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Un crimen sin nombre

Un crimen sin nombre

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

El crimen conmovió a la opinión pública. Lo condenaron los cubanos de a pie y las llamadas clases vivas y, sin exclusión, todos los sectores políticos, desde la oposición hasta el gobierno. Figuras de tendencias tan diversas como Blas Roca, Eduardo Chibás, Ramón Vasconcelos, Carlos Saladrigas y Jorge Mañach se mostraron unánimes en su repudio y también los Veteranos de la Independencia en la voz del general Enrique Loynaz del Castillo. “Este crimen debe ser la culminación de la serie de asesinatos que no debió iniciarse nunca”, declaró el doctor Rafael Trejo, Fiscal General de la República, y el propio presidente Grau se reprochaba su tolerancia con los elementos díscolos que abusaban de ella. Hasta los integrantes de los grupos de acción, los caballeros del gatillo alegre, se ofrecieron para esclarecer el suceso. “No segamos vidas inocentes”, decía a la prensa Orlando León Lemus, El Colorado, uno de los pandilleros más celebres, mientras hombres y mujeres de todos los credos y posiciones afluían por miles a la funeraria.

            El 6 de septiembre de 1946, a las nueve de la noche,  el automóvil oficial del doctor Joaquín Martínez Sáenz, senador de la República y ministro sin cartera, se deslizaba sin prisa por la Quinta Avenida del reparto Miramar, cuando se le encimó otro vehículo y tuvo lugar el atentado número 48  desde la llegada al poder del gobierno grausista, el 10 de octubre de 1944. La víctima, sin embargo, no fue el discutido político, sino su hijo, un joven de 16 años que regresaba a su casa luego de pasar el día en la playa y  recoger donde un amigo el smoking con que esa misma noche acudiría a una fiesta. Balas de grueso calibre atravesaron la cabeza del adolescente Luis Joaquín Martínez Fernández, que fallecía una hora después en el Hospital Militar de Columbia.

 

MÓVILES

¿Buscaba aquel atentado la eliminación de Martínez Sáenz? ¿Fue la muerte de su hijo una lamentable confusión o se procedió así para golpearlo por donde menos lo esperaba? ¿Qué podía impulsar un acto de esa naturaleza contra una figura que no concitaba el odio de sector político alguno?  El senador Chibás era el primero en reconocerlo. Afirmó: La actuación pública de Martínez Sáenz no muestra puntos oscuros que lo liguen a negocios turbios con los abastecimientos de víveres,  su acaparamiento y especulación ni a otra clase de actividades deshonestas… Como entre Martínez Sáenz y José Manuel Alemán hubo poco antes un conato de duelo, circuló en los primeros momentos el rumor de que empleados de la confianza del ministro de Educación  pudieran estar involucrados en  el crimen,  más cuando se sabía que numerosos pandilleros aparecían insertados en la nómina de su departamento. Pero Alemán fue categórico en su conversación, en la propia funeraria, con el padre de la víctima.

            -Quiero que sepas que lo se dice de mí en relación con la muerte de tu hijo es una vil calumnia, y que estoy dispuesto, en caso de que alguno de mis amigos haya participado en este asesinato, a ejecutarlo con mi propia mano.

            Mientras el ministro de Educación se mostraba dispuesto a aplicar la ley del Talión (ojo por ojo y diente por diente) el presidente Grau, nervioso,  preocupado y estremecido por la indignación, se percataba de la necesidad de poner coto de manera drástica a la ola de atentados y, en presencia del ministro de Gobernación (Interior) convocaba a su despacho al mayor general Genovevo Pérez Dámera, jefe del Ejército,  y al general de brigada Abelardo Gómez Gómez. Atribuyó  los crímenes a la ineptitud reiterada de los sucesivos regentes policiales  (cuatro hasta esa fecha)  y luego de recalcar la necesidad de situar al frente de dicho cuerpo armado a un jefe implacable y diligente, capaz de poner en práctica medios excepcionales para la represión de tales hechos, se dirigió a Gómez Gómez.

            -General, usted asumirá  enseguida  la jefatura de la Policía Nacional, con plenos poderes…

            A esa hora, el mandatario, los rectores policiales, los políticos de uno y otro bando y los pistoleros continuaban pasando por alto un hecho ocurrido también en el reparto Miramar, un mes antes. El 9 de agosto el automóvil del doctor Antonio Valdés Rodríguez, jefe de Comercio Exterior del Ministerio de Estado (Relaciones Exteriores) había sido acribillado a balazos con escopetas recortadas, y por puro milagro su ocupante resultaba ileso. Era el atentado 43 desde el inicio del gobierno de la Cubanidad y, nadie lo sospechaba,   tenía una conexión siniestra con la muerte del hijo de Martínez Sáenz. Había, sin embargo, un hombre que sabía demasiado y no demoró en decirlo.

EL HACENDADO Y SU ESPOSA

¿Qué conectaba ambos atentados? ¿Qué relación había entre ellos?

            El millonario Enrique Sánchez del Monte se enamoró y contrajo matrimonio con la mujer equivocada, Cruz de los Ángeles Betancourt Horstman. La familia de Enrique, propietaria de los centrales azucareros Santa Lucía y Báguanos, en Oriente,  desconfiaba de los parientes de la muchacha. El padre de esta fue asesinado por un hermano en Camagüey y el homicida resultó muerto misteriosamente a balazos en Cienfuegos. Otro hermano también había sido asesinado. Además, no existía en la pareja compatibilidad de temperamentos y aficiones. Ella amaba las fiestas y la vida social; él pasaba el tiempo en la atención y el cuidado de sus fincas ganaderas… Se añadía otro inconveniente. Cruz de los Ángeles derrochaba a manos llenas el dinero del marido. Pero esas disensiones, escribía Enrique de la Osa en Bohemia, parecían insignificantes ante la devoción del opulento hacendado por su esposa y sus dos hijas, Dagmar y Pilar. No obstante ser tildado de avaro, Sánchez del Monte accedía invariablemente a cualquier pedido de dinero que ella le hiciera.

            A la larga Cruz logró inducir a Enrique a la vida de salón. Las fiestas y recepciones que organizaban en su residencia llegaron a ser muy concurridas y en  ellas eran habituales Valdés Rodríguez y Martínez Sáenz con sus esposas y se hizo íntima la relación de Martínez Sáenz con el matrimonio.

            Cruz se envanecía con los éxitos que le reportaba su belleza y Enrique rabiaba por los celos. De la agresión verbal pasó él  a la violencia física y en una de esas querellas le propinó una lesión en la cara que requirió de atención estomatológica especializada. Fue así que ella decidió plantearle el divorcio y Martínez Sáenz y Valdés Rodríguez, socios de bufete, se ocuparon del caso.

OBSESIÓN

Como consecuencia, Enrique Sánchez del Monte debió entregar a su ex esposa unos  $400 000 por concepto de bienes gananciales y una pensión mensual de 600, y se vio privado de la guardia y custodia de las niñas. El hacendado se sintió doblemente dolido. Por haber perdido a su esposa y a sus hijas, a las que adoraba, y tener que ceder casi la mitad de su fortuna. Su perturbación alcanzó tal punto  que se impuso internarlo en una casa de salud. Una idea fija, obsesiva, se anidó en su mente: los abogados lo habían traicionado, pese a la amistad que decían profesarle, y en combinación con Cruz fraguaron  la trama de su ruina.

            Tenía 43 años de edad entonces y podía haber rehecho su vida, pero derrumbado moralmente y presa del desaliento, acarició la idea de renunciar al mundo y terminar sus días en un convento. Añoraba además salir de Cuba, escenario de sus frustraciones,  y escribió a varias congregaciones religiosas norteamericanas en procura de informes sobre su posible ingreso en un monasterio, pese a que no era remiso a confesar que no tenía vocación monástica.   Como no lo admitieron en ninguno, trató de reconciliarse con Cruz. Sus gestiones en ese sentido también fueron inútiles aun cuando  buscó el apoyo del cardenal Manuel Arteaga, a quien llegó a decir que ella había sustraído joyas que fueron de su madre. Su desesperación se acrecentó cuando las niñas empezaron a rechazarlo. Así, se entregó a la bebida, abrumaba a sus amistades con el relato de sus desventuras y, sin otro camino, incubó la idea de la venganza.

            Pero Sánchez del Monte, decía el periodista  Enrique de la Osa, carecía de valor para tomarse la justicia por su mano. Y como vivía en un medio social donde el atentado se había hecho costumbre, donde individuos calificados de pistoleros eran retribuidos en la nómina oficial y tenían domicilio público, estimó que algunos de ellos accederían también a la retribución particular.

FINAL

 

Buscó intermediarios. Rogelio Herrera, un  policía retirado que trabajaba en el buró de investigaciones privadas del ex capitán Arturo Nespereira, lo puso en contacto con  Abelardo Fernández, El Manquito, teniente de la Policía del Ministerio de Educación cuando el robo del brillante del Capitolio, y este, a su vez, lo conectó con Román López, un sujeto conocido como El Oriental.. 

            Los muertos serían Martínez Sáenz y Valdés Rodríguez  y también Cruz de los Ángeles Betancourt Horstman. Acordaron las tarifas. El Manquito pidió seis mil pesos por la muerte de la mujer. Tres mil por la de Valdés Rodríguez y cinco mil por la de Martínez Sáenz.  La muerte del joven Luis Joaquín  no se contempló en el negocio. Fue una equivocación.

            -Yo traté de evitar el crimen a última hora, pero El Oriental me dijo que me fuera –dijo Sánchez del Monte una vez detenido.

            Y El Oriental confesó:

            -Fui yo el que disparé contra [el hijo de] Martínez Sáenz. Soy amigo de El Manco, pero Abelardo no tiene nada que ver con esto. Conocí hace tiempo a Enrique Sánchez del Monte y el tipo me hablaba de su problema y de lo que le hizo Martínez Sáenz. Yo me presté a matarlo…

            Pero Sánchez del Monte no comentó sus intenciones solo con El Manquito y El Oriental. Lo hizo también con José del Cueto, un amigo de la infancia y compañero de colegio que ocupaba entonces la dirección de la Aduana. Cueto no creyó que Enrique se atrevería  a tanto, pero al enterarse de la muerte del hijo de Martínez Sáenz relató toda la historia al presidente Grau, no sin advertirle que ya la conocía el comandante Mario Salabarría, jefe del Servicio de Investigaciones e Informaciones Extraordinarias, que pedía la exclusiva para actuar en el asunto.

            Hombres de Salabarría detuvieron a Sánchez del Monte en la puerta del edificio de Galiano, 153, donde ocupaba el apartamento 74. No fue una detención; fue un secuestro pues no lo condujeron a ninguna dependencia policial, sino a una finca donde, durante cinco días y a golpes… de razonamiento le arrancaron la confesión, que después debió repetir ante el juez instructor. Los otros implicados, incluso el ex policía Herrera, fueron detenidos.

            A largos años de encierro fue condenado Enrique Sánchez del Monte. Cuando salió de la cárcel, mucho después de 1959, volvió a instalarse en su apartamento, y en la entrada de aquel edificio que fue de su propiedad situó un pequeño torno donde hacía pipas y boquillas para tabacos y cigarros que ofertaba por un módico precio.

           

                       

                       

El brillante del Capitolio

El brillante del Capitolio

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Esta es una historia tremenda. El lunes 25 de marzo de 1946 se esfumaba misteriosamente el brillante de 25 quilates que en el Capitolio Nacional marcaba el kilómetro cero de todas las distancias de la Isla. A las siete de la mañana de ese día, tras el cambio de guardia, el vigilante Enrique Mena, de la Policía del Senado, de ronda por el Salón de los Pasos Perdidos, advirtió su falta y dio cuenta a sus superiores. La joya se consideraba uno de los tesoros mejor protegidos de la República. La habían  engarzado en ágata y platino antes de introducirla en un bloque de andesita, el granito más fuerte del mundo, y este a su vez fue recubierto por otro, de concreto, al empotrarse en el piso,  en el centro del Salón. Un cristal tallado, tan sólido que se estimaba irrompible, reforzaba su resguardo. Pero solo treinta minutos, al parecer, bastaron a los ladrones para sustraer el brillante, que quince meses reaparecería en el despacho oficial del presidente de la nación. ¿Quién  lo robó? ¿Quién lo devolvió? No hay respuestas para esas preguntas.  Como otros muchos hechos delictivos ocurridos en el periodo de los gobiernos auténticos (1944-1952) el robo del brillante del Capitolio quedó sin esclarecer.

            Los romanos medían sus distancias a partir de un hito situado en el Capitolio. Los franceses, desde el célebre Arco de Triunfo parisino, y en EE UU el sistema vial del Este arranca desde la aguja del Capitolio de Washington. Cuba no podía ser menos.  En La Habana, el brillante, empotrado bajo la aguja  de la cúpula, no solo marcaría el punto inicial de la carretera Central, sino que  dividiría en dos ese lujoso  espacio, una especie de túnel inspirado en la galería cilíndrica de la basílica de San Pedro, en el Vaticano. El ala izquierda correspondería al Senado; la derecha, a la Cámara de Representantes. Pronto se convirtió en una de las grandes atracciones turísticas de la capital. En  catálogos de agencias de viajes norteamericanas se  atribuían poderes mágicos a la joya, que, decían, curaba a los enfermos e irradiaba buena suerte.  

            Pero lejos de esparcir buena suerte, el brillante del Capitolio tenía mala sombra. Llevaba la desgracia a todo el que lo tocaba.

EL FULGOR AMARILLO

Isaac Estéfano, un joyero turco o libanés radicado en La Habana y que hizo  aquí buenos negocios con joyas de la aristocracia rusa, logró interesar a María Jaén, esposa del presidente Alfredo Zayas,   en uno de los cinco brillantes que conformaban  una de las coronas del último zar de Rusia. Viajó el joyero a París para traérselo, pero ya con el brillante en la mano a la primera dama le parecieron excesivos los 17 000 pesos que debía pagar y se arrepintió de comprarlo, lo que puso a Estéfano entre la espada y la pared.

A los antiguos propietarios del brillante  no les había ido mejor. El zar a quien perteneció fue derrocado y asesinado junto con toda su familia. La duquesa, de quien Estéfano lo adquirió en París, murió diez días después de la venta, y el ruso que sirvió de intermediario en el negocio quedó ciego a causa de una agresión. El mismo Estéfano no levantaba cabeza desde que lo tenía. Los negocios le iban de mal en peor y llegó el momento en que se vio obligado a empeñar la gema por solo 4 000 pesos. Para remate, había sido objeto de varios asaltos  y de un intento de secuestro orquestados por gente que quería apoderarse de la joya. 

Fue así que vio los cielos abiertos cuando Carlos Miguel de Céspedes, ministro de Obras Pública del gobierno de Machado, se interesó en adquirirla para colocarla en el Capitolio, todavía en construcción. A esa altura el joyero se conformaba con 12 000 pesos. Obreros, técnicos, ingenieros y arquitectos que participaban en la edificación de la majestuosa obra y hasta la propia firma contratista allegaron 9 000 pesos. Los 3 000 restantes los puso Carlos Miguel de su bolsillo. Cuando el Capitolio se inauguró el 20 de mayo de 1929, el brillante estaba ya en su sitio y por su engarce suntuoso, el tallado y su sorprendente fulgor amarillo fue el centro de la atención de las personalidades nacionales y los dignatarios extranjeros que ese día asistieron a la toma de posesión del presidente Machado, empeñado en prorrogarse en el poder en contra de la opinión de los sectores más responsables del país. Dos años después, el 24 de febrero de 1931, cuando el Estado, de manera oficial, traspasó el edificio al Congreso de la República, la joya continuó siendo el punto máximo de atracción de los visitantes cubanos y de otros países.

Llegó así la mañana del 25 de marzo de 1946. La víspera se había clausurado una gran muestra de pintura cubana en el Salón de los Pasos Perdidos, que atrajo a miles de visitantes durante los días en que se mantuvo abierta bajo los auspicios del Ministerio de Educación.  Pese a eso no hubo en el Capitolio una vigilancia especial y de todos era sabido que la guardia nocturna del Palacio de las Leyes eludía en sus rondas el Salón por temor a toparse con el fantasma del senador machadista  Clemente Vázquez Bello, ultimado por un comando revolucionario en 1932, que, se decía, vagaba por allí en las noches. Por eso no debió haber sido difícil para el ladrón o los ladrones, antes de que cerraran el edificio,  esconderse tras los cuadros de la exposición  o en la parte trasera de la monumental Estatua de la República, y aguardar  la hora oportuna.

Junto al lecho vacío  del brillante, los peritos del Gabinete Nacional de Identificación  encontraron el forro de un sombrero manchado de sangre, varios fósforos usados y una curiosa inscripción a lápiz en el piso. Decía: “2:45 a 3:15 – 24 kilates”. Lo que indicaba, al parecer, la hora en que los ladrones  comenzaron su faena y el tiempo que les demoró. Ninguna huella digital.  Aseguraron los peritos el robo fue cometido por expertos. Miguel Suárez Fernández, presidente del Senado, suspendió de empleo y sueldo al pelotón de la Policía que esa noche custodió el edificio y sus integrantes quedaron sujetos a investigación.

EN FORMA ANÓNIMA

Pasaron los meses; el robo del brillante parecía haber caído en la categoría de los crímenes perfectos cuando, el 2 de junio del 47,  el presidente Grau llamó a su despacho a algunas de las más conspicuas figuras del régimen. Allí estaban el presidente del Senado, el senador Carlos Prío, el senador Caíñas Milanés, Guillermo Alonso Pujol, senador y  presidente del Partido Republicano,  los ministros de Justicia y Salubridad, Alejo Cossío del Pino, recién estrenado como ministro de Gobernación (Interior)…  El doctor Arturo Hevia atraía las miradas de todos los presentes. Era el juez instructor de la causa incoada por el robo de la joya. Grau rompió el silencio.

            -Señores, les he citado para que presencien la entrega que voy a hacer de un brillante que he recibido en forma anónima y que, según parece, es el mismo que fue sustraído hace algún tiempo del Capitolio Nacional. Lo entrego al doctor Hevia…

            El brillante estaba dentro de un  pequeño y ajado sobre amarillo. Un periodista se interesó en saber cómo había llegado a manos del presidente. “En forma anónima…” reiteró Grau. Y ante otra pregunta en ese sentido, expresó:

            -Ya dije que lo he recibido en forma anónima, y eso es todo. Es como si a uno le dijeran levante ese papel, que va a encontrar algo debajo. Y efectivamente, aparece el brillante.

            La pieza pasó de mano en mano. Caíñas Milanés aseveró que parecía más clara que la del Capitolio, a lo que Grau respondió que si no se trataba del brillante robado había que devolvérselo “porque fue a mí a quien se lo enviaron”. Pero Suárez Fernández, temeroso de perderlo por segunda vez, aseveró, categórico, que era el brillante perdido.

LO DEMÁS ES LO DE MENOS

 

Poco antes del mediodía de aquel 2 de junio, Grau sostuvo una larga entrevista con José Manuel Alemán, el amillonado ministro de Educación y protegido de Palacio. Se dice que fue él quien puso la joya en poder  del presidente, luego de pagar 5 000 pesos por su devolución. Y lo confirmó el propio Grau al declarar: “No me importa lo que digan sobre la aparición del brillante. Lo cierto es que apareció. Lo demás es lo de menos. Alemán me consultó antes de traerlo. Yo le dije que sí y que eso era buena publicidad”.

            Pero de ahí a afirmar, como se ha hecho,  que fue Alemán el autor intelectual del robo, va un largo trecho. Se dice, para completar esta historia, que el aventajado ministro quería regalar la joya a Paulina Alsina, cuñadísima del presidente y primera dama de la nación. ¿Dónde y en qué circunstancias hubiera podido ella lucir la gema robada? Sin contar que un hombre tan cercano al mandatario no podía cometer un acto así sin poner en grave aprieto y hasta en ridículo a su ilustre amigo y protector.

            No descarto que el robo haya sido obra de la oposición. Los ánimos estaban ya muy inflamados y el presidente, en definitiva, no tenía mayoría en el Congreso. Humberto Vázquez García, en su documentadísimo libro El gobierno de la kubanidad  (2005) dice que en el momento muchos consideraron que había que buscar a los ladrones entre las esferas del poder. Y añade enseguida que motivos había por montones: pugnas, envidias, venganzas. Cita lo que muchos años después del suceso le contó Segundo Curti, alto cargo en el gobierno grausista: “Pablito Suárez fue el que lo llevó [el brillante] a la mesa de Grau”. Estaba casado con Tatita Grau, una de las sobrinas del presidente; matrimonio que le valió avecindarse en Palacio y  el grado de comandante en la Policía Nacional. Él fue el intermediario en la devolución del brillante, decía Curti, operación en la que contó con la ayuda de Abelardo Fernández, El Manquito, jefe de la Policía del Ministerio de Educación.

            El historiador Rolando Aniceto aseguró a este escribidor que un antiguo recluso le contó que El Manquito, que guardaba prisión por la muerte del hijo de Martínez Sáenz,  le aseguró  en la cárcel que él fue el autor del robo del brillante. Como jefe de la Policía de Educación había tenido a su cargo la vigilancia de la exposición de pintura cubana en el Capitolio. Hay otra versión.   “No le dé más vueltas al asunto. El brillante se lo robó Pablo Suárez”, me dijo hace años un familiar cercano suyo.

            Periódicos de la época parecen confirmarlo. En aquel mes de junio del 47, Grau prohibió terminantemente la entrada de Pablo en Palacio y fue víctima de una golpiza que lo dejó mal parado. Dice Vázquez García: “Era lícito pensar que su presencia en el Palacio Presidencial –ya fuera culpable, sospechoso o simplemente chivo expiatorio- resultaba muy incómoda… En cuanto a su deplorable estado, no podía descartarse que hubiera sido consecuencia de un ajuste de cuenta o de una advertencia para disuadirlo de intentar algún chantaje o formular declaraciones a la prensa”.

           

              

           

           

           

      

           

Soloni

Soloni

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Pese a ser de los más recientes, Félix Soloni es de nuestros costumbristas menos recordados. Los libros de Eduardo Robreño se publicaron, como quien dice, ayer. Las crónicas de Emilio Roig se recogieron en libro, y hace un par de años apareció, compilada por Laidi Fernández de Juan, una colección de las Estampas, de Eladio Secades. Soloni no ha tenido esa suerte, como tampoco Federico Villoch (Viejas postales descoloridas) y Ramón A. Catalá (Del lejano ayer). Sin embargo, su columna La vieja Habana, que mantuvo hasta 1968 en el periódico El Mundo, le ganó sin reservas el favor y el agradecimiento de los lectores. Crónicas muy breves y, por lo general, brevísimas,   escritas con la prisa que impone el trabajo periodístico; puro hueso, en las que el autor de manera directa,  sin otra apoyatura que su memoria y sin preocuparse a veces de los detalles, abordaba  un hecho o un personaje de una Habana ya desaparecida, en el momento en que escribió,  o que estaba a punto de desaparecer. 

            Soloni se empeñó en rescatar el ambiente cubano en toda su obra. Sus novelas Mersé (1924) y Virulilla (1927) evidencian su acentuado criollismo, como también su cuento “La ponina”, suerte de copia fotostática de escenas de un solar habanero. En la misma cuerda está escrita otra novela suya, La bandolera que, llevada  al radio con el título de  Tina Morejón, alcanzó un éxito resonante. Algunas de sus narraciones se adaptaron al teatro. De Mersé hizo Soloni, con música de Ernesto Lecuona, una versión para opereta, y para otra opereta del mismo compositor escribió el libreto de Al fin mujer, con la colaboración de Jesús J. López.

            Aludimos a un hombre infatigable como periodista y traductor. No solo trabajó para el diario El Mundo; lo hizo asimismo para otras publicaciones habaneras como La Prensa, La Discusión, Mundial, Carteles, Selecta,  Bohemia… En 1932 fundó en esta capital la revista Noticias. Colaboró en Cine Mundial, de Estados Unidos. Precisamente en ese país pasaría una buena parte de su vida pues en Hollywood tradujo al español diálogos de películas y a partir de 1942 fue corresponsal en Nueva York del diario habanero El País y trabajó en el departamento latino de la International News Service.  Regresó a Cuba en 1959, al triunfo de la Revolución.

            Un espacio  considerable, por su volumen, y nada desdeñable, por su calidad, ocupan las traducciones dentro de la obra de Félix Soloni. Se le calculan más de trescientas obras traducidas, muchas de ellas, ya en sus últimos años, para la Editorial Nacional de Cuba y el Instituto del Libro.

            Yo también tenía algo olvidado a Soloni, pese a que lo conocí personalmente en el periódico El Mundo cuando él acaba su carrera y yo empezaba la mía. Lo rescato en la página de hoy porque el lector Blas Leiva, a quien no conozco personalmente, ha tenido la gentileza de hacerme llegar por correo postal, una buena y bonita colección de sus crónicas, que en su momento recortó del periódico aludido y guardó celosamente  durante más de cuarenta años.  Agradezco profundamente el gesto de Blas, colaborador habitual, por otra parte, del espacio televisivo Escriba y lea. Creo que la mejor manera de reciprocárselo es la de volver a airear algunos de esos textos, glosándolos o reproduciéndolos tal cual. Regalo de fin de año que el lector agradecerá.

SALGUEIRO

Fue el personaje más popular de La Habana a partir de 1926. Con su melena arbitraria, su sombrero pequeñísimo, su bastón, su andar rápido y su capa española, era una nota pintoresca en el extremo del Prado. Se llamaba Jesús Rodríguez Salgueiro y a bordo del vapor Órbita embarcó rumbo a Galicia, su región natal un día de abril de 1928.

            Se decía el último descendiente de Cristóbal Colón e inventor de instrumentos tan raros como un submarino aéreo y un dirigible invisible e invulnerable. Jamás pidió un centavo. Aceptaba solo invitaciones de sus amigos y paseos en automóvil. Vivía de la caridad de algunos compatriotas que discretamente, sin humillarle, le mantenían y que finalmente lo embarcaron para Galicia, donde sus familiares lo recluyeron en un manicomio.

            Pero fue difícil convencer a Salgueiro de que hiciera el viaje de retorno; no quería dejar La Habana. Hubo que  decirle que el rey, su amigo y pariente, según él, lo reclamaba. El cónsul español lo convocó y de manera formal comunicó a don Jesús Rodríguez Salgueiro, legítimo y único Duque de Veragua, que Su Majestad Alfonso XIII lo necesitaba para confiarle el Virreinato de Riff.

            - Si es una cuestión de Estado, embarcaré  cuanto antes –dijo Salgueiro a sus amigos, que no sabían si reir o llorar-. Dejaré a Cuba, como recuerdo y prueba de gratitud, mi submarino aéreo. Dejo también amigos y enemigos…

EL POETA SUICIDA

La prensa habanera del 13 de mayo de 1909 y los días subsiguientes guardó discreto y respetuoso silencio sobre la muerte de un poeta de 27 años de edad y ojos azules que tras una cena opípara puso fin a su vida en un restaurante de la Manzana de Gómez, donde después estaría el Salón H.

            René López, que en las antologías figura esencialmente por su poema “Barcos que pasan”, aunque escribió otros muchos y muy buenos, estudio en Barcelona y, de vuelta en la Habana, se dedicó al cultivo de las letras.

            Una noche entró al ya aludido restaurante de la Manzana de Gómez. Comió como un príncipe y pidió un coñac para rematar la cena. Lo mezcló con el cianuro que llevaba en un frasquito y pidió la cuenta. Dijo al camarero que se la trajo:

            - Dígale al dueño que esta comida la va a cobrar en el infierno.

            Y tranquilamente se bebió el tósigo.

URBANO, EL FAKIR

Urbano Ribeira, un fakir que nació en Río de Janeiro, dio a fines de 1949 una demostración en los teatros habaneros Martí y Alcázar, permaneciendo veinticinco días encerrado en una urna de cristal sin comer ni beber. Luego fue a Santiago de Cuba, donde, para dar una prueba más de que no comía, se dio un punto en la boca. El punto se infectó y hubo que quitárselo.

            Un dramaturgo llevó a la escena las hazañas de Urbano, mientras que el público, tanto en La Habana como en Santiago, se congregaba  a diario en torno a la urna y en las noches espiaba al fakir para saber si era cierto que no comía.

            Urbano tenía a su esposa, la fakiresa Elvira, que hizo también un breve ayuno. Y para dar ambiente al espectáculo se repartía un folleto con los detalles de las largas estancias del sujeto en el Japón legendario, la India misteriosa, el Oriente remoto… lugares donde Urbano aprendió el arte de la abstinencia.

            Fue así que un chusco comentó: ¡Ño…!  ¡Qué cosas tiene la vida! ¡Morirse de hambre  para ganarse el dinero de la comida!

VIRULILLA

En 1919, tras el fin de la I Guerra Mundial, el mercado cubano se vio inundado de telas de caqui y de mezclilla. Eran muy baratas y no había, por otra parte, mucho más para escoger. Tampoco había pajilla japonesa para confeccionar sombreros. Fue así que la imaginación del cubano creó una nueva moda: pantalones y faldas de caqui y camisas y blusas de mezclilla, mientras que los viejos y gastados sombreros, una vez mojados, se conformaban al gusto del consumidor y se pintaban con el color de su preferencia. Esa moda se llamó de virulilla y eran virulillas los que la usaban.

            El teatro Alhambra registró el hecho. El 12 de enero de 1920 se estrenaba en el célebre coliseo de Consulado y Virtudes, con libreto de Federico Villoch y música de Jorge Anckermann, la obra titulada La alegría de la vida que, entre sus doce números musicales, daba entrada a las famosas coplas de Virulilla.

            Virulilla, amara a tu gato, / si me araña, yo te lo mato. / Virulilla, amarra a Pepito, / si me besa,  yo te lo quito

            Las cantaban Sergio Acebal y Alicia Rico y fue mucho el éxito que cosecharon con ellas. Y virulilla quedó en el lenguaje vernáculo como sinónimo de cosa chabacana, barriotera, insignificante. Pariente más o menos cercano de virgulilla, vocablo que la Academia de la Lengua Española define como cualquier rayita corta y muy delgada.

POTAJE

A mediados de los años veinte hubo en la idiosincrasia criolla una perceptible sacudida. Una voluntad de superación y cambio. Aparecieron las vanguardias artísticas,  las revistas quisieron ser  de avance, y el periódico El País insistió en entrar en la nueva onda: adquirió un avión Waco, descubierto, con el propósito de llevar a Santa Clara las matrices del diario a fin de tirar allí  la edición que se distribuiría en las provincias orientales. Fue una buena propaganda para El País que de inmediato agregó  un avión como fondo a su cabezal en letras góticas.

            Para tripular el aparato que cada tarde debía arribar a la ciudad de Marta contrataron a un famoso corredor de automóviles y motocicletas, ganador de muchas competencias automovilísticas y vendedor estrella de vehículos de lujo. Era un gallego llamado Emiliano Solórzano, pero todos lo conocían por el sobrenombre de Potaje.

            Pronto,  la fama del piloto creció como la espuma, tanto en los pueblos que sobrevolaba a diario, y donde hacía piruetas en el aire como saludo a sus admiradoras, como en la muy habanera zona de tolerancia de Colón, donde se sabía de los puntos que calzaba.

            A la larga, la aventura del avión y la edición oriental del periódico no resultó costeable. Pero en el título de El País quedó la imagen del aparato y en la memoria popular el apodo de Potaje.

VIRUTA

 

Antes de la I Guerra Mundial, Pancho Hermida (La Discusión) era uno de los zares de la crítica teatral habanera junto con el Conde Kostia (La Lucha)  Amadís (El Mundo) y Zerep (El Triunfo). Cada noche Hermida hacía su recorrido por los teatros: Alhambra, Nacional, Payret, Martí, Albisu y Actualidades. Era una rutina invariable con estancias más o menos dilatadas donde hubiera un estreno o una peña interesante.

            Una vez, al llegar a Alhambra, notó que lo seguía un perro sato, color canelo, con visibles señales de apetito, y le compró una frita en el café del propio teatro. Fue un acto simbólico que selló una amistad inquebrantable. Bautizaron al sato en Alhambra como Viruta, y Viruta cada noche, durante años, acompañó a Hermida en sus recorridos. Cuando Hermida murió, Viruta siguió haciendo solo su recorrido teatral hasta que un día pasó él mismo como un recuerdo más del retablo habanero. Viruta, el canelo sato farandulero.

           

           

  

           

           

           

   

Benny, El Bárbaro del Ritmo

Benny, El Bárbaro del Ritmo

Ciro Bianchi Ross

  

Benny Moré fue el ídolo de los bailadores.  En su repertorio, que abarcaba todos los ritmos de la música popular,  palpitaba nuestra alegría festiva y una cubanía auténtica, y en su voz  –alegre, violenta, sensual, triste- una síntesis del ser nacional. Benny halló un estilo único para sus interpretaciones y estuvo dotado de una voz providencial. Se dice que fue el cantante cubano más polifacético, que era capaz de florear, alargar, repetir frases de una canción sin alterar su ritmo, y que pese a que se desenvolvió en una época sumamente permeada de elementos foráneos en la música –que en lo tocante a armonización asimiló inteligentemente- supo mantenerse fiel a sus orígenes.

            Era en sí mismo, actuara o no, un espectáculo. Risueño, expresivo, espontáneo, ocurrente, cordial, agresivo cuando la ocasión lo requería, como aquella vez que, en Caracas, le rompió la cabeza a cabillazos a un empresario que se negó a pagarle el dinero de sus músicos. Dirigía con una serie de movimientos únicos que iban desde la suave contracción del brazo hasta una violenta patada contra el piso.

YO TENÍA FE EN MI VOZ

Bartolomé Maximiliano Moré Gutiérrez nació en Santa Isabel de las Lajas, actual provincia de Cienfuegos, el 24 de agosto de 1919. Fue el mayor de 18 hermanos. Su tatarabuelo había sido esclavo de los condes de Casa Moré. De ahí su apellido. Trabajó como carretillero. Tenía un oído y una voz extraordinarios y desde muy temprano aprendió a acompañarse con una guitarra. En 1940 decidió conquistar La Habana, y viajó a la capital en un camión cargado de coles.  Pero la ciudad le resultó arisca hasta que Miguel Matamoros decidió contratarlo para su célebre conjunto.  Diría años después: “Había venido a conquistarla y no me daba por vencido. Había que oírme. Yo tenía fe en mi voz, en mis canciones”.

En México -siempre  con Matamoros- se presenta en los cabarets Montparnasse y Río Rosa. Matamoros regresa a Cuba, pero Bartolo permanece en México. Se cambia el nombre y ya como Benny, Benny Moré, canta en centros nocturnos y bailes populares y hace  de grabaciones con varias orquestas, entre ellas la del mítico Dámaso Pérez Prado, el creador del mambo. De regreso a Cuba, emprende una gira artística por el este  de la Isla y el público no quiere creer que aquel hombre flaco, desgarbado, sin dientes es Benny Moré.  

            En 1953 –después de haber cantado con las mejores orquestas cubanas del momento- decide fundar la suya, la Banda Gigante, “la tribu”, como él la llamaba, conformada por 21 músicos, que conjugó e instrumentó con paciencia y trabajo. Y con ella, en 1954, dio comienzo a una carrera vertiginosa.

            Triunfa la Revolución. Tratan de arrastrar a Benny al exterior; lo tientan con jugosos contratos.  Dice, categórico: “Ahora es cuando yo me siento un hombre con todos los derechos en mi país. De aquí no me saca nadie. No me interesan los dólares”. La identificación del público con el artista y de éste con su pueblo crecía por día. Con una expresión gráfica dijo a la prensa lo que sería una de sus últimas presentaciones: “Que Obras Públicas prepare los hierros para que arregle los huecos que los bailadores van a dejar en la calle”.

ME COGIÓ LA RUEDA

 

Treinta y tres de sus composiciones llegaron a estar en el hit parade. No estudió nunca música ni sabía leer el pentagrama, pero tenía  una tremenda intuición para darse cuenta de qué faltaba o sobraba en las piezas que montaba. A sus músicos les tarareaba el sonido que quería  sacaran a los instrumentos.

            Las malas noches, el alcohol,  las giras, los bailes populares, las presentaciones en vivo en radio y televisión, terminan por agotarlo. Está enfermo; sufre de cirrosis hepática. Apenas ingiere ya alimentos y, como tampoco puede beber, se unta las manos de ron para írselas oliendo. En  Colón, localidad de la provincia de Matanzas, sufre, antes de una actuación, una expulsión de sangre. Otra hemorragia, terminada ya la función, impone su regreso urgente a La Habana. Viene vomitando sangre durante todo el camino. Aun así  no quiere ir directo al hospital; insiste en que lo lleven a su casa para despedirse de los suyos. “Me cogió la rueda”, les dice. Llega al centro médico delirando y sin fuerzas para caer en un letargo del que no saldría jamás. Un promedio de 900 llamadas telefónicas por hora se reciben en el Hospital de Emergencias durante el internamiento del artista. Son inútiles los esfuerzos de los médicos. A las 8:45 del  19 de febrero de 1963, hace ahora 45 años,  todo había terminado para Benny Moré y una ola de dolor recorría el país de extremo a extremo. Seis comandantes del Ejército cargaron su féretro y un duelo musical se disponía en toda la Isla.

            “Hermano, si muero fuera de Cuba, que me devuelvan, y si muero aquí, que me entierren en Lajas”, había dicho a un amigo. Así fue.

  

           

 

Bolas y strikes

Bolas y strikes

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Si el deporte de los puños o de las coliflores tuvo en Cuba, por haber estado prohibido,  un comienzo relativamente tardío –su historia oficial se inicia a partir de 1921, cuando se crea la Comisión Nacional de Boxeo- otra cosa es la pelota. Sus primeras noticias en la Isla se remontan a 1866. Y arraigó más temprano que tarde pese a los funestos augurios de los que aseveraban que no lograría imponerse a las peleas de gallos ni a las corridas de toros. En 1868 surgió el club Habana. El 27 de diciembre de 1874 el Habana se enfrentó al equipo Matanzas, en Palmar de Junco, en lo que se tiene como el primer juego de pelota celebrado en Cuba. Cuatro años más tarde, tras el pacto del Zanjón, surgió el equipo Almendares. Y en 1889 Wenceslao Gálvez Delmonte daba a conocer su libro El base ball  en Cuba, “un texto fundacional; la primera historia del béisbol en Cuba y probablemente en el mundo”, dice el profesor Félix Julio Alfonso López.

            Por cierto, Gálvez que, como short stop,  vistió el uniforme del Almendares y fue champion bate en la temporada 1885-86 –figura en el Salón de la Fama de la pelota cubana-  subtituló su libro de la siguiente manera: Historia del base ball en la isla de Cuba, sin retratos de los principales jugadores y personas más caracterizadas en el juego citado, ni de ninguna otra. Y no necesitaba hacerlo, puntualiza Félix Julio, porque los jugadores más famosos de su tiempo resultaban suficientemente conocidos por el público habanero, sus hazañas encontraban eco en obras de teatro y coplas populares y eran reseñadas en la prensa. El poeta Bonifacio Byrne dirigió un semanario dedicado a ese deporte, El Bat, y Ricardo de la Torriente, el futuro creador de Liborio, comenzó su carrera de dibujante con retratos estilizados de los principales peloteros. Un historiador comenta al respecto: “Sabemos hoy tanto sobre los orígenes del béisbol en Cuba… gracias a su estrecha relación con la literatura, que ha preservado la huella de su primitiva historia en revistas, crónicas, novelas y poemas”. Relación que llega hasta hoy con Roberto Fernández Retamar, Leonardo Padura y Arturo Arango, Abel Prieto, Norberto Codina y Luis Lorente, entre otros.

            En tiempos de Gálvez se le llamaba al béisbol “pelota americana” o “deporte extranjero”. A los cubanos comenzó a entusiasmarle por lo que su desarrollo tenía de imprevisto  y porque sus jugadas eran siempre distintas. A diferencia de lo que sucedía en el toreo, donde se sabía de antemano que, sin variación, habría picas, banderillas y muerte. No sin cierta ingenuidad escribía un panegirista del nuevo deporte: “En los toros se regalaban con orgullo las moñas que llevaban al morir las fieras. En el base ball, en cambio, son las damas las que premian la astucia de los jugadores colocando en los pechos las moñas que aquellos guardan como recuerdo. Moñas queridas, que no huelen a sangre”.  Porque las cubanas fueron, desde sus inicios, ardientes y exaltadas seguidoras de ese deporte.

ETERNOS RIVALES

El club Habana situó su residencia en el Vedado, cerca del mar. Los del Almendares se asentaron en el Cerro, cerca del parque de Tulipán, hasta que se ubicaron frente a la Quinta de los Molinos. Jugadores blancos, de clase media y alta, con preocupaciones nacionalistas más o menos definidas, conformaban el Habana. Su color era el rojo y su símbolo, el león.  Los del Almendares, blancos también, por supuesto, y educados todos en Nueva York, provenían de la aristocracia y veían con lejanía los problemas del país. Los identificaba el color azul y el alacrán era su símbolo.  En ese equipo se alineaban, junto a los cubanos, por lo menos dos españoles. En el Habana figuraba el patriarca de la pelota nacional, Emilio Sabourín, que murió en la cárcel por sus empeños independentistas.

            Pero no eran esos los únicos equipos de entonces. Félix Julio Alfonso habla de unos 200 en la Isla, integrados por blancos, que eran mayoría,  y también por mestizos y negros, que pudieron organizar sus propios clubes y valerse del béisbol como un mecanismo eficaz para aumentar la autoestima personal y ascender en la escala social gracias a las habilidades que demostraban en el juego.  Entre esos clubes, el Fe, que tenía su sede en Jesús del Monte, podía alternar con Habana y Almendares. Era un equipo muy inestable y no era raro que sus jugadores se pasaran a  equipos rivales, preferiblemente al Habana.  Pero jugaba bien. Sabía darle a los habanistas donde más les dolía y los derrotaron varias veces y le discutieron y arrebataron su supremacía de campeones, como cuando en 1888 quedaron vencedores en el campeonato.

            El Habana, sin embargo, no concedía importancia a sus derrotas frente al Fe, si después vencía al Almendares. Apunta Félix Julio Alfonso: “Sucedía en la práctica que los mismos equipos se ganaban unos a otros en el siguiente orden: Almendares derrotaba a Fe, estos a su vez ganaban a los rojos, y finalmente los habanistas se desquitaban con los azules. Un ritornelo democrático en el que todos triunfaban alguna vez, pero que terminaba poniendo las cosas en su lugar”.

            Porque el Habana era, en la década de 1880, el club de pelota más importante de la Isla; atraía a los mejores jugadores, incluso norteamericanos. El Almendares luchaba por desplazarlo. Una rivalidad que cobró una fuerza tremenda con los años y que perduró hasta que después de 1959 desaparecieron como equipos.

            Decía Eladio Secades que la porfía entre ambos clubes comenzó por una glorieta. La directiva del  Almendares, ya en su sede frente a la Quinta de los Molinos, allegó una cantidad de dinero considerable para construir una glorieta lujosa y rodeada de jardines, que fue inaugurada con un baile suntuoso. Los adversarios no quisieron quedarse atrás  y erigieron la propia, “más sencilla, pero más artística”.

            A partir de ahí el encono cobró fuerza de tradición. Poco después, cuando, como ya era costumbre, el Habana ganó el campeonato de 1885-86, un exclusivo estudio fotográfico de la capital quiso fotografiar  al equipo a fin de exponer la foto en su galería de notables. La exhibición molestó sobremanera a los prosélitos del Almendares. Un día la vidriera amaneció rota y la imagen de los jugadores, enfangada.

VIENE LA GUERRA

Después de 1895, un grupo de muchachos de Cayo Hueso, en EE UU, cubanos e hijos de cubanos y casi todos tabaqueros, formaron el club Cuba, que actuaba exclusivamente para recaudar fondos para la independencia. Como no podía jugar los domingos, por impedirlo  leyes entonces vigentes en ese país, celebraban sus partidos los lunes, lo que hacía que perdieran un día de trabajo, sin que percibieran un centavo por el juego, cuya recaudación engrosaba por entero los fondos de la Revolución. En el Cuba figuraban, entre otros,  un hijo de José Dolores Poyo,  gran amigo y colaborador de Martí, y Agustín (Tinti) Molina, que dedicaría su vida a la pelota.

            Hasta Cayo Hueso llegó la rivalidad entre el Habana y el Almendares, y peloteros y fanáticos de ambos equipos se organizaron en consecuencia bajo los respectivos colores rojo y azul. Como faltaba el carmelita, que era el color que identificaba al Fe, se formó el potentísimo Key West Browns. Se organizaron campeonatos, pero duraron poco tiempo porque muchos de  aquellos peloteros cubanos emigrados prefirieron cambiar el bate y la pelota por el machete insurrecto. En sucesivas expediciones fueron regresando a Cuba para sumarse al Ejército Libertador. Así lo hizo Tinti Molina, que en la expedición del general Emilio Núñez por Palo Alto, llegó en compañía de otros cinco peloteros.

            No fue hasta 1901 cuando una novena nuestra viajó a EE UU por primera vez. La organizó el empresario Abel Linares, con la colaboración de Tinti Molina, y causó  gran impresión entre los norteamericanos. Iban a los terrenos a verlos y preguntaban dónde habían aprendido a jugar. Como Cuba sufría entonces la primera intervención militar norteamericana, se llegó a decir que los ocupantes habían enseñado a los del patio, desconociéndose que ya para esa fecha la pelota se había extendido y consolidado en la Isla.

            Pero si aquellos juegos fueron todo un suceso de excelencia, el All Cubans fue un desastre económico. Por inexperiencia y desconocimiento, se lanzó a la novena a la conquista del mercado beisbolero de EE UU sin haberse conveníado de antemano las fechas de los encuentros y sin tener asegurados los terrenos.

            Abel Linares aprendió de aquel fracaso, se repuso  y persistió en su afán. Hasta su muerte no dejó de llevar, año tras año, al Cuban Stars al país vecino, lo que abrió a los criollos  las puertas  del béisbol norteamericano. Armando Marsans fue el primer pelotero cubano que entró en las Ligas Mayores. En el lobby del hotel Inglaterra, de La Habana, se exhibe una foto histórica. En ella aparecen el ya aludido Marsans;  Ramón Fonts, campeón olímpico de esgrima; Alfredo de Oro, cuatro veces campeón mundial de billar, y José Raúl Capablanca, campeón mundial de ajedrez. Cuatro inmortales.

EL DIAMANTE NEGRO

 

Hubo un jugador verdaderamente excepcional en el béisbol cubano de comienzo del siglo XX. Se llamaba José de la Caridad Méndez y le apodaban El Diamante Negro. Junto con Adolfo Luque fue el más grande serpentinero que dio Cuba antes 1959.

            Luque alcanzó una posición prominente en la pelota cubana y se mantuvo durante veinte años en las Grandes Ligas de EE UU. En 1923 fue champion pitcher en la Liga Nacional norteamericana: se anotó 27 triunfos en defensa de la bandera del Cincinnati.

            Luque era blanco. A José de la Caridad Méndez el color de la piel le cerró la entrada a las Ligas Mayores.

            En 1908, Méndez estuvo a punto de anotarse un desafío sin hit ni carrera frente al Cincinnati, de visita en la capital cubana. El bateador Miller Huggins le conectó un imparable en el noveno episodio. Pero en aquel año de 1908, que fue el más sensacional de su carrera, lanzó 45 innings  sin permitir anotaciones, figuró en catorce juegos y no perdió ninguno.

            El ideal del no-hit-no-rum, malogrado por el dramático batazo de Huggins en 1908, lo hizo realidad José de la Caridad Méndez en 1913, también en La Habana, pero esa vez frente al Birmingham. Despachó a todos los bateadores y no permitió que ningún corredor llegara a la almohadilla intermedia.

            Se dice que el mentor de un equipo norteamericano al verlo jugar, exclamó: “Qué lástima que este negro no se pueda pintar de blanco”.

            Como ya se dijo, José de la Caridad Méndez, El Diamante Negro, no llegó a Grandes Ligas.

            Aquí, en su patria, murió en el olvido y en la miseria. La tuberculosis terminó pasándole la cuenta en 1928, a los 41 años de edad. 

 

           

           

           

 

Lisandro: Lúcido, brillante, polémico

Lisandro: Lúcido, brillante, polémico

Ciro Bianchi Ross

El pasado 3 de enero falleció el escritor Lisandro Otero. Un libro de condolencias se abrió con motivo de su muerte en el Centro Dulce María Loynaz y en el momento de redactarse esta nota se anunciaba que sus cenizas se dispersarían en el jardín de la Basílica Menor de San Francisco de Asís, en La Habana Vieja, donde después habría un concierto en su honor, y que la UNEAC  evocaría su  quehacer literario en un acto solemne.

            Nuestra publicación prefiere, sin embargo, recordar a Lisandro como lo conocimos en vida: lúcido, brillante, polémico. Se vio inmerso en algunas de las mayores conmociones del siglo XX. Presenció la revolución argelina.  Estuvo en la guerra de Vietnam. Asistió a la revolución cultural china. Vivió en el Chile de Allende el proceso de la Unidad Popular. Vio cómo levantaron el muro de Berlín y cómo lo derribaron. Conoció el inicio de la perestroika en Rusia y siguió de cerca el despertar de África y su descolonización. En Cuba, en los días de la lucha contra la tiranía batistiana, custodió el archivo de Armando Hart y Haydée Santamaría, dirigentes del Movimiento 26 de Julio, y los movió y protegió  en sus días de clandestinaje absoluto; recaudó dinero para esa organización, participó en la Operación Fangio…hasta que el 1 de enero de 1959, ante las cámaras y micrófonos del canal 12 de la Televisión Nacional, rompió el protocolo informativo de las restantes emisoras, y llamó ladrón y asesino a Batista antes de dar paso a todo un desfile de jóvenes torturados que salían de las prisiones y de mujeres que clamaban por el paradero de sus hijos desaparecidos.

            Diría Lisandro en una entrevista: “No habría sido quien soy de no haber vivido esas experiencias que formaron o modificaron mi visión del mundo. Creo que aprendí a entender la caducidad de las instituciones humanas, la volatilidad del orden constituido, las posibilidades infinitas que encierra todo intento de cambiar la vida”.

            Nunca se libró de antagonistas animosos que juzgaron cada detalle de su existencia. Más que molestarle, sus “tiernos enemigos” le hicieron sentir que estaba vivo. Ocupó cargos de relevancia en instituciones culturales y la diplomacia. Pero no se consideró nunca un burócrata, sino un revolucionario que cumplía las misiones que se le asignaban. No fue un conformista sumiso, sino un hombre que, con expresión honesta y diáfana, vertió sus criterios sobre escollos que debían evadirse para que el proceso social continuara su rumbo con menos lastre.

            Mucho se ha hablado y se hablará acerca del novelista que acaba de fallecer. Una arista nada desdeñable de su quehacer corresponde al periodismo, que para él fue otra forma de asumir la literatura. Su libro Cuba ZDA marca un hito en el periodismo cubano de los 60, al igual que su labor al frente de la desaparecida revista Cuba, donde con su ejemplo y sus consejos formó a toda una pléyade de jóvenes profesionales que se encargarían  de difundir su legado. Un libro como Avisos de ocasión, compilación de crónicas escritas bajo la presión que exige el periodismo y que apareció con el sello de Ediciones Unión, es un gozo para la inteligencia y una fiesta para la palabra. La UNEAC, que lo tuvo entre sus miembros fundadores y cuya presidencia interina ocupó, tuvo el honor de nominarlo para el Premio de Periodismo Cultural José Antonio Fernández de Castro que mereció por el conjunto de su quehacer en ese campo.

            Seguirán ahora que ya no está, acaso con más ahínco, estudios y análisis sobre el autor que legó algunas de las obras capitales de nuestra literatura,  que exploró los entresijos más íntimos de la naturaleza humana y los avatares del ser frente a sí mismo y su destino. Nosotros, aun bajo el impacto de su muerte, evocamos al amigo desenfadado y cordial, al escritor lúcido, brillante y polémico que fue Lisandro Otero.  

             

           

           

          

Constante

Constante

Ciro Bianchi Ross

Todavía a comienzos del siglo XX en Cuba, donde no se conocía o no era popular la  palabra “coctel”, se hablaba de compuestos, meneados o achampanados para aludir a las mezclas de bebidas. La ginebra compuesta, que deleitara a  nuestros bisabuelos, era la liga de esa bebida con azúcar, limón y angostura, enfriada con hielo, mientras que el achampanado no era más que ron, coñac o vermut mezclado con agua de seltz  y azúcar. El tren, otro de los tragos preferidos de antaño, se elaboraba con ginebra y agua de cebada.           

Había en ese tiempo una taberna famosa llamada  La Piña de Plata. Fue fundada en 1819 y se ubicaba a la vera de una de las puertas de la muralla que entre 1797 y 1863 rodeaba y protegía “la primitiva, modesta, sencilla, patriarcal y pequeña ciudad de San Cristóbal de La Habana”.   Una casona de ventanales buidos, a la que acudían petimetres, músicos, militares, faranduleros y hombres de toda laya gustosos  de saborear la sabrosa ginebra compuesta, el vaso de agua con anís y panales, el típico vermut “voluntario”, el licor de piña o el sabroso aguardiente de guindas, mientras las señoras, en sus quitrines, bajo el quitasol de seda, saboreaban pastillas de frutas, sorbetes y vasos de refrescos elaborados a partir de las frutas del país. El bodegón La Piña de Plata se transformó durante la intervención militar de Estados Unidos en el cuartel general de los buenos catadores norteamericanos y sus cantineros fueron poniendo una nota de modernidad en las simples bebidas primitivas. Después de 1902, cuando se instaura la República, esa taberna recibió el nombre de La Florida, pero con el fluir de los años los mismos clientes le dieron la denominación por la que se le conoce aún. La Florida pasó a ser Floridita “por dejarse querer”, decía Fernando G. Campoamor, historiador del ron. Pero el cambio de nomenclatura debió obedecer a una razón más realista. Había otro bar famoso en la época, el del hotel Florida, en la calle Obispo y los propios clientes sintieron la necesidad de distinguirlos y diferenciarlos. Eso ocurrió en tiempos del catalán Constantino Ribalaigua Vert. En su novela Islas en el golfo, Ernest Hemingway identifica con el sobrenombre de Constante a esa figura legendaria entre los cantineros cubanos y rey indiscutible de los cocteles. Constante le llamaban también sus amigos. Llegó al Floridita en 1914, como dependiente, y, junto con dos empleados más, adquirió el bar en 1918.

Era un hombre emprendedor, de mucha iniciativa, muy trabajador. Entraba al Floridita a las siete de la mañana y se iba de madrugada, cuando despedía al último cliente. Había sido cantinero de algunos de los mejores bares de la capital.  En el Floridita, las cosas no le fueron bien al comienzo: debía dinero. Fue así que los almacenistas que proveían el bar le dijeron que le concederían  crédito si reconocía la deuda. Constante no lo pensó dos veces. Convenció a sus socios para que les vendieran su parte y, aunque endeudado, quedó como propietario único. De ahí hacia arriba hasta 1952, que es la fecha de su muerte. Cuando ocurrió su deceso, Hemingway escribió: “Ha muerto el maestro de los cantineros. Inventó el Floridita…”

¿QUIÉN ES EL MEJOR?

Constante era un hombre de estatura regular, bien plantado, muy serio. Afable, pero parco. Entablaba el diálogo solo cuando el cliente buscaba conversación. Bebía tan poco que casi podría decirse que era abstemio. En fiestas particulares, si asistía a alguna, no era raro que se diera su trago, pero en el Floridita lo hacía únicamente cuando no podía eludir el compromiso. Creaba un coctel para un cliente y jamás lo cataba antes de servírselo ni después.           

Campoamor, que lo trató mucho a lo largo de varias décadas, escribió: “A hora fija se presentaba Constante sobre su discreto estrado como un malabarista que sale a la pista: pantalón negro, camisa blanca, lazo, chaquetilla smoking con delantal, es decir, la etiqueta gastronómica. Alzaba aquellos limones ácidos y jugosos de su propio limonar, y los exprimía a la vista de todos con entera pulcritud en los instrumentos de trabajo. Racionaba entonces los ingredientes según el código. Más de la mitad entre 150 cocteles, contaba con jugo de limón. Y en el país del azúcar, también su consumo entraba libremente en ellos, cuya lista encabezaban los de ron, asistido de toronja, naranja y piña”.           

El periodista norteamericano Jack Cuddy, de la UP,  cuenta en una crónica de 1937 que un grupo de amigos se hallaba reunido en uno de los bares del Hotel Nacional. Escuchaban al novelista Joseph Hergesheimer, que escribía en esos días  un libro sobre La Habana, su enjundiosa disertación sobre el pitcheo de Carl Hubbell, de los Gigantes, uno de los equipos de las llamadas Grandes Ligas del béisbol, cuando sin que nadie supiera cómo ni por qué, la conversación derivó hacia un tema muy diferente: el de la bebida. “Y sin una sola voz en contrario, precisa Cuddy, se coincidió en que beber era para el turista el deporte nacional de Cuba”.            

¿Quién es el mejor barman del país? preguntó uno de los reunidos, y el cantinero que los atendía susurró un nombre: Constantino Ribalaigua, el rey de los cocteles. Ninguno de los del grupo lo había oído mencionar jamás, y sin perder un minuto designaron a un comité “de a uno” para que telefoneara al Sloppy Joe’s, a los bares de los hoteles Plaza y Sevilla, y a Prado 86, y buscara otras opiniones. Todos los votos favorecieron a Constante.           

Cuddy quiso conocerlo personalmente y acudió al Floridita. Concluye su crónica: “Después de que Constantino me hizo probar varias de sus creaciones, tuve que admitir para mí mismo su innegable superioridad. No sé cuánto cobra. Pero creo que tiene derecho a pedir aumento de sueldo antes de firmar el contrato para la próxima temporada”.           

Un escritor inglés a quien Héctor Zumbado cita sin mencionar su nombre en El sexto sentido del barman, vio trabajar a Constante en los años 30, expresaba:            

“Seis de ustedes visitan el Floridita y piden Mary Pickfords. Un muchacho exprime la piña mientras que otro ayudante llena con hielo seis vasos a fin de enfriarlos. Cuando el jugo de piña está listo, Constante lo vierte en una coctelera gigante, toma la botella de ron y, sin mirar, echa una cantidad en la coctelera. También sin mirar, echa en la coctelera el curazao o la granadina. La bebida se bate pasándola de una coctelera a otra, con lo que se forma un semicírculo en el aire. Esta proeza se repite varias veces y Constante entonces saca el hielo que enfrió los vasos, coloca los vasos en hilera sobre el mostrador y con un solo movimiento los llena todos. Cada vaso queda lleno exactamente hasta el borde y en la coctelera no queda una sola gota. Vale la pena visitar La Habana solamente para ver a Constante en acción”.

            El barman confesó a Cuddy que sus mejores cocteles eran el daiquiri, el presidente y el Pepín Rivero. Curiosamente, la receta de ese último no aparece en ninguno de los coctelarios consultados, ni siquiera en el que el propio Constantino Ribalaigua preparó en 1939 y del que existen por lo menos dos reimpresiones. Antonio Meilán, su  sobrino y discípulo más aventajado, que trabajó durante cinco décadas como cantinero en el Floridita, no la recordaba cuando conversé con él en 1993. Es muy probable que Constante se llevara el secreto a la tumba, o que muerto el señor Rivero, director-propietario del Diario de la Marina, dejara de elaborarlo, me dijo.

CLÁSICOS

En los días de la ley seca en Estados Unidos, el coctel cubano vivió su época de oro. Pero desde entonces muchas mezclas de bebidas quedaron en el camino y no son hoy más que meras referencias. Aunque los gustos cambian de un bebedor a otro, los diez mejores cocteles cubanos, los clásicos,  son  Mary Pickfords, Havana Special, mojito, Isla de Pinos y presidente, Santiago,  saoco, mulata, ron collins y daiquirí, que  figura entre los diez grandes cocteles del mundo junto al old fashioned, el wiski sur, el manhattan… 

De ellos, cuatro son obra de Constante: daiquirí, Mary Pickfords, Havana Special y presidente. El Mary Pickfords y el Havana Special  se  los sacó de la manga, el primero, para rendir homenaje a la célebre  actriz norteamericana, y dio al segundo el nombre con que una naviera identificaba los viajes a Cuba desde Cayo Hueso.   El presidente lo elaboró según la formulación del general Mario  García Menocal. Y al daiquirí, que nació en las minas del mismo nombre en Santiago de Cuba y que hasta entonces se preparaba a rumbo,  le aportó las medidas exactas y, sobre todo,  el hielo frapé, con lo que le dio el toque mágico que hoy lo distingue y lo dotó de su carta de ciudadanía internacional.  Hay entonces razones sobradas para recordarlo.    

           

Gregorio, el amigo de Hemingway

Gregorio, el amigo de Hemingway

Ciro Bianchi Ross

Se cumplieron por estos días seis años de la muerte de Gregorio Fuentes, el gran amigo de Ernest Hemingway. Vivió tanto -104 años- que llegamos a pensar que no moriría nunca.

            Gregorio Fuentes y Ernest Hemingway se conocieron en 1928, en Dry Tortugas, durante un huracán, y una década después se reencontraron  en un cafetín del poblado habanero de Casablanca. Hemingway escribía entonces Por quién doblan las campanas y era todavía un turista sospechosamente reincidente que pasaba sus días cubanos en el hotel Ambos Mundos. Gregorio era todo un lobo marino. Había nacido en Lanzarote, Islas Canarias, y el mar era lo suyo desde niño. Fue entonces que el narrador le propuso que trabajara para él como patrón de su yate Pilar. Sería, como dijo Hemingway, “el pilar del Pilar”. Le confiaría asimismo la cocina y el “departamento etílico” de la embarcación. Le llamaba el capitán Grigorine y lo inmortalizó en una novela: Gregorio Fuentes es el Antonio de Islas en el golfo.

            Curiosamente, en Cuba, cuando se habla sobre Gregorio Fuentes no se recuerda ese detalle y se insiste en identificarlo como el hombre que inspirara a Hemingway el Santiago de El viejo y el mar.

            La historia es otra y contarla no empequeñece en nada la humanidad de Gregorio.

UN VIEJO QUE PESCABA SOLO

En una crónica periodística de 1936, esto es, dos años antes de que se reencontrara con Gregorio Fuentes en Casablanca, Hemingway sintetizó en menos de 200 palabras la historia que en 1952 desplegaría a lo largo de los 27 000 vocablos de El viejo y el mar.

            Decía:

            “En otro tiempo, un viejo que pescaba solo en un bote frente a Cabañas enganchó en el anzuelo a un gran pez, que arrastró la embarcación mar afuera. Dos días después el viejo fue recogido por unos pescadores a 60 millas hacia el Este: la cabeza y la parte superior del pez estaban amarradas al bote. Lo que los tiburones habían dejado de él pesaba 800 libras. El viejo había pasado un día, una noche, y el día y la noche siguientes, mientras el pez, nadando en aguas profundas, arrastraba el bote. Cuando emergió a la superficie, el viejo lo acercó al bote y lo arponeó. Amarrado junto a la embarcación, los tiburones se lanzaron sobre el pez, y el viejo luchó solo contra ellos en la Corriente del Golfo, en una frágil embarcación, apaleándolos, apuñalándolos, golpeándolos con un remo hasta que quedó exhausto; entonces los tiburones comieron cuanto quisieron. Estaba llorando en el bote cuando lo recogieron los pescadores, casi enloquecido por su pérdida. Dos tiburones aún describían círculos en torno al bote”.

            La trama de El viejo y el mar se asienta entonces en una anécdota real, y cubana por añadidura. Hemingway acarició esa historia durante muchos años y la escribió cuando creyó que podía hacerlo. Lo dice explícitamente en una carta de 1952: “Yo siempre tuve buena suerte escribiendo en Cuba […]. Perdí cinco años de mi vida durante la guerra y ahora estoy tratando de recuperarlos. Yo no puedo trabajar  y vivir en Nueva York […]. Este otoño cuando salga El viejo y el mar tú verás parte del resultado del trabajo”. Y en otra carta, sin ninguna modestia, confiesa en relación con la novela: “Es como si finalmente hubiera dado expresión a lo que he perseguido toda mi vida”.

            Los estudiosos coinciden que, para su Santiago, Hemingway se inspiró en Anselmo Hernández,  un pescador de Cojímar, localidad situada al este de La Habana. Eso no excluye que otros pescadores de la zona aportaran elementos a su personaje. En Santiago pueden estar también El Sordo, Cachimba, Cheo López, Ova Carnero, Tato y Quintín que como otros alternaron con el narrador en el restaurante La Terraza y en los cafetines del poblado.

            Y está, por supuesto, Gregorio Fuentes que en varias escenas de la filmación de El viejo y el mar debió doblar al actor norteamericano Spencer Tracy, demasiado grueso para parecer un hambreado pescador cubano.

            Hay una foto de Hemingway tomada en La Terraza durante el rodaje de la cinta. Luce cara de descontento. Sabía muy bien, por experiencias anteriores, que casi nunca sale una buena película de una gran novela.

POLVO DE ESTRELLAS

En El gran río azul, una crónica de 1949, Hemingway asegura que su récord de un día es de siete agujas capturadas, y aclara que es una marca que puede superarse. Escribe que experimentar la fuerza enorme y el ímpetu del pez, formar parte de esa fuerza, dominarla, vencerla y manejar sin ayuda de nadie la vara, el carrete o el sedal hasta que el animal esté a punto de cogerse con el bichero, es una recompensa que justifica pasarse varios días aguantando el sol y todas las incomodidades.

            Pescar una aguja no es cosa de juego. Es toda una técnica en la que la pericia del pescador se conjuga con la del patrón del yate que debe saber maniobrar la embarcación con el fin de no perder la presa. La aguja se desplaza del levante al poniente, en dirección contraria a la Corriente del Golfo, dejando una estela en las aguas oscuras. Si hay mucho sol, no emerge a la superficie. Cuando lo hace, debe ser interceptada deslizando en zigzag la embarcación. Es un animal que carece de dientes, su boca es plana, traga muy rápido y no es fácil que se le clave el anzuelo. Si lo muerde, ahí empieza la cosa: hay que trabajarlo con vara y carrete hasta cansarlo. La aguja vuela tratando de sacarse el anzuelo –el castero también, pero en menor medida- y se sumerge, y el pescador y el patrón tienen que poner en práctica todo lo que saben para que el pez no rompa el sedal. Cuando el animal se cansa y pierde fuerzas para volar o sumergirse, comienza a nadar en círculos y es ahí cuando el pescador debe colocarse a distancia de bichero y ensartarlo. Tanto las agujas como los casteros, que es una aguja de casta, mayor y más pesada que las otras y con el pico más corto, son animales muy veloces, dotados de aletas muy rígidas y que caen sobre sus presas con tal agilidad que se les llama también especies de corso. Peces bellísimos, adaptados a la vida errante en los océanos.

            Más para dar a entender que yo también he salido a pescar agujas, hice esa larga descripción para decir que si Hemingway fue un gran pescador es porque tuvo a Gregorio Fuentes en el timón de su barco. Nunca fue remiso a reconocerlo. En la ya aludida crónica de 1949 dice que hasta esa fecha Gregorio había salvado al Pilar de la furia de tres huracanes, entre ellos el de 1944 que tuvo vientos de hasta 180 millas por hora, y se ufanaba de que gracias a su patrón el seguro marítimo jamás había tenido que compensarlo por accidente.

            Ernest Hemingway y Gregorio Fuentes. Papa y el capitán Grigorine. Una pareja inseparable en el Gran Río Azul, de tres cuartos de milla a una milla de profundidad y de 60 a 80 millas de ancho. Inseparables asimismo en las excursiones con Mary, la cuarta y última esposa del escritor, a cayo Paraíso, un islote desierto en el Norte de Pinar del Río, la más occidental de las provincias cubanas.

            La leyenda de Hemingway envuelve de alguna manera a Gregorio Fuentes. Ver al viejo pescador, escucharlo, era como tocar el polvo de estrellas que se desprende de la estela del autor de Adiós a las armas. Fueron muy amigos, tanto que, en su testamento, Hemingway le legó el Pilar porque sabía que nadie lo cuidaría como él. Juntos conocieron la inmensa soledad del mar,  capearon sus furias y persiguieron submarinos nazis en las aguas del Caribe…

            “Yo no he dejado de llorar a Papa un solo día en todos estos años”, me dijo Gregorio justo el día en que en La Terraza de Cojímar, rodeado de amigos, festejó su centenario. Hemingway, en alusión a él, había escrito por su parte: “Fue una suerte encontrarlo”.