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Memorias

Los nombres de Cuba

Los nombres de Cuba

Ciro Bianchi Ross

 

Durante los primeros siglos de su historia, descubridores, colonizadores, monarcas, cartógrafos, cronistas y marinos se empeñaron en sustituir el nombre con que los aborígenes designaron a nuestro país. De esa manera, durante años, los topónimos de Juana, Fernandina, Alpha, Fernandina del Puerto del Príncipe y Ave María, entre otros, lucharon por imponerse, sobre la voz arahuaca que le dieron a Cuba por nombre sus primitivos pobladores.

            Los nombres de Cuba y el contenido semántico de esa palabra fueron tema de un interesante ensayo del doctor Antonio Núñez Jiménez que glosaré ahora.

            El 21 de octubre de 1492 el nombre de Cuba entró a figurar en la historia universal. Ese día, el almirante Cristóbal Colón escribió en su Diario: “… y después, partir para otra isla grande mucho, que creo debe ser Cipango (Japón) según las señas que me dan estos indios que yo traigo, a la cual ellos llaman Colba”. Y apenas mes y medio después, al referirse al territorio que ya visitó, Colón  la llama Juana o Cuba.

            “Desde el reciente bautizo de Cuba con el nombre de Juana, apunta el geógrafo Núñez Jiménez, comienzan las dudas en el propio Almirante y la llama, como él mismo dice, Cuba o Juana, estableciéndose a partir de entonces y hasta el siglo XVII una lucha por el predominio de uno de aquellos dos nombres o de los otros con que fue rebautizado nuestro país. El nombre de Juana fue puesto por Colón a Cuba en memoria del Príncipe de Castilla, hijo de los Reyes Católicos”.

            Recuérdese, por otra parte, que Juana se llamaba también la hija de esos monarcas. Fue reina de Castilla, en 1504, y casó con Felipe, El Hermoso, archiduque de Austria. De esa unión nació el emperador Carlos V. Al enviudar, perdió la razón y pasó a la posteridad  con el sobrenombre de La loca.

            El 28 de febrero de 1515, muerta ya la reina Isabel, Fernando, El Católico, dispuso, mediante Real Cédula, dar a Cuba su propio nombre en la forma de Fernandina. Este topónimo fue también poco afortunado pues se vio rechazado hasta por los historiadores oficiales. Curiosamente, apunta Núñez Jiménez, los cronistas se referían en ocasiones a Cuba y a Fernandina como a dos territorios diferentes y, en otras, mencionaban ambos nombres, ayudando de esa manera a mantener el original.

            ¿Qué significa, en la lengua de los taínos, la palabra Cuba? El geógrafo precisa que acerca del contenido semántico de ese nombre escribieron Rocha, Macías,  Geoje, Fernando Ortiz, José Juan Arrom y Juan Bosch, entre otros.

            Núñez  Jiménez descarta las exposiciones de Rocha (1681) y de Macías (1885). El primero afirma que Cuba deriva de Acuba, que fue uno de los descendientes de Annón, hijo de Esdras, y alude así a un inaceptable poblamiento precolombino de Cuba por emigraciones de países bíblicos. El segundo, entretanto, lo hace derivar del griego: “Nos hemos decidido por afirmar que Cuba se derivó de cuba (en el sentido de barrigón) procedente del ablativo singular de cupa, ae cuba o tonel, vocablo original del griego kupe, es decir, cavidad”.

            Para Fernando Ortiz, a quien,  por sus investigaciones,  los cubanos consideran el tercer descubridor de la Isla,  Cuba y ciboney tienen la misma raíz: la voz ciba, que equivale a piedra, montaña, cueva. Aunque no se ha podido probar que ciba (o siba) signifique montaña o cueva, afirma Núñez Jiménez que es muy probable que tuviese la misma raíz de ciboney (o siboney) es decir, el hombre que habita en la piedra o en una país pedregoso, y también de siboruco o seboruco, equivalente a piedra.

José Juan Arrom, en su opúsculo Historia y sentido del nombre de Cuba (1964) al estudiar la obra de C. H. Geoje, recuerda que este autor registra en Surinam la palabra da kuban, equivalente a mi campo, mi terreno. Koba (o Kuba),  afirma Arrom, debe ser, por consiguiente, la voz que Colón oiría y eso vendría a explicar las vacilaciones del Almirante al registrarla, abriendo y cerrando la vocal de la primera sílaba, primero como Colba y luego como Cuba.

LLAMARSE CUBANO

Pero si los pobladores primitivos llamaron Cuba a nuestra Isla, ellos mismos no se llamaron cubanos. Tardaría mucho en aparecer ese gentilicio. Lo mismo sucedió en el resto de América. Cuando en estas tierras comenzaron a nacer los descendientes de españoles, no se supo cómo llamarlos, si naturales o criollos, insulanos o indianos. Con eso de insulanos, los diferenciaban de los isleños o nativos de las islas Canarias, en tanto que lo de indianos los distinguía de indios y aborígenes.

            Recuerda Núñez Jiménez que el cosmógrafo Juan López de Velasco, autor de Indias, islas y tierra firme del mar Océano de los reyes de Castilla (1571) tachó en su manuscrito un párrafo que le pareció conflictivo. Aludía en él a los nacidos en el Nuevo Mundo.

            Decía:

            “… Pero los que nacen de ellos [de los españoles] que llaman criollos y en todo son tenidos y habidos por españoles, conocidamente salen ya diferenciados en la color y tamaño, porque todos son grandes y la color algo baja declinando a la disposición de la tierra; de donde se toma argumento, que en muchos años, aunque los españoles no se hubiesen mezclado con los naturales, volverían a ser como ellos, y no solamente en las calidades corporales se mudan, pero en las del ánimo suelen seguir las del cuerpo, y mudando él se alteran también…”

            Gentilicio es el adjetivo que denota la patria o localidad de origen de una persona. Para que surja un gentilicio se impone que en un determinado territorio que tenga nombre nazcan y vivan individuos que se identifiquen con él.

            El gentilicio cubano comenzó a usarse ampliamente en la  primera mitad del siglo XIX. A partir de 1830, escribe el erudito Juan Pérez de la Riva, el cubano no pierde oportunidad de diferenciarse del español, y con la afirmación de la nacionalidad llega aparejado un cambio en los gustos. Entonces tomar café tinto y comer arroz blanco con frijoles negros eran maneras de distinguirse de los peninsulares, que preferían el chocolate, la paella y los garbanzos. Esa cubanía se reflejó además en la forma de vestir del cubano y en los colores con los que pintaba su casa, así como en la poca afición a las corridas de toros, que dejan de ser, poco a poco, el entretenimiento preferido.

            Aun así, todavía en 1842, cuando se publica La flor del Almendares, colección de poesías cubanas dedicadas al bello sexo, no se llama cubanos a los poetas incluidos, sino “naturales de la Isla”.

            Pero sería precisamente un poeta quien, entre los primeros, se llamó a sí mismo, y por escrito, cubano. Se llamaba Juan Antonio de Frías y su obra “Al sol de Cuba” se publicó en la revista El Palenque Literario, de La Habana, el 5 de noviembre de 1882, aunque la escribió alrededor de 1853.

            Cintio Vitier y Fina García Marruz, en su bellísima Flor oculta de poesía cubana (1978) rescatan a ese interesante y desconocido poeta. Muy poco se sabe acerca de su vida, salvo que fue esclavo y que nació, presumiblemente, en Camagüey, en 1835. Es autor además de un poeta tristísimo, “El esclavo”, y de un soneto en el que canta a la proclamación en pleno campo insurrecto  de la Constitución de Guáimaro. Murió el poeta fusilado por los españoles.

            Dice Juan Antonio de Frías en “Al sol de Cuba”:

            Ígneo cimiento del alcázar divo            Del Creador soberano.            Admite los obsequios de un cubano,            Oye la voz de un infeliz cautivo.

La próxima va por mí

La próxima va por mí

Ciro Bianchi Ross

Hay personas que aunque se aprecien e incluso se quieran, uno les coge miedo cuando las ve. Son los necesitados. No es que anden en la fúacata ni mucho menos, pero han hecho un vicio de   eso de pedir y siempre necesitan algo. No una gran cosa por lo general, sino insignificante, nimia, y  que, aun así,  a la larga, y gota a gota, te erosiona el patrimonio. Una cabecita de ajo. Un bolígrafo.  Una cebollita. Dos huevos. Que si fuera  para ellos, claro, nunca te pedirían. Pero es  me llegó una visita imprevista  o porque el niño, siempre tan desganado, se antojó ahora de comerse un revoltillo. Son las  mismas que te tumban  la puerta a las siete de la mañana para preguntarte si ya colaste por aquello del tremendo dolor de cabeza que les provoca la falta de café, y de paso te piden un cigarrito. Hasta que yo compre. Y una peseta para el camello porque no tienen menudo y tú sabes que en el camello no dan vuelto. Y,  si te haces el bobo, ni comprobante. Son las que se enteran que irás al médico y aprovechan para encargarte una receta de Paracetamol, no porque tengan fiebre ni los amenace la gripe, sino porque no se sabe lo que pueda pasar y siempre es bueno tener ese medicamento a la mano. O las que cuando presentas un nuevo libro, insisten con autoridad en que les regales un ejemplar dedicado y no se molestaron siquiera por compromiso en ir a hacer bulto el día del lanzamiento.

            El que nunca pide y se ve obligado a hacerlo, lo hace con pena.  Prefiere morirse. Te llama por teléfono o te visita y da vueltas y vueltas a las palabras hasta que encuentra el momento preciso para deslizarte la petición. Que, a veces, a última hora, no se atreve a hacer porque creyó no haber encontrado la oportunidad. Y,  al revés, está el que con timidez  y todo  te suelta de entrada  el petitorio y, aunque reciba una respuesta positiva, se explaya luego en una justificación sin límites que a la postre resulta  imposible de soportar.

            Los penosos y tímidos  sin embargo, no abundan. Pululan, sí, los que se creen que uno está obligado a servirlos. Porque piensan que a uno le sobra. O que para uno será poco significativo privarse de lo que ellos piden. Son los que vienen a verte y, así como así, te disparan que necesitan tres mil pesos para salir del lío en que se metieron o para completar lo que les cuesta el refrigerador que van a cambiarle. Podrían pedírselos al banco en ese último caso. Pero a ellos no les gusta deberle al banco. Prefieren debértelo a ti, que eres su socio. Y tú sabes que conmigo no hay lío. Si dices que no los tienes, no te lo creen. Si no  se los da, pierdes a un amigo, y si se los das, también. Porque por más que le adviertas que es el dinero de tus vacaciones o del arreglo de la casa, verás llegar el verano o el albañil, pero no tu dinero. Lo reclamas entonces, primero con indirectas, luego con  una sugerencia tenue y te dicen que no hay problema, que no hay porqué para la preocupación pues tú bien sabes que aquella vez te pagué los veinte pesos que me prestaste.  Pero ahora no son veinte, sino tres mil y te hacen falta. Subes el tono. El deudor se disgusta e indigna. Está ofendido y no quiere verte. Ni tampoco pagarte. Si al fin lo hace, de seguro  te tildará  de ridículo por reclamar la bobería que le  prestaste.

            En eso del dinero y los amigos, está siempre el que cobrará dos mil pesos el martes por la mañana y viene a pedirte mil el lunes a las nueve de la noche para devolvértelo en cuanto él cobre su dinero en un martes que nunca llega o demora. El que se sienta a tu mesa en un restaurante y luego de ordenar su plato deja caer que no tiene un centavo. Y aquel que no se cansa de blasonar que no pide ni presta, pero que se te arrima en una cafetería y te tumba la cerveza.

LOS RONEROS

Los roneros son los peores. Te hace la visita imprevista  uno de ellos  y como son las nueve de la mañana le ofreces un café. No, no toma café: ya tú sabes,  la acidez, la úlcera… Propones entonces un refresco y lo ves hacer una mueca. Ya sin saber que brindar, sugieres un platico con dulce de mango o de coco rayado. Mejor no haber convidado a nada.  El ronero no riposta, pero a las claras denota  que está ofendido. Él, tan amigo, luce ahora  cara de pocos amigos. Empiezas a preguntarte el porqué y pronto te percatas de  que descubrió la botella de añejo que   dejas siempre  encima del aparador.

            No, de ninguna manera,  a él no le parece que sea muy temprano para un añejazo.  Vendría bien. Lo necesita.  Le sirves una dosis generosa en un vaso,  sirves otro menos abundante para ti, pero él -¡qué bárbaro!- se lo suena de un  planazo y queda con el vaso en el aire en espera de la segunda vuelta. Sirves otra vez para ambos, pero tu visitante es insaciable y a partir de ahí  ya no espera que  seas tú  quien le repita. Asume la función de la intendencia, agarra él mismo la botella y después de echar un trago largo en su vaso, te pregunta, condescendiente,  si quieres más. No puedes con eso y menos a esa hora la mañana  y te resignas a  que se beba el añejo que reservaste para una ocasión mejor u otro visitante.

            Y se lo bebe. Solo para preguntar si  tendrás otra botellita por ahí. La tienes, pero, aclaras, es de ron chusmita que venden en la esquina. Tu visitante sonríe en triunfo.  Se lo sopla igual sin dejar de asegurar, una y otra vez, que en  la próxima visita, la  botella irá por él. No hay próxima vez que valga. Vendrá también con las manos vacías. O llegará en compañía de otro amigo que traerá la botella. Y por cada trago que beban  usted y el  amigo que trajo la botella, él se echará tres al gaznate, y si a la hora de marcharse queda todavía algo de líquido tratará de bebérselo aunque se atragante.

ÉCHALE GUINDAS AL PAVO                  

Ese tipo de amigo es de la misma horma  de aquel que va en grupo a un bar y espera siempre que otro pague la ronda que a él le toca. Va como becado o lleva cosido los bolsillos del pantalón. Aun así, bebe como el que más. Pero justo es decir que este espécimen rechaza generalmente las invitaciones en grupo. Carece de imaginación y  da siempre el pretexto de que sigue un tratamiento médico que le impide beber alcohol.

            Hay quien tiene  vicio de los  libros prestados. Y vicio de no devolverlos.  Por más que le recalques que todavía  no has leído el  que se llevó. O  la revista que inserta un par de notas interesantes que quieres conservar. Si difícil es que te devuelvan el libro, da de antemano  por perdida la revista. Nadie las devuelve. Y hay quien  te pide un destornillador y una pinza,  y échale guindas al pavo. Terminas perdiéndolos porque luego no recuerdas a quién se los prestaste.  Y el que a las doce de la noche te saca de delante del televisor en lo mejor de la peor película del sábado para pedirte una zapatilla porque se le rompió la llave del fregadero. Tú, que sueles preocuparte por tener siempre esos adminículos, no recuerdas a esa hora donde las pusiste, pero quieres resolverle el problema al vecino. Que está apenado por molestarte. Pero tú le dices que no, que no es molestia. Y sonríes para colmo,  aunque te pierdas la película y sepas  que luego la cogerás con el perro, que no ve televisión ni usa zapatillas.

            Está asimismo el vecino telefónico. No conoce  límite. Llama y lo llaman sin orden ni concierto.  Recibe llamadas lo mismo de Madrid que de Santiago. El que lo llama puede desconocer que aquí es de madrugada, pero el vecino telefónico no se lo advierte. Ni le corta la perorata. Lo escucha y habla con la sonrisa de oreja a oreja, sin importarle el tiempo que te está robando. Ni que por su culpa te pases del tiempo previsto en la cuota fija.  Si se ve obligado a hacer una llamada de larga distancia, la hace y después tú le corres detrás para que te la pague. A esa hora, a lo mejor, no tiene dinero y deberás esperar, pero la empresa telefónica no espera y en definitiva el asunto del pago es tuyo. Más tarde o más temprano, el vecino telefónico se lanza a fondo y trata de convencerte de que,  para evitar tanta molestia,  lo mejor es que le pases una extensión. Aduces, para salir del paso, que eso de las extensiones clandestinas está prohibido, y él te recuerda que muchos lo hacen y no pasa nada. Pero tú eres un ciudadano respetuoso de la ley y sigues negándole. Tratará de comprarte entonces. No te convence y empieza a calificarte  en la cuadra de  egoísta y casasola. Pero sigue usando tu teléfono.

            Si tu casa tiene garaje, te salaste. Te lo pide el vecino de enfrente.  O el de la esquina. El de al doblar. El que te dice que vive  tres cuadras más allá.   Ninguno tiene dónde guardar el automóvil y todos se sienten  con derecho a que los dejes disfrutar de tu espacio. Entonces te pones a pensar que el de enfrente nunca te saluda,  que con el de la esquina y con el de al doblar intercambiaste solo unas pocas frases y al de tres cuadras más allá ni siquiera lo conoces. Ninguno de ellos te da un aventón las veces que te ve por ahí aguardando un taxi. Viran la cara y si te he visto, no recuerdo.

            Hay gentes  que juran y vuelven a jurar, sin que nadie se los pida, que tú no eres su amigo, sino su hermano,  y empalagosos, repiten que eres su única familia. Desconfía de ellos. Son los peores.  Detrás de tanto cariño se hace bien visible su interés. No quieren una cebollita, una cabecita de ajo o dos huevitos. No piden nada;  tampoco necesitan, pero cuando se tiran, lo hacen a matar, sin reparar en que caen en el abuso de confianza. Una simple negativa los trastorna y, por suerte,  los hace alejarse.

            Está, cómo no estaría, el amigo que nunca molesta ni pide, pero que cuando conversa contigo te pinta un panorama tan dramático, sombrío  y desolador que toca   lo mejor de ti y mueve siempre tu solidaridad hasta que lo visitas y  te convences de tu error al ver en su casa el multimueble  y el equipo de música nuevos o al presenciar el video de los quince de la niña que le costó un Potosí;  fiesta a la que se le pasó invitarte o pensó en hacerlo y no hizo porque  intuyó que  a ti no te gustaban  esas cosas.

            Lo que  me trae a la memoria la visita mañanera de un viejo y querido amigo. Venía, en nombre de la institución  donde trabaja,  a felicitarme por un premio que había ganado por mi trabajo periodístico. Me dijo que la directiva de su centro  quiso  enviarme un cake por el galardón y que él  había dicho que se despreocuparan porque yo “no estaba en eso”. Respondí que me hubiera gustado recibirlo. Para qué, inquirió.  Le dije: Chico,  me lo hubiera comido, sentado en el contén de la acera,  con los niños de la cuadra. 

           

           

           

 

                 

Duelos de anjá

Duelos de anjá

Ciro Bianchi Ross
Aunque se suponía que en un duelo debía salir vencedor quién tuviese la razón, el triunfo se inclinaba siempre hacia el más hábil o fuerte. O casi siempre pues a veces el menos diestro, por aquello de que la suerte es loca, llevaba la mejor parte.
Ocurrió así en el lance que sostuvieron, en 1890, el afamado duelista cubano Alberto Jorrín y Leopoldo D’Ousuville, capitán de artillería del ejército español, por ofensa de obra inferida por el primero. El militar exhibía un historial esgrimístico bastante mediocre y como el otro de manera invariable había salido vencedor en todos sus encuentros, amigos y entendidos le adjudicaron de antemano la victoria. Sin embargo, Jorrín resultó muerto cuando en la primera reprisse D’Ousuville, de una estocada certera, le atravesó el vientre con su sable.Tan pronto el juez de campo ordenó el inicio del combate, el capitán, punta en línea, se lanzó sobre su rival en un ataque suicida que Jorrín fue incapaz de parar. Sin movimientos, como un muñeco, quedó a merced de su adversario. Y es que el cubano desde días antes y a consecuencia de la caída de un caballo padecía de una especie de catalepsia que momentáneamente lo paralizaba y dejaba en blanco su mente. Aún así se batió.Retomo hoy el tema de los duelos porque imagino que muchos lectores quedaron con las ganas de saber más de esas peleas regulares entre dos personas, precedidas de un desafío o reto y que se llevaban a cabo a mano armada, en presencia de testigos y antecedidas de acuerdos que, entre otros detalles, establecían las armas con las que dirimiría el combate.Algunos cabos, ciertamente, quedaron sueltos, por falta de espacio, en la página pasada. ¿Cómo fue aquel lance entre Susini de Armas  y el maestro Alesson que Ramón Fonts calificó como el más fuerte e interesante que se dio en Cuba? ¿Qué sucedía cuando un león como ese, campeón olímpico en la modalidad de espada de combate, y centroamericano de espada, sable y florete, concurría al campo del honor? De duelos de verdad y de duelos de mentirita continuaremos hablando este domingo y también de otros que se vieron matizados por incidentes ingeniosos o burlescos.VIEJO, POR TU MADREPorque en un duelo en Cuba podía suceder cualquier cosa. En 1918 tocó hacer su debut de espadachín intrépido al formidable humorista Miguel de Marcos, redactor por aquellos días del Diario de la Marina.  Todavía en 1947 el autor de Papaíto Mayarí y Fotuto recordaba en una crónica los pormenores del encuentro, aunque no menciona en ella el nombre de su adversario ni el por qué del desafío. Precisa De Marcos que los padrinos que escogió no eran de espíritu moderado y pactaron con los representantes de su rival algo siniestro: un lance a sable, con guante corto, filo, contrafilo y punta. Tenía el escritor 24 años de edad entonces y su conmoción fue grande al leer el acta de concertación suscrita por los padrinos en la que solo faltaba acotar aquello de “Se ruega no envíen flores”.La noche antes del encuentro, ya muy tarde, Lucio Solís, jefe de redacción del Diario, conminó a De Marcos a que se preparara. Le recomendó que hiciese unos molinetes, tirase a fondo y diera brusquedad al sable. No lo había en el periódico y el duelista hizo su práctica con el arma que se le puso a mano: un espadón visigodo de 50 libras de peso y abrumador como el remordimiento.El médico que lo asistiría, en caso de salir herido, sería el eminente cirujano Benigno Souza, pionero de la laparatomía en Cuba y, cosas de la cirugía general, especialista en trepanaciones de cráneo. El juez de campo, el maestro Pío Alonso, alto, magnífico, apuesto, con bigotes en batalla y una bondad inextinguible.Comenzó el combate. Cuando los contrincantes se acaloraban y chocaban los sables una y otra vez, Alonso, fiel a su práctica, no solo intervenía con su bastón, sino que detenía con sus manos el enroscamiento de las armas.Transcurrió la primera reprisse. En la segunda, De Marcos advirtió que su adversario, hecho a la esgrima trágica, quería sacarlo del campo con una estocada en el vientre y que en la tercera estaba dispuesto a liquidarlo de cualquier manera. Fue entonces que sintió un golpe mate y sordo en un antebrazo.Ordenó el juez de campo la interrupción del lance y pidió al médico que examinase al herido. ¡Herida grave, imposibilidad de este contendiente de reanudar el duelo! dictaminó Souza pasando por alto que en la zona afectada solo aparecía una mancha cárdena. Volvió a diagnosticar: ¡Bordes magullados! y sin detenerse ni bajar la voz indicó el tratamiento que creyó oportuno: ¡gasa fenicada, sopa de tapioca, reposo absoluto! Y enseguida, bajito y mientras le apretaba con fuerza el moretón, dijo a De Marcos: Viejo, por tu madre, haz un esfuerzo a ver si por lo menos te sale una gota de sangre y damos esto por finalizado de una vez.ENTRE LEONESLa sangre sí corrió en el duelo (1916) entre Susini de Armas y Eduardo Alesson. La crónica no precisa el lugar del encuentro; solo dice que ocurrió en una casa de la calle J, en el Vedado. Como uno de los padrinos en el lance fue Francisco Grau San Martín, es de suponer que se celebrara en J esquina a 17, donde está ahora la escuela y que era la residencia del doctor Ramón Grau, futuro presidente de Cuba. El juez de campo fue el ya aludido Pío Alonso y en el combate De Armas recibió una herida de sable de diez centímetros de largo en el hombro izquierdo y su rival una contusión en el cuello, una herida debajo de la oreja y múltiples excoriaciones en el torso.Curados ya los heridos, se suscitaron varios incidentes enojosos, no solo porque con impertinencia De Armas pedía la reanudación del lance, sino porque algunos espectadores atestiguaban que Alesson había herido a su oponente después de darse la voz de ¡alto! y otros aseguraban justamente lo contrario, que fue De Armas quien atacó cuando se había dado ya por concluido el encuentro. Zanjada esa cuestión, Alonso, erguido, arrogante y enérgico, pidió una reparación a Alesson por haber manifestado este días antes que no lo quería como juez de campo. Y ahí no paró la cosa pues dos conocedores casi se van a las manos por su desacuerdo con la calificación de las lesiones que recibieron ambos contrincantes.Porque la discusión más nimia, el motivo más baladí daba a veces pretexto para la concertación de un duelo.Una tarde discurrían plácidamente sobre asuntos de armas Ramón Fonts, el formidable esgrimista zurdo, y el maestro de esgrima José María Rivas. Conversaban sobre la técnica esgrimística del italiano Athos de San Malato, autor de uno de los códigos que regían los duelos, algo dijo Rivas que disgustó a su interlocutor y ahí mismo quedó planteada la llamada cuestión de honor.  No quedaba otra salida que la de batirse.El día acordado se situaron frente a frente los dos leones. El juez de campo dio por comenzado el encuentro y enseguida dejó escuchar la voz de ¡alto! Pidió a Rivas que diera a Fonts las satisfacciones necesarias.  El maestro Rivas asintió sin reparos y ambos contendientes, que eran en verdad muy amigos y se admiraban mutuamente, se sellaron en un abrazo.  (Fuentes: Textos de David Aizcorbe y Octavio Garcerán Laredo. Con documentación de Gonzalo Sala)      

Duelistas

Duelistas

Ciro Bianchi Ross
El duelo es en Cuba desde hace bastante tiempo una institución anacrónica. Todavía en los años 40 del siglo pasado bastaba con que alguien se sintiera ofendido para que planteara la llamada cuestión de honor. Designaba entonces a sus representantes, que visitaban al ofensor, y este a su vez designaba los suyos. Los padrinos de una y otra parte se reunían para pactar las condiciones del lance: lugar y fecha del encuentro, el arma con que se dirimiría el asunto y la forma en que transcurriría el enfrentamiento.El arma escogida podía ser la espada o la espada francesa, el sable con punta o sin ella, o con filo, contrafilo y punta… Una vez decidida el arma establecían los padrinos a cuántas reprisses sería el combate, lo que duraría cada una de ellas y el tiempo de descanso entre una y otra. Si seleccionaban la pistola, el revólver estaba terminantemente prohibido, se fijaba cuántos disparos harían los contendientes y a cuántos pasos y si dispararían a discreción o a una voz de mando. La cosa se ponía fea cuando se acordaba que el duelo fuera con todas las consecuencias o a todo juego, como se decía, pero aun así los duelistas debían obedecer las órdenes del juez de campo y  acatar sin chistar su determinación de dar por finalizado el lance.Se suponía que tras el duelo, cualquiera que fuera el vencedor, la ofensa quedaba lavada y los rivales debían reconciliarse. No sucedió así en el caso de los villareños Judas  Martínez Moles y Joaquín Meruelo. Se batieron en La Habana por discrepancias políticas y el enfrentamiento no bastó para limar el malestar. Un día en que coincidieron en una calle espirituana, esgrimieron sus revólveres y se acometieron a tiros. Ambos se desplomaron, pero Moles llevó la peor parte, pues falleció a causa de las heridas.IMPUNIDADMientras que el pueblo resolvía las cuestiones de honor a puñetazo limpio y los más sensatos acudían a los tribunales en busca de apoyo, a espada, sable o pistola se batían los políticos de la hora, médicos y abogados eminentes y funcionarios de relieve, y lo hacían con total impunidad, pues si bien el duelo no era en sí una figura delictiva, sí eran punibles su concertación y consecuencias, como las de cualquier riña callejera. Los periodistas eran de los más retados a duelo y figuraban entre los que más se batían. Había excepciones. Pepín Rivero, director del Diario de la Marina, aunque se batió dos veces tuvo el valor reflexivo de no aceptar numerosos retos que se le hicieron. Y Miguel Ángel Quevedo, director de Bohemia, rehusó batirse cuando Grau San Martín, ya Presidente electo, lo retó por una información aparecida en la sección En Cuba.Duelistas famosos fueron en el sector de la prensa Wifredo Fernández, que se suicidaría en la prisión de la Cabaña tras la caída de Machado; Santiago Claret, director y propietario del periódico Información; y Desiderio Ferreira, director que fue de El Heraldo y que murió baleado ante la puerta de su casa en el apacible reparto San Miguel. También lo fueron José M. Muzaurrieta, de El Imparcial, y Antonio Iraizoz, director de los cotidianos La Noche y Alerta y que ocupó importantes cargos públicos y diplomáticos. Por nuestra cuenta Fernández y Ferreira se batieron cinco veces cada uno. Claret, 8; Muzaurrieta, 9; e Iraizoz, 16. De todos los duelistas cubanos es Iraizoz el que más lances tuvo en su haber y salió vencedor en más de la mitad de ellos.Otro duelista connotado fue el veterano de la independencia Manuel Secades Japón, que se vio envuelto en un ruidoso proceso por la muerte de su esposa. Participó en ocho lances y venció en siete de ellos. Entre los políticos parece que Eduardo Chibás se lleva la palma. Se batió nueve veces.Aunque se batía mucha gente sin honor, y muchos lances, con sus balas de cera y armas sin filo, no pasaban de ser mera comedia, hubo en Cuba duelos memorables. El más fuerte e interesante, a juicio del esgrimista Ramón Fonts, fue el que sostuvieron a sable el doctor Susini de Armas, hermano del periodista Justo de Lara, y el maestro de esgrima Eduardo Alesson y que casi termina en una riña tumultuaria. También el de los médicos Ricardo Núñez Portuondo y Pedro Palma en una clínica de Jesús del Monte y ante la curiosidad morbosa de unos 200 espectadores y que concluyó con la herida de 15 centímetros de largo que Núñez Portuondo con su sable propinó a su rival y que le tajó desde la frente hasta el pecho.Otro duelo sonado, el más sangriento, fue el de Iraizoz con el reportero Gustavo Rey, en 1917, en un corredor interior del teatro Alhambra. Dejó cinco heridos en total. Iraizoz quedó herido en el pecho y Rey con una herida grave desde el hombro hasta la mano. También resultó herido grave el juez de campo al interponerse entre los contendientes y un espectador cuando el sable de Iraizoz salió disparado hacia el público. Antes de comenzar el encuentro se había herido el médico que debía de asistir a los duelistas. Se llevó la yema de un dedo al revisar las armas que cortaban como navajas.TAMBIÉN LOS LIBERTADORESNo escapa de esta relación el lance entre el general Enrique Loynaz del Castillo y el coronel Orestes Ferrara. Loynaz recibió una herida grande en la cabeza y enardecido, lleno de ira y sangrando abundantemente, no obstante haberse dado por terminado el combate, corrió veloz, arma en ristre, hacia Ferrara en tanto gritaba a voz en cuello: Lo que no me hicieron los españoles en la manigua me lo hizo este maldito italiano. La agresión, no sin esfuerzos, fue frustrada gracias a la intervención de varios espectadores.Porque los libertadores también se retaban y batían. En 1893 y en una casa de Guanabacoa, Juan Gualberto Gómez, en un duelo a espada, puso fuera de combate al periodista Ignacio Sola, que lo ofendió en un artículo. Agramonte, siendo estudiante de Derecho en La Habana, se batió al menos en dos ocasiones con oficiales españoles, y una vez más en Camagüey. Maceo, en Jamaica, retó a duelo por ofensas a Flor Crombet. El Titán exigió un duelo a muerte. Se batirían a pistola, a 25 pasos y dispararían al mando. Pero los padrinos de ambos acordaron que el lance se pospusiera hasta que ambos cumplieran su misión en la independencia de Cuba. Lo mismo sucedió cuando Agramonte, en plena Guerra de los Diez Años, retó a duelo a Céspedes. Más sereno, menos impetuoso, el Padre de la Patria dijo a los padrinos del Bayardo que esperaría a que terminara la lucha para reclamar a Agramonte la reparación de sus insultos.Martí implícitamente retó a duelo a Enrique Collazo cuando este en una carta pública lo acusó de rehuir el peligro y de haber servido a España. Decía Collazo: “Si de nuevo llegase la hora del sacrificio, tal vez no podríamos estrechar la mano de Ud. en la manigua de Cuba…”  Respondió Martí: “Si mi vida me defiende, nada puedo alegar que me ampare más que ella… Pero no habrá que esperar a la manigua, Sr. Collazo, para darnos las manos, sino que tendré vivo placer en recibir de Ud. una visita inmediata, en el plazo y país que le parezcan convenientes”.PÓNGALE PESO Y MEDIONo todos los duelistas se comportaban con hidalguía en el campo del honor y no eran pocos los que con pretextos ridículos rehuían el enfrentamiento. Al periodista González Beaudiville, de tan asustado que estaba cuando se batió con Desiderio Ferreira, se le escapó un tiro antes de tiempo y se agachó cuando su oponente hizo el primer disparo. Cuando al fin se incorporó, Ferreira le coló una bala en el pecho, a un centímetro del corazón, y no pudieron sacársela en Cuba ni en Europa. Vivió con ella dentro desde entonces y murió de otra cosa.Cosas cómicas también sucedían en torno a los duelos. Wifredo Fernández debía batirse con Loynaz del Castillo y como sería un lance con todas las consecuencias llevó a afilar su sable viejo y mohoso. El servicio le cuesta dos pesos con 50 centavos, le dijo solícito el amolador. Fernández no los tenía, pero no se amoscó por ello, y sin vacilar repuso: Mire, amigo, póngale peso y medio de filo, que es lo que tengo.(Fuente: Octavio Garcerán Laredo: El duelo. La Habana, ed. Lex, 1947. Con documentación de Gonzalo Sala)

           

Presidentes

Presidentes

Ciro Bianchi Ross 

¿Sabía  usted que la antigua provincia de Las Villas fue el territorio que más nombres aportó a la presidencia de la República de Cuba entre 1902 y 1959? ¿Que no hubo ningún camagüeyano que llegara a desempeñar la primera magistratura y que tres de los que lo hicieron nacieron en el exterior? ¿Que de los presidentes de Cuba seis fueron abogados y dos médicos, y que hubo incluso un graduado de Filosofía y Letras y dos ingenieros? ¿Que de los de extracción más humilde fueron los que más se amillonaron en el ejercicio del poder? ¿Conoce usted lo que el periodista Mario Kuchilán, hace muchos años en esta misma página, llamó “el sino de los Carlos”? Pues sí, entre 1902 y 1959, llamarse Carlos fue fatal para los presidentes cubanos.De estas y otras cosas estaré hablando en seguida.

BREVES Y BREVÍSIMOS

Hubo aquí presidentes constitucionales y otros que no lo fueron, y hubo también quienes ocuparon con carácter provisional la jefatura de la nación. Entre los primeros, Carlos Prío no llegó a completar el mandato de cuatro años, para el que fue elegido en 1948 porque se lo impidió el golpe de Estado que en el 52 dio Batista. Tampoco pudo completarlo Miguel Mariano Gómez, juzgado y destituido por el Senado siete meses después de su toma de posesión, en 1936. Estrada Palma, García Menocal y Gerardo Machado se hicieron reelegir, y las consecuencias fueron terribles. El primero se vio obligado a renunciar; Menocal, aunque retuvo el poder hasta el final, provocó con su actuación la llamada revuelta de La Chambelona, y Machado ya se sabe cómo acabó.De los mandatarios provisionales, Carlos Manuel de Céspedes duró 23 días en el cargo, y Grau San Martín en su primer período (1933-34) algo más de cien. Su sustituto, Carlos Hevia, fue presidente entre el 14 y el 18 de enero del 34, y Carlos Mendieta lo fue entre ese día y el 12 de diciembre del año siguiente, cuando cedió paso a José Agripino Barnet, que ocupó el cargo hasta el 20 de mayo de 1936. Andrés Domingo y Morales del Castillo fue, al amparo de Batista, presidente entre agosto del 54 y febrero del 55. Federico Laredo Bru asumió la magistratura al ocurrir la destitución de Miguel Mariano; su mandato, por tanto, tampoco fue completo.De esos presidentes breves, los brevísimos fueron el general Alberto Herrera y el periodista Manuel Márquez Sterling. El primero sustituyó a Machado el 11 de agosto de 1933 y no llegó a cogerle el gusto al cargo pues, siguiendo instrucciones de la embajada norteamericana, se lo traspasó a Céspedes al día siguiente. Márquez Sterling duró menos. Juró la presidencia al filo de las seis de la mañana del 18 de enero del 34 y la soltó a las 12 meridiano del propio día. La República estaba acéfala por la renuncia de Hevia y correspondía a Don Manuel como Secretario de Estado la sustitución reglamentaria hasta que Mendieta, impuesto por el entonces coronel Batista, asumiera.

ORIGEN, PROCEDENCIA

En Las Villas nacieron José Miguel Gómez y su hijo Miguel Mariano (ambos en Sancti Spíritus), Machado (Santa Clara), Herrera y Mendieta (San Antonio de las Vueltas) y Laredo Bru (Remedios). Curiosamente también eran villareños Manuel Urrutia (Remedios) y el cienfueguero Osvaldo Dorticós, que no entran en este recuento.En Matanzas (Jagüey Grande) nació Menocal. Pinareños eran Grau (La Palma) y Prío (Bahía Honda). Hevia y Alfredo Zayas nacieron en La Habana; el último de ellos en el Cerro. En Oriente, Estrada Palma (Bayamo), Batista (Banes) y Andrés Domingo (Santiago). Nacieron en el exterior Céspedes (Nueva York), Márquez (Lima) y Barnet (Barcelona).De esas 17 figuras —no se olvide que Grau y Batista ocuparon la presidencia en dos ocasiones diferentes—  tenían títulos de abogados Zayas, Céspedes, Miguel Mariano, Andrés Domingo, Laredo y Prío. Menocal y Hevia eran ingenieros, graduados ambos en Estados Unidos, el primero en Cornell y el segundo en Anápolis. Estrada Palma era graduado en La Habana, de Filosofía y Letras, y empezó a estudiar Derecho en España, pero abandonó la carrera cuando, a la muerte de su padre, regresó a Cuba, a fin de administrar el cuantioso patrimonio familiar, que le confiscarían durante la Guerra de los Diez Años. Grau y Mendieta eran médicos. Grau era un excelente clínico y tisiólogo, profesor de Fisiología de la Universidad de La Habana. Cuando asumió la presidencia por segunda vez, en 1944, pidió que se le hiciera la auditoria de sus bienes y el arqueo arrojó que su capital ascendía a 72 000 pesos. Antes de abandonar el cargo en 1948 solicitó otro inventario y su fortuna personal había descendido a 22 000. Declaró entonces que el haber estado apartado de la Medicina, durante cuatro años lo había empobrecido.José Miguel era bachiller y no continuó estudios universitarios porque se incorporó a las filas del Ejército Libertador durante la Guerra de los Diez Años. Machado y Batista no superaron la enseñanza primaria. Herrera provenía de las filas del Ejército. No consta en las biografías que tenemos al alcance que Barnet ni Márquez Sterling hicieran estudios superiores. El primero estuvo toda la vida en el servicio exterior de la República. El segundo ya a los 15 años era periodista.

APODOS, MATRIMONIOS, ETC.

A diferencia de José Miguel, Miguel Mariano, Grau, Mendieta... que nacieron en cuna rica, Machado tuvo un origen muy humilde y en un momento de su vida fue obrero agrícola. Batista se metió a soldado, que era una carrera para los pobres, y se sabe que Prío llegó a concurrir a la universidad con los pantalones remendados... Los tres se enriquecerían a costa del Tesoro de la nación.A Machado le apodaban El Mocho, porque perdió un dedo mientras trabajaba como carnicero en su región natal. A José Miguel le apodaron Tiburón,  por lo que mordía, y a Menocal, El Mayoral porque fue administrador del central azucarero Chaparra. A Zayas le decían El Pesetero, ya que se conformaba con poco siempre que la gota no dejara de caerle en el bolsillo. A última hora transó con Machado y se comprometió a ayudarlo a alcanzar la presidencia a cambio de cinco humildes milloncitos que recibiría en cuotas, de la Renta de la Lotería Nacional. Por cierto,  Zayas en algún momento recibió la encomienda de escribir una Historia de Cuba, y la República le pagó, por esa tarea un salario de 500 pesos mensuales hasta su muerte, en el 34. No parece que escribiera una sola línea. Volviendo a lo de los apodos, Mendieta era el Solitario de Cunagua, y a Batista, ávido de una popularidad que nunca tuvo, debía resultarle grato oírse llamar El Guajirito de Banes.Todos estos 17 presidentes estaban casados, menos Grau, que era un solterón empedernido. Dos de ellos contrajeron matrimonios con extranjeras; Céspedes con la italiana Laura Bertini, y Estrada Palma con Genoveva Guardiola, a la que pescó cuando fue director de Correos en la República de Honduras y Genoveva era la hija del Presidente hondureño.  De las Primeras Damas, la más bella fue sin duda Mary Tarrero, la mujer de Carlos Prío. ¿Qué hay del sino de los Carlos? Sucede, decía Kuchilán en sus fabularios, que ningún presidente con ese nombre llegó en Cuba a completar su mandato y salió de la presidencia como bola por tronera. Así le sucedió a Céspedes, a Hevia, a Mendieta y a Prío. Otro hubo de nombre Carlos que ni siquiera pudo tomar posesión, Carlos M. Piedra y Piedra, que el primero de enero de 1959 fue llamado al Campamento de Columbia y quiso hacérsele presidente en sustitución de Batista, por ser el magistrado más antiguo del Supremo. Pero el propio tribunal se negó a tomarle juramento y Piedra se la dejó en la mano al general Eulogio Cantillo y volvió a su casa.

      

Peonías

Peonías

Ciro Bianchi Ross 

Cuando pienso en la peonía recuerdo aquellos collares con que los milicianos bajaban de las montañas del Escambray, a comienzos de los 60,  luego de haber participado en la lucha contra las bandas contrarrevolucionarias. La peonía es, en efecto, un bejuco leguminoso medicinal que en Cuba florece en diciembre (flores blancas o rojas, en espiga) y echa unas vainas en racimo que contienen granos esféricos, duros, lustrosos y de color rojo vivo con un lunar negro, que son muy solicitados para adornos.

            Peonía es una voz que además designa en América al pedazo de tierra que por su menguada extensión puede labrarse en un día y, en otras latitudes,  identificaba asimismo a las  parcelas que luego de la conquista de un territorio se otorgaban a los soldados de a pie.

            Pero no es de ninguna de esas peonías de la que estaré hablando enseguida, sino de la planta de la familia de las ranunculáceas (familia a su vez de las dicotiledóneas) que tiene hermosas flores grandes de bello color carmesí.

No suponga el lector que le endilgaré una clase de Botánica. Lo que trae hoy la peonía a esta página es que en 1906, hace ya casi cien años, un científico austriaco aterró a los cubanos con una predicción terrible: entre el 15 y el 16 de mayo de ese año la Isla desaparecería a consecuencia de catastróficos temblores terrestres  y marítimos. Así, decía, lo vaticinaba la peonía. Según sus estudios, acometidos tanto en Viena como en Londres, ciudades en las que sostenía centros de investigación, las hojas de esa planta se enroscaban sobre sus tallos tan pronto se avecinaban movimientos anormales  en la tierra o en el mar.  

En uno de los artículos de costumbres  que el historiador Emilio Roig de Leuchsenring escribió, en los años 30, para la revista Carteles, de La Habana, bajo el seudónimo de El Curioso Parlanchín, se recrea esta sabrosa historia. De ahí la tomamos.

OPINIONES DIVIDIDAS

El doctor Nowack, que así se nombraba el personaje, llegó a La Habana en febrero de 1906 y predijo el cataclismo en cuanto pisó tierra.  Enseguida se dividieron las opiniones. El periódico La Lucha tomó en serio el vaticinio del vienés, difundiéndolo y calorizándolo, mientras que otro periódico, El Mundo, lo tiraba a broma,  y el Diario de la Marina lo combatía muy seriamente oponiéndole las aseveraciones del padre Gangoitia, director del Observatorio de Belén, el único que había entonces en la Isla.

            A nivel popular manifestábase la misma reacción ante Nowack y su peonía. Los más, no le hacían caso, pero muchos, los de mayores posibilidades económicas, por supuesto, salieron del país a fin de salvarse de la tragedia anunciada y muchos más vivieron agobiados por la preocupación.  El caso es que el asunto se convirtió en tema de conversación obligado  en todos los lugares y para todos los sectores y la prensa informaba de los avances de los experimentos del profesor con las peonías sembradas en una quinta de Guanabacoa, propiedad de un tal Tariche.

            Nowack, sin duda alguna,  se tomaba en serio su descubrimiento. Era miembro de una noble familia vienesa que perdió su patrimonio a causa de las investigaciones del profesor. En un libro había recogido sus observaciones sobre la peonía y modo de cultivarla y en sus dos institutos laboraban decenas de personas ansiosas de confirmar de una vez y para siempre la hipótesis de que era posible predecir los cambios del tiempo por las alteraciones que sufriera esa planta.

            En Europa había tenido tantos detractores como simpatizantes y no faltaban los dispuestos a certificar la exactitud con la que, peonías por medio, Nowack era capaz de pronosticar el estado del tiempo. El príncipe de Gales incluso, durante una visita a Viena en 1888, se interesó en el asunto y dispuso que en el Jardín Botánico de Londres se estudiaran las propiedades meteorológicas de la peonía. Dos años después, sin embargo, el director de esa institución daba a conocer la nulidad de la investigación: la planta no servía para predecir  el tiempo.

ALARMA DESDE VIENA

Aunque todo esto, con mayor o menor detalle, fue de conocimiento en La Habana de la época, el doctor Nowack continuaba sus investigaciones en la quinta de Guanabacoa y la fecha de su anunciada catástrofe se hacía cada vez más cercana.

            El 26 en abril, en su famosa columna “Actualidades”, del Diario de la Marina, escribía su director, don Nicolás Rivero, primer Conde del Rivero: “Desde ayer, gracias al doctor Nowack y a La Lucha, que publicó sus predicciones, no se habla de otra cosa que del próximo temblor terrestre o marítimo que habrá se sentirse con más o menos intensidad en nuestro litoral del 15 al 19 de mayo… Desde ayer no cesa de funcionar nuestro teléfono y llueven sin cesar recados y cartas en esta redacción… Las familias están alarmadas… En las casas del Malecón y en las del Vedado nadie duerme de noche. Se nos pide que digamos algo para tranquilizar los ánimos…”

            Así las cosas, otro periódico,  el Diario de la Familia añadió más leña al fuego de la alarma ciudadana al publicar en su edición del día 27 un despacho cablegráfico fechado supuestamente en Viena y que daba cuenta de que el Observatorio de esa ciudad anunciaba que muy pronto La Habana sería asolada por un terremoto.

            Llegado a este punto, la Secretaría de Estado (Cancillería) pidió al cónsul cubano en Viena que de manera urgente remitiera informes sobre el doctor Nowack y sus peonías, y el padre Gangoitia, desde el Observatorio de Belén, trataba de calmar a los habaneros asustados. Declaraba a la prensa: “El mes de mayo de 1906 en La Habana será poco más o menos como los que han pasado… La ley que rigió en los 48 mayos precedentes no ha sido suspendida en el presente… Los fenómenos van hasta resultando al revés del pronóstico.”

            La revista El Fígaro, por su parte, pese a la inminencia de la supuesta tragedia, tiraba a bonche a Nowack y a sus peonías y después de presentar de manera satírica a una pareja que esperaría en la cama y amándose con pasión la destrucción  de la ciudad y el fin  de los tiempos, abordaba la actitud de los fuertes y supermachos, indiferentes a la predicción. “¿Temblores, inundaciones? –decían.  Bueno, de algo hay que morirse y, por si acaso, dejemos de pagar el alquiler”.

            Porque algo de esto hubo también en esos días de pánico a juzgar por la denuncia que el capitán Inchaústegui  interpuso en un juzgado correccional contra el doctor Nowack. El aludido, que era además abogado, acusó al profesor de ser el responsable de que las familias abandonaran el Vedado, dejando las casas vacías, y de que los alquileres y el valor de los inmuebles se hubiesen derrumbado en la zona.

            Roig de Leuchsenring, en su artículo de Carteles, añade que en esos días en la popularísima montaña rusa del recién inaugurado Palatino Park “el doctor Nowack, sus predicciones y las peonías sirvieron mil y una veces de pretexto para que los novios, ante la perspectiva de la cercana  catástrofe, se entregaran muy sabrosamente al rascabucheo”.

            Así llegó el 15 de mayo y transcurrieron los días 16, 17, 18 y 19 y no pasó nada, y el doctor Nowack se fue de Cuba como vino, con sus peonías a otra parte. Pero el cataclismo natural, que no existió, dejó paso a ese siniestro político que fue la segunda intervención militar norteamericana en Cuba  que se prolongaría durante los tres años siguientes.

            Sin embargo,  quizás el profesor vienés, con peonías o sin estas,  no anduviese tan desacertado pues ese año de 1906 fue el de los terremotos de San Francisco de California, en Estados Unidos, y Valparaíso, en Chile, este con su saldo de 1 500 víctimas, y en Cuba, el de un violento huracán que entre el 17 y el 18 de octubre atravesó La Habana,  ocasionó muertes y daños cuantiosos en toda la zona occidental y central, desde Pinar del Río hasta Las Villas, y puso los pelos de punta al pinto de la paloma.

           

  

 

    

Rico$

Rico$

Ciro Bianchi Ross

En estos días, mientras releía ese libro extraordinario que es La alta burguesía cubana; 1920-1958 (Editorial de Ciencias Sociales, 2003) del fallecido historiador Carlos del Toro, me dio por precisar quién era el hombre más rico de Cuba en 1959. No llegué, me anticipo a decirlo, a conclusión alguna, pero sí acopié los nombres de algunos que estuvieron entre los más ricos o pasaron por tales. Figuras que en el campo de la economía descollaron en la Cuba de entonces y que, a no dudarlo, fueron punteras en los giros en los que operaban. Para caracterizarlas, y lo digo antes de que un lector avisado lo advierta, reproduzco la información que en cada caso ofrece Del Toro. Veamos.

HACENDADOS

Julio Lobo Olavarría (1889-1983) sobresale entre los hacendados. En 1959 era el mayor propietario de centrales azucareros (12) y el mayor productor de azúcar (3 941 814 sacos de 325 libras). Era también el mayor colono, pero para evadir impuestos traspasó sus colonias cañeras a sus hijas Leonor y  María Luisa y a su cuñado Mario Montoro Saladrigas, que aportaba él solo 56 305 367 arrobas de caña.

            En 1946, en el censo de productores de azúcar, Lobo aparecía con ocho centrales y ocupaba el lugar número nueve en el índice de producción total. En 1953 se le consignaba con nueve centrales y el cuarto lugar, en tanto que la familia Rionda (seis centrales) ocupaba, al igual que en 1946, la segunda posición en producción y pasaría a la cuarta en 1959, mientras que los sucesores de Laureano Falla Gutiérrez  (siete centrales) suben del lugar seis en 1946 al tres en 1953, sitial que mantenían en 1959. La familia Gómez Mena (cuatro centrales) ocupaba la décima posición en cuanto a los productores en 1926-28 y la mantenía en 1959. También en esa fecha figuraban entre los 20 grandes productores cubanos de azúcar las familias Aspuru y Azqueta, con tres centrales cada una,  Tarafa, con dos, y Mamerto Luzárraga pasa del lugar l7, en 1946, al 2l.

            Hasta 1925 no se produjo aquí azúcar refinado para la exportación. A partir de esa fecha comienza a producirse en el central Hershey, de Santa Cruz del Norte, propiedad de Milton Hershey, el magnate de los chocolates norteamericanos. En 1956, sus sucesores, con 22 700 quintales diarios, ocupaban el primer lugar en la producción y Julio Lobo (150 000 quintales) el tercero. En 1959 Lobo adquirió los centrales de la Hershey Corporation y controló el mayor volumen del refinado del azúcar cubana

En cuanto a las destilerías, los mayores productores de alcohol en 1956 eran los herederos del industrial cubano-español José Arechabala. En esa fecha sus empresas producían más de 50 millones de litros, cifra a la que se añadían otros siete millones de litros de alcohol de 95 grados y aguardientes. En ese año la firma Bacardí, que se impuso en el mercado internacional, produjo algo más de tres millones de litros.

TRUST DEL DOLOR

En cuanto a los ganaderos, los mayores propietarios al triunfo de la Revolución eran la familia Infante (30 000 cabezas de ganado) Remigio Fernández (20 000) Bernardo Sánchez Adán (l4 000) y la familia Rionda (12 000). De los 20 grandes ganaderos registrados entonces, nueve se concentraban en la antigua provincia de Oriente (90 000 cabezas)  cinco en Camagüey (50 000) cuatro en Pinar del Río (l4 000) y uno en Isla de Pinos (5 000). El único gran propietario de Las Villas (4 000 cabezas) era José Eleuterio Pedraza, un oscuro sargento del Ejército que saltó a los primeros planos de la actualidad tras el golpe de Estado del 4 de septiembre de 1933. Estos datos, aclara Del Toro,  hay que tomarlos con reserva pues los aportaron los mismos propietarios ya exiliados en EE UU.

            Ernesto Sarrá, Teodoro Johnson y Francisco y Francisco Taquechel eran las cabezas de la industria farmacéutica. En 1929 hicieron ventas por diez millones de pesos. En 1938 un informe revelaba que el poder de esos propietarios llegaba a tal extremo que obligaban a los laboratorios extranjeros a negociar solo con ellos y eran capaces de arruinar a cualquier farmacéutico cubano que quisiera convertirse en importador.

26 LITROS DE CERVEZA PER CAPITA

En cuanto al tabaco, las marcas de mayor producción en 1958 fueron H. Upmann, de Méndez, García y Cía; Partagás, de Cifuentes;  La Corona, de Tabacalera Cubana; Gener, de Palicio y Romeo y Julieta, de Argüelles. Totalizaron 68 millones de unidades. En cuanto a los cigarrillos,  los hijos de Domingo Méndez (Regalías El Cuño) eran los más poderosos seguidos por los hermanos Trinidad (Trinidad) y Ramón Rodríguez (Partagás). Continuaban en orden descendente Tabacalera Cubana (La Corona) Martín Dosal (Competidora Gaditana) Méndez, García y Cía (H. Upmann) Calixto López (Edén) y Villamil y Santalla (Royal).

            Al igual que el tabaco y los cigarrillos, las cervezas cubanas alcanzaron una posición favorable en el mercado interno y se exportaron desde 1927. En la década de los 50 producían cervezas y maltas la Nueva Fábrica de Hielo S. A. (La Tropical) fundada en 1888 y bajo el control de la familia Blanco Herrera, la Compañía Cervecera Internacional (Polar) establecida en 1911 con capital cubano-español, y la Compañía Ron Bacardí S. A. (Hatuey). El récord de consumo de cerveza en la Isla se registró en 1952 con 25,6 litros per cápita.

            En la radiodifusión,  Goar Mestre no tenía competidores. En 1959 controlaba CMQ Radio, CMCB Radio Reloj, CMBF Onda Musical, CMQ-TV, CMBF-Canal 4 y el Canal 7, que trasmitía películas. Existía además el Cana 2-Tele-Mundo, propiedad de Amadeo Barletta, dueño además del periódico El Mundo y vinculado a la mafia norteamericana. Goar y sus hermanos Luis Augusto y Abel eran propietarios además de unas 26 empresas en giros tan disímiles como la publicidad, los alimentos, la construcción y la venta de automóviles, entre otros, negocios familiares que comenzaron en su natal Santiago de Cuba con la droguería Mestre y Espinosa, propiedad de sus padres.

COMERCIANTES Y BANQUEROS

Entre los grandes comerciantes importadores y exportadores emerge asimismo Julio Lobo. Se destacan además en esta línea el clan de los Falla Gutiérrez, Aspuru, los herederos de Nicolás Castaño, la familia Tarafa y la acaudalada familia Rionda, que en el siglo XIX se vinculó a la poderosa firma de corredores de azúcar londinense Czarnikow Ltd., y más acá, gracias a matrimonios sucesivos, creó nexos con los Fanjul, los Azqueta y los Gómez Mena.

            El banco cubano que operaba el mayor capital en 1958 era The Trust Company of Cuba; 234 millones de pesos, Le seguían el Banco Núñez (100) el Continental Cubano (88) el Agrícola Industrial (48) y el Gelats (45). El Banco Financiero, de Julio Lobo, operaba en esa fecha con 13 millones. The Trust Company estaba controlado por los herederos de Falla Gutiérrez.

            En esta relación que compilé, repito, gracias al libro de Carlos del Toro, no son todos los que están ni están todos los que son. Es solo un botón de muestra.  Gente que, dijo el economista Oscar Pino Santos,  no aparecen en una historia  convencional de Cuba  y que sin embargo tuvieron, como en el caso de Rionda, cicerone  de los intereses norteamericanos, más poder que muchos políticos, incluidos los mandatarios. El nombre de Julio Lobo se repite una y otra vez. ¿Fue acaso el más rico?  Parece que no si nos atenemos al juicio del investigador Guillermo Jiménez. Un inventario de los activos de Lobo y  de  los sucesores de Falla Gutiérrez, dice, arrojaría que aunque Lobo era puntero en el sector del azúcar, era superado por los Falla en la importancia y eficiencia de sus centrales, en la magnitud de los capitales invertidos en los consorcios azucareros norteamericanos y en la fortaleza de su banco.

            Precisa Jiménez: “Tres de los centrales de los  Falla estaban considerados entre los 20 mayores, y solo uno de los de Lobo, el Hershey, estaba dentro de ese grupo. Algo similar ocurría con el rendimiento industrial, pues los Falla tenían dos entre los 2l más altos, mientras que los de Lobo en general no pasaban de los considerados medianos, salvo un solo caso”.      

           

                    

Oficios y personajes

Oficios y personajes

Ciro Bianchi Ross

Cuando usted tenía turno para ver a un médico, en una institución de salud,  pública o privada,  y veía aparecer en la  antesala a un viajante de laboratorio, se le ponían los pelos de punta pues sabía ya que su tiempo de espera, en el mejor de los casos, se duplicaría. El recién llegado, maletín en ristre y aire de suficiencia, sin pedir permiso ni  encomendarse a nadie, traspasaba la puerta del consultorio y permanecía dentro el tiempo que creyese oportuno con tal de convencer al médico de las bondades de  los productos que la empresa que representaba distribuía o elaboraba, aunque en la mayor parte de los casos aquellos medicamentos no fueran más de lo mismo. Claro que el hombre hacía su trabajo, pero lo acometía  sin importarle que fuera hubiera gente con dolor de estómago, fiebre de 40 o al borde del infarto. Al final de la visita dejaba al galeno tres o cuatro cajitas o frasquitos de muestra para que los obsequiara a su vez entre  pacientes requeridos de aquellas medicinas y que se convertirían, involuntariamente, en verdaderos conejillos de India, y así  comprobase por sí mismo su eficacia. Los que aguardaban, mientras tanto, se entretenían en matar la demora en un incesante intercambio de síntomas hasta que, con alivio, veían salir, con sonrisa de oreja a oreja, al personaje. Alivio que duraba poco porque bien pronto aparecía otro viajante de laboratorio que, maletín en ristre y el  aire de suficiencia propio de una desviación profesional, traspasaba la puerta del consultorio sin pedir permiso ni encomendarse a nadie.

            El de viajante de laboratorio es uno de los tantos oficios que quedaron al campo después de 1959. Desapareció también el nevero, que por cinco centavos nos traía, envuelto en una hoja de periódico, un trozo de hielo que duraba casi hasta el día siguiente si se metía en la neverita o se mantenía bien envuelto en un saco de yute.  Era el refrigerador de los pobres esa  piedrecilla  mágica que, entre otras cosas,  permitía la bendición del agua fría. También desapareció aquel personaje que a las cinco de la mañana nos dejaba ante la puerta o en la ventana del portal un litro de leche que, aunque la necesidad de los más era mucha, nadie se robaba. Y desapareció asimismo el despedidor de duelos; no aquel a quien la familia designa  para tal menester, sino el que lo hacía de oficio.

SUSPIROS Y LÁGRIMAS

Porque a la puerta de cada cementerio que se respetara aguardaban siempre dos o tres de esos personajes. En cuanto entraba un cortejo alguno  se dirigía con paso seguro al grupo de los dolientes y, ya entre ellos, descubría a golpe de ojo al que podía decidir por los demás. Entonces, luego de trasmitirle su pésame, le pedía muy respetuosamente un aparte y casi en un susurro le preguntaba  si tenía quién despidiese el duelo. Si ya lo tenía, no pasaba nada;  nuestro personaje pedía perdón al doliente  por haber molestado su atención en momentos como esos y volvía a la puerta para discutir el próximo entierro. Si le decían que no, que la familia no había encontrado a nadie a quien confiarle la tarea de despedir al difunto al pie de su sepultura, ofrecía discretamente sus servicios. Un discursito por un precio módico en el que se enaltecían o se fabricaban las virtudes del muerto. Bastaban al orador unos pocos datos para conformar sus palabras que, de un entierro a otro, eran siempre las mismas que daban la vuelta. En ellas, invariablemente, el muerto  era padre y esposo amantísimo, ciudadano ejemplar, amigo a carta cabal y la suya,  una familia que quedaba desolada por la pérdida, sumida en  la desesperación y el llanto…

            Cierto que eran palabras que, con los cambios imprescindibles, se repetían casi de memoria. ¡Pero qué gestos el de aquel despedidor de oficio! ¡Qué énfasis el suyo! ¡Qué cara de dolor  al hacer equilibrio al borde de la tumba abierta con el sombrero colocado a la altura del pecho! Palabras pagadas y no sentidas que conmovían, sin embargo, al pinto de la paloma. Si en  la Cuba pasada un traje de dril l00 se calibraba por el número de arrugas  que fuese capaz de soportar, la calidad de estos oradores  de a tanto la palabra  se medía por las lágrimas y suspiros que arrancaban.

EL PELETERO

Otras ocupaciones no desaparecieron, pero variaron en su esencia intrínseca. Ahí está la del peletero, que es como siempre hemos llamado  en la Isla al que nos vende un par de zapatos. En una de las peleterías de las de ahora, los productos se muestran en una rara exhibición. Solo se puede ver, y  es posible probarse,  una pieza de cada par. Si por casualidad colocaron los dos zapatos en el exhibidor, estarán  sujetos uno al otro por un broche o presilla de seguridad que los hará sonar en la puerta como endemoniados si es que alguien intenta llevárselos sin haberlos pagado. Esto quiere decir que aunque se muestren los dos zapatos del par  el cliente nunca podrá probárselos como Dios manda. Si acaso, si es que lo logra,  se calzará uno primero y  luego el otro.

            Eso no fue siempre así. Comprarse un par de zapatos era todo un ritual  que paso a paso se cumplía hasta el fin. El cliente escogía en la vidriera el modelo de su preferencia,  se lo mostraba al  peletero y esperaba, sentado, su pedido luego de confesar el número que calzaba.  Cuando el peletero aparecía otra vez venía no solo con el modelo  y el número  solicitados,  sino con cuatro o cinco pares de zapatos más. Y, con un calzador y delante de un espejo que permitía apreciar el producto,  procedía a probárselos todos al cliente, dejando de  último el que este se interesaba por adquirir.

            ¿Qué motivaba tanta solicitud? Sencillamente, un problema de pesos y centavos traducidos en una comisión que a favor del empleado recorría una escala que iba del tres al uno por ciento o fracción.   El primer modelo que el peletero probaba, aunque no lo hubieran pedido, era aquel que había pasado de moda y amenazaba con dormir el sueño eterno en el almacén del establecimiento o ser llevado, para su posible liquidación, a una peletería de menor rango. Los otros eran zapatos que estaban en onda, pero por una razón u otra no tenían salida y se preveía que sucediera con ellos lo mismo que con el que ya había pasado de moda. Mientras más viejo fuera el modelo que el peletero, con su capacidad de convencimiento y persuasión, fuera capaz de vender, mayor era la comisión que cobraba y que al fin de mes redondeaba sus entradas, en tanto que el zapato exhibido en la vidriera apenas dejaba dividendos.

SISOBRA

Existía además el personaje que se dedicaba a lo que los chinos, con su sabiduría milenaria, llaman hacer nada. Uno no sabía bien de qué vivían, si de las rentas o del cuento. Pudiera ser que vivieran, más que de la política, de alguna que otra “botella” que un pariente les consiguió en el ayuntamiento o en alguna  dependencia estatal y que les permitía cobrar sin disparar un chícharo, pero que les garantizaba una existencia incierta pues, para los de abajo, esas sinecuras aparecían y desaparecían en un abrir y cerrar de ojos y en el mejor de los casos duraban lo que el alcalde o ministro que las concedió.

            Vivía en el Lawton de mi infancia un personaje  al que apodaban “Sisobra”. Hacía vida de portal. Siempre apoyado en su baranda, debía tener callos en  los codos. Así un día y otro, mañana y tarde, y, con su “Sisobra” para arriba y su  “Sisobra” para abajo, nadie sabía  exactamente cómo se llamaba. El hombre había sido suplente en los tranvías. El suplente, otro personaje desaparecido, era aquel que concurría todos los días a su centro de trabajo y que, aunque quisiera, no siempre podía trabajar. Solo lo hacía y cobraba cuando faltaba un obrero o empleado  de los fijos y eso sucedía muy de tarde en tarde y solo por razones de fuerza mayor. Pues bien, el sujeto merodeaba a diario por el paradero de los tranvías y, con prudente distancia, pedía al despachador que se acordara de él si sobraba algo. “Chico, tenme en cuenta si sobra algo”, repetía  porque él no era el único suplente y de esa manera, de tanto “si sobra” se ganó su apodo. Pero no sería esa toda su ganancia. Un día chocó con unos pedacitos del premio gordo de la Lotería Nacional y pocas semanas después volvía a sonreírle la fortuna,  también con el gordo,  en el mismo sortero. Entró en plata, supo invertirla  y  se olvidó de los tranvías, pero no dejó ser “Sisobra”.

            Del cuento sí vivía el señor González. Siempre de traje y apoyado en una muleta, pedía de puerta en puerta. Necesitaba de una operación quirúrgica que le permitiese, libre de su incapacidad,  volver a ganarse la vida como todos. “Usted no sabe lo duro que es pedir…”, insistía.  González era un hombre de respeto caído en desgracia por obra de aquel accidente que jamás terminaba de contar en todos sus detalles,  y  bien merecía la compasión de los demás. En realidad, se trataba de todo un profesional en el arte del timo.  Convencía con el tema de su dolencia y sus deseos de restablecerse. Cuando recibía un donativo, por insignificante que fuera, sacaba del bolsillo izquierdo de su chaqueta una libreta gruesa en la que,  con un lápiz de los llamados de carpintero, anotaba el nombre de su benefactor y la cuantía de la contribución recibida, porque esperaba, decía,  devolver hasta el  último centavo. Aquel gesto  generoso y espontáneo  se convertía en una obligación y la merced en una cuota fija porque  al mes siguiente González tocaba a la misma puerta y reclamaba lo suyo para la  operación. De habérsela hecho, hubiera sido la intervención quirúrgica más cara del mundo. Recaudó dinero  para ella  durante unos 40 años y nunca la  necesitó porque no tenía impedimento alguno. La muleta solo era su instrumento de trabajo.   Cuando murió se supo que, gracias a ella, vivía en casa propia, poseía otras que daba en alquiler y había costeado estudios universitarios a su única hija.