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Personajes

Miguel Mariano

Miguel Mariano

Ciro  Bianchi  Ross
 “Hay que encerrar a Batista en los cuarteles y devolver al poder civil todas las prerrogativas usurpadas por los militares”, repetían una y otra vez amigos y colaboradores al doctor Miguel Mariano Gómez y el presidente de la República, excitado en su celo civilista y con olvido de que debía su posición al jefe del Ejército, quiso serlo de hecho y de derecho. Duró siete meses en el cargo. El Senado, convertido en tribunal de justicia, lo destituía el 24 de diciembre de 1936 y Miguel Mariano salía del Palacio Presidencial como bola por tronera.

 

VUELTA A LA NORMALIDAD

 El año de 1935 se caracterizó por una represión sangrienta. Atentados, ataques policiacos a la prensa, agitación estudiantil y pugnas insalvables entre los revolucionarios de antaño precedieron a la huelga de marzo, que fue sofrenada con saña. Se clausuró la Universidad de La Habana, la única que existía entonces, y tanto los auténticos como los comunistas y los seguidores de Antonio Guiteras eran considerados al margen de la ley. Regían leyes de excepción y funcionaban los tribunales de urgencia. Las cárceles se llenaban de presos políticos, las embajadas, de refugiados, y buques y aviones trasladaban al exterior a los que se expatriaban.El doctor Grau San Martín, que capitalizaba, al frente del Partido Auténtico, fundado un año antes, las esperanzas de la ciudadanía, se hallaba en el exilio, y el gobierno posponía la convocatoria a la asamblea constituyente por la que clamaba el país. Se promulgó una Ley Constitucional que calcaba la Constitución de 1901 y dejaba fuera de su texto las conquistas populares conseguidas tras la caída de Machado, durante el período grausista de los cien días.Es en ese clima enrarecido en que se preparó la vuelta a la “normalidad” con los comicios previstos a celebrarse en un inicio en el propio 1935 y que a sugerencia de un asesor norteamericano llamado a La Habana se pospusieron para enero del año siguiente. Carlos Mendieta, dócil instrumento de Batista, renunció a la presidencia y lo sustituyó uno todavía más feble, el inocuo José Agripino Barnet Vinajeras.Eduardo Chibás, entonces en las filas del autenticismo, decía en la revista Bohemia: “¿Qué validez moral pueden tener unas elecciones que prescinden de la voluntad, expresa o tácitamente manifestada, de un millón cuarenta y cuatro mil electores? ¿Qué elecciones son estas que se van a celebrar... con miles de presos políticos en las cárceles y millares de cubanos en el destierro?”.

Pero de otra opinión eran los políticos tradicionales ansiosos de llevarse el jamón. Así, para la justa electoral el Conjunto Nacional Cubano nominó a su caudillo natural, el general Mario García Menocal, y el Partido Liberal, a Carlos Manuel de la Cruz, íntimo de Batista y a quien despostuló luego para apoyar, junto al Partido Acción Republicana y la Unión Nacionalista, a Miguel Mariano Gómez que, con el respaldo del jefe del Ejército, se alzaría con la presidencia gracias al fraude y con la abstención de la mayoría ciudadana.

 

ALCALDE MODELO

 Miguel Mariano nació en Sancti Spíritus el 6 de octubre de 1889, y en su ciudad natal cursó los primeros estudios mientras su padre, el general José Miguel Gómez, peleaba por la independencia de Cuba, y su madre, América Arias, trasegaba medicinas y correspondencia en la manigua. Hizo el bachillerato con los jesuitas de Cienfuegos y cursó la carrera de Derecho. En 1909, como delegado de la República, asistió a las fiestas por la coronación del rey Jorge V, de Inglaterra, y tres años más tarde formó parte del cuerpo de abogados de la Havana Electric Railway Co. En febrero de 1917 estuvo junto a su padre en la llamada Revolución de La Chambelona y guardó prisión por ese suceso en el Castillo del Príncipe. En tres ocasiones resultó electo representante a la Cámara.

En 1926 ganó, por elección, la Alcaldía de La Habana e inauguró al año siguiente, cuando tomó posesión, una administración municipal que le valió el sobrenombre de Alcalde Modelo, no solo por las obras de beneficio público que impulsó –dispuso además la restauración de El Templete y del Palacio de los Capitanes Generales— sino por su honradez, ya que al cesar en el cargo, en 1931, dejó más de cuatro millones de pesos en las arcas del Ayuntamiento. Se opuso a Machado, y en 1934, de facto, volvió a ocupar la Alcaldía. La renunció en 1935 para, al frente de Acción Republicana, aspirar a la presidencia, a la que accedió el 20 de mayo de 1936.

 

EL VETO

 Pronto surgieron las divergencias entre el Ejecutivo y el coronel Batista. Miguel Mariano se negó a someterse a los caprichos del líder de las Fuerzas Armadas, pero no pudo hacerse de la autoridad que exigía su alta investidura. La situación tocó fondo cuando partidarios del coronel presentaron en el Senado un proyecto de ley que establecería un impuesto de nueve centavos sobre cada saco de azúcar producido a fin de costear el proyecto batistiano de las escuelas cívico-militares.En sus devaneos fascistas Batista entendía  que solo al Ejército le era posible combatir el analfabetismo en el país y emprender una guerra exitosa contra las enfermedades que diezmaban a la población rural. Para ello restaba atribuciones a los ministerios de Educación y Salubridad y las traspasaba a los institutos armados. El Presidente opinaba que la solución de tan graves problemas era de la incumbencia del poder civil y ordenó a los parlamentarios de los tres partidos que apoyaron su candidatura que se opusieran a la propuesta legislativa de los batistianos. Si la iniciativa se convertía en ley, anunció, la vetaría. Miguel Mariano era un representante de la burguesía agrícola, en su condición de rico hacendado ganadero, y jamás arremetería contra su clase. La ley se aprobó en el Congreso y el Presidente, en uso de una prerrogativa constitucional, la vetó. A partir de ahí sus días estuvieron contados.

Tres parlamentarios, entre los que figuraba Carlos M. Palma, que mucho se arrepintió después de su actuación, lo acusaron ante la Cámara de coartar el libre funcionamiento del Poder Legislativo. Miguel Mariano se defendió: “Entiendo que es a la Secretaría de Educación, y no al Ejército, a la que corresponde la erradicación del analfabetismo porque es la enseñanza civil, dirigida por un maestro y no por un militar, la que debe infiltrarse en el espíritu de la niñez...”, pero la acusación prosperó y pasó al Senado. Fue inútil el alegato del republicano Manuel Gutiérrez, senador por Matanzas, en defensa del mandatario contra la catilinaria del representante conservador villareño Antonio Martínez Fraga. La decisión estaba tomada de antemano y el Senado, bajo la presidencia del titular del Tribunal Supremo, lo encontró culpable del delito que se le imputaba y lo destituyó.

 

FINAL

 Miguel Mariano salió entonces al extranjero. Regresó a la palestra en 1939 cuando obtuvo un acta de delegado a la convención que elaboró la Constitución de 1940. En ese mismo año aspiró a la Alcaldía habanera y fue derrotado por Raúl Menocal. El viejo Menocal había determinado apoyar a Batista en sus aspiraciones presidenciales y a cambio de ese apoyo recabó que la coalición batistiana, conformada por seis partidos, respaldara a su hijo. Pronto Miguel Mariano sorprendió al país al anunciar, en plena juventud política, su retirada de la vida pública. Se reintegró a los asuntos propios de su bufete y a los negocios particulares y aceptó la presidencia de la Asociación de Ganaderos, a la que renunció por no prestarse a los manejos especuladores y agiotistas de algunos de sus miembros en días de la Segunda Guerra Mundial. Enfermó gravemente y los médicos recomendaron una intervención quirúrgica que debía practicársele en Estados Unidos. Todo fue en vano. Falleció en La Habana, el 26 de octubre de 1950.Ese mismo año el Congreso aprobó la ley que disponía la rehabilitación moral del mandatario depuesto y la anulación del proceso arbitrario al que se le sometió. El presidente Carlos Prío convocó al Palacio Presidencial a los familiares del extinto y, en ceremonia solemne, hizo entrega a Josefina Diago, viuda de Gómez, de un pergamino que reproducía la ley. Una tarja de bronce, donde se consignó la reparación del Congreso, se colocó entonces en la tumba de Miguel Mariano

Fina: Con urgencia del alma

Fina: Con urgencia del alma

Ciro Bianchi Ross

 

Aún recuerda aquella tarde de marzo de 1942 cuando escuchó a Pablo Neruda recitar en La Habana los sonetos de amor y de muerte de Francisco de Quevedo. Fue la única vez que vio en persona al gran poeta chileno y lo evoca ahora mientras recorría la sala de un extremo a otro y decía los versos  de memoria, “sin aquella voz declamatoria que adquirió después y hemos escuchado por la televisión”. Neruda entonces, precisa, “aspiraba la última sílaba, pero mucho más débilmente que Gabriela Mistral”. Como toda su generación, Fina García Marruz se entusiasmó con 20 poemas de amor y una canción desesperada, “un clásico del romanticismo americano, que no era de escuela, sino de esencias” porque “venía del romanticismo libertario”. Y leyó con gusto otros poemarios de Neruda como Crepusculario y Tentativa del hombre infinito, pero sobre todo Residencia en la tierra, libro focal en  la poesía  del continente.

            La poetisa cubana Fina García Marruz no pudo de abstenerse de evocar al autor de Canto general  al saberse merecedora del Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, que le entregará en junio, en el Palacio de La Moneda,  la Presidenta de Chile, Michelle Bachelet.  Renuente a las declaraciones públicas, las fotografías de prensa  y  las entrevistas, confesó, sin embargo, su sorpresa y agradecimiento, e hizo constar que recibía el galardón  con una gran humildad. “Ante un premio, una piensa siempre en tantos escritores que lo merecían, y no lo recibieron. Martí no tuvo sobre su pecho más que una medallita escolar que recibió a sus nueve años”, precisó. Fina es así. A la vera de su esposo, el poeta Cintio Vitier, y en la cercanía de dos grandes de las letras cubanas, Lezama Lima y Eliseo Diego, escribió casi toda su obra, en la que se encuentran, decía Eliseo, algunos de los poemas de más apasionada belleza que se hayan compuesto en lengua española. Pero ha sido muy parca a la hora de publicar. Por lo general suele guardar durante veinte años un poemario antes de decidirse a darlo a la imprenta. “Escriba solo por la urgencia del alma”, le aconsejó un día Gabriela Mistral, y Fina terminó comprendiendo que se comunicaba mejor con el silencio.

Dice la crítica que Fina busca en su obra la perfección conceptual y la belleza de lo verdadero. Hay en sus versos sobriedad esclarecedora, afán de comunicación y vocación para explicar lo inexplicable. La intimidad de los recuerdos, el sabor de lo cubano y los misterios católicos conforman en buena medida su obra poética. En la primera dimensión, ofrece una poesía de evocaciones entrañables, matizada a ratos de un voluntario impresionismo, donde también interviene la imaginación del sentimiento. En la segunda dimensión, persigue esa realidad que se escapa y vuelve como a ráfagas. Y en la tercera, busca la alabanza por el conocimiento de los símbolos sagrados. Tres dimensiones, dice Vitier, que se funden para dar un testimonio confesional de los movimientos desgarrados o contemplativos del alma; una poesía atenta a la plenitud expresiva que le gana hermosura interior al estilo. El jurado que le concedió el premio Pablo Neruda, que por primera vez recayó en una mujer, resaltó la espiritualidad cristiana de su poesía, abierta a las preocupaciones sociales del mundo.         

Transfiguración de Jesús en el monte (1947)  Las miradas perdidas (1951) y Visitaciones (1970) son algunos de los poemarios que dio a conocer esta mujer nacida en 1923 y que mereció, en 1990, el Premio Nacional de Literatura.  También Créditos de Charlot y La Habana del centro. De mucha cuenta son sus acercamientos a la vida y a la obra de José Martí recogidos  en la serie Temas martianos. Un libro polémico  como Hablar de la poesía (1986) la confirmó como una rigurosa y personal indagadora de poéticas y sensibilidades. Ahora, “en el tiempito que me queda” quisiera Fina dar fin a algunos estudios que tiene inconclusos. Uno sobre el colombiano José Asunción Silva y otro acerca de Gabriela Mistral, así como una prolija investigación sobre el tema de las relaciones entre religión y revolución, mientras espera otra visita de la poesía, siempre huidiza.   

             

           

           

           

Carlos, fálico y diablo

Carlos, fálico y diablo

Ciro Bianchi Ross

 

Cuando se conoce por referencia la vida del gran pintor cubano Carlos Enríquez, uno lamenta no haberlo podido conocer personalmente. Fue uno de los mejores intérpretes del paisaje cubano y un retratista excelente y legó, tanto en su pintura como en sus novelas, una visión muy personal de cuanto lo rodeaba. Supo hacerse acompañar invariablemente de mujeres muy hermosas, fuera una escritora francesa o una modelo haitiana, pero era un solitario que  vivió poseído de un afán de autodestrucción,  y el alcohol, que terminó matándolo, lo destruyó primero como artista. Hablaba sobre la obra de amigos y enemigos y se empeñaba en fabricar la frase más brillante para infligir la herida más profunda. “Carlos fálico y diablo”, lo definía Nicolás Guillén.  Pero era un hombre generoso. En sus últimos años, cuando ya no tenía nada que dar, regalaba a los amigos que interesaban su ayuda alguno de sus cuadros para que lo hicieran dinero. Aun así,  decía en un poema  Félix Pita Rodríguez, se esforzó durante toda su existencia en hacer creer que era tan malo como Benvenuto Cellini y tan perverso como el Marqués de Sade. Esfuerzo inútil, añadía Pita, “aunque algunos, a veces, /  te lo confieso ahora / al oído discreto de la muerte, / para verte feliz / fingíamos creerte”.

            Carlos Enríquez nació en 1901, en Zulueta, localidad de la región central de la Isla. Su padre quiso “darle carrera” y lo envió a estudiar Contabilidad a Estados Unidos, pero allí el muchacho adquirió  el instrumental técnico para su pintura. Como otros de su generación, ambicionaba   romper el estancamiento que signaba a la plástica cubana y encontró  aquí solo hostilidad e indiferencia. Sus dibujos fueron  tachados de obscenos y escandalosos y una muestra de su obra  retirada de la sala de la exclusiva sociedad que la exponía el mismo día de la apertura. Viajó entonces a París y los cuatro años que pasó en esa ciudad en el momento en que el surrealismo estaba  en lo mejor de su curva, completaron  su desarrollo, pero no lo cambiaron  en lo esencial. Siguió  siendo el pintor de la sensualidad y el embrujo cubanos, el artista que sabía que “pintar es reencontrar la perdida magia del mundo, su esplendor primario”.

            Algunos lo consideran como el primer surrealista cubano. Para no pocos  críticos, como Adelaida de Juan, esa afirmación no es del todo acertada. Dice: “Estaba demasiado arraigado en lo inmediato, en fuentes terrenales; su imaginación y su erotismo no requerían  del ‘maravilloso azar’ ni del subconsciente surrealista… El sueño de Carlos Enríquez tiene una verificación inmediata y carnal…”  Expresaba el propio artista: “Creo que mi pintura se encuentra en constante plano evolutivo hasta la interpretación de imágenes producidas entre la vigilia y el sueño… Sin embargo, esto no quiere decir que sea surrealista… Me interesa interpretar el sentido cubano del ambiente pero alejándome de escuelas europeas… Me interesa la forma humana, el paisaje y, sobre todo, la combinación de ambos pues todo hombre tiene su paisaje, interior o exterior, del cual nunca podrá aislarse”.

            Su pintura más recordada es El rapto de las mulatas (1938) en la que mujeres, caballos y guardias se funden en una especie de danza ritual que confiere un movimiento frenético a la obra. Espléndidas figuras femeninas poblaron su mundo pictórico, singularizado por el uso del color (azules, malvas, rojos) y de la transparencia.  Sus caballos y la vegetación de sus cuadros remedan siempre el cuerpo de la mujer. Hay en sus desnudos un disfrute sexual pocas veces visto en nuestra pintura. Enríquez gustaba de definir su obra como un romancero criollo. Esa definición puede englobar las tres novelas que escribió: La vuelta de Chencho,  La feria de Guaicanama, y Tilín García, la única que llegó a publicar en vida, en 1939,  y en la que el protagonista, como un nuevo caballero andante, recorre la campiña cubana pregonando la redención del campesino y la necesidad de una reforma agraria.

            Una mañana, en el barrio habanero del Vedado, Carlos Enríquez cortó el paso a quien sería después uno de los grandes escritores cubanos para preguntarle cómo llegaba al hospital Courí. El pintor lucía sucio, mostraba la barba de varios días y pese a llevar en pleno verano un traje de invierno temblaba como el azogue. El joven escritor sintió deseos de gritar a los transeúntes que aquel derrumbe humano era una gloria de Cuba, pero no lo hizo y, limitándose a indicarle el camino, tampoco quiso darle señas de que lo había reconocido. Poco después, en un amanecer,  la sirvienta del artista lo encontró sentado en su sillón, con el radio encendido. Parecía dormido… Ese mismo día se inauguraba una exposición de su obra. Los que llegaron a la galería de la calle Obispo, donde se expondría, encontraron la puerta cerrada y un letrero: “Carlos Enríquez ha muerto”. Era el 2 de mayo de 1957, hace ahora cincuenta años. 

           

           

                       

           

La Habana de Hemingway

La Habana de Hemingway

Ciro Bianchi Ross 

Caricatura de Laz

 

Ernest Hemingway vivió en esta casa los últimos 22 años de su vida. Cuando se instaló en Finca Vigía –a unos 30 minutos del centro de La Habana- estaba a punto de concluir Por quién doblan las campanas. Al abandonarla para siempre, había recorrido ya como escritor el camino de la fama y merecido el Premio Nobel. En la finca quedaron entonces su Royal portátil, las tumbas de sus perros, unos 50 gatos y los nueve mil volúmenes que atesoró a lo largo de su vida y que muchos años después harían exclamar a García Márquez: “¡Qué biblioteca más rara tenía este hombre!”

Hemingway llegó a Cuba en la primera quincena de abril de 1928. Junto a Pauline Pfeiffer,  su segunda esposa, hizo aquí el tránsito para Cayo Hueso, donde concluiría Adiós a las armas. Volvió en 1932 para pescar agujas en las aguas cubanas. Regresó en 1933 y escribió la primera de sus crónicas de tema cubano. A partir de entonces no se desvincularía jamás de esta “isla larga, hermosa y desdichada”, como llamó a Cuba en Las verdes colinas de África. El viejo y el mar (1952) es, por excelencia, la novela “cubana” de Hemingway. Parte de la trama de Islas en el golfo (1970) transcurre en Cuba. También en alguno que otro cuento y en muchísimos de sus artículos periodísticos hay alusiones a la Isla. El escenario de Tener y no tener (1937) es cubano en buena medida.

En una ocasión expresó con relación a Cuba: “Amo este país y me siento como en casa; y allí donde un hombre se siente como en casa, aparte del lugar donde nació, ese es el sitio al que estaba destinado”.

POR LA CALLE OBISPO

Hemingway era, en la década de los 30, un turista sospechosamente reincidente que todos los años pasaba en Cuba los meses de mayo, junio y julio, que son los de la corrida de la aguja

Su primer refugio habanero fue el hotel Ambos Mundos, en la calle Obispo, muy cerca del puerto. La habitación entonces sin número del quinto piso  de esa instalación, en la que se alojó invariablemente, se conserva intacta. A las cinco de la tarde, después de un día de pesquería, Hemingway se encerraba en su pieza, pedía la comida y se ponía a escribir. Lo hacía en la cama, a mano, y luego mecanografiaba el manuscrito sin introducir apenas correcciones. En 1958, en su célebre entrevista con George Plimpton, recordaría: “El Ambos Mundos, en La Habana, fue un buen lugar para trabajar”.

Por su crónica “La pesca de la aguja a la altura del Morro”, con la que volvió al periodismo luego de haberse mantenido alejado de esa profesión durante más de diez años, se conocen no pocas de las costumbres  de aquel huésped del  Ambos Mundos.

Dormía con los pies hacia el levante. De esa forma el sol, cuando empezaba a golpearle la cara, lo obligaba a abandonar la cama. Entonces, desde la ventana,  oteaba el entorno: la Catedral, la entrada del puerto, Casablanca, los tejados de los edificios. La bandera cubana que ondea en el Morro le indicaba la dirección del viento y los rizos del mar lo hacían percatarse de golpe si los alisios soplaban desde temprano. Las condiciones eran favorables entonces para la pesca de la aguja y el narrador, tras ducharse, se ponía un viejo pantalón de caqui, una camisa cualquiera, unos mocasines secos y bajaba a desayunar –un vaso de agua de Vichy, otro de leche fría y una rebanada de pan- antes de dirigirse a la embarcación.

A veces en bermudas, con zapatillas vascas, casi siempre sin calcetines y con una camisa ligera, se le veía caminar por la calle Obispo. En Islas en el golfo evocaría los olores característicos de esa vía: el de la harina almacenada en sacos y el del polvo de harina, el de las cajas de embalaje recién abiertas, el del olor del café tostado, “que era una sensación más fuerte que la de un trago por las mañanas”, el delicioso olor a tabaco…

El escritor se sentía a gusto en el Ambos Mundos, por lo céntrico de la zona y la cercanía con el puerto, donde fondeaba su yate. Pero a Martha Gelhorn, su tercera esposa, comenzaron a incomodarle la habitación anónima y despersonalizada y la falta de privacidad ante la visita de los amigos del marido. Fue ella la que buscó y encontró Finca Vigía. A Hemingway, al inicio, le desagradó el lugar: quedaba demasiado lejos del Floridita.

UNO VIVE EN ESTA ISLA

Una buena parte de Islas en el golfo transcurre en ese bar habanero. En esas páginas de la novela, el lector ve deambular a un personaje a quien el escritor llama Liliana la honesta. En la vida real se llamó Leopoldina, una prostituta mulata que “hacía la vida” en el Floridita y que fue el gran amor cubano del novelista. La recordaría en Islas en el golfo: “Tenía una hermosa sonrisa, unos ojos oscuros maravillosos y espléndido pelo negro… Tenía un cutis terso, como un marfil color olivo, si tal marfil existiera, con un ligero matiz rosado…”

La Terraza, restaurante marinero del pueblo de pescadores de Cojímar, fue, en La Habana, otro de los sitios preferidos de Hemingway. En el Floridita se reverencia el sitio donde el escritor solía sentarse –la primera butaca de la izquierda de la barra- y en La Terraza, su mesa de siempre, en la esquina izquierda, junto a la ventana.

“Es muy agradable estar aquí”, dice el protagonista de Islas en el golfo en alusión a La Terraza. Y en la misma novela se describe al daiquiri con su sabor y color exactos. “Trago de aguas someras”, lo definía Hemingway.

En 1949, explicó en una crónica las razones de su larga residencia cubana. Habló, por supuesto, de la Corriente del Golfo, “donde hay la mejor y más abundante pesca que he visto en mi vida”; de las 18 clases de mango que se cosechaban en su propiedad, de su cría de gallos de pelea…y apuntó como al descuido: “Uno vive en esta Isla (…) porque en el fresco de la mañana se trabaja mejor y con mayor comodidad que en cualquier otro sitio.”

Allí concluyó Por quien doblan las campanas y escribió A través del río y entre los árboles, El viejo y el mar, París era una fiesta e Islas en el golfo. También otra novela que dejó inconclusa, El jardín del Edén. Y asimismo muchísimos artículos y crónicas para publicaciones periódicas, entre ellos el reportaje  Un verano sangriento, acerca del mano a mano entre los toreros Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín, que presenció en España el año precedente, y que, dicen sus biógrafos, tuvo muchas dificultades para poder concluir.

“Yo siempre tuve buena suerte escribiendo en Cuba… expresó en una carta. Y poco después de conocer que había ganado el Premio Nobel, declaró en una entrevista: “Este es un Premio que pertenece a Cuba, porque mi obra fue pensada y creada en Cuba, con mi gente de Cojímar, de donde soy ciudadano. A través de todas las traducciones está presente esta patria adoptiva donde tengo mis libros y mi casa”.

En una crónica periodística de 1936, Hemingway contó en menos de 200 palabras la historia que desplegaría años después en El viejo y el mar. Los estudiosos coinciden que se inspiró en un pescador de Cojímar llamado Anselmo Hernández, lo que no excluye que otros pescadores de la zona aportaran elementos a su personaje. La anécdota de la novela es conocida. Su sentido es bien evidente. Hemingway lo pone en boca de Santiago, el protagonista: “El hombre no está hecho para la derrota. Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”. El escenario de la novela es el mar, y la lucha del viejo contra los tiburones que terminan arrebatándole su pesca, es la del hombre por la vida.  Diría el escritor: “Traté de hacer un viejo real, un muchacho real, un mar real, un pez real y tiburones reales. Pero si los hice bien y suficientemente verdaderos, pueden significar muchas cosas. Cuando se escribe bien y con sinceridad de una cosa, esa cosa significará después muchas otras cosas”. Y dirá sin ambaje ni modestia que con El viejo y el mar “es como si finalmente hubiera dado expresión a lo que perseguí toda mi vida”.

Escribía de pie, ya en los últimos años, sobre una piel de lesser kudú, porque así “pensaba con más claridad”. Se levantaba temprano y solo abandonaba su labor cuando llegaba a un punto en que sabía con exactitud lo que sucedería después. Lograr, durante una jornada, unas 500 palabras “limpias” era para él satisfactorio, y jamás acometía directamente a máquina los pasajes más difíciles, pero sí los diálogos.

Finca Vigía fue, dice García Márquez, la única casa verdaderamente estable que el escritor tuvo en su vida. Mary Welsh, su cuarta y última esposa, puso, hasta donde pudo,  orden en la finca y en la existencia del novelista. Como éste se quejaba de cuánto lo importunaban los visitantes, Mary dispuso la construcción de la torre de tres pisos aledaña a la casa. La última planta sería el cuarto de trabajo de Hemingway. Subió un día y permaneció allí  quince minutos, durante los cuales se empeñó, en vano, en redactar una frase. Bajó y nunca más volvió a utilizar el sitio para escribir. Comentó que no podía resistir la soledad.

HARAKIRI CON FUSIL

“Miren como voy a matarme”, decía a sus amigos en Finca Vigía. Colocaba la culata de su escopeta Mannlicher Schoenauer 265 en el piso y apoyaba el cañón en el cielo de la boca. Luego oprimía el gatillo con el pulgar de un pie. Se oía un chasquido seco. Exclamaba sonriente: “Esta es la técnica del harakiri con fusil.”

A su muerte, se leyó en La Habana el testamento de Hemingway. Entre otros legados, traspasaba al Estado cubano la propiedad de Finca Vigía. El viejo escritor, tan remiso a recibir a escritores en su casa, quería que el predio se convirtiera en lugar de reunión de jóvenes intelectuales y artistas y que funcionase allí además un centro de estudios botánicos. Fidel Castro, que mucho admira  a Hemingway y que lo conoció personalmente durante uno de los torneos de la pesca de la aguja que organizaba el escritor, propuso entonces que la finca se convirtiera en museo, sugerencia que aceptó la viuda del narrador.

Pero más que un museo, Finca Vigía continúa siendo la casa de Hemingway. Vacía parece, sin embargo, llena de vida. Da la impresión de que su propietario no está muerto, sino ausente y que de un momento a otro regresará del Floridita o de una cacería.

Dejará entonces en algún sitio su carabina y mirará por encima la correspondencia; en definitiva, en la mesa de la biblioteca de la finca hay un cuño de goma que dice: “Yo nunca escribo cartas”. Ingerirá un trago (“Un buen güisqui es muy agradable, es una de las cosas más agradables de la existencia”) y se colocará ante su Royal  portátil  para proseguir el trabajo en la rara y ambiciosa novela que nunca llegó a concluir.

      

Luciano en persona

Luciano en persona

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

El gobierno norteamericano presionaba, pero el presidente Ramón Grau San Martín no cedía. Tendría al fin que hacerlo cuando Washington dispuso la suspensión  de los embarques de drogas de uso medicinal hacia Cuba, con lo que se privaría a la Isla de importantes medicamentos. Entonces Charlie Lucky Luciano, el zar del hampa, detenido con toda consideración y cortesía por la Policía Secreta en un lujoso restaurante de La Habana, fue internado en la Estación Cuarentenaria de Tiscornia y se le formó expediente de expulsión.

            Culminaba así el proceso iniciado desde que autoridades estadounidenses  detectaron la  presencia del capo de todos los capos en la capital cubana. Aunque no es improbable que funcionarios de la Oficina  de Narcóticos del Departamento del Tesoro de  Estados Unidos hubiesen seguido sus pasos desde Italia, Luciano cometió en La Habana descuidos inadmisibles en un hombre de su posición. Entusiasmado con una joven norteamericana a la  que conoció aquí de manera casual y que se volatizaría luego como el humo, se exhibió con ella lugares públicos y fue fotografiado. Una madrugada, a la salida de un casino de juego, un hombre le cortó el paso. Era Harry Wallace, columnista del periódico Havana Post, que se editaba en inglés.

            -Me pareció que era usted una persona conocida y no me he equivocado. Lo hacía en Italia, en su pueblo natal, y vaya sorpresa de encontrarlo en uno de los sitios más afamados de La Habana –le dijo, no sin asegurarle que sería discreto.

            -No. Yo no soy esa persona que usted busca –respondió Luciano secamente  y siguió su camino, pero su suerte estaba sellada.

AMIGOS Y ENEMIGOS

En realidad, se sentía seguro en Cuba, donde contaba con amigos y había gente muy poderosa interesada en que permaneciera en el país. El senador Paco Prío, hermano del Primer Ministro, estaba entre sus íntimos, como también lo estaban  Pablo Suárez Aróstegui, esposo de una de las sobrinas del Presidente, e Indalecio Pertierra, dueño del hipódromo y del cabaret Montmartre, que le buscó a sus guardaespaldas cubanos. Había hecho significativas inversiones, se mezclaba  en la política cubana y legisladores, jueces y oficiales de Policía acudían a sus fiestas y eran congratulados con regalos costosos…

            Pero Luciano tenía también enemigos muy fuertes. Y la prensa cubana pareció descubrir de golpe quién era  aquel rico, amable y generoso señor que se presentaba como  Salvatore Lucania, su nombre verdadero,  y que había entrado en Cuba con pasaporte legal y con una visa expedida por el consulado cubano en Roma. A esa altura la Oficina de Narcóticos norteamericana sabía todo lo que deseaba saber sobre los vínculos de Luciano en la Isla y recomendó al gobierno de Grau que lo devolviese a Italia.

            Grau se hizo el sueco. Respondió a  Washington, pero le dio el esquinazo. No veía razones para expulsar a un hombre que tenía sus papeles en regla y llevaba, decía la Policía, una vida apacible en La Habana. Antes de salir de Italia, Luciano dejó allí una extensa organización para introducir narcóticos en Cuba y trasladarlos luego a Estados Unidos, adujo el gobierno norteamericano y el ministro cubano de Salud ripostó que dudaba de que Luciano estuviese detrás de un supuesto aumento en el tráfico de drogas. Grau pareció rematar el asunto al declarar: No hay argumento legal que obligue al señor Lucania a salir del país si sigue comportándose de una manera tan digna.

EL EMBARGO

Estados Unidos no cejaba en su empeño. La Oficina de Narcóticos requirió la colaboración del presidente Truman y los departamentos de Estado y del Tesoro presionaron en conjunto sobre La Habana. Si no expulsaba  a Charlie Lucky Luciano, Washington cortaría todo embarque legítimo de narcóticos y la Isla quedaría sometida a un embargo de medicamentos.

Mientras el premier Carlos Prío maniobraba en secreto para que el gobierno  saliera lo mejor parado posible ante la injerencia extraña,  políticos de todos los partidos y tendencias, reunidos en la casa de Neno Pertierra,  buscaban una solución airosa al problema. Desde su exilio dorado de Daytona Beach, el ex presidente Batista dejaba saber su opinión. Recomendaba que Luciano se trasladara a Venezuela donde su antiguo ayudante, el  comandante Jaime Mariné, regenteaba el hotel más importante de Caracas, propiedad de Batista y del propio Mariné. Allí sería bien acogido. De esa manera, precisaba el General, se era flexible con la exigencia de Washington y Luciano mantenía su objetivo de permanecer cerca de Estados Unidos. La otra sugerencia del mayoral de Kuquine era audaz, pero totalmente absurda e irrealizable. Si Estados Unidos suspende la venta de medicamentos a Cuba, decía Batista, Cuba suspende la venta de azúcar a Estados Unidos.

A través de Meyer Lansky, su lugarteniente, Luciano mantenía relaciones con Batista desde que en 1933, a cambio de una jugosa tajada, lo había autorizado a abrir y operar el casino del Hotel Nacional y otras salas de juego. Lo tenía por un hombre  con los pies bien afincados en la tierra, pero aquella idea le pareció demasiado peregrina. Sabía que el gobierno de Grau no se compraría una bronca como esa ni tenía pantalones para ello. Se resignó entonces  a que lo expulsaran de Cuba.

EL MAR Y LAS PALMERAS

Luciano había llegado a la Isla seis meses antes, a fines de septiembre de 1946. Procedente de Brasil, arribó por el aeropuerto de Camagüey, como era habitual en los viajes procedentes de Sudamérica. Fue muy breve su estancia en esa ciudad. Aceptó la comida que le ofreció Germán Álvarez Fuentes –el hombre de la Ipecacuana-  ministro cubano de Agricultura y propietario de la farmacia de la calle Avellaneda, vinculado, se dice, al negocio de la droga, y descansó en el Gran Hotel, presumiblemente en la habitación 407, el famoso cuarto veneciano de esa instalación hotelera.

            Ya en La Habana, y alojado en el Hotel Nacional, se impresionó con el paisaje: las palmeras lo hicieron creerse en Miami, en tanto que el azul del mar le recordó Nápoles. “Pero estaba solo a 90 millas de Estados Unidos, y eso significaba que estaba de nuevo en América”, dice Luciano en sus memorias.

            Claro que Salvatore Lucania no había venido a La Habana a admirar el paisaje, por muy espectacular que le pareciera. Vino a algo más preciso y urgente: apuntalar su imperio que se desmoronaba ante el empuje de Vito Genovese, ansioso de convertirse en el nuevo jefe de la mafia norteamericana. Luciano, salido de la cárcel, había sido repatriado a Italia. Su lejanía dejaba la brecha abierta a los antojos de Genovese, en Nueva York, y en California, Buggy Siegel lo traicionaba abiertamente.  Se imponía un llamado al orden, y los jefes de las familias principales de la mafia debían reunirse, llamados por Luciano, a fin de discutir sobre esferas de influencia, problemas territoriales, tráfico de drogas y la apertura del imperio de Las Vegas. Ese fue, dice el escritor Enrique Cirules, el temario de la reunión de cabecillas que tuvo lugar en La Habana.

            Ninguna ciudad más apropiada para el cónclave que esta, punto intermedio en ese tiempo del tráfico de heroína hacia Estados Unidos. Se convocó en el Hotel Nacional para el 22 de diciembre de 1946 y se extendió hasta el día 26. Asistieron los jefes más connotados, mientras que Al Capone, ya muy enfermo,  enviaba sus saludos y respetos. Las sesiones se celebraron en la sala Taganana y nadie fuera de  los citados pudo hospedarse ni usar de los servicios de la instalación hotelera en esos días. La prensa no publicó una sola línea sobre el tema.

APARECE SINATRA

“Si alguien hubiese preguntado, había una razón aparente para semejante reunión, expresa Luciano en sus memorias. Se celebraba para honrar a un chico italiano de New Jersey llamado Frank Sinatra quien había volado a La Habana para conocer a su amigo Charlie Luciano, y durante la semana se daría una gala en su honor”.

            La reunión concluyó. Los participantes se fueron con el mismo sigilo con que llegaron, pero Luciano permaneció en La Habana. En su casa de la calle 30, en Miramar, se sentía intocable, ajeno a la vigilancia que funcionarios de la Oficina de Narcóticos mantenían sobre él.  Ajeno también a los trajines de su lugarteniente, Meyer Lansky, el financiero de la mafia, empeñado en secreto de sacarlo de Cuba.

            Llegó así el 23 de febrero de 1947. Mientras almorzaba, un agente de la Secreta pidió de favor  a Luciano que lo acompaña. El capo de todos los capos no perdió la compostura. Se despidió afectuosamente de sus guardaespaldas cubanos y caminó hasta el automóvil con chapa oficial que lo esperaba. No había acusación contra él. Solo aquella orden de repatriarlo a Italia que Washington obligó al gobierno de Grau a ejecutar. En el campamento de Tiscornia, donde eran retenidos hasta que se aclarara su situación extranjeros llegados sin la documentación requerida y aquellos que esperaban ser sacados del país, expresó a Lansky la preocupación por sus hombres que quedaban en la Isla. Pero ninguno fue molestado, se reanudó el flujo de medicamentos desde Estados Unidos, y el tráfico de drogas, ahora bajo el control de Lansky, siguió su curso indetenible.

            Se presentó un recurso de habeas corpus en favor de Luciano, pero fue denegado por el ministro de Gobernación. Presentarlo ante un tribunal  era poner en la picota a sus cómplices cubanos. El senador Eduardo Chibás denunció por sus nombres a los principales asociados cubanos del jefe mafioso, y la denuncia provocó un sonado incidente en el Senado cuando, durante el receso de una sesión, Paco Prío lo agredió físicamente al tiempo que gritaba: “Esto te lo manda Lucky Luciano”. Agresión que en otro receso ripostó Chibás y fue el preámbulo de un duelo a espada entre los dos parlamentarios.

            El 29 de marzo de 1947 Charlie Lucky Luciano embarcaba hacia Italia, en un camarote de lujo, a bordo del barco turco Bakir. Paco Prío no resistió la tentación y acudió al puerto a despedirse de su amigo.

           

           

           

  

               

    

             

           

           

 

Finlay

Finlay

Ciro Bianchi Ross

 El doctor Carlos Juan Finlay  acaba de hacer un planteamiento absolutamente original y escruta los rostros de sus compañeros de labores académicas. Ha echado por tierra  todas las teorías sobre la fiebre amarilla. Es más. Formula una nueva concepción acerca del contagio basada en el papel de los vectores en la trasmisión de enfermedades ya que nunca antes se expuso, y mucho menos se avaló experimentalmente, la posibilidad de que los insectos sirviesen de entes trasmisores de microorganismos patógenos.

            Se sabe en un momento clave de su existencia. La honda emoción que lo embarga y la confianza en la certeza de sus postulados apenas le deja reparar en la actitud hostil de su auditorio. Piensa que los incrédulos tendrán que mudar de parecer cuando dé a conocer las pruebas que respaldan sus afirmaciones.

            Pero Finlay no logra  entusiasmar a nadie. Cuando el presidente de la sesión anuncia que concederá la palabra a los que quieran hacer uso de ella, solo se escucha la voz del secretario general de la corporación para solicitar que el trabajo del ilustre científico “quede sobre la mesa”, formulismo que indicaba que no habría comentarios. Ninguno de los estudiosos que concurrieron  aquel 14 de agosto de 1881 a la sala de actos de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, impugnó los puntos expuestos por Finlay en la teoría del mosquito Aedes aegypti como agente trasmisor de la fiebre amarilla ni se mostró  de acuerdo con ellos. El silencio fue la única respuesta a una concepción que no solo posibilitaría a la postre la erradicación del entonces llamado “vómito negro”, sino que abrió un nuevo capítulo en la historia de la medicina tropical.

CONTRA LA ADVERSIDAD

Finlay fue un hombre en lucha permanente contra la adversidad y las vicisitudes.

            En su adolescencia fue víctima de dos graves enfermedades, una de las cuales le dejó un serio trastorno de pronunciación que nunca superó del todo. Hizo estudios de medicina   fuera de Cuba y cuando regresó a la Isla para ejercer su profesión lo suspendieron en el examen de reválida del título, lo que lo obligó a esperar el tiempo reglamentario para volver a presentarse. Aspiró a socio supernumerario de la Academia de Ciencias y se vio frustrado en el primer intento; reiteró entonces su solicitud para socio corresponsal y la respuesta fue desfavorable… Cuando por fin resultó aceptado en la Academia, su teoría sobre la relación entre el mosquito y la fiebre amarilla fue acogida con indiferencia y se vio precisado a esperar más de treinta años para que se comprobara oficialmente su descubrimiento y se pusieran en prácticas las medicas sanitarias que recomendó para la erradicación del vector.

Después de muerto le quedarían  batallas por ganar. Pese a que el XV Congreso Internacional de Historia de la Medicina (1956) estableció de manera definitiva que “a Carlos J. Finlay, de Cuba, y solo a él, corresponde el descubrimiento del agente trasmisor de la fiebre amarilla y a la aplicación de su doctrina, el saneamiento del trópico”, algunas entidades extranjeras, esencialmente norteamericanas, trataron de escamotearle la paternidad de su concepción. De ahí que uno  de sus biógrafos afirme que Finlay es un hombre envuelto en una polémica permanente.

Sus profusos y concluyentes experimentos e investigaciones en cuanto al morbo amarillo y la importancia de su descubrimiento, han hecho que este genial cubano sea considerado y valorado hoy a partir y a través de su teoría sensacional sobre el papel de los mosquitos en la trasmisión de enfermedades. Sin embargo, no fue esa la única rama de la medicina donde descolló. Fue un oculista eminente y un internista consumado y resultaron significativos sus aportes en enfermedades tropicales como el bocio exoftálmico, la lepra, la filaria, la triquinosis, el beri-beri y el cólera, así como sus estudios en el campo de la parasitología.

En 1911, en el prólogo a Trabajos selectos, de Finlay, escribía Juan Guiteras:

“La laboriosidad del doctor Finlay es pasmosa. En medio del trabajo constante de su profesión y de la producción permanente de escritos sobre asuntos de patología y terapéutica, en los que se adelantó generalmente a sus contemporáneos, como puede verse en sus trabajos sobre la filaria y el cólera, encuentra tiempo, por ejemplo, para descifrar un antiguo manuscrito de latín, haciendo acopio de fuentes históricas, heráldicas y filológicas para comprobar que la Biblia en que aparece el escrito hubo de pertenecer al emperador Carlos V en su retiro de Yuste, o trabaja en la resolución de problemas de ajedrez, de altas matemáticas o de filología: o elabora complicadas y originales teorías sobre el Cosmos…”

MÉDICO DE LOS MOSQUITOS

Carlos J. Finlay nació en la ciudad de Camagüey, el 3 de diciembre de 1833, fecha  que se escogió para la celebración del Día de la Medicina Latinoamericana. Comenzó a interesarse en los estudios sobre la fiebre amarilla en 1870. Entonces la enfermedad, endémica del continente americano, era considerada ya una especie de mal inevitable y contra ella se ensayaban las medidas más peregrinas. Dos hipótesis prevalecían entones. Una decía que se trasmitía de enfermos a sanos y que donde se presentaba un caso, no tardaban en aparecer muchos más. La otra planteaba que e el caso de este padecimiento las personas sanas no lo contraían aun cuando usaran las ropas del enfermo, estuvieran en contacto con él, respiraran sus hálitos o fueran afectados de algún modo con los productos de la enfermedad.

            Como las dos conjeturas se basaban en hechos objetivos y reales y parecían estar en lo cierto, Finlay se decidió por otro camino y elaboró el concepto de la trasmisión metaxénica   de las enfermedades infecto-contagiosas. Un modo nuevo y distinto de la trasmisión de enfermedades que ha resuelto grandes y complejos problemas epidemiológicos.

            Durante más de tres décadas el científico ahondó como nadie en la patogenia, epidemiología, clínica y tratamiento de la fiebre amarilla. Llegaron a apodarle “el médico de los mosquitos”. Indiferencia, burlas e ironía no lograron erosionar en Finlay,  la fe en sí mismo ni su tenacidad. Era frecuente verlo por las calles habaneras con varios tubos en ensayo en los que había recogido mosquitos infectados y que solía llevar en el bolsillo superior izquierdo de la levita, junto al corazón.

LA INFAMIA

La teoría de Finlay se abrió paso. Los habitantes de la Isla no podían dejar de establecer  una estrecha relación entre la aparición de la enfermedad y las pésimas condiciones sanitarias existentes en la Cuba colonial. Por otra parte, los médicos de ideas más avanzadas terminaron por aceptarla. Faltaba la práctica social que la confirmara plenamente.

            Durante la primera intervención norteamericana en Cuba, el gobierno de Estados Unidos presionó a sus  médicos militares destacados en la Isla para que buscasen una solución al problema de la fiebre amarilla. Impotentes ante la enfermedad, decidieron ensayar la teoría de Finlay. Pero no creían en ella. Fue así que los doctores Reed, Carroll y Lazear visitaron  a su colega cubano y obtuvieron de él los resultados de treinta años de investigaciones. Pusieron en práctica entonces los métodos propuestos por el cubano y los resultados fueron favorables. Solo aventajaron a Finlay en la determinación de la naturaleza viral de la enfermedad.

            Desde los primeros contactos de los norteamericanos con Finlay comenzó a gestarse la infamia, pues Reed, quien fungía como jefe del grupo, nunca se mostró partidario de reconocer a Finlay la paternidad del descubrimiento en caso de que llegase a corroborarse su teoría. Quería el mérito solo para sí y no demoró en adjudicárselo.

            Obedecía en eso a orientaciones muy precisas que recibió de Washington. Ante los ojos del mundo entero el gobierno de Estados Unidos quería hacer pasar su intervención en Cuba como una obra humanitaria y civilizadora, no militar. Nada se prestaba mejor a ese propósito que hacer creer que el saneamiento del país con el combate del mosquito y la erradicación de la fiebre amarilla era colofón únicamente de sus “humanitarios” y “civilizadores” desvelos.

GLORIA

Finlay reaccionó vigorosamente ante la usurpación y los más distinguidos profesionales de su tiempo lo secundaron, así como antes se negaron a creer en sus planteamientos. Pronto la gloria del médico rebasó nuestros límites territoriales y el reconocimiento universal llegó al sabio cubano. La Universidad de Filadelfia, donde cursó estudios, le otorgó, ad honorem, el doctorado en Leyes. La Escuela de Medicina Tropical de Liverpool, la Medalla Mary Kingsley y el gobierno francés lo condecoró con la insignia de Oficial de la Legión de Honor.

            Cuando en febrero de 1901 se convocó en La Habana el III Congreso Panamericano de Medicina, una gran expectación reinaba entre los asistentes. En sus sesiones volverían a encontrarse cara a cara Finlay y Reed. El cubano presidía la sección de Medicina General y daría lectura a un informe sobre los adelantos contra la propagación de la fiebre amarilla.

            Cuando le tocó el turno para dar a conocer su ponencia, dice su biógrafo Rodríguez Expósito, “una ovación cerrada recibió la figura venerable, serena y digna del noble anciano. Los médicos de todo el continente allí representados rendían de ese modo un emotivo y elocuente homenaje al descubridor del agente trasmisor de la fiebre amarilla”.

            Al día siguiente, Reed se dirigió al congreso. Leyó asimismo un informe sobre la fiebre amarilla, pero el nombre de Finlay no se menciona en sus páginas.

            A partir de 1909 dejaron de registrarse en Cuba casos de esa enfermedad. La aplicación de las recomendaciones del médico cubano posibilitó  el saneamiento del trópico con el ahorro consiguiente de vidas humanas en Panamá, Brasil, el sur de Estados Unidos y otras regiones.

            Al conmemorarse el 137 aniversario del natalicio de Carlos J. Finlay vale recordar la figura del ilustre científico cuya proeza se sale del marco de la época que le tocó vivir a la medicina de su tiempo y sentó, a escala universal, la base para la busca y  la solución de los problemas médico sanitarios.

            Carlos Juan Finlay murió en La Habana el 20 de agosto de 1915.

 

           

  

Muerte en Palacio

Muerte en Palacio

Ciro Bianchi Ross

 

Yo no sé en qué quedó lo de la muerte sorpresiva del general Manuel Salamanca y Negrete. Si murió de muerte natural o si alguien se las ingenió para quitarlo del camino. Parece ser que era un hombre enfermo, pero cuando falleció en La Habana de 1890 fueron muchos los que tuvieron la certeza de que el Capitán General y Gobernador de la Isla de Cuba había sido asesinado.

            A lo largo de su vida pública, Salamanca sobresalió siempre por su competencia e intachable honradez. Su designación para regir los destinos de la Cuba colonial fue saludada con júbilo por los cubanos. Un día de fiesta popular fue el de su llegada a La Habana, y la gente desbordó las calles para recibir al hombre que, pensaba, pondría fin a todos los males que aquejaban al país.

            Hubo también escepticismo, por supuesto. Nadie vio hasta ahora a un Gobernador español bueno, escribía Julián del Casal, gran poeta y agudo cronista, en su columna de La Habana Elegante, el 5 de mayo de 1889. Aun así, con el transcurso de los días, el propio Casal llegaba a reconocer que la justicia resplandecía en las disposiciones de Salamanca, ajeno al favoritismo político y fiel guardián de los intereses del Estado.

            “Hoy el General es una esfinge, cuyo enigma nadie se aventura a descifrar. No se conocen sus planes ni se trata de descubrirlos. Todo el mundo aguarda a que surja algún conflicto grave para conocer sus dotes  gubernamentales y pronunciar el fallo definitivo acerca de su gobierno. Mientras esto se espera, el General continua su obra lentamente”, escribía Casal.

            Nueve meses después los despojos de Salamanca eran conducidos a la Necrópolis de Colón en el coche fúnebre conocido como de Jerónimo Napoleón, similar al de la Casa Real francesa. En su caja privada el fallecido dejaba la magra cantidad de 400 pesos oro.

SE VOLATILIZAN 14 MILLONES

El conflicto grave que pedía Julián del Casal para medir el temple de Salamanca estalló entre una fecha y la otra cuando llegó a su conocimiento que del Departamento de Guerra de la Colonia se habían volatilizado 14 millones de pesos, suma astronómica para la época.

            -Es mucho baldón para nuestro Gobierno –dijo el Capitán General a sus colaboradores y ordenó a los tribunales que tomaran cartas en el asunto.  La lista de los implicados fue en aumento y cuando empezó a hablarse de la prisión inminente de encumbrados personajes, la enfermedad aquejó repentinamente al Gobernador. Roure, su médico de cabecera, no pudo diagnosticarla y muchos menos vencerla.

            Ya muy grave, Salamanca impartió sus últimas instrucciones y recomendó severidad con los culpables. Ofreció nuevos datos a los jueces encargados del proceso, pero otro ataque lo hizo entrar en agonía. En sus cada vez más raros y espaciados momentos de lucidez, conversaba con el general Cavada, que sería su sustituto interino.

            -Cavada, sé que eres pundonoroso y leal; ten firmeza con ellos… Ya les tenemos el pie puesto encima. ¡Caerán! La rueda está andando y los tribunales tienen los datos…

            Sobrevino el delirio. Salamanca dio órdenes a un ejército imaginario, gritó, masculló frases incoherentes. De pronto pareció calmarse y al advertir la presencia de Cavada pidió a este que se acercara a su lecho. Musitó:

            -Los ladrones son débiles ante la entereza de un gobernante… Pueden más en la apariencia que en la realidad.

            Fueron esas las últimas palabras del General.

EL CORTEJO

El cadáver es tendido en el salón Blanco del Palacio de gobierno, tapizado y alfombrado de negro. Al resplandor de los cirios que lo rodean, se descubre el rostro severo del difunto, ornado de espeso bigote y luenga pera, y el pecho robusto que luce todas sus condecoraciones. Cuatro Hermanas de la Caridad y Siervas de María, relevándose cada dos horas, le hacen guardia. Le rinde honores la Infantería del Ejército. Durante tres días permanecerán en capilla ardiente los restos mortales del Gobernador.

            Un largo camino recorrería el cortejo desde el Palacio de los Capitanes Generales hasta el Cementerio de Colón. Preceden al coche fúnebre  niños de la Casa de Beneficencia, vestidos de blanco y azul, y las huérfanas del Colegio de las Domiciliarias, sacerdotes, seminaristas, bomberos…

            Detrás del coche marchan las máximas autoridades militares y civiles y el Obispo, seguidos por altos funcionarios del gobierno colonial, el cuerpo diplomático, representantes de instituciones académicas y docentes y figuras de la banca, el comercio y la industria. Avanzan luego los caballos, enlutados, de la Capitanía General y batallones de la Infantería y la Artillería, la Artillería de Marina, el Cuerpo de Voluntarios…

            Desde puertas y ventanas, balcones y azoteas, la población sigue el paso del cortejo. Los jefes de los tres ejércitos hacen de batidores y una legión de hombres del comercio carga cien coronas de flores.

            Sigue el coche fúnebre hasta el Campo de Marte y se oye de pronto un ruido de madera que cruje y gritos y ayes de dolor. Una tarima, armada a la carrera a la altura de lo que es hoy la Manzana de Gómez, no resiste el peso de la gente y se viene abajo, pero afortunadamente no se reportan víctimas fatales.

            En la esquina de Reina y Galiano están detenidos los coches del transporte urbano, imposibilitados de traspasar el cortejo que avanza hacia Belascoaín y busca Carlos III.

            Ya en el Cementerio, el ataúd es llevado en hombros a la Capilla Central, donde se le canta el responso y hay una misa oficiada por el Obispo. Lo conducen luego al panteón de la familia  Blanco Herrera, en la avenida principal del Cementerio, casi a la entrada, a la izquierda, y mientras se le deposita en bóveda, el corneta da la voz de fuego y los escopeteros disparan sus salvas durante quince minutos.

            Los ayudantes de campo del Capitán General portan los atributos de mando del difunto: el bastón, el kepis y la espada.

SU GESTIÓN

En su obra El bandolerismo en Cuba (1800-1933). Presencia canaria y protesta rural, Manuel de Paz Sánchez y colaboradores, valoran la gestión de Salamanca al frente de la Isla y afirman que se empeñó en acabar, al igual que sus antecesores, con el bandolerismo, que consideraron una grave lacra social. Para Salamanca, los tres problemas de Cuba eran la cuestión económica, el autonomismo (que identificaba con el separatismo) y el bandolerismo que quiso exterminar a golpes de decretos, circulares y somatenes. En este sentido, mantuvo una postura intransigente y se negó a conceder el perdón, y facilitar la fuga al extranjero,  de los bandoleros que lo se lo solicitaban. “Salamanca fue, también, una especie de reformador. Su deseo de sanear la administración colonial es innegable”, escribe Paz Sánchez.

            Desmiente que facilitara de buena gana el retorno a Cuba, en 1890, del general independentista Antonio Maceo, vuelta que fue motivada, apunta Paz, “por una suerte de política de ‘reinserción’ planeada desde Madrid, con la obligada aquiescencia del aparato diplomático y colonial español”.

            Salamanca se preocupó asimismo por la educación y a instrucción popular, prosigue el autor citado. Suplicó continuamente la entrega de numerario para enfrentar los gastos del anacrónico sistema administrativo de la Colonia y, en particular, se mostró sensible ante las deficiencias estructurales de la hacienda municipal. Trató de colonizar vastos territorios con familias peninsulares y canarias, lo que levantó airadas  protestas de la sacarocracia criolla, obsesionada con la obtención de una mano de obra abundante  y barata. Intentó dividir a los autonomistas, pero “no supo, o no quiso, adular a los individuos más reaccionarios y menos dialogantes del partido español”. Clausuró cárceles y aduanas inútiles y sumarió a no pocos empleados corruptos.

            Asevera Manuel de Paz que el programa de gestión de Salamanca parecía ser sincero, pese a combinar cierta planificación tecnocrática con una  ideología bastante reaccionaria. Y puntualiza: “En el fondo no gustó a nadie, ni a los políticos ni a los periodistas […] Tampoco gustó a los bandoleros…”

¿DE QUÉ MURIÓ SALAMANCA?

El periódico habanero La Discusión reconoció sin ambages que a algunos de los que seguían a pie los restos del Gobernador iban con la cara triste y el corazón contento, y el hijo de Salamanca declaró enfáticamente que su padre no había muerto de enfermedad natural alguna. Manuel de Paz es de una opinión contraria. Dice al respecto que Salamanca, en su deseo de sanear la administración colonial,  “recorrió la Isla palmo a palmo para conocer la realidad in situ, pese a sus problemas de salud, y acabó contrayendo unas fiebres malignas que lo llevaron a la tumba. Es falso, pues, como se ha dicho por algunos historiadores, que tratarán de envenenarlo por su afán moralizador”.

            Pero si se trató de unas “fiebres malignas”, la fiebre amarilla, de seguro, ¿por qué su médico fue incapaz de diagnosticarla?

            ¿De qué murió entonces?

            Hasta dónde sabe el autor de esta página, no lo han puesto en claro los historiadores, ni acaso haga falta porque este es tema para una novela, un thriller apasionante en que se entretejen la historia y la política con ese asunto universal que es la muerte, y por qué no, el amor, ya que entre las muchas coronas fúnebres que se amontonaron alrededor del lecho mortuorio había una, oculta por las otras, que era la más sencilla y expresiva de todas.

            Estaba hecha de hojas de mirto naturales y flores de resedá y violetas frescas, cuyos perfumes se mezclaban con el del incienso que se evaporaba en la capilla. En la parte superior tenía un lazo de cintas de raso blanco, y, sobre ellas, en letras de oro, esta dedicatoria: “A Manuel Salamanca, de un corazón inconsolable y fiel”.

 

           

 

El Paganini negro

El Paganini negro

Ciro Bianchi Ross

 

Es ya de noche en La Habana colonial cuando cuatro amigos –negro uno de ellos- entran, después de un concierto, a refrescar a un café. El dependiente, solícito, toma el pedido de los blancos y cuando el otro se dispone a ordenar, le da esta respuesta insolente:

            -Yo no sirvo a negros, sino a caballeros.

            El aludido apenas puede reprimir la ira. Se incorpora de golpe, señala, altanero, la condecoración que luce en la solapa izquierda del frac y dice:

            -Pues yo soy Caballero de la Legión de Honor francesa y no hay en este salón quien pueda decir lo mismo.

            Es Claudio José Domingo Brindis de Salas y Garrido, “el rey de las octavas”, el violinista excepcional que tiene ya los oídos acostumbrados al aplauso, cosecha fama y dinero en Europa y América, y que a lo largo de su vida sumará a la condecoración de Francia las que le otorgaron los reyes de España e Italia, Austria y Portugal. El emperador de Alemania, sin ir más lejos, le concede los títulos de Caballero de Brindis y Barón de Salas. Habla seis o siete idiomas y se presenta en escena con un Stradivarius auténtico. Alterna con Bartolomé Mitre en  Argentina, y con el general Porfirio Díaz, en México, y es profesor de música de la familia del monarca alemán,

            Pero este hombre que acumula honores y saborea el triunfo, que vive la existencia a plenitud y dispone de la gloria a su antojo, morirá en Buenos Aires en la mayor miseria y el más cruel olvido. Cuando ya agonizante lo desnudan en un hospital de la asistencia pública, le encuentran, bajo la ropa mugrienta, un corset de seda, vestigio de sus días de Don Juan, y en los bolsillos el pasaporte alemán y el recibo de la casa de empeños en la que por diez pesos dejó su Stradivarius que había costado 100 000. La era del virtuosismo quedaba atrás en la música; la tuberculosis minaba los pulmones del violinista y devastaba su cuerpo, y aquel “negro atorrante”, como alguien lo llamó, de “hermosa y simpática figura” y de quien llegó a decirse que parecía “un hombre rubio tallado en ébano”, no era más que un guiñapo.

EL GENIO PRECOZ

Alejo Carpentier, remiso a recargar su libro con las figuras de intérpretes y de concertistas, no puede eludir en su La música en Cuba el nombre de Brindis de Salas, “el más extraordinario de los músicos negros del siglo XIX […] un personaje singular que constituyó un caso sin precedentes en la historia musical del continente”.

            Nació en La Habana –calle Águila, 168-  el 4 de agosto de 1852. Junto a su padre –un destacado director de orquesta- se inició en la música y prosiguió estudios con el belga José Van der Gucht, avecindado en la ciudad. Tenía ocho años de edad cuando dio a conocer su primera composición, y once cuando ofreció su primer concierto. En 1869 matriculó en el Conservatorio de París y a partir del año siguiente, y durante un lustro consecutivo, ganó el Premio de Honor que concedía   esa casa de estudios.

            Egresado del Conservatorio comienza una vida artística intensa. Todas las puertas se le abren. Arrebata en Italia. Los alemanes se sienten tocados por su arte inimitable. El famoso Ignacio Paderewsky lo acompaña durante sus presentaciones en Polonia. Se hace aplaudir en Rusia y en Inglaterra, y también en toda América Central y Venezuela. Regresa a Cuba y se anota, en el teatro Payret, un éxito clamoroso.

            La crítica lo halaga en todas partes y en todas partes el artista lleva al público a un clima de delirio. Brindis de Salas sorprende con sus grandes golpes de arco, sus facultades fenomenales, la fantasía brillante y un repertorio erizado de escollos que sabe siempre vencer. Bien pronto comienzan a llamarle “el Paganini negro”. Existe, dicen los especialistas, una similitud diabólica en el virtuosismo de ambos ejecutantes.

ES LO QUE DOY YO DE PROPINA

De La Habana se va a México, y de ahí, a Europa otra vez. Está en Barcelona cuando alguien lo invita a Buenos Aires. Le atrae, ciertamente, esa ciudad que todavía no conoce y en la que tampoco se sabe de su arte. Trata allí  de conseguir un contrato digno de su fama y solo logra, de momento, que un empresario le ofrezca la ridícula suma de cien pesos por concierto.

            -¿Cien pesos? ¡Eso es lo que doy yo de propina! –responde Brindis.

            Bien pronto consigue lo que se propone. Se hace escuchar en las residencias particulares de lo más selecto de la sociedad bonaerense, y aparece el contrato añorado de mil pesos por función. La burguesía argentina se lo disputa. Le obsequian un soberbio solitario de diamantes, y sus nuevos amigos adquieren para él un Stradivarius legítimo.

            Allí tiene amores con una argentina apasionada; luego, en Berlín, se casa con una dama de la aristocracia alemana, y de esta unión nacen tres hijos. Pero la relación dura poco porque la mujer, dice Nicolás Guillén, no puede soportar a aquel artista “excéntrico y andariego” que a veces derrocha su arte en cafetines de barrio ante un público de marineros borrachos. Era, apunta Salvador Bueno, un hombre original y pintoresco, algo extravagante, demasiado afectado en su trato y en su porte. Hablaba casi siempre en francés y quizás algunas veces tuvo que dejar transparentar su condición de súbdito alemán para recordar que no debía sumisión a las autoridades españolas de su isla natal.

            En 1895 está una vez más en Cuba. Volverá en 1900 y en 1901. La música avanza por nuevos derroteros y el arte de Brindis  va en descenso y su genio declina.  De aquí para allá, en América y en Europa, pasa diez años en la oscuridad y en el olvido hasta que, enfermo y pobre, decide retornar a la Argentina de sus grandes triunfos. ¿A qué? Nadie lo sabe con certeza, tal vez para reencontrarse con aquella mujer apasionada de antaño o para evocar mejor los días de esplendor que quedaron atrás para siempre. Ahora sus amigos están muertos y nadie lo acoge; vaga por las calles y nadie lo reconoce. En el hospital, se niega a identificarse. Cuando, por el pasaporte, se sabe su nombre, la noticia corre por toda la ciudad: se moría “el Paganini negro”, “el rey de las octavas”. Los médicos le atienden con esmero, pero el esfuerzo resulta inútil. En la madrugada del 2 de junio de 1911, sin pronunciar  palabra ni dejar escuchar una queja, fallece Claudio José Domingo Brindis de Salas. La funeraria rehúsa cobrar el servicio de primera clase que presta al gran músico y sus restos, cubiertos con la bandera cubana y acompañados por el reducido número de compatriotas que radica en Buenos Aires, son conducidos al Cementerio del Oeste.

            En 1917, el periódico La razón inicia una campaña para dar al artista una tumba acorde con su fama, y, como homenaje de la colonia cubana y la prensa bonaerense, se coloca una tarja de mármol ante el nicho que guarda sus despojos. Faltaba aún, sin embargo, el último periplo de este andariego que fue Brindis de Salas, pues en 1930 y con grandes honores, sus cenizas fueron trasladadas a La Habana.