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La Amorosa Guajira seguirá sonando

La  Amorosa Guajira seguirá sonando

Ciro Bianchi Ross

Jorge González Allué parece ser el autor de una sola melodía: Amorosa guajira. Un velado pesar asomaba tras sus palabras cuando decía que otras composiciones suyas eran tan buenas o mejores que esa, y no alcanzaban la misma difusión ni, remotamente, el mismo éxito. Para él, la Guajira era como una hija que un día decide abandonar a la familia y hacer vida independiente. No es la mejor, afirmaba, es solo la más despierta de todas. Pese a lo extenso de su catálogo –unas 360 piezas- Allué es conocido, sobre todo, por Amorosa guajira. Musicalizó poemas de  Nicolás Guillén, escribió música para el teatro y sus canciones, boleros, valses, danzas, criollas y baladas ponen de manifiesto a un músico de alto nivel profesional, genuinamente inspirado y dotado de fina sensibilidad, pero eso apenas se toma en cuenta. Tal vez por eso, cuando le pregunté cuál de todas las que había escrito era su composición preferida, respondió sin vacilaciones: Fatalidad.

            Conocí a González Allué hace más 25 años, durante uno de mis entonces frecuentes viajes de trabajo a la ciudad de Camagüey, donde nació y murió el compositor. Una mañana de 1980, sin previo aviso, me aparecí en su casa, una residencia enorme con dos o tres entradas, que hace esquina en un sosegado barrio camagüeyano. En la puerta principal, alguien me dijo que buscara la antigua cochera de la edificación, donde el artista tenía su estudio y un discreto apartamento. Allí me hice anunciar.

            Como todas las estrellas –y Allué lo era- demoró en hacerse visible. Lucía la barba de varios días y me pareció abatido por males espirituales más que físicos. Comentó que apenas salía a la calle y que vivía refugiado en sus recuerdos en aquella casa que habitaba desde hacía 69 años. El diálogo lo fue animando. Habló acerca de su madre, de sus estudios musicales, del quehacer autoral, de su peregrinar por la vida, de buenos y malos momentos y concluyó diciendo que, pese a todo, contemplaba el futuro con optimismo. Después, sin que se lo pidiera –debe haber sospechado que lo deseaba- se sentó ante el piano y me regaló un pequeño concierto que cerró con Amorosa guajira. Yo tengo el honor, entonces, de que el maestro Jorge González Allué interpretara solo para mí su melodía imperecedera, su tema emblemático.

CINCUENTA DÓLARES POR AMOROSA GUAJIRA

Cintio Vitier habló alguna vez de los “poemas reyes” de cada literatura. Incontables son los ciudadanos que superan en virtudes y méritos al rey, pero solo el rey reina. Los “poemas reyes” mantienen un predominio que puede discutírseles, pero que  mantienen. “Poemas símbolos” que, en cierto modo, suplantan el nombre del autor o se ligan a él de manera indisoluble. Lo mismo sucede en todas las expresiones de las artes. Y es el caso de Amorosa guajira respecto al resto de la obra del compositor. A veces, una golondrina hace todo el verano. Después de una composición como esa, ¿qué importa lo demás?

            Hoy resulta poco significativo que González Allué considerara injusto el juicio y la apreciación del público y la crítica. Lo cierto es que Amorosa guajira, transida de la esencia y la atmósfera que distinguen a la auténtica canción cubana, está situada de manera indeleble en el cancionero nacional. Corría el año de 1937 y una puesta de sol despertó en Allué el deseo de cantar a la campiña cubana. Pasaba las vacaciones en la finca de una familia amiga y lo bello del paisaje, a la caída de la tarde, impactó su sensibilidad. Meses después escribiría, “de un tirón, en menos de una hora”, la Guajira sentimental, que es el título original de la pieza.

            Tres años más tarde estuvo aquí el propietario de una poderosa editora musical norteamericana, la Robbins Co., en busca de música cubana. El señor Robbins se entrevistó con varios compositores del patio, recorrió los centros nocturnos y en un cabaretucho de la playa de Marianao escuchó la Guajira. Enseguida se puso en contacto con Allué. Como anticipo, el empresario ofreció al artista 25 dólares por Fatalidad y 50 por la Guajira, no sin advertirle antes que haría una variación en el título. Allué no se mostró del todo de acuerdo con aquel Amorosa guajira que le proponían, pero aun así dio su consentimiento y firmó el contrato.

            Muchos meses después recibió por correo el dinero pactado, no así el documento que estipulaba los compromisos de la casa Robbins con su música. Nunca más tendría noticias de esa empresa editora. “En resumen, puntualizaba Allué, yo recibí únicamente 50 dólares por la Guajira y a ellos debe haberles producido miles. Aquella gente no difundía música: la explotaba a su favor”.

NAVIDADES AMARGAS

A los diez años de edad comenzó sus estudios musicales y tenía 13 cuando decidió liberar a su madre de la obligación de costeárselos. Eran solo siete pesos mensuales que para la escuálida economía familiar se convertían en todo un capital. Para conseguirlos, Allué amenizó fiestas y bailes particulares, y casi adolescente aún organizó su primera orquesta y compuso su primera melodía, un pequeño vals al que tituló Corazón mudo

            A partir de entonces integró agrupaciones musicales propias y ajenas, y, urgido por la necesidad de ganarse el sustento, desempeñó empleos muy disímiles, desde pianista de clubes y cabarets hasta profesor universitario. Dirigió una Escala artística dedicada a la búsqueda de nuevos valores: una compañía conformada por más de 50 niños.  Me dijo en aquella remota mañana de 1980: “Quise ser concertista y ya ve usted… Sin embargo, no me pesa la dedicación a lo popular. Mi primera composición se reprodujo en dos publicaciones nacionales, y eso me impulsó a seguir adelante. Además, dirigir una orquesta es algo que siempre me entusiasmó”.

            Recordaba unos días particularmente tristes. Les llamaba “mis navidades amargas”. Era el año de 1957 y el compositor, entonces en La Habana, tras recorrer, sin éxito, varios centros nocturnos en busca de empleo, consiguió ser aceptado en uno de los bares del hotel Capri. El pianista habitual estaba enfermo y la gerencia del lugar requería, con premura a un sustituto. Allué se sentó al piano y comenzó a tocar sin firmar contrato y sin saber siquiera lo que le pagarían. Llevaba interpretados varios números cuando, en un intermedio, fue abordado por un representante del sindicato de los músicos. “Aquel gángster me dijo que no podía tocar una pieza más pues carecía de contrato y la plaza estaba ocupada. Le repliqué que tenía necesidad de dinero y que yo me hallaba afiliado a la organización por cuyo carnet había pagado 38 pesos, pero el hombre no accedió y ante mi insistencia en quedarme, me habló de una ‘comisión de estaca’ que se encargaría de mí a la salida. En definitiva, cobré mi dinero por lo interpretado y, comiéndome las lágrimas, me fui de allí con el rabo entre las piernas”.

            Repuesto del incidente, Allué inició un largo recorrido por la noche habanera hasta que consiguió  colocarse. Trabajó en la capital durante todo el año de 1958. “Creo que nunca toqué tanto en mi vida”, decía. En los primeros meses de 1959 regresó a Camagüey con el fin de “empezar de nuevo”. Lo del Capri, sin embargo, dejó una huella en su memoria. Quizás de ahí la aversión que el compositor sentía por La Habana.

LECUONA, RITA, BOLA, ESTHER

Una de sus ambiciones fue la de tocar junto al maestro Ernesto Lecuona. Aunque se conocieron en Cuba, Allué nunca tuvo la oportunidad de intimar aquí con el autor de Siboney. La posibilidad se le presentó en Lima, Perú. Allí, Lecuona lo invitó a formar parte de su orquesta y con ella participó en los cuatro recitales que ofreció en el Teatro Municipal de la capital peruana, y en los brindados a través de la Radio Nacional de Perú. Más tarde, ya en La Habana, Allué fue de los doce pianistas que, junto a Lecuona, interpretaron de manera simultánea su Malagueña, y uno de los 24 que tocaron la Serenata.

            “Al Maestro le gustaban aquellas cosas espectaculares”, recordaba. “Lecuona era un hombre serio, de pocas palabras, muy metido en sí mismo y un gran conocedor de la psicología humana. Él sabía darle confianza a uno, resaltarle sus potencialidades. Cuando la Orquesta Sinfónica Nacional ofreció su primer concierto, en 1922, allí estaba Lecuona como pianista. Pudo haber sido un gran concertista; su habilidad con la mano izquierda llegó a ser proverbial y resulta incalculable el valor de su obra. Yo admiro a Gonzalo Roig por su vasta y meritísima composición; admiro a Ignacio Cervantes, pero no creo que Cuba haya dado a otro compositor como Lecuona”.

            Fue gracias al autor de La comparsa que Allué conoció personalmente a muchas  figuras perdurables de nuestra música. Aquella mañana de 1980 evocó a Ernestina, hermana del Maestro; a Esther Boja, esa dama de la canción; a Bola de Nieve, “siempre risueño, ingenuo siempre como un niño; todo un creador”, y a Rita. “Cómo olvidar a Rita Montaner. Una mujer impresionante. Una mulata sumamente atractiva. Todo un carácter. Ls composición más sencilla adquiría con ella otro valor. Fue dueña de una voz de mezzo con un timbre capaz de los graves más lindos, de los registros más amplios. Cuando Rita cantaba, sus agudos me levantaban de la butaca, y esa sensación no la he tenido nunca con otro intérprete. Sigo pensando que era La Única”.

            Jorge González Allué falleció a los 92 años de edad. Mereció la Orden Félix Varela de primer grado, la más alta condecoración que, en la esfera de la cultura, concede el Estado cubano. Justo reconocimiento a quien, quizás injustamente, seguiremos recordando gracias a su Amorosa guajira, su composición-rey, la golondrina que, en su caso, hizo el verano.

 

           

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