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Retrato de Korda

Retrato de Korda

Ciro Bianchi Ross

 

La crítica la considera una de las cien mejores piezas de toda la historia de la fotografía; se le ubica asimismo entre los diez mejores retratos, junto al de Sarah Bernhardt, de Nadar, el de Lincoln, de Brady, el de la Garbo, de Steichen, el de Marilyn Monroe, de Halsman, el de Kennedy, de Cornel Capa… ¿Es una escultura o un icono? Es el retrato de un hombre y también de un pensamiento y de una actitud. Emana de él algo místico y además una sensación de coraje y austeridad; toda una historia que cristaliza en una foto. Es la imagen de Ernesto Che Guevara, el Guerrillero Heroico, y su autor, Alberto Díaz -Korda- treinta años después de haberla captado, podría repetir la frase del gran fotógrafo norteamericano Ansel Adams: “A veces pienso que llegué a ese lugar cuando Dios necesitaba que alguien apretara el disparador”.

Decir, sin embargo, que la foto en cuestión es fruto de la casualidad, no sería del todo cierto. Era el 5 de marzo de 1960 y Korda “cubría”, como foto reportero del periódico Revolución, la despedida de duelo de las víctimas del sabatoje, perpetrado por la CIA, al barco francés La Coubre – dinamitado, explotó en el puerto habanero-, y metido entre la muchedumbre paneaba con su cámara, de izquierda a derecha, por el entarimado donde se emplazó la tribuna. Hablaba Fidel Castro y se hallaban junto a él los más importantes dirigentes del momento, así como los escritores Simomne de Beauvoir y Jean Paul Sastre, que acopiaba entonces los materiales para el sensacional reportaje sobre Cuba que con el título de “Huracán sobre el azúcar” publicaría luego en France Soir.

-Y de pronto el Che, que hasta ese momento se había mantenido detrás, avanza hacia un espacio libre de la primera fila de manera casi coincidente con el paso de mi cámara. Me impactó su imagen al encuadrarla: estaba tocado con una boina negra que lucía su estrella de comandante y llevaba un abrigo de cuero cerrado hasta el cuello. El viento le batía la melena y miraba al infinito… alcancé a hacer unos tres disparos seguidos; un minuto, minuto y medio después, volvía a perderse en el fondo de la tarima.

Cuando concluyo el acto, Korda corrió al laboratorio, reveló los negativos e imprimió las fotos que aparecerían en la edición del periódico de la mañana siguiente, pero la del Che no fue publicada. Sabía, sin embargo, que había logrado captar íntegramente una personalidad e hizo para sí una copia que colgó en su estudio. Un día de 1967 recibió la visita del editor italiano Gian Giacomo Feltrinelli; venía de Bolivia, donde había intercedido por la libertad del escritor francés Regis Debrais, y, de paso por La Habana, se dedicaba a buscar una foto del Che que le satisficiera. Haydée Santamaría, presidenta de la Casa de las Américas, le había sugerido que viese a Korda.

-Le gustó mi retrato y pidió que le hiciera dos copias en 30 x 40 cm. y papel de brillo. Se las regalé… un mes después del anuncio oficial de la muerte del Che en Bolivia, Feltrinelli presentó en Milán mi foto en un afiche de un metro por 70 cm. y los estudiantes se echaron a la calle con ella al grito de “Che vive”, oponiéndola a la imagen del guerrillero muerto distribuida por la CIA. Después se ha reproducido en numerosos libros, periódicos y revistas y también en cuanta superficie es capaz de admitir una foto: banderas, pañuelos, camisetas… Se supone que el editor milanés, en menos de tres meses, vendió un millón de ejemplares del afiche, a cinco dólares cada uno. Yo no he cobrado nunca un centavo por esa foto.

 

DETRÄS DE ESA FOTO

 

Alberto Korda tomó esa foto con su vieja cámara Leica, provista de un 90 milímetros, un semitelefoto de potencia regular, rayado por el uso en la superficie. Se hallaba a unos siete metros -¿o eran diez?-  de distancia del comandante guerrillero, y, precisa, sí, que era una tarde opaca, invernal.

Eso explica, dice ahora, treinta años después, que la imagen no sea súper nítida, que parezca envuelta en una aureola, que algunos crean ver como una nube en el ambiente: la cabeza solitaria del Che se difumina en una luz pareja y suave.

No hubo ninguna elaboración intelectual en eso. La luz solar, escasa, y el desgaste del lente imprimieron al retrato la atmósfera. ¿Y la composición?, “Bueno, ya eso es otra cosa. Es enteramente mía”, afirma. “Si yo le hubiera dado un poco más de negro en el hombro a la imagen, la foto se me hubiera caído”. Llevé el negativo a la ampliadora, enderecé la figura y le di aire alrededor.

Creo que el público exige esos detalles del encuadre. Por eso, al verla, encuentra una belleza y una armonía que no sabe de dónde salió, pero que es responsabilidad del artista, y eso es lo que hace que una foto pueda ser única.

Entonces la composición de una foto, ¿está en el ojo o en la ampliadora?

-Yo creo que está en la mente del fotógrafo y la mayor parte de las veces está en la ampliadora. Ahí tiene la foto  que simboliza la entrada de Fidel y Camilo en La Habana, 8 de enero de 1959. La tomó Luis Peilce, mi socio en los Estudios Korda, frente al Palacio Presidencial, y al verla en pruebas de contacto no le dio la mayor importancia. La hizo en formato 120, a diez o quince metros de distancia del objetivo, y se veía mucho público alrededor de los líderes revolucionarios y, a su izquierda, el cañón de un M-3. Luis la dejó a un lado, no le interesó, pero yo me puse a mirarla con una lupa y vi lo que él no vio. Ese mismo día 8, Fidel interrumpía varias veces su discurso en la Ciudad Militar de Columbia para preguntar a su compañero: “¿Voy bien, Camilo?” y yo me dije mientras la miraba:”Coño, en esta foto está esa frase”, y metí el negativo en la ampliadora, lo proyecté contra el piso y busqué la composición con la que se conoce ahora.

Alberto Korda recibe al periodista en su casa de La Habana. Está en vísperas de un viaje a Italia, donde expuso con gran éxito hace dos años una muestra antológica de su quehacer fotográfico, y donde la crítico Giuliana Sciné publicara un libro sobre su obra, Momento della storia. También editado en ese país europeo, el libro Immagini Famose lo incluye entre los artistas del lente más renombrados. En La Habana apareció hace poco tiempo otro libro que recoge una selección del trabajo profesional de Korda, Cuba, la fotografía de los años 60, con prólogo de Roberto Fernández Retamar. Son las siete de la noche. ¿Ron o aguardiente?, invita el fotógrafo. Ron, por supuesto, y prosigue el diálogo.

Se habla de la fotografía como del arte de la oportunidad y del fotógrafo que logra captar un momento irrepetible como del hombre adecuado en el lugar adecuado… Así, la foto de Roberto Capa que capta al miliciano español en el mismo momento en que era alcanzado por un proyectil. Se habla también de la única foto de Capa que se salvara de las muchas que tomó durante el desembarco de Normandía, donde fue el único fotógrafo, y de aquella otra de Cartier-Bresson con el chino que va al mercado y lleva en la parrilla de su bicicleta un montón de dinero que apenas la alcanzará para las compras del día, y se dice que una sola foto vale por todas. Pero también que esa sola fotografía no hubiese sido posible de no existir todas las anteriores. ¿Qué piensa Korda acerca de eso?

 

LA GOLONDRINA HACE EL VERANO

 

-Si pudiésemos revisar los archivos de Capa o de Cartier-Bresson, nos encontraríamos mil fotos excelentes, de una calidad sin grietas, pero siempre hay una que define toda la obra. En Capa, es ésa del miliciano; en Nadar, es el retrato de Sarah Bernhardt… Hay parte de casualidad en una buena fotografía. Quizás mi retrato del “Che guerrillero” sea también casual, pero no debe perderse de vista que yo estaba “dentro” de aquel acto de despedida de duelo de las víctimas de La Coubre, y estaba, como se dice en Cuba, “en la viva”, tanto que ninguno de los fotógrafos que estaba allí pudo hacerle una foto a Guevara.

Pero Korda no considera que ésa, que es la más vista de todas las que ha hecho –se dice que es la foto que más se ha reproducido en el mundo- sea la mejor de sus fotografías.  “Yo las tengo mejores”, asevera, y cita algunas de las que le hiciera a Norka, una modelo que fuera su esposa, antes del triunfo de la Revolución, otra que se conoce como la de “La niña con la muñeca de palo”, que es sencillamente patética, y muchas de las que le tomara al presidente Fidel Castro entre l959 y l969. ¿La foto de “Fidel guerrero”, aquella que en un gran afiche en el que se colocó la leyenda de “Comandante en Jefe, ordene” inundó la Isla en los días de la Crisis de los Cohetes, en octubre de 1962?

-No, esa no. Nunca me gustó esa foto, Fidel luce muy rígido; me hubiera gustado que se mostrara más relajado. Forma parte de un reportaje que con el título de “Fidel vuelve a la Sierra” hice para el periódico Revolución. La dirección del periódico Hoy se enteró de aquel recorrido del Comandante en Jefe y protestó porque no se había invitado a ninguno de sus reporteros o fotógrafos a integrar la comitiva. Nosotros le mandamos entonces las fotos que nos parecían de menos impacto y Hoy publicó esa que usted menciona a toda página, en primera plana. Después la Unión de Jóvenes Comunistas la utilizó en el afiche.

            El arte es una profesión en la que el creador no siempre elige ni decide qué de su obra impresionará o quedará para la posterioridad. El público manda. ¿Por qué resulta tan atractiva la foto del “Che guerrillero”? Korda apura su vaso y se encoge de hombros. No lo sabe bien porque comprende perfectamente que es una foto-mensaje en la que uno puede ver reflejado todo aquello que imagina o conoce acerca de Ernesto Guevara para afirmar al final:”Este es el Che”. Belleza y juventud, audacia y generosidad, una decidida actitud de lucha que se impone al profundo dolor del mundo en que se capta… valores estéticos y morales detenidos para siempre gracias a la magia de una fotografía que quedó impresa en la memoria popular y que se transformó en “el retrato del Che”.

Korda sospechó durante mucho tiempo que el Guerrillero Heroico no llegó a ver esa foto. Pero es muy probable que sí,  ya que se publicó al fin en Revolución estando él todavía en Cuba. No se sabe qué habrá pensado acerca de ella. Difícil resulta imaginar que no le haya impresionado: Guevara era un amante de la fotografía. En México se ganó la vida como fotógrafo, y el periodista argentino Jorge Ricardo Masetti, cuando lo entrevistó en la Sierra Maestra, en plena lucha contra la tiranía batistiana, anotó que el Che llegó a su encuentro montado en un mulo, con las piernas colgando y la espalda encorvada que se prolongaba en los cañones de una Veretta y de un fusil con mira telescópica, como dos palos que sostuvieran el armazón de un cuerpo aparentemente grande. De la cintura le colgaba una canana de cuero colmada de cargadores y una pistola; de los bolsillos de la camisa asomaban dos magazines y del mentón anguloso unos pelos que querían ser barba. Llevaba al cuello, dijo Masetti, una cámara fotográfica.

El Che está eternamente vivo en la foto de Korda. Esa foto ha sido y es bandera de lucha. Ha encabezado numerosas manifestaciones estudiantiles. Hay gente que ha realizado acciones revolucionarias vistiendo camisetas que la llevan impresa. Inspira la obra de muchos artistas.

-A mí me conmovió de manera particular en dos ocasiones. Una vez, en 1967, cuando la reproducción gigantesca del retrato presidió en la Plaza de la Revolución la velada por la muerte del Che, y otra, cuando vi en un noticiero a un grupo de estudiantes que era apaleado en alguna capital latinoamericana y que llevaba esa foto.

 

ESTA ES SU ESTÉTICA

 

¿Y la foto de “El Quijote de la farola”? Korda hace tintinear el hielo en el vaso vacío. Responde con modesta inmodestia, como apenado por lo que va a decir: “¡Ah! Esa es un clásico”. La tomó en la Plaza de la Revolución, el 26 de julio de 1959, cuando un nutrido grupo de campesinos, provenientes de toda la Isla, vino a La Habana a fin de celebrar el sexto aniversario del ataque al cuartel Moncada. La tribuna se emplazó en la azotea de la Biblioteca Nacional, “Y vi de pronto a aquel campesino que trepaba por la base de la farola como si fuese un gato; llegó arriba, se instaló, encendió un cigarrillo y disfrutó del acto como si estuviese en un palco. Me impresionó y tomé esa foto”.

Así de simple es la estética de Alberto Korda. Aprieta el obturador de su cámara cuando algo lo impresiona visualmente. “La foto está en el ojo del fotógrafo, dice, y critica a aquellos colegas que saben mucho de química, mucho de óptica, mucho de teoría fotográfica, pero que nunca han sido capaces de atrapar una imagen que emocione. “Mi ojo busca lo que propicia esa emoción, en mis fotos hay un 90 por ciento de búsqueda y un 10 por ciento de casualidad. Cuando uno hace trabajo publicitario, hay que pensar antes que nada en crear una buena imagen”.  

Se pone de pie, da una vuelta por la pieza, busca en su archivo y muestra uno de sus anuncios publicitarios de los años 50.  En eso, y en las fotos de moda, Korda es un artista en todo el sentido del término, influido, claro, por Avedon, para quien la modelo deja de ser un mero maniquí y se convierte en un ser humano que vive la historia que crea el fotógrafo. A la foto publicitaria –Korka se dedica todavía a ella, y a la de moda; de eso subsiste- el cubano aporta un sentido personal de la iluminación e impone, desde décadas atrás, un modelo que responde a un tipo más universal. Eso quiere decir que desechó a esa mujer voluminosa, cargada de carnes, que gusta tanto a los cubanos, para dar paso a otra más en la línea estética y plástica universal ya que para él la foto publicitaria no era estampa.

Ya no usa su vieja Leica. Ahora, para fotos en 35 milímetros, emplea una Nikon o una Canon, y la Hasselblad si se trata de fotos en 120. Y utiliza todo tipo de lente, desde los de grandes ángulos hasta los telefotos. “Es muy importante saber escoger el lente que lleva una foto pues para cada una hay un lente apropiado; el asunto es tenerlos”. La película es la de 400 asas porque le permite siempre una reserva de sensibilidad de luz. “La luz de Cuba es muy contrastante; aun cuando se tire la foto a las doce meridiano, la película de 400 asas balancea mejor que ninguna de baja sensibilidad la diferencia entre luz y sombra”.

Ya no parece existir duda de que el futuro de la fotografía de periódico pertenece al color. A partir del camino abierto por USA Today la mayor parte de los diarios norteamericanos se equipan ahora con máquinas para la impresión en colores y las agencias de prensa modernizan su tecnología para trasmitir también fotos en color. Korda, sin embargo, no cree que asistamos a la agonía de la foto en blanco y negro. Muy por el contrario, es de la opinión de que el blanco y negro se reafirman en el  mundo para la fotografía de arte. Añade que los grandes artistas del lente rechazan el color por edulcorante, aunque hay obras en color de algunos grandes maestros, de fotógrafos que dominan el color como expresión plástica. A su juicio, ni la televisión ni el cine matan la fotografía: “hoy la fotografía tiene una fuerza mayor que hace veinte años”.

 

 

TRADICIÓN Y ACTUALIDAD

 

-Hay una gran tradición en la fotografía cubana: un año después de inventarse la fotografía hubo ya un fotógrafo con estudio propio en La Habana

Habló sobre Joaquín Blez, un fotógrafo cubano, ya fallecido, de las primeras décadas de este siglo, un retratista extraordinario “Hace poco rescatamos su archivo”, dice y adelgaza la voz como si lo que va decir no pudiera ser oído por nadie más: “Y descubrimos que casi todas las muchachas de la mejor sociedad habanera posaron desnudas para él”. De Newton Stapé, otro fotógrafo, de los 40-50, no quedó nada; no se conserva uno solo de sus negativos, pero es una figura digna de estudio por su concepción del reportaje. José Agraz, también muerto, es el Cartier-Bresson cubano, es el tipo del momento oportuno, del instante decisivo. Ernesto Fernández ha estado en todos los sucesos importantes de la historia de la Revolución, desde 1959: la limpia del Escambray, Playa Girón, la lucha contra bandidos y piratas, las micro brigadas, la guerra de Angola… Raúl Corrales, dice, “es el más grande de todos nosotros, es el autor de las mejores fotos que se han hecho en Cuba”.

-Y ahí tiene usted, limpiaba zapatos hasta el día en que agarró una cámara y dejó a todo el mundo con la boca abierta. No hay más que ver sus reportajes en la revista Carteles y lo que ha hecho después del triunfo de la Revolución. Y es que, amigo mío, un fotógrafo no se hace; un fotógrafo nace, aunque necesite de alguien que le enseñe aquello que por sí sólo no puede aprender.

Y aquí vienen las dificultades porque si usted me pregunta ahora sobre el futuro de la fotografía cubana, yo le tengo que responder, un porvenir sombrío, negro. No hay escuelas de fotografía en Cuba ni los profesionales podemos darnos el lujo de adiestrar a un principiante ya que apenas disponemos de materiales para trabajar nosotros. Perdemos demasiado tiempo para conseguir papel, películas, quimicales y cuando los obtenemos, no siempre podemos compartirlos.

Además, precisa, “nos hemos quedado sin una revista gráfica. Cuba Internacional fue una buena revista gráfica; ahora la calidad de su foto reporteros sigue siendo alta, pero el diseño de la publicación, su emplane, su concepción y una selección fotográfica que no siempre es la más adecuada, conspiran contra la fotografía que aparece en sus páginas. No le dé vuelta al asunto: en biotecnología, medicina, deportes… capitaneamos en América Latina, vamos a la vanguardia, pero en el arte gráfico somos el país más atrasado del continente”.

Alberto Korda – 62 años- fue un fotógrafo dominguero antes de serlo profesional. Un día adquirió una cámara fotográfica y salía a la calle a tomar fotos los domingos, mientras que el resto de la semana lo dedicaba a su empleo de agente comercial. Fue vendedor de laboratorios farmacéuticos y de las firmas Sabatés y Rémington hasta el día en que intentó venderle a un fotógrafo una sumadora para su estudio. Un poco para atraérselo, comentó con el individuo que él también hacía  fotografías. El hombre quiso verlas y Korda le mostró algunas al día siguiente y “el que me atrajo a mí, fue él pues me convenció de que me dedicara a la fotografía y al fin no le vendí la sumadora”, Más tarde se encontró con Luis Peilce y juntos fundaron los Estudios Korda de fotografía publicitaria. Desde eses momento, el nombre comercial de la casa pasó a ser el apellido verdadero y único de Alberto y Luis.

Su quehacer como foto reportero comenzó en 1959, “con la experiencia que yo  traía de mi trabajo como fotógrafo de modas y que es bien visible en mi labor en el periodismo, sobre todo en el concepto de la utilización de la luz”. Korda jamás ha utilizado el flash: trabaja siempre con la luz del ambiente. Una de sus mejores fotos (1959) muestra a Fidel Castro en el bohío que le sirviera de Comandancia General del Ejercito Rebelde, en la Sierra Maestra, leyendo un documento a las tres de la mañana a la luz de un quinqué. La figura apenas se distingue porque la única iluminación de la foto fue la que aportaba el farol. Korda sólo quería, y logró dar, el ambiente del lugar donde leía el presidente cubano.

 

FOTÓGRAFO DE FIDEL

 

Como foto reportero Korda perteneció a la redacción de Revolución hasta la desaparición de ese periódico,  en 1965. Después trabajó durante un tiempo en el diario Granma, y luego, a lo largo de doce años, se dedicó a la fotografía submarina. Hasta 1969 acompañó a Fidel en todos sus viajes dentro y fuera de Cuba. “Fui su fotógrafo preferido”, dice.

Quizás ningún otro fotógrafo cubano tenga mejores fotos del Comandante en Jefe que Alberto Korda. En ninguna de ellas el artista quiso atrapar la grandeza del dirigente, sino su humanidad, “y eso era relativamente fácil de conseguir pues no había más que seguirlo y fotografiarlo en sus actos cotidianos”. Korda muestra ahora otro grupo de fotos: Fidel lleva el coche de un niño; habla con una campesina para interesarse por la sombrilla que acaba de adquirir en una tienda del pueblo; duerme sobre un banco luego de un recorrido largo y fatigoso…

-Pienso que mis fotos de esos años conforman una historia de Fidel y la Revolución. Son unos doce mil negativos hasta 1969. ¿Qué pasa entonces? Surge los Estudios Revolucionarios, que es todo un gran aparato, y a mí no me interesa vincularme a ellos porque su objetivo no es el mismo que yo perseguía con mis fotos: se empeñan en ofrecer la imagen de un Fidel Castro que es sólo el líder, mientras que yo quise dar a un Fidel Castro que es también un hombre.

A diferencia de otros fotógrafos cubanos, Korda ha sido cuidadoso en extremo con su archivo. Los negativos de todas las fotografías de Fidel y de los momentos culminantes de la Revolución que tomaron él y Luis Peilce, su socio en los Estudios Korda, son propiedad del Estado cubano. Por voluntad propia, así lo acordaron los autores. Cuando en 1968, en medio de la llamada ofensiva revolucionaria – que terminó por erradicar los pocos negocios particulares que todavía quedaban en Cuba- los Estudios fueron intervenidos, Korda llamó por teléfono a Celia Sánchez, ayudante de Fidel desde los días de la Sierra Maestra. Le dijo: “Oye, corre para acá que aquí hay una mujer que hasta ahora fue peluquera y dice que la nombraron interventora de todo esto” Y Celia recogió los negativos en cuestión. “Aun así, perdí algunas cosas, como el negativo de la foto de “La niña con la muñeca de palo”. Lo que no recogió Celia, se lo llevó la Comisión de Orientación Revolucionaria, y allí acabaron con todo”.

Son más de las diez de la noche. Se terminaron los cigarrillos y la conversación ve decayendo. A Alberto Korda cada vez se le hace más difícil mantenerse sentado y de  continuos paseos desde la butaca al bar y del bar a la butaca. Es hora de cortar, pero antes, una última pregunta. ¿Proyectos? “Muchos. Primero un viaje largo por Italia, luego seguir contribuyendo al rescate de los archivos de algunos colegas ya muertos, y más fotos, por supuesto. Después veremos…” dice el fotógrafo del “Che guerrillero”

 

1991

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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