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Memorias

El tranvía

El tranvía

Ciro Bianchi Ross

A comienzos de la década del 30 la prensa cubana se inundaba de anuncios como este: “Mande a sus hijos a la escuela en tranvía; llegarán seguros”. Y a decir verdad, ese medio de transporte garantizaba entonces un viaje cómodo y feliz. Era el tranvía,  decía el poeta Nicolás Guillén en una de sus crónicas, el vehículo ideal para el trasiego de gente mesurada, honesta, paciente y sin prisa: el paralítico, el escribiente, el pensionado civil, el jugador de ajedrez…  Precisaba  el autor de Sóngoro cosongo, que fue uno de nuestros grandes periodistas: “Situábase usted en una esquina y todo consistía en esperar. La calceta, la lectura de Jorge Mañach o la simple divagación sobre temas no urgidos de resolución inmediata… Cuarenta minutos más tarde era usted sorprendido por un timbreteo inconfundible. ¡Ahí estaba el tranvía! Se instalaba usted en su lenta carroza, en su coche democrático y ya podía dormir seguro de llegar sano y salvo a su destino”.

Esa tranquilidad y  confianza,  sin embargo, desaparecieron  con el fluir del tiempo, y  el propio Nicolás escribía en 1950:   “Ahora, amigos míos –precisa reconocerlo con punzante melancolía- las cosas ocurren de modo bien distinto. El tendido de alambres para los trollies ha cedido bajo la acción demoledora de los años y ya no hay viaje sin accidente. Los cables caen a diario, enroscados sobre la calle como finas serpientes, y durante horas y horas permanece el tránsito paralizado en medio de las cuchufletas e ironías de quienes ante el humillante espectáculo aún se muestran con  ánimo de reír.

“A esto añádase el peligro mortal que tal contingencia entraña. Si los dos cables se unen y así los pisa el transeúnte, dícese que la catástrofe es fatal, y lo mismo si en esa forma caen sobre la distraída cabeza del viandante. De donde resulta que un medio de locomoción antaño tan sólido, tan constitucional, tan protector del sistema nervioso, se ha convertido en una permanente invitación a la muerte”.

El servicio tranviario  empezó a paralizarse progresivamente, más en el orden de la eficacia que en el de las utilidades, pues si en 1942, con 521 carros, la empresa que lo operaba recaudó algo más de dos millones de pesos; en 1944, con 420 coches, obtuvo ingresos por  más de cuatro millones y medio, y tres años después, con solo 400 vehículos en uso, la recaudación sobrepasó los siete millones.

¿Qué sucedía? Más que de muerte natural, el tranvía moría asesinado en Cuba. Afirmaba la revista Bohemia: “Congestionados hasta el máximo, los arcaicos vehículos dejaban de ser elemento de utilidad pública para transformarse en instrumentos de tortura urbana”.

LOS NUEVE PUNTOS

El tranvía era un vehículo movido por la energía eléctrica y  se desplazaba por carriles que no sobresalían de la calle o calzada.  Ancho y ventilado, tenía una plataforma en la parte posterior y alcanzaba  hasta nueve puntos de velocidad. El motorista podía ser cubano, si era blanco, pero la de conductor era  plaza reservada a españoles. Privilegio este que erradicó la llamada ley de nacionalidad del trabajo, dictada por el presidente Grau San Martín en 1934,  que obligó a las empresas establecidas en el país a que fuese cubana la mitad de su empleomanía. Aún así, no fue hasta bien avanzada la década del 40 cuando entró el primer negro a laborar en los tranvías.

Llegaron a circular más de  30  líneas de ellos en La Habana y sus barrios, líneas que se identificaban con letras y números. Las “V” salían del paradero del Vedado; las “P”, del de Príncipe y las “C”, del Cerro,  en tanto que las “S” lo hacían de Santos Suárez, y  las “M”, de Jesús del Monte. El L-4, Lawton-Parque Central, por ejemplo, comenzaba viaje en  San Francisco y 10 de Octubre y,  en bajada, llegaba por San Francisco a la Avenida de Acosta, seguía por Concepción, 16, B, Octava, Concepción, 10 de Octubre, Calzada de Monte, San Joaquín, Infanta, San Rafael, Consulado, San Miguel, Neptuno y Monserrate. Y subía por Empedrado, Aguiar; Chacón, Monserrate, Neptuno. Infanta y 10 de Octubre hasta San Francisco.

LA CUCARACHA

El transporte público en La Habana comenzó con vehículos de tracción animal. Se trataba de los coches de alquiler y, a partir de 1859,  de lentas guaguas tiradas por mulos. Pero ya a finales del siglo XIX comenzó a circular la célebre “cucaracha”, maquinita de cajón, como se le llamaba, movida por vapor. Operaba entonces el servicio, como una concesión del gobierno español,  la Empresa de Ferrocarril Urbano y de Ómnibus de La Habana, pero al acercarse el fin de la soberanía de España en Cuba, la junta de accionista de dicha entidad acordó ceder sus derechos. Es entonces que aparece en escena un personaje curiosísimo y digno de investigación, Tiburcio Pérez Castañeda.

            Había nacido en Pinar del Río, en 1869, y estudió Derecho en la Universidad de Barcelona y Medicina en las de La Habana y París. Se especializó como cirujano en Gran Bretaña y  se desempeñó como  profesor de Medicina Legal en nuestra más alta casa de estudios. Miembro del Real Colegio de Cirujanos de Londres, fue médico militar honorario de los ejércitos del zar de todas las Rusias y médico ad-honorem del rey de Inglaterra, mientras que en Francia lo hacían Caballero de la Legión de Honor, el zar le concedía la Gran Cruz Imperial de San Estanislao y ocupaba  en España, por las regiones de Huesca y Burgos, un escaño como Senador del Reino. Alfonso XIII, en 1927, le conferiría el marquesado de Taironas, que quedó vacante a su muerte, en La Habana, en 1939.

            Títulos aparte, don Tiburcio era una fiera para el dinero, y desconfiado como él  solo, apenas disfrutó de la concesión en el manejo de los ómnibus urbanos habaneros. La vendió, antes de la ocupación militar norteamericana,  a intereses canadienses que constituyeron la Havana Electric Railway Co.,   traspaso que sirvió a su vez para ponerla, con el tiempo,  en manos de la Havana Electric Railway,  Light and Power Company, empresa incorporada al estado de  New Jersey, que controlaría no solo los tranvías, sino también el servicio de alumbrado eléctrico y de fuerza motriz y la fabricación y distribución del gas artificial en la Habana y sus suburbios. El primer tranvía eléctrico circuló en esta capital en 1901.

STEINHART

Alemán de origen, pero nacionalizado norteamericano, Frank Steinhart llegó a Cuba como parte  del ejército de ocupación y se  quedó cuando las tropas interventoras salieron de la Isla. Durante 1902 y 1903 actuó aquí como representante del Departamento de Guerra de su país y tuvo en custodia  los archivos del gobierno interventor. Desde esos puestos usurpó las principales funciones del cónsul general norteamericano en Cuba pues el presidente Estrada Palma lo prefería a este para tratar los asuntos concernientes a las relaciones con  EE: UU. Así  se calzó en propiedad el consulado general, que desempeñó hasta 1907.  Sus funciones le valieron un sinnúmero de relaciones personales  valiosas en la Isla.

Se dice que  los socios norteamericanos de la Havana Electric Railway Co., se quejaron al cónsul de su país del manejo que la parte canadiense de la empresa hacía de los títulos de propiedad. Steinhart trasladó la queja al presidente de la compañía, radicado en Montreal, y este, despectivamente, le contestó que cuando él  fuera el accionista mayoritario y ocupase la dirección, podría administrarla a su antojo.

Steinhart vio esas palabras como un reto y sin pensarlo apenas trazó su estrategia para adquirirla. Visitó a importantes banqueros norteamericanos en busca de préstamos. No se los dieron, y  a los que le sugirieron que desistiera de ese propósito les ripostó que  requería de dinero y no de consejos. Necesitaba 750  000 dólares para acaparar la mayoría de las acciones y derribar a la junta directiva en la asamblea de 1907.  Resolvería su problema con el Arzobispo de Nueva York que adquirió un millón de dólares en acciones de 85 y al cinco por ciento con la garantía de que en un año Steinhart se las compraría a 90, lo que hizo, en efecto.

El dictador Machado, en tratos con la llamada Compañía Cubana de Electricidad, a la que autorizó a operar en Cuba, y en complicidad con Steinhart, hizo que la Havana Electric traspasara a la nueva empresa el monopolio de la generación de electricidad y de fabricación y distribución de gas.  El ex cónsul y sus principales asociados se beneficiaron con el negocio, no así la mayor parte de los accionistas cubanos y españoles que vieron como a partir de ese momento su entidad debía comenzar a pagar la electricidad  que movía a los tranvías y adquiría una deuda millonaria.

EL ÚLTIMO TRANVÍA

Fue el comienzo del fin. Apenas hubo ya inversiones nuevas en la havana Electric.  Steinhart hijo, al asumir la dirección de la empresa, no le insufló el soplo de juventud que de él se esperaba. Más que nada,  la ayudó a morir. En una hábil maniobra financiera barrió a los pequeños accionistas y liquidó la empresa en condiciones que lo favorecían tanto a él como a la Electric Bond & Share. La quiebra técnica de la Havana Electric era un hecho. El traspaso, durante el gobierno de Prío, de la concesión del transporte urbano habanero a la empresa de los Autobuses Modernos, dio el puntillazo a los tranvías.  

Dice el doctor Manuel López Martínez  que a las 12:08 del martes 29 de abril de 1952, hizo su entrada para siempre en el paradero de Príncipe el P2, número 388, último tranvía que circuló por las barriadas habaneras, en su postrer viaje de regreso. Había salido a las 11:22 de la noche anterior para cumplir su itinerario de siempre. El despedidor, Guillermo Ferreiro, con más de 30 años de servicio, ordenó la salida con algo de nostalgia. Cuando el motorista J. Amoedo y el  conductor M. Rey recibieron el cartón de salida sintieron que algo se les desprendía del corazón. Era como un desgarramiento interior y rompieron a llorar porque para ellos aquel sería también su último viaje.

   

           

Jesús del Monte

Jesús del Monte

Ciro Bianchi Ross

¿Sabía usted que en terrenos del actual municipio de 10 de Octubre hubo un ingenio azucarero? ¿Y que el origen de la parroquia de Jesús del Monte se pierde en la noche de los tiempos pues su construcción comenzó en 1695 cuando el presbítero Cristóbal Bonifá de Rivera ideó edificarla en un espacio de su propiedad  a fin de que diera servicio a los dueños del ingenio y a sus esclavos y  vecinos?

            La barriada de Jesús del Monte existía ya a mediados del siglo XVIII y fue un caserío independiente antes de que el crecimiento de la ciudad lo convirtiera en parte integrante de ella. La calzada de  igual  nombre no era sino un tramo del camino que conducía a las poblaciones de Santiago de las Vegas y Bejucal; el único que partía de la ciudad y se adentraba en el campo. Las vegas de tabaco fomentadas junto a los arroyos de Agua Dulce y Maboa dieron prosperidad relativa al poblado, que en 1765 fue declarado cabeza de partido rural y su  iglesia dejó de ser parroquia auxiliar para convertirse en parroquia independiente.  En 1820, Jesús del Monte era ya municipio. Pero perdió esa condición   tres años después.

            Sus moradores  más humildes ganaban el sustento gracias a la venta de sombreros de guano y yarey que tejían ellos mismos, mientras que el  tránsito de viajeros, carretas y arrierías aportaba al mismo tiempo lo suyo. Pero el establecimiento del ferrocarril Habana-Bejucal comprometió y retardó el desarrollo del poblado. En 1846 vivían allí algo más de 2 000 personas, y   en 1858 eran cuatro mil los vecinos y en sus cinco leguas cuadradas de superficie se asentaban las aldeas de Arroyo Naranjo, Arroyo Apolo, La Víbora y otros caseríos. Ese auge obedeció, dice el historiador Pezuela, a “la pureza de su atmósfera y la amenidad de su paisaje” que impulsaron a representantes de las clases pudientes a establecer allí sus casas y quintas de recreo, y ya en 1863 Jesús del Monte le disputaba al Cerro y a Puentes Grandes “la animación y concurrencia de las temporadas de verano”. Pero eso duraría poco. Jesús del Monte nunca suplantó a esas localidades como barrio elegante, papel que se adjudicó el Vedado y perdió en extensión territorial cuando se le escindió Arroyo Naranjo, que comprendía entonces los caseríos  de Arroyo Apolo y  de San Juan.

            De los árboles de la calzada de Jesús del Monte, llamada entonces Camino de Santiago, fueron ahorcados  doce de los  vegueros  que se rebelaron, en 1723 y por tercera vez,   contra el arbitrario y abusivo  estanco del tabaco dispuesto por el gobierno español. Y fue Jesús del Monte asimismo escenario de la resistencia criolla contra la invasión inglesa en 1762. Por su ubicación, en una altura frente a la ciudad, resultaba un lugar estratégico para el ataque y la defensa de la villa y su vía casi única de abastecimiento.  Allí,  murió Pepe Antonio Gómez y Bullones,  alcalde  de Guanabacoa, héroe de la resistencia popular contra el invasor.

CORONA DE LAS FRUTAS

Con el tiempo, Jesús del Monte creció y mucho. A mediados del siglo XX, y después, comprendía las barriadas de Santos Suárez, Luyanó, Chaple, La Asunción, San Miguel, Mendoza, Lawton, Lawton Batista, Víbora, Sevillano, El Rubio,  Arroyo Apolo, Vista Alegre,  Santa Amalia, Poey, Arroyo Naranjo… y también las de Naranjito, Los Pinos, Miraflores y Nueva Habana hacia la carretera de Vento y además  la zona donde la ciudad se prolonga entre dicha vía y la carretera de Rancho Boyeros, con los repartos Martí y Casino Deportivo.

Ocurren variaciones con la división político-administrativa de 1976. Algunas  de esas barriadas y repartos  pasan a ser parte de los recién creados entonces  municipios de Arroyo Naranjo y Boyeros, y Jesús del Monte recupera la categoría de municipio que perdió unos 150 años antes.

           Lo hace como  10 de Octubre. Porque resulta que a partir de  1918 es ese  el nombre que, a solicitud de la Asociación de Emigrados Revolucionarios Cubanos, dio el Ayuntamiento de La Habana  a aquel Camino de Santiago que durante mucho tiempo unió la ciudad con el campo.            En 1949 el gran poeta cubano Eliseo Diego dio a conocer su libro En la calzada  de Jesús del Monte. No creo que sean muchos los habaneros que llamen todavía así a esa vía. Ocurre algo muy curioso  con eso de los nombres de las calles. Nombres que pegan y se arraigan y  nombres que nadie acepta. Así, en el actual municipio de 10 de Octubre, Cocos sigue siendo Cocos  y no Alfredo Martín Morales y nadie llamó nunca  José Miguel Gómez a Correa   ni José Antolín del Cueto a Melones. Sin embargo, Dolores dejó de ser Dolores y se convirtió  en Camilo Cienfuegos para siempre.

            Hay zonas allí cuyas calles  –San Emilia, Santa Irene, San Anastasio,  San Francisco…-  agotan el santoral. Otras –Mayía Rodríguez, Juan Delgado, Lacret…- rinden tributo a los héroes de la Independencia, y otras más –Saco, Heredia, Luz Caballero…- recuerdan a nuestros más ilustres intelectuales y creadores, en tanto que  toda una canasta de frutas cubanas se llena con los nombres de  calles como  Zapotes, Mangos, Melones…

            Esquinas hay  que  se hicieron célebres en  el tiempo. Toyo, con  su bodegón y su panadería, que competía con la de Tejas. Concha y Luyanó. La de Los Motoristas, en San Francisco y Novena, en Lawton. Y la del cine Mónaco.   Estrada Palma y 10 de Octubre, con sus cafés Noche y Día y Los Castellanos, ambos a media cuadra del cine Tosca y de  tiendas como La Casa Brito y La Campana y a pocos metros más del café El Récord y la panadería La Marina.   La del paradero de La Víbora, con la cafetería El Asia, los cafés Central y   El  Recreo y la farmacia San Ramón. Cerca, frente a la ostentosa mansión de los Párraga, hay una librería que lleva el nombre ilustre del sabio alemán Alejandro de Humbolt y a la que seguiremos llamando La Polilla.

CAMBIO DE PAISAJE

Aunque hay muchísimas más, son esas de las esquinas más ecuménicas, pudiéramos decir, del municipio. Esquinas suficientes, diría yo, porque uno podía encontrar en ellas casi todo lo que necesitara, desde una aspirina y un ramo de flores hasta un número de la charada,   sin necesidad de buscarlo en otra parte.

            El paisaje ha cambiado. Ya no funciona ninguno de los cines –Florida, Apolo, Moderno, Tosca y Gran Cinema- que abrían sus puertas sobre la calzada del 10 de Octubre. El paradero de La Víbora, que lo fue primero de  tranvías y luego de  ómnibus, es desde hace un tiempo una base de taxis. El espacio de El Récord lo ocupa  ahora una agencia de pasajes, y El Asia, con sus sándwich espectaculares de los años 60, devino restaurante y centro nocturno. La 11na. Estación de Policía es una escuela y la casa de los Párraga, restaurada,  la casa de la cultura del municipio.

            Con anterioridad ocupó ese inmueble la clínica Nuestra Señora de Lourdes. Porque quizás por aquello de “la pureza de su atmósfera”, a la que aludía Pezuela antes de que, por supuesto, existieran los “almendrones” y otros cacharros anexos, casas de salud grandes y pequeñas buscaron asiento en el territorio del actual municipio.

            En la propia Calzada se ubicaban la de la Asociación de Dependientes y del Comercio de La Habana (Hospital 10 de Octubre) y las ya desaparecidas de la Cooperativa Médica (antigua Casuso)  cerca de Toyo, y El Sol, en la esquina con Cocos. En esa misma calle, pero en la esquina con Rabí,  Acción Médica (Policlínico-Hospital Santos Suárez). Y más hacia La Víbora, las de Pasteur (Policlínico Pasteur) Centro Médico (Policlínico-Hospital Puente Uceda) Santa Isabel (Policlínico Turcios Lima) y la ya inexistente San Luis, en la Avenida de Acosta. En Lawton, entre otras, estaba la clínica San Francisco, propiedad de un médico que costeó su carrera universitaria con lo que ganaba como conductor de los tranvías.

            Cada barrio tenía sus particularidades.  Luyanó era obrero, y Lawton, eminentemente estudiantil, en tanto que Santo Suárez, con sus casonas y  los numerosos profesionales que lo poblaban, se veía como el Miramar de la zona hasta  se congestionó en exceso  con  los  edificios de apartamentos  que se apiñaron en sus áreas.

            Vecinos  notables del municipio fueron Julio Antonio Mella, en Acosta,  y Raúl Roa, en La Víbora; Medardo y Cintio Vitier, en Santos Suárez, y,  en Lawton, Roberto Fernández Retamar y el periodista Eladio Secades. En Lawton vivieron  también el poeta Emilio Ballagas y el general Enrique Loynaz del Castillo.

            Figuraron  entre sus  moradores tristemente célebres gente como el general Pilar García, jefe de la Policía Nacional en los meses finales de la dictadura batistiana, en la calle Mayía Rodríguez, y Ramón Hermida, ministro de Gobernación en el mismo periodo, en la de Patrocinio. En los años 30, de  los altos del café El Cuchillo, en la esquina de Toyo, donde vivía, salió un sargento llamado Batista  para cogerse  de la República.  Y por no faltar, tras su egreso del Castillo del Príncipe en los años 50,   a La Víbora fue a vivir,  e instaló  la fábrica de desodorantes Axinodor,  José Roque Ramírez, más conocido como El Águila Negra, el estafador más grande, y con categoría internacional, de toda la historia de Cuba.

            Sobre el municipio 10 de Octubre y la “calzada más bien enorme de Jesús del Monte”, de la que habló el poeta, surgidos al pie de una iglesia, mucho más podría decirse. Pero detengamos aquí este viaje al recuerdo.

(Con documentación del Dr. Ismael Pérez Gutiérrez).       

             

             

     

           

             

Velorios

Velorios

Ciro Bianchi Ross

Cuando yo era niño –y no hace de eso tantos años- un velorio era todavía un velorio. Un acto revestido de solemnidad aunque no faltase en ninguno de ellos el chistoso de guardia a quien los reunidos escuchaban sus pujos a falta de algo más interesante que hacer. Entonces, tan pronto se conocía la noticia de la muerte de un conocido, amigos y vecinos se aprestaban a “cumplir” con el difunto. Las mujeres  vestían de negro y aquel que andaba siempre en mangas de camisa casi agradecía la oportunidad para volver a lucir el traje que se compró cuando el bautizo de la niña y que no usaba desde que ella cumpliera los 15, pero que  bien cepillado volvía a quedar  como nuevo. Un trajecito de entretiempo, de apéame uno, pero que todavía daba el plante con la corbata de listas, que era la única. O la  guayabera de hilo, con la infaltable corbata de mariposa, muy cómoda porque venía  de fábrica con el lazo hecho y bastaba con  sujetarla al  cuello con sus presillas, que también eran de fábrica.  En ese tiempo, “por cumplir”, la gente se pasaba la noche entera en la funeraria, aunque tuviera que escucharle una y otra vez a los dolientes el relato pormenorizado de los días pasados en el hospital, la lenta agonía y  los esfuerzos vanos del médico por prolongarle la vida. Menudeaban frases como “no somos nada”  y otras que recordaban lo efímero de la existencia  y no era raro que alguien  aludiera una y otra vez  a lo vivito y coleando que andaba el difunto antes de morirse. Los familiares no reprimían los ayes ni las lágrimas ante cada expresión de pésame que se acompañaban con besos, abrazos y sonoros manotazos en las espaldas  y el silencio y la tranquilidad del lugar se rompían de cuando en cuando con manifestaciones de dolor mal contenidas. Desmayos. Subidas de presión. Calmantes, tazas de café y juguitos. Cuando los funerarios se disponían a llevarse el ataúd uno o más familiares se abrazaban a la caja como si abrazaran al muerto mismo.   “No, no se lo lleven”, decían a voz en cuello.  Pero era la hora y  había que llevárselo.

            No era lo mismo un velorio en  Caballero que en  Maulini o en Fiallo.  Pobres y ricos seguían divididos al borde de la tumba. Y en la tumba misma.  La muerte tenía también rango y clase  y el servicio fúnebre se pagaba en consecuencia. Existía el término medio, que era el que brindaba la funeraria Nacional. Los funerarios de medio pelo  o sus agentes recorrían clínicas y hospitales para enterarse de  quién en ellos estaba a punto de fallecer  e ir enamorando a los familiares a fin de que  no se les  escapara el negocio. Un negocio que  se disputaban en ocasiones   ante un  cuerpo todavía caliente. Pese a las diferencias y aunque el muerto no protestara,  lo mismo daba un velorio en Rivero que en Luyanó o en Oliva: el entierro no salía hasta que no se pagara el funeral. No valían súplicas ni promesas. Y había zonas  en el cementerio. Según la ubicación de la bóveda,  así era la posición  económica del muerto. Una necrópolis que reproducía  en sus cuadros y en el lujo de los panteones  la ciudad de los vivos, con su Country Club, su Miramar, su Vedado, su Llega y Pon…

VIENE DE ATRÁS

En Cuba, la costumbre de velar un cadáver viene de atrás, es decir, de España y África y es tan vieja entre nosotros que ya en una de nuestras primeras publicaciones literarias, El Papel Periódico de La Habana,  en su edición correspondiente al 4 de diciembre de 1804, aparece un “Extracto de lo que suele acontecer en los velorios”. Cuenta su autor que un día, frente a una casa donde se velaba un cadáver, uno de los amigos del muerto, para animarlo a entrar, se le acercó y le dijo: “Pase usted a divertirse, que para todos hay y para más que vengan”.

            En opinión del historiador Emilio Roig de Leuchsenring, los velorios en aquella época eran verdaderas orgías. Así sucedía en Andalucía, y principalmente en Granada, donde la “feliz subida al cielo de un angelito” se acompañaba con una gran fiesta. Mientras los padres lloraban la pérdida, sus amigos cantaban y bailaban con loca alegría junto al cuerpo sin vida del niño. Fernando Ortiz, por su parte, puntualiza que eso de hacer una fiesta de un hecho luctuoso fue reforzado por los negros llegados como esclavos.

            Quizás aquí sea conveniente precisar que, a diferencia de lo que sucede en las ciudades,  en los campos cubanos velorio no es sinónimo de mortuorio. Nuestros campesinos velan a un santo, y no precisamente en su día, por agradecimiento o en pago de una promesa. O velan a un cerdo mientras se asa en púa y en ambos casos hay música y baile y corre la bebida. Ya en 1875, Esteban Pichardo,  en su Diccionario provincial casi razonado de voces y frases cubanas, afirma que velorio es  “la acción y efecto de velar   en reunión a una persona difunta o próxima a morir… Si el cadáver es de algún niño perteneciente a la gentualla, el velorio se convierte en diversión. En La Habana vulgar también hay velorios de mondongo, lechón asado, etc., conforme sea el sustituto del difunto para cenar muy tarde, beber, bailar…” Dice además: “La noche pasa en conversación a voz baja, intercalándose más tarde sus golosinas, café y otras bebidas”.

APETECIDO CHOCOLATE

Porque si en los velorios de hoy se ve pasar a veces una botella de ron, y más de una también, solo por espantar el pesar y no por otra cosa, desde luego,   comer era práctica habitual en los velorios de antaño. El pintor inglés Walter Goodman, que vivió en Santiago entre 1864 y 1869, recuerda en su libro Un artista en Cuba un velorio al que asistió en esa ciudad porque los familiares querían un retrato del difunto. Allí los concurrentes ahogaban  su tristeza en la copa que alegra y en la charla animada y se sirvieron dulces, bizcochos, café, chocolate y puros habanos. En los años 20 del siglo pasado, el poeta Rubén Martínez Villena, en su “Canción del sainete póstumo”, imaginaba  su propio velorio donde “las apetecidas tazas de chocolate/ serán sabrosas pautas en la conversación”.

            En un libro hoy desconocido  y olvidado, Viaje de Nueva Granada a China y de China a Francia (1881) del que existe un solo ejemplar en Cuba, su autor, el colombiano Nicolás Tanco y Armero, que llegó a La Habana en 1851 y se enriqueció con la trata de chinos, se traza esta imagen vívida de un velorio de entonces.

            “Desde el instante en que ha muerto alguno, se coloca el cadáver en medio de la sala sobre un catafalco que generalmente es muy lujoso, cubierto de terciopelo negro y lleno de multitud de adornos del caso… El pobre muerto se halla muy quieto y tranquilo en medio de colgaduras y cirios, pero la concurrencia de amigos no permanece del mismo modo. Triste es decirlo, pero las escenas que se pasan en estos momentos son escandalosas: en lugar de la compostura y el silencio que exige un acto de esta clase, reina la mayor algazara y ruido. Todos los amigos se reúnen en un cuarto donde generalmente están los parientes del finado y hablan de todas las materias en voz alta como si estuvieran en su casa. Cuando se acercan las doce de la noche se pasa al comedor, y allí les aguarda una magnífica cena donde con el humo del champaña y las tajadas de jamón se suele mitigar un tanto el dolor. Allí, al ruido de los corchos,  empiezan los consuelos de cada cual a los allegados… Los niñitos se levantan de la mesa y mascando sus buenas tajaditas se acercan a contemplar el cadáver. En un cuarto especial hay mesas de juego para los aficionados…”

RAOLA, EL FUNERARIO

Nunca he visto comer en un velorio, y quizás vuelvan ahora las apetecidas tazas de chocolate,  pero sí asistí de niño a algunos que tuvieron lugar en la propia vivienda del difunto. Se contrataban los servicios de una casa fúnebre, que ponía el ataúd, las velas, el crucifijo y  el carro, y los dolientes  pedían sillas prestadas entre los vecinos. En los años 20 y 30 hubo en La Habana un funerario célebre en lo que al velorio casero se refiere. Se apellidaba  Raola. Ya desde mucho antes existían funerarias en esta capital. Caballero, por ejemplo, se fundó en 1857, en Centro Habana, y allí estuvo hasta que en los años 40 o quizás antes se trasladó para  de 23 y M, que no era entonces la esquina céntrica que sería después. Y ya que sobre esto  hablamos, recuerdo  la ocasión en que en Santiago de Cuba, sin tener donde dormir, pasé toda una noche, con mis bártulos de reportero errante y casi vagabundo, en la funeraria Bartolomé.

            No digo que el dolor por la pérdida de un ser querido sea menor, pero la muerte, “algo que diariamente pasa”,  se ve de otra manera. Hoy los velorios se han simplificado. A veces no duran las 24 horas que antes se hacían de rigor. Palabra esa exacta para una mala noche. Son pocos los que pasan la noche completa junto a un muerto pues con el pretexto del transporte, “que está pésimo”,  o de compromisos ineludibles en la mañana siguiente, a las once, a más tardar, empieza la desbandada. De los que “cumplieron” porque muchos se hacen el chivo loco y ni por la funeraria se portan por estrecha que fuera su amistad con el muerto.    

           

              

             

Ruidos

Ruidos

Ciro Bianchi Ross

A los que hoy escriben a los periódicos para quejarse del ruido ambiente que mucho  perturba de día y de noche, diré enseguida –y no para que les sirva de consuelo- que La Habana ha sido siempre una ciudad ruidosa. Tanto que ya en 1937, el historiador Emilio Roig de Leuchsenring, en su crónica “El ruidoso problema del ruido”, publicada en la revista Carteles, lanzaba la idea de crear una liga contra ese mal.

            “Los mastodónticos tranvías, los estrepitosos camiones, los alborotadores automóviles, los tintineadotes carritos de helados, las arrolladoras guaguas, las repiqueteantes campanas de las iglesias, los motores de los aeroplanos, los pregones de toda clase de vendedores y principalmente de los billeteros y ¡los radios! producen en nuestra capital ruidos tan estruendosos que solo podrían ser superados por los de un terremoto, un ciclón o una guerra mundial”.

            Cuenta Roig en su página que días antes, sobre las ocho de la noche,  se vio obligado a recorrer  la calle Tejadillo, de comienzo a fin,  y apreció que en todas y en cada una de las casas y todos los departamentos de todos los edificios tenían puesto el radio con el capítulo correspondiente del serial de turno de Chan Li Po, el célebre detective chino salido de la imaginación y la astucia del santiaguero Félix B. Caignet.  Y precisa que pudo seguirlo completo, cuadra tras cuadra, porque desde la calle se oía, si no  perfectamente, sí ruidosamente.

             “El automovilista no se conforma con tocar su fotuto o klaxon en las bocacalles o cuando encuentra a su paso el obstáculo de otro vehículo o de un viandante, sino que también, malcriadamente, utiliza su bocina para avisarle al pariente o amigo que vive en un tercero o cuarto piso que lo está aguardando a la puerta de la casa. Y fotuteará, sin importarle un bledo la molestia que ocasiona a vecinos y transeúntes, hasta que aparezca la persona a quien de esa inconcebible, pero comodísima manera, trataba de llamar”, dice Roig en su crónica del 16 de mayo de 1937 y que parece escrita hoy mismo. No era la primera vez que abordaba el asunto pues ya antes, en 1928 y 1929 lo había hecho muchas veces.

 PASIÓN DOMINANTE

El problema del ruido en La Habana salta una y otra vez en libros que durante el siglo XIX escribieron memorialistas y viajeros. El francés J. B. Rosemond de Beauvallon, uno de esos tantos visitantes que testimonió su paso por la Isla, no deja de consignar las molestias que le ocasionaba.

            Nicolás Tanco y Armero, el colombiano que organizó el tráfico de culíes chinos a Cuba y se enriqueció en el empeño, anota también el problema, sin criticarlo, como si el ruido formase parte del paisaje habanero.

            A su llegada a la capital,  se aloja Tanco en el hotel La nobleza vascongada, en la plaza Vieja, donde paga dos pesos fuertes diarios. Una instalación con un zaguán lleno de plátanos y cajas de azúcar, como si fuera un almacén; los cuartos, pequeños en extremo, y la servidumbre, poco profesional. La comida, menos mal, era allí bastante buena y abundante, aunque cargada de manteca o aceite verde al uso de la cocina española. Precisa  el colombiano: “No hay aseo ni orden alguno, reinando siempre un gran ruido, pues todo el mundo disputa como si estuviera en una plaza pública”.

            Sale Tanco a la calle y “la pasión dominante es el baile; todo el mundo baila en La Habana sin reparar en edad, clase o condición… Las mismas danzas se bailan en el  palacio que en el bohío… Todo el día se oyen tocar las danzas, ya en las casas particulares, ya por los órganos que andan por las calles, a cuyo sonido suelen bailar los paseantes. Muchas veces he pasado, a mediodía, por una de aquellas casas que dan al Circo; la música ha herido mis oídos…”

            Escribe Tanco que en La Habana cada barrio cuenta con un mercado famoso, pero, en su opinión, el mejor de todos es el de la plaza del Vapor. En el interior del edificio se expenden carnes y toda clase de legumbres y verduras, y en el exterior, las frutas. “Pero lo que sorprende es la mezcolanza y variedad  pues al lado de una tienda de naranjas y piñas, se encuentra un lujoso almacén de ropas, y todas las galerías están plagadas de baratillos… La plaza del Vapor, además, encierra cafés, barberías y toda especie de establecimientos; puede decirse que es la capital de La Habana, así como el Palais-Royal podía llamarse la capital de París”.

            Sin embargo, precisa que no hay que  salir de la casa para comprar lo que falta  pues “desde que amanece empieza a recorrer las calles una multitud de vendedores llevando caballos cargados de cuanto se pueda necesitar. Jamás tocan a las puertas, pero van gritando sin cesar y a voz en cuello cuanto llevan… Cada vendedor adopta un modo de gritar particular, y se necesita mucha práctica para poder adivinar algunas veces lo que quieren decir, por lo raro que gritan. En Estados Unidos y Francia, las mujeres venden cantando; en La Habana, isleños y negros venden tarareando y bailando. Cada país indica en todo sus instintos”.

EL AGUADOR Y EL DULCERO

De los vendedores ambulantes que aumentaban con sus pregones el  índice de ruido en La Habana, escribe asimismo Eliza Mc Hatton-Ripley. Esa norteamericana, que vivió en Cuba entre 1865 y 1875, vio como otros pocos viajeros de la época y lo memorizó todo a fin de recogerlo luego en su libro De bandera a bandera, que publicó en Nueva York, en 1889.  A diferencia de otros testimoniantes, escribió desde adentro, sin olvidar por ello su condición de extranjera. Fue dueña de esclavos en su país y volvió a serlo en Cuba, donde llegó a poseer el ingenio azucarero Desengaño en la provincia de Matanzas, y en el entonces aristocrático barrio del Cerro fijó  su residencia, frente por frente a  del cónsul inglés, a un tiro de piedra de la del cónsul alemán, a la vuelta de la esquina de la del representante ruso y rodeada de las de hombres de negocios foráneos  ya que esa zona era entonces la preferida por los diplomáticos y el empresariado.

            Hasta allí llegaban también los vendedores ambulantes. El primero de ellos en aparecer, recuerda  Mc Hatton.Ripley, era, por supuesto, el lechero que arribaba con su pobre vaquita y un rezagado y amordazado ternero. Martha, la esclava que la señora había logrado traerse desde EE. UU., corría a la calle en respuesta al agudo grito de “¡leche!”. El hombre ordeñaba con destreza y la taza de Martha rebozaba de espuma. Una espuma que se deshacía antes de que el lechero doblara la esquina y dejaba poquísima leche en el recipiente.

            “Los vendedores de hortalizas, frutas y aves, con diversos cascabeles tintineantes  y gritos o silbatos discordantes, parecen pasar en procesión interminable, con largas hileras de caballitos, pesadamente cargados, atada la cabeza de cada uno a la cola apretadamente trenzada del que le precedía, y el primero de todos montado por un guajiro  con la camisa fuera de sus pantalones y la faja ornamentada por un ancho cuchillo”, dice la memorialista que anota además el paso de los aguadores. El agua entonces llegaba en pipas a las casas, pero era tan impura que aun las familias de recursos más escasos se privaban de satisfacer otras necesidades para adquirir el líquido que aquellos vendedores traían desde los manantiales de Marianao, a unas nueve millas de distancia, y que vendían en cuñetes de diez galones.

            “Hacia el mediodía, los dulceros, con triángulos de retintín o gritos chillones, que siempre atraían a niños y criados, pasaban con grandes bandejas diestramente equilibradas sobre sus cabezas, en las que traían pequeños cuencos y tazas de confituras recién hechas, conservas de guayaba y mamey, coco rallado cocido en azúcar y un delicioso flan de leche de coco, además de varias preparaciones de frutas. Las familias se proveían diariamente de postres con estos dulceros que recorrían las calles con su mercancía descubierta, indiferentes al polvo y el sol”, escribe Eliza Mc Hatton-Ripley en De bandera a bandera.

            De esos vendedores ambulantes, el único que Jorge Mañach salvaba en sus Estampas de San Cristóbal (1926) era al mantecadero. Encontraba ejemplaridad en ese personaje que “empuja y suena  a la vez” en un medio en que “tantos quieren sonar sin empujar”.

SUPLICATORIO

De acuerdo con el parecer de Emilio Roig de Leuchsenring en cuanto a la necesidad de acabar con el ruido en La Habana, el alcalde de entonces, Miguel Mariano Gómez, dirigió un suplicatorio a la ciudadanía a fin de que “voluntariamente” contribuyera a reducirlo y a evitar los ruidos innecesarios. La súplica no surtió el efecto deseado y el mayor capitalino se vio obligado a dictar un cuerpo de medidas que disponían la penalización de los ruidosos. Las disposiciones coercitivas, porque nunca hubo la voluntad de aplicarlas, tampoco dieron resultado, y en 1937 cuando Roig decidió lanzar su idea de crear una liga contra el ruido, las cosas en ese sentido estaban peor que antes en la capital. De nuevo el eminente historiador pudo contar con el apoyo de la alcaldía, y aunque su titular de entonces, Antonio Beruff Mendieta, anunció que no condonaría ninguna de las multas que se impusiera a los ruidosos, no se aplicó multa alguna, la proyectada  liga se quedó en el proyecto  y  los habaneros, tan campantes,  continuaron metiendo ruido en el sistema.

            Han transcurrido casi 70 años de la catilinaria de Roig de Leuchsenring y, sin miramientos,  el ruido es cada vez peor. Los radios y otros equipos más  potentes y mayor capacidad de volumen molestan e intranquilizan al vecindario el día entero. Se usa y abusa de los fotutos de los vehículos motorizados. En esta o en la otra casa la lipidia entre madre e hija empieza, por cualquier nimiedad, a las siete de la mañana y no finaliza hasta entrada la noche, y de acera a acera dos amigas, a grito pelado, airean animadamente sus intimidades… Parece que ya va siendo hora de retomar la idea de la liga contra el ruido y los ruidosos molestos e indeseables.

              

Pelota

Pelota

Ciro  Bianchi Ross

Eladio Secades, uno de nuestros grandes costumbristas, escribió una vez que todo cubano fue un buen pelotero en su  niñez o adolescencia, porque “el cubano adulto confesará su ignorancia en Matemáticas o Física, y hasta admitirá no haber podido dibujar  un simple bohío, pero jamás aceptará que de joven fue un mal pelotero”.

            En ese sentido, soy un cubano bastante atípico. Jamás jugué pelota ni otra cosa que no fuese al dominó, y no sé nada sobre ese deporte ni sobre ninguno. Nada de nada. Padezco en ese sentido  una ignorancia colosal,  olímpica,  de campeonato. Y aunque en estos días del Clásico vi todos los juegos del equipo cubano de principio a fin y, desde el sillón, corrí las bases y  anoté carreras con nuestros peloteros y aprobé o discutí las decisiones de su mentor, nunca hasta ahora había tenido la paciencia de llegar a un  out 27. Les digo la verdad. Solo una vez fui a un estadio. Jugaban los Cubans Sugar King, que era, creo,  un club  semiprofesional, contra un equipo norteamericano,  y en la escuela primaria donde estudiaba repartieron invitaciones para el tope que tendría lugar en el Estadio Latinoamericano, que se conocía entonces como el Gran Stadium del Cerro. Cuando concluyó el partido tuve que preguntar cuál de los dos contendientes  había resultado triunfador. Si acudí a presenciar aquel juego, no fue  por el juego mismo, sino porque la papeleta de entrada daba derecho a participar en la rifa que se celebraría al finalizar el partido. Lo lógico sería pensar que sortearían   trajes de pelotero o guantes, bates y pelotas. Pero no. Por motivos que no supe u olvidé, rifaron  tres burros. Y yo fui aquella tarde  al estadio con la ilusión de ganarme uno. Todavía me pregunto qué hubiese hecho con el animalito de habérmelo sacado.

EL ALMA EN EL TERRENO

            Pero no se piense a partir de lo escrito hasta aquí que ando tan atrás. Puedo disfrutar un libro como El alma en el terreno, obra en la que Leonardo Padura y Raúl Arce compilaron hace años sus entrevistas con peloteros. Más aún. Pienso que la entrevista de Padura con Manuel Alarcón, pitcher que fue del equipo Orientales y que en un momento rompió a Industriales su cadena de éxitos ininterrumpidos en el campeonato nacional,  y que aparece en ese libro, es, sencillamente antológica, a la altura de las mejores. Asimismo, disfruté mucho siempre con las crónicas que  ese maestro de periodistas que es Elio Menéndez daba a conocer en las páginas de este diario. Su libro Swines de la nostalgia, publicado el pasado año, es un batazo,  para decirlo en una sola palabra  y sin salirnos del lenguaje beisbolero, porque más allá de las vivencias de un cronista empecinado que mira al ayer, Elio cuenta, como se ha dicho, historias de hombres para develarnos su alma de campeones aunque no llegaran a veces al podio olímpico y no tuvieran otra recompensa que la admiración y el cariño de la gente de su  barrio.

            Escribe Elio Menéndez en su libro: “Los cubanos nos comportamos siempre como si el béisbol no fuera un deporte para alegrar el espíritu, sino una cátedra para complicarnos  la existencia. Por doquier proliferan quienes presumen de dominar la inmensa sabiduría de la pelota, y jamás están conformes con lo que se hizo. Así, en cualquier parte padecemos a enloquecidos estudiosos de la asignatura […]  Y es que en cada uno de nosotros hay un catedrático en potencia”.

            Ni estudioso ni catedrático, aprovecharé el espacio de hoy para compartir con el lector algunas curiosidades beisboleras.

35 000 ESPECTADORES

Más de dos millones de pesos se invirtieron en la construcción del Gran Stadium del Cerro o de La Habana. Podía alojar a 35 000 espectadores y cuando se inauguró, el 26 de octubre de 1946, solo lo superaban en capacidad cinco instalaciones norteamericanas: el Yankee Stadium (75 000 personas) el  de Detroit (58 000) el Polo Grounds, de Nueva York (56 000)  el Wrigley Field, de Chicago (50 000) y el Fenway Park, de Boston (40 000). En tiempos del deporte rentado, el campo habanero era manichado, no por deportistas, sino por políticos y hombres de empresa agrupados en la Compañía Operadora de Stadiums S. A. Entidad que presidió hasta su muerte el senador Miguel Suárez Fernández, y que tenía a Bobby Maduro, rico colono ganadero, como vicetitular, y como secretario al doctor Julio Batista González de Mendoza, del bufete Mendoza y heredero de una de las grandes fortunas de Cuba.

            En ese tiempo, cuatro equipos disputaban en la liga nacional profesional: Habana, Almendares, Cienfuegos y Marianao. Al Habana lo simbolizaba el  león y su color era el rojo, mientras que el color del Almendares era el azul y su símbolo, el alacrán. Verde era el color del Cienfuegos y gris el del Marianao, en tanto que sus símbolos eran el elefante y el tigre, respectivamente. Todos, salvo el Marianao, tenían su lema. “La leña roja tarda, pero llega”, decían los habanistas y los almendaristas  ripostaban: “El que le gane al Almendares, se muere” y los cienfuegueros se consolaban con decir: “El paso del elefante es lento, pero aplastante”.

            Aunque cualquiera de esos equipos podía ganar y ganaba el campeonato, los preferidos por la fanaticada –se hablaba entonces de “fanáticos”, no de aficionados, y de “clubes”, no de equipos-  eran Habana y Almendares,  El Habana, como club beisbolero surgió en 1873, y el Almendares, al año siguiente, y a partir de ahí fueron “los eternos rivales” en el argot deportivo. Los títulos de propiedad de ambos equipos, que con los años llegaron a valer miles y miles de dólares, fueron  la única cosa importante que dejó en herencia  a su esposa el magnate Abel Linares. Y durante mucho tiempo, en cada temporada,  la buena mujer los arrendaba por sumas irrisorias y ridículas hasta que, con el fin de comprarse una casa,   los vendió por una bobería. ¿Cuánto llegarían a valer ambos equipos? No lo sabe a ciencia cierta  quien esto escribe. Pero tiene una referencia que podría ilustrar el asunto. A mediados de los años 40, José Manuel Alemán, el ministro del ayuno escolar, pagó cien  mil pesos no por la propiedad, sino por la franquicia del Marianao. Escribía Secades en 1948: “De haber esperado un poco, nada más que un poco más, la viuda de Linares poseería hoy una fortuna muy superior a la cuantiosa que manejó su esposo cuando era promotor supremo y único del base-ball en Cuba”.

ASÍ SE PITCHEA

De aquella pelota, siempre me llamó la atención el nombre del manager del Marianao, Napoleón Reyes. Había muchos apodos.  Martín Dihigo sigue siendo “El Inmortal”; lo mismo pitchaba que bateaba  y jugada con igual destreza cualquiera de las posiciones del cuadro. Adolfo Luque era  “Papá Montero”, como le llamaba Víctor Muñoz, el creador de la crónica deportiva en Cuba,  Conrado Marrero, “El Guajiro de Laberinto”, y Manuel García, “Cocaína” o “La Droga Maldita”. A José de la Caridad Méndez le apodaban “El Diamante Negro”. Por el color de su piel no llegó nunca  a las Grandes Ligas. Sí llegaron a ellas en tiempos más cercanos otros muchos cubanos  negros, como Orestes Miñoso, que pese a su dinero, que era mucho y a su fama, que era más, nunca se atrevió a entrar en El Carmelo, de Calzada, por temor al rechazo, como le confesó,  en Chicago, donde reside,   a mi amigo el poeta Norberto Codina. Cada vez que acudía a merendar a ese famoso grill-room, Miñoso  hacía que le llevaran  su pedido al automóvil. Por cierto, una noche, también  en Chicago, Codina invitó a Miñoso a que lo acompañara a un teatro donde se presentaba Van Van.  El espectáculo había comenzado ya cuando llegaron y  Formell  al ver  entrar al famoso pelotero, ordenó a su orquesta detener la música que interpretaba  para dejar oír a aquello de “Cuando Miñoso batea de verdad/la bola baila su cha cha chá”.

            Voy a cerrar con dos anécdotas de Luque que tomo prestadas del libro de Elio Menéndez. “Papá Montero” que en 1923 ganó 27 juegos y perdió ocho con el Cincinnati, dirigía, en la temporada de 1938-39, el club Almendares, que atravesaba por una prolongada racha adversa. Otra vez perdía el Almendares y Luque mandó a  lanzar al norteamericano Ted Radcliffe. Desencantado con su actuación, salió del banco, se dirigió al box, le pidió la bola y lo mandó a las duchas. Tras el yanqui partió el manager y, escribe Elio, “tras encerrarse con él, retumbó en todo el parque la detonación de un arma de fuego. Acto seguido se vio al lanzador importado, pálido el negro rostro y a medio vestir, abandonar precipitadamente los vestidores”. El incidente, que llegó a los tribunales, se arregló “entre cubanos”. Al día siguiente los periódicos daban a conocer que la detonación escuchada fue producto de un portazo y se anunciaba el regreso inesperado  de Radcliffe a su país.

            Pasaron los años. En 1946, Luque, que entonces dirigía el Cienfuegos, vio como sus lanzadores se descontrolaban ante el bateo del Almendares. Cansado de que los azules llegaran a primera por bolas malas, el airado piloto, que tenía ya 55 años de edad y el vientre abultado, pidió un guante, se dirigió a la lomita y arrebató la bola al lanzador de turno. Tras el breve calentamiento de rigor, subió al box y sacó un par de outs con   un hit intercalado. Los aplausos atronaron en las gradas y Luque, al volver al banco, exclamó con gesto fiero: “¡Así se pitchea, coño!”

           

           

             

             

Gotas Divinas

Gotas Divinas

Ciro Bianchi Ross

Mi padre comenzó a quedarse calvo cuando tenía 18 años de edad y a los 22 lo era tanto como lo es ahora. En los años 40, en Cuba e imagino que en cualquier parte del mundo, el sujeto que comenzaba a destecharse se hallaba totalmente indefenso ante el mal que se le venía encima. De ahí que el personaje de una novela de Gabriel García Márquez lamente más la pérdida del cabello que de los dientes, porque para estos estaba el recurso de la prótesis mientras que para  lo otro no quedaba más   alternativa que la ridícula y humillante  solución del bisoñé, que por muy natural que pareciera terminaba siempre por delatar  la calvicie que  pretendía esconder.

            En los años 50, los especialistas Müller para el cabello, que se establecieron en un apartamento del edificio del Retiro Odontológico, frente a la actual heladería Coppelia, advertían de  la existencia de ocho tipos de calvos. O mejor, dividían la calvicie en otras tantas etapas. Y anunciaban  de manera invariable que algo podían hacer hasta la etapa número cuatro, pero  que a partir de ahí las dificultades para revertir el problema  irían en aumento y  daban  por desahuciado al cliente que llegara a sus manos en el estadio número ocho. Como entonces ni después conocí a nadie que hubiera puesto su cabeza en manos de tales  especialistas, nada puedo decir a favor o en contra de sus tratamientos. Ni tampoco sobre los injertos de pelo tan  en boga, creo, en la década del 70  o un poco más acá. Si esos métodos, así como  pociones y  ungüentos, linimentos y brebajes,  ideados o  elaborados a lo largo del tiempo, hubieran dado resultado, no habría tantos calvos a la vista, lo que por otra parte me lleva a concluir que el único remedio eficaz para conservar el cabello es ir guardándolo a medida que se cae.

            Cada vez que pienso en este tema, me viene a la mente un poema de Roberto Fernández Retamar. Se titula “Soliloquio del calvo”. Es muy breve; un solo verso apenas.  Dice: “Que adelantada llevo la calavera”. Y un chiste de Quino, el dibujante argentino,  en el que Mafalda atiende en  la puerta de su casa a un vendedor ambulante que propone un producto contra la calvicie, e inquiere ella si la mixtura es contra la calvicie de pelos o la calvicie de ideas.

            De todas formas, la calvicie, sin dejar de ser  una característica física, es un estado de ánimo. Hay quienes  no la soportan y quienes  la llevan con distinción. . Unos la disimulan hasta donde pueden y otros la acentúan al raparse el poco pelo que les queda. Algunos la cubren con una gorrita, en tanto que otros la  llevan  al viento. El calvo vergonzante se las arregla siempre para burlarse  de su calva por temor a que alguien se le anticipe, pero ni este ni el que asume su calvicie con garbo y desenvoltura se libra de que lo particularicen por ella. Mi amigo Luis Sexto, preocupado más por la calvicie de ideas que por la otra,  anda a veces por ahí tocado con una gorra, no porque sea calvo, me dijo una vez, sino porque es esa su forma de proteger el instrumento con el cual trabaja, mientras que el fotógrafo Ernesto Fernández, compañero de tantas aventuras en el periodismo, expone  su calvicie sin miramientos  al sol y al sereno pues, a su juicio y lleva algo de razón en eso,  le acentúa la elegancia. Yo jamás reparé en la cantidad de pelo que quedaba adherida al cepillo cuando me peinaba y solo tomé  conciencia del asunto  cuando una de mis alumnas en la universidad me lo hizo notar –en la clase, aclaro-. Pero bien pronto concluí  que no había motivos para  preocuparme, y  muchos años después no termino por verme calvo por más que me mire en el espejo. Ya supondrán los que me conocen con qué buenos ojos me veo…

MANTECA DE OSO

En una época en la que los jóvenes querían tener la cabellera de Jorge Negrete,  mi padre sí se preocupó por el pelo que se  le caía. Y fue ahí que alguien le recomendó un producto entonces en alza: Manteca de Oso,  loción que se elaboraba y expendía en la droguería de Ernesto Sarrá. Bastaba con aplicársela mientras se masajeaba suavemente el cuero cabelludo y los resultados, a mediado plazo, resultarían alentadores. Eso quería decir que no bastaba con  el empleo de un solo frasco, sino que debía hacerse del producto un uso más o menos continuado.

Era un líquido blanco y  espeso, y si era eficaz o no, ya se sabría, pero de entrada lo mejor que tenía era  el nombre. Los que desconocían  cómo olía un oso podían hacerse una idea exacta con oler aquello.  Sin dudas había que tener mucho valor para someterse a algo así  por milagroso que fuera. Pero ya se sabe que hay calvos que con tal de no serlo hacen cualquier cosa, como mi tío Pancho que llegó a darse masajes con una papa podrida.

El caso es que mi padre, con un entusiasmo digno de mejor causa y una fe  ciega en la manteca de Sarrá, empezó  el tratamiento. El primer pomo, el segundo, el tercero… y de tanto visitar la droguería donde se expendía la dichosa manteca  llegó a hacerse familiar en el establecimiento y sus guardia jurados, que eran los CVP de entonces, lo veían como a un amigo; se saludaban con afecto y  se preguntaban mutuamente por sus respectivas familias. Hasta  un día…

Porque un día  conversaba  amigablemente con uno de ellos  cuando se acercó a la farmacia un automóvil negro, de lujo. El custodio interrumpió de sopetón  la charla y se situó muy tieso junto al contén de la acera a fin abrir la puerta trasera derecha del vehículo y dar paso a un hombre de alguna edad y vestido de traje al que saludó  con un efusivo buenas tardes y una ligera reverencia. Luego de que  el recién llegado penetró en la droguería y el guardia jurado volvió a su posición anterior, mi padre se interesó por conocer su identidad.

-Es el doctor Ernesto Sarrá –respondió el custodio.

Y ahí mismo se acabó para mi padre la Manteca de Oso porque resulta que el fabricante de loción tan espectacular contra la calvicie, era calvo.

NO MÁS CANAS

Fármacos extranjeros pretendieron asimismo combatir la alopecia del cubano. De cierta fama, pero de poco éxito disfrutó el norteamericano Newsprout, a la venta en la filial habanera de esa firma, en  Obispo, 56 y en droguerías, farmacias y perfumerías.

            El calvo más recalcitrante se comía un cake con el anuncio de ese producto donde se mostraban dos fotos de una misma persona. En una, el hombre lucía pelón, y mostraba toda su cabellera en la otra. Era, decían sus distribuidores, “el testimonio del descubrimiento científico contra la calvicie”. Añadían a renglón seguido:

            “Millares de personas que desfilaron por nuestra oficina y una gran parte de los comerciantes habaneros, conocieron a nuestro agente de propaganda, de quien son estas fotografías tomadas antes y después de haber usado Newsprout.

            “La eficacia de Newsprout consiste en abrir y estimular la actividad de los poros, que tupidos por una delgadísima capa de grasa o caspa de origen sebáceo en la que convive el microbio de la seborrea, atrofia insensiblemente las fuentes generadoras del cabello. A su vez, sirve de abono a la raíz, por lo que estimula el crecimiento del pelo suavemente.

            “Enviamos pedidos por correo, que vengan acompañados con su importe en moneda cubana o dólares. Precio del frasco ahora $2.00.

            “Garantía: El calvo que usando Newsprout no recuperara su pelo sería tratado gratis en nuestra oficina, devolviéndole el dinero de no obtener éxito en este último caso”.

            Contra las canas hubo también mil y un inventos, como el de las Gotas Divinas del doctor Lorié, farmacéutico establecido en el Paseo del Prado esquina a Virtudes. Se decía que devolvían al cabello su color natural, hubiera sido rubio, castaño o negro. Por no hablar de la Rhum Quinquina, de Crusellas, que, al decir de su fabricante y algo había de verdad en ello,  eliminaba la caspa, fortalecía el pelo, evitaba su caída facilitaba el peinado y daba un toque característico a quien la usaba por su aroma fino y agradable. Bastaba con humedecer el cabello con el líquido, friccionárselo ligeramente y peinarse.

            Eran los tiempos en el que las muchachas intentaban eliminarse las pecas con la crema Bella Aurora, la tela de sharskin se anunciaba en la sastrería  Óscar como toda una novedad, los parásitos se eliminaban con el específico Higuerón, los sobrinos de Nazábal, importadores y distribuidores de paños establecidos en Muralla, 70, sacaban a la venta cortes de dril 100 garantizado y legítimo y el rostro  más descompuesto se componía con la cera mercolizada,  preparación maravillosa  que satisfacía las necesidades particulares de los cutis más diversos pues eliminaba manchas y decoloraciones, restablecía la juventud de pieles turbias y ásperas y restauraba la  tersura, suavidad y transparencia de una piel reseca y escamosa ya que  limpiaba, lubricaba, aclaraba y blanqueaba la tez en un tratamiento completo e integral  con una sola y única  pomada  capaz de poner a flote la belleza más deteriorada y recóndita.