. En 1919  llegaban a dos mil los hebreos ashknazis provenientes de Polonia, Rusia y Lituania, y  esa cifra se duplicaría hacia 1924.

            Los sefarditas, cuenta Sarusky, buscaban las zonas suburbanas o rurales. Eran vendedores ambulantes e introdujeron los créditos en su práctica comercial. Al comercio y a la pequeña industria se dedicarían en La Habana los ashknazis, sobre todo durante la II Guerra Mundial y después. En 1945 se contaban  unos 25 000 judíos en Cuba. Las más nutridas migraciones habían tenido lugar en las décadas de los  20 y los 30 y en La Habana Vieja, sobre todo, establecieron escuelas, bodegas, cafés, restaurantes, tiendas para la venta de tejidos y retazos… e introdujeron la industria de la talla de diamantes.   Dos periódicos, uno en yiddish, y otro en español, se editaban para esa comunidad que desplegaba una activa vida cultural y social, tanto en la capital como en las provincias. Muchos de ellos, con el fin de la guerra, volvieron a Europa o pasaron a radicarse en Estados Unidos o Canadá. De esa etapa, algunos nombres se recuerdan en La otra cara del paraíso: Erich Kleiber, brillante músico que dirigió la Orquesta Filarmónica,  Ludwig Chajovitz, que fundó e impulsó el Teatro Universitario, y Sandú Darié, destacado pintor y escultor que nunca más se fue de Cuba.

DOS TRADICIONES

 

Esa comunidad entró en crisis a partir de 1960 cuando la nacionalización de comercios e industrias provocó la emigración de la mayoría de sus componentes, por lo general comerciantes y profesionales. ¿De qué fuentes se nutriría?, se pregunta Sarusky y responde que el Patronato Hebreo convocó a todo el que tuviera briznas de judaísmo en su estirpe. Eran contadas las parejas que contaban con ascendencia judía directa y desde 1965 las uniones matrimoniales eran mixtas pues  un judío o una judía casi nunca podía casarse con alguien de su misma creencia. El Patronato debía actuar con tacto y de manera flexible, poniendo a un lado el excesivo fervor religioso.   Por suerte, agrega Sarusky, el Patronato  había adoptado el rito conservador, que  es mucho más moderno y acorde con los tiempos que el rito ortodoxo. En este rito, enquistado en tradiciones antiguas,  es la madre judía la que otorga legitimidad a sus descendientes. Ahora se trataba de que todas las familias, mixtas o no, se asumieran como judías.

            A diferencia del rito tradicional, donde las mujeres no pueden mezclarse con los fieles masculinos, el rito conservador concede a la mujer acceso pleno al ritual. En Cuba, donde no reside ni oficia un rabino de manera estable, son mujeres las que se encargan de conducir el oficio. Y apunta Sarusky el fuerte contraste entre las ceremonias del pasado y las de hoy en La Habana. Dice: “Quien haya visto unas y otras, con seguridad no podrá ocultar su desconcierto por la abismal diferencia. Son dos manifestaciones tan diferentes de una misma creencia, que se diría que un tajo espectacular las escindió, al punto de que nada tienen que ver entre sí”.

            El mundo judío no es uno ni monolítico, advierte Sarusky en Las dos caras del paraíso.  Vista a la distancia la unidad judaica parece un haz compacto, pero ofrece, de cerca, un panorama heterogéneo. En Cuba, los hebreos enfrentan la dramática disyuntiva de disolverse o intentar reencontrarse y conseguir una cohesión, por precaria que sea, asevera el escritor  y concluye: “Es imposible vaticinar cómo será la comunidad hebrea en Cuba en el 2025 o en el 2050. Pero si aún entonces permanece viva y activa, seguramente tendrá características muy propias, en las que estarán fundidas, en una entidad singularmente caribeña, dos tradiciones: la hebrea y la cubana”.

           

 

           

 

             

 

Muerte de Vinent

Muerte de Vinent

Ciro Bianchi Ross

 

El 17 de octubre de 1947 la opinión pública era sacudida por un escándalo mayúsculo –uno más en aquella administración escandalosa que fue la de Ramón Grau San Martín- cuando el senador Luis Caíñas Milanés fulminó de un balazo al representante a la Cámara Arturo Vinent Juliá en sus oficinas de la calle Hartman esquina a Aguilera, en Santiago de Cuba.

            Militaban ambos en el Partido Auténtico y mediante un pacto, que involucró a otras figuras del autenticismo en Oriente,  se habían comprometido a otorgar todos los votos orientales de la asamblea nacional de esa organización al doctor Carlos Prío Socarrás a fin de apoyarlo en su aspiración presidencial. Pero bien pronto Vinent, que ejercía la jefatura del partido en la antigua provincia, se percató de que Caíñas  desconocía su autoridad y  maniobraba para perforar sus huestes, en lo que era alentado desde La Habana por José Manuel Alemán, ministro de Educación y favorito de Palacio, que lo había “calzado”, a espaldas de Vinent,  con 154 puestos de esa dependencia para que los distribuyera a su antojo. Vinent entonces anunció su determinación de abandonar la política y retirarse a la vida privada, y su amenaza preocupó tanto a Grau como a Prío pues su salida del partido podía significar la pérdida de unas 50 000 afiliaciones con vistas a los comicios generales de 1948.

            Enseguida Grau aseguró a Vinent que todo se solucionaría y Vinent pidió al Presidente 36 puestos, de los que Alemán soltó solo 24, que parecieron calmar las furias del parlamentario descontento, en tanto que Prío lo “enamoraba” con una nota perentoria en la que le decía:  “Mi querido Arturo: has bombardeado con artillería gruesa a todo el mundo. Confío en que eso te habrá servido para serenarte. Si no fuese así, recuerda que estamos en el camino que conduce al 48. Piensa en mis sacrificios y recuerda que cuanto hagas te lo sabré agradecer. Tengo fe en ti y estoy seguro de tu cooperación hasta el final. Un abrazo, Carlos”.

            Prío había desembolsado 102 000 pesos por aquellos votos; de ahí su “sacrificio”, y con Vinent ausente no las tendría todas consigo en la asamblea nacional del partido pues se rumoraba que Caíñas, pese a haberse beneficiado con la parte correspondiente de ese dinero, trabajaría en el cónclave para poner a favor de Alemán al mayor número de delegados posibles.

DOS BIOGRAFÍAS

El manzanillero Luis F. Caíñas Milanés (47 años) era un cambia casacas. Machadista en tiempos de Machado, fue sucesivamente liberal, nacionalista y auténtico. Su relación con Batista lo exaltó al Senado en 1936 y en ese cuerpo propició la destitución del presidente Miguel Mariano Gómez, de quien se fingía amigo y con quien hacía pareja en los juegos de dominó que se organizaban en Palacio. En 1940, militando en Unión Nacionalista, sufrió, a manos del candidato auténtico, una sonada derrota en su intento de alcanzar la alcaldía de Bayamo. Dos años después, conducido por  Rubén de León, se pasó al autenticismo y retornó al Senado en 1944. No solo se había convertido ya en uno de los grandes alabarderos de Grau, sino que en las elecciones de ese año acusó de fraude a su propio hermano, que dirigía en Bayamo el Partido Demócrata, y ordenó el asalto de sus oficinas. A partir de ahí su influencia fue enorme en los círculos grausistas y fungió como “amigable componedor” entre el Presidente y elementos del Congreso que no eran afines al mandatario.

            Arturo Vinent Juliá (5l años)  era, en cambio,  un auténtico de cuna. En 1942 lo eligieron representante a la Cámara por ese partido y dos años más tarde, contribuyó decisivamente al triunfo presidencial de Grau. Lo reeligieron entonces a la Cámara y ocupó la primera vicepresidencia del autenticismo en Oriente. Cuando el senador Emilio (“Millo”) Ochoa, que desempeñaba la presidencia de esa organización en la provincia, pasó a militar en el recién fundado Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) Vinent ocupó su lugar.

MI MUERTE ES SU MUERTE

“No creo que Vinent ni nadie hubiera tomado en serio su jefatura, por lo menos que Vinent fuera jefe mío. Eso de la jefatura está bien para halagar la vanidad de Vinent, pero no para que Vinent piense que él es mi jefe. Nunca mi actividad política ha sido andar a la caza de puestos públicos porque en distintas ocasiones le he dado a Vinent, y a algunos otros que no son Vinent, los puestos que me pidieron…” declaró Caíñas Milanés a la prensa santiaguera y la respuesta de su adversario por la misma vía  no se hizo esperar: “Caíñas, afiliado a nuestro partido por mero accidente, no fue ni será capaz de ser auténtico… Llegó a nuestras filas para probar fortuna… y de veras le ha ido muy bien. Todos los legisladores auténticos responsables hemos defendido al Gobierno en el Congreso, en la tribuna y en la calle. Pero no conozco a ningún otro que haya cobrado por su defensa un precio tan alto, tan inmediato y tan ‘al contado’ como el senador Caíñas Milanés”.

            En su finca El Chungo, en las afueras de Bayamo, Caíñas escuchó por teléfono la lectura de las acusaciones de Vinent que desde Santiago le hacía  un amigo. Eran palabras demoledoras sobre todo en un momento en que  tenía noticias de que Vinent y otros legisladores auténticos suscribirían un nuevo pacto que lo excluiría de la combinación senatorial. Decidió no esperar más y en compañía de su secretario, “Cundy” Silva, su guardaespaldas Llorente y Mario Tamayo, jefe de los  inspectores de Comercio en Bayamo, se trasladó de inmediato a Santiago.

 Poco después, en la bella capital oriental, Arturo Vinent era informado por un correligionario  de la brusca salida de su rival luego de conocer las  declaraciones, pero Vinent restó importancia al asunto. “No tengas cuidado. Caíñas no hará nada violento. Mi muerte es su muerte política”, respondió y salió a la calle. Luego de algunas gestiones culminó su recorrido en el bufete de su hermano, en Hartman y Aguilera, que utilizaba como oficina política. Estaba ya enterado de la opinión de Grau acerca de las pugnas del autenticismo en Oriente y la melosa nota de Carlos Prío, que acababa de entregarle su concuño, hizo que el ánimo se le  subiera al límite. A las 12:30 dijo a sus allegados que iría a almorzar a su casa, pero, conversador incansable como era, se mantuvo en el bufete más tiempo del previsto. Nada presagiaba la tragedia que se le venía encima.

El vehículo en el que desde Bayamo  viajaron Caíñas y sus acompañantes aparcó frente al edificio. Silva y Tamayo se apostaron en la puerta de entrada del inmueble,  y Caíñas, de guayabera y pantalones  blancos y el rostro oculto por el ala del sombrero de jipijapa, se lanzó pistola en mano,  seguido por Llorente, escaleras arriba. Empujó mamparas y recorrió las salas del bufete hasta encontrarse cara a cara con Arturo Vinent que todavía discurría plácidamente con dos colaboradores. Vinent, desarmado, no podía enfrentarlo y trató de escabullirse. Una columna le sirvió de escudo, pero hizo un movimiento, asomó medio cuerpo y ofreció un blanco insuperable a su adversario. Una sola bala fue suficiente. Le penetró entre la sien y el ojo derechos y se le alojó en el cerebro.

El atacante, cumplido su objetivo, se precipitó, seguido por su guardaespaldas,  escaleras abajo y disparaban para dificultar cualquier intento de persecución. En la calle, Silva y Tamayo hacían lo mismo. Desde el balcón del bufete también hacia uso de su pistola uno de los colaboradores de Vinent. Un policía fue víctima casual de la refriega. Silva escapó hacia el Gobierno Provincial y Tamayo, al timón del automóvil, se alejó con destino desconocido. Caíñas y Llorente atravesaron el café La Cubana y el primero ganó la entrada lateral del club San Carlos. Un policía quiso detenerlo, pero alegó su inmunidad parlamentaria. Ya en la cantina pidió un vaso de agua, que bebió con pulso firme, y encendió un cigarrillo. Mintió a los que se interesaban por conocer los detalles del suceso: “Sí, fui a buscar a Vinent para darle dos ‘galletas’ por lo que me publicó hoy en el Diario de Cuba y me hizo un disparo al verme entrar. Entonces yo también disparé mi pistola… Debe estar herido pues se escondió detrás de una columna”.

Ya policías y  soldados arribaban a las inmediaciones del parque Céspedes, desalojaban a la multitud que se iba congregando y cubrían las entradas del San Carlos. Poco después el senador Luis Caíñas Milanés era trasladado, bajo protección, al cuartel Moncada. Cuando todos pensaban que se hallaba detenido en esa instalación militar, el presidente Grau enviaba a Santiago un avión Douglass, del Ejército, para trasladarlo a La Habana y de nuevo el matador de Arturo  Vinent era custodiado por una tropa de aforados  a lo largo de la avenida de Crombet y en el aeropuerto de San Pedrito. La muerte de Vinent no significaría la muerte política de su asesino. Ya lo veremos la  semana venidera.