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Antonio, pintor de ciudades

Antonio, pintor de ciudades

Ciro Bianchi Ross

  

Antonio Díaz es el  pintor de una ciudad real e  imaginada al mismo tiempo,  intuida y, sin embargo,  conocida  hasta el detalle. Un artista que plasma en sus lienzos una ciudad inventada que siendo la suya es también  la ciudad colonial latinoamericana que cualquier habitante del continente puede reconocer e identificar como parte de sus vivencias.

Una muestra de su quehacer fue, en noviembre pasado, muy bien valorado en México, y hondo impacto causó otra exposición que, sin permitirse apenas reposo,  presentó en diciembre en La Habana, mientras que, en la misma fecha, en  Sancti Spíritus, en la región central de la Isla, se le rendía homenaje durante la celebración de la Semana de la Cultura,  y La Gaceta de Cuba, periódico de la Unión de Escritores y Artistas, incluía en su entrega más reciente  una larga entrevista con el pintor. Ahora  algunas de sus piezas se llevarán al proyecto Imagen Múltiple  para que sean  reproducidas y repetidas  en superficies tan diversas como tazas de café, cortinas de baño, paraguas, camisetas… 

            Nació en 1942,  en Sancti Spíritus, una tierra de paisajistas. Allí se cultivó un paisaje que se agotó en sí mismo y que Antonio, antiguo y contemporáneo a la vez, rescató desde otra perspectiva. En su pintura se  ve la ciudad desde arriba, primero en una visión panorámica, como un sereno mar color terroso,  luego en un tejado, después en una teja, a la que Antonio arranca todas sus posibilidades plásticas. La huella humana  se hace presente de alguna manera en esos paisajes y  bajo las  tejas se advierte al hombre con  sus fobias y  filias, sus convicciones, agonías, certezas y esperanzas.

            Los tejados, las arcadas y las puertas coloniales,  recurrentes en Antonio, hicieron  que alguna vez empezara a llamársele El Pintor de la Ciudad, y la frase se acuñó de tal manera que el Gobierno espirituano decidió otorgarle dicho título de manera oficial. Aunque gusta  que se le reconozca como tal, no se encasilla en dicho tema y son frecuentes asimismo en su pintura los paisajes rurales y marinos. De ahí que, sin desconocer la importancia de ese  sello personal, más que pintor de la ciudad o pintor de los tejados, como también se le llama, Antonio prefiera que se le vea como el paisajista en el sentido amplio de la palabra. Un pintor que ama el paisaje porque ama la vida. 

            Largo ha sido el camino que recorrió hasta hoy, desde que, siendo un  niño, solía extasiarse ante  las imágenes citadinas  y las erguidas palmas que sus coterráneos Fernández Morera y Mariano Tobeñas  solían apresar respectivamente  en sus pinturas. Bien pronto se percató de que para copiar la realidad,  tal como se ofrecía ante sus ojos,  estaba ya la cámara fotográfica, y que él, como artista, debía empeñarse en convertir la realidad en su realidad y hacer que el espectador de sus cuadros la viera como si existiera. Por ese camino, dice el crítico Manuel Echevarría, Antonio terminó entregando la ciudad otra, que siendo la nuestra, es tributo de su imaginación y sus vivencias, absolutamente original sin perder el sello de su autoctonía y genuina en su dimensión artística.

            Afincado en  su ciudad natal, anclado a ella,  permanece Antonio. Su intenso quehacer está plasmado en más de mil piezas. Obras suyas forman parte de colecciones públicas y privadas de Cuba, Estados Unidos, Portugal,  Rusia, Japón y Venezuela. El supuesto localismo de este espirituano irreductible se hace universal.

Piropos

Piropos

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Massaguer

 

 

Aún se discute si nació en Francia o en España, que es la creencia más generalizada, pero no hay duda de que el piropo arraigó en Cuba y se extendió aquí como la hierba.

Elogiar al paso  la belleza de una mujer,  hacerlo cara a cara, casi en su susurro, o decírselo solo con los ojos, nunca es pecado, y en verdad a veces es difícil  contenerse porque hay cubanas tan monumentales que bien merecerían que las declarasen patrimonios de la nación.

            El piropo, se dice, es un género literario popular que se aproxima al epigrama y al aforismo. Los hay ingeniosos, pícaros, originales y pueden exaltar la belleza de una mujer (y también de un hombre) o sintetizar el sentimiento que nos inspira, pero también celebrar la amistad. Requieren de imaginación; los animará una intención subyacente y se impone que sean breves a fin de que su destinataria (o destinatario) los capte y asimile al vuelo. Como cuando Ernest Hemingway recibió en Matanzas, la llamada Atenas de Cuba, la llave de la ciudad de manos de la poetisa Carilda Oliver Labra, y deslumbrado por aquella bellísima y provocativa mujer, entonces en la flor de su edad, le dijo: “Usted no necesitará de esa llavecita para abrirme el corazón”.

            Un buen piropo motiva, entusiasma, levanta el ánimo. Aunque en ocasiones diga lo contrario,  una mujer siempre lo agradece. Y más que la muchacha joven y linda, que, como un político en día de elecciones,  sale a la calle en busca de sufragios,  lo valora con más fuerza la mujer que va dejando de merecerlo.  La primera, porque lo considera un acto de justicia. La otra, porque le hace sentir que todavía es capaz de llamar la atención, atraer  miradas,  despertar deseos e  inflamar pasiones. “Señora, está usted como la historia: con muchas páginas, pero  siempre interesante”, dice un hombre joven a una mujer de buen ver pese a su edad. Y si esa mujer va en compañía de su hija, la lisonja puede alcanzar a ambas: “Parecen hermanitas…”  Lo que provoca la sonrisa de la niña y la satisfacción de la madre que ve desdibujarse los veinte años de diferencia que existen entre una y otra, mientras que un piropo como “Señora, vaya con Dios que yo me quedo con su hija”, pone distancia y marca la preferencia.  Un amigo de este escribidor, hombre inteligentísimo y calvo como una bala de cañón, mereció  en una ocasión este requiebro: “Oye, tu cabeza brilla tanto por fuera como por dentro”. Porque la acción de piropear no es privativa de los hombres. Piropean también las mujeres. Y no resulta extraño que  cada vez más ellas respondan al elogio que se les hace. “Pareces un trasatlántico”, dijo uno a una dama de senos como atornillados, piernas larguísimas  y opulentas caderas”. “Sí, ripostó ella, pero no tengo capitán”.

            Una mujer casada y aburrida de la larga vida en común quedó “muerta en la carretera” cuando un vecino mucho más joven  le espetó un día a la caída de la tarde: “Tírate, que yo te recojo”. Se “tiró” sin saber que minutos antes el mismo sujeto había endosado a otra vecina la frase no menos ocurrente de: “Si vende algo, yo soy el primero de la fila”. Que provocó esta respuesta: “Hay, pero no te toca”.

 No todos los piropos persiguen el fin de llegar a las  últimas consecuencias. Basta con que halaguen y despierten  simpatía. “Si parpadeo, me pierdo un instante de tu belleza”; “Si la belleza fuese pecado, tú estarías en el infierno”. Los hay culinarios: “Niña, si cocinas como caminas, me como hasta la cazuela”. Ecológicos: “Tantos años de ser jardinero y nunca vi una flor como tú”. De salud: “Quién fuera bizco para verte dos veces”; “Eres lo que me recetó el médico”; “Qué caramelo y yo con diabetes”.

 José Martí, el Apóstol de la Independencia de Cuba, llevó de España a México,  en una libreta que conservó hasta el fin de su vida, una serie de frases que bien pasan por piropos: “Sería yo espejo para que siempre me mirases”; “Sería sandalia para que pisases a mí solo con tus pies”.  Porque, a veces sin saberlo, versos de grandes poetas se dicen en la calle como requiebros. Como este de Huidobro: “Muchacha, el mundo está amueblado por tus ojos”. O de Neruda: “Desnuda eres delgada como el trigo desnudo”. O el clásico de Juan Ramón Jiménez: “Ni la toques ya más; que así es la rosa”.

           

           

           

             

Un cubano en el Polo Norte

Un cubano en el Polo Norte

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Un cubano radicado en Estados Unidos llegó al Polo Norte, en una expedición de salvamento, en 1881. Se llamaba José Joaquín Castillo Duany, se había graduado en la Universidad de Pennsylvania y, aunque su incorporación a aquella gesta fue voluntaria, prestaba servicio como médico en la Marina de Guerra norteamericana. A su regreso, en 1882,  se le aclamó en California como a un héroe y fue objeto de numerosos honores y reconocimientos. Años después, como integrante del Ejército Libertador, ganaría los grados de General de Brigada en la guerra de Cuba contra España.

            En esa época el Polo Norte era todavía una aventura retadora que apasionaba a marinos y científicos, escribe René González Barrios, biógrafo de Castillo Duany. Una aureola de misticismo envolvía el tema. Se hacía necesario estudiar las vías seguras de navegación en los alrededores del casco Ártico y el sentido de las corrientes polares. El medio era enigmático por lo desconocido y adverso y hostil por la crudeza del clima.

            Nada de eso fue obstáculo para que el explorador, geógrafo y geólogo sueco Adolf Eirk Nordenskjöld se dejara ganar por la empresa. Fue el pionero. En julio de 1878, zarpó de Noruega, a bordo del buque Vega, con la idea de bojear el océano Ártico por las vías del noreste. Pero cuando se acercaba al estrecho de Bering, el barco fue atrapado por los hielos y permaneció inmóvil hasta julio del 79, cuando el deshielo lo liberó y pudo arribar a Alaska.

            La falta de información sobre la expedición del Vega, de la que se hacían los peores pronósticos, llevó a James Gordon Bennett, figura notable del periodismo norteamericano y propietario del diario New York Herald, a alistar su barco Jeannette a fin de localizar y rescatar a los hombres perdidos. Después de las autorizaciones pertinentes, el Jeannette zarpó de San Francisco, California, el 8 de julio, y, al pasar el estrecho de Bering, su tripulación conoció que Nordenskjöld y los suyos estaban con vida. Fue entonces que George De Long, que capitaneaba el barco de Bennett, decidió marchar más al norte que el marino sueco y hacer el viaje polar en sentido contrario.

            Pero el 6 de septiembre, el Jeannette quedó aprisionado en los hielos. Los vientos y la corriente lo llevaron a la deriva hacia la zona ártica de congelación permanente. Allí estuvo durante 21 meses hasta que, comprimido, terminó hundiéndose, el 23 de junio de 1881,  a 150 millas del delta del río Lena, al norte de la Siberia rusa.

            Como había sucedido con el Vega, el destino del Jeannette intranquilizaba también al pueblo norteamericano, y el Senado aprobó la suma de 175 000 dólares para  rescatar a sus hombres si era posible. Cuatro expediciones de socorro se organizarían con ese dinero, y se prepararían excursiones que, en trineos, se acercarían a aquellas zonas donde los esquimales pudieran brindar información sobre los desaparecidos. En una de esas expediciones, la que viajaría al Ártico a bordo de vapor Rodgers,  se enroló el cubano José Joaquín Castillo Duany.

FRÍO, HAMBRE Y ESCORBUTO

Había nacido en Santiago de Cuba, el 1 de mayo de 1858. Se graduó como médico  cirujano en 1880 y ese mismo año se presentó a una convocatoria de la Marina de Guerra norteamericana que buscaba cubrir veinte plazas de médico. Más de cien profesionales respondieron al aviso e hicieron los exámenes correspondientes, pero el cubano estuvo entre los primeros seleccionados.

            El Rodgers salió de San Francisco, el 16 de junio de 1881. Fue incansable la búsqueda por bahías y tierras heladas. Recorrió varias estaciones polares sin hallar indicio alguno del Jeannette. Luego de rastrear Alaska, el barco tomó rumbo a la Siberia. Cerca del delta del Lena una explosión accidental incendió el Rodgers y sus treinta y cinco tripulantes quedaron a la deriva en el inhóspito territorio polar ruso. Supieron al fin que los hombres que buscaban habían muerto congelados. 

            A los expedicionarios del Rodgers no esperaba una suerte mejor. Lucharon durante diez y seis meses contra la adversidad, pero la mayoría murió de frío, hambre y escorbuto. Escribe René González Barrios: “El joven médico cubano aprovechó la dramática experiencia para, de su convivencia con los habitantes del Ártico, elaborar algunos apuntes científicos que una vez concluida la apasionante aventura, publicaría en un libro titulado Los hábitos y la higiene de los esquimales”.

            De aquellos treinta y cinco expedicionarios, solo Castillo Duany y dos compañeros sobrevivieron. Atravesaron  la Siberia rusa hasta llegar a la península de Kamchatka. Cruzaron el estrecho de Bering y arribaron  al poblado de Sitka, en Alaska. Su próxima escala  sería  San Francisco, de donde habían partido. Nadie los esperaba. Cuando se supo la noticia,  los tres hombres fueron acogidos como héroes. Pero una página más heroica aún escribiría José Joaquín Castillo Duany en su patria.

POR CUBA LIBRE

En 1883, ya casado, vuelve a instalarse en Santiago de Cuba. Ejerce como médico y conspira contra España. Cuando, en julio de 1890, el general Antonio Maceo visita la ciudad, Castillo Duany organiza un banquete en su honor al que asisten las más notables figuras del independentismo en la región. En voz baja se reiteran los brindis por Cuba libre y los asistentes  se conjuran para respaldar los planes insurreccionales de Maceo. Escribiría el General: “Los hermanos Dr. Joaquín y Demetrio Castillo Duany se habían comprometido, a petición propia, a formar barricadas, el primero, en la ciudad, para secundar mis planes, como él decía, y batirse en las calles, mientras que el segundo, lo verificaría en las minas de Juraguá, aniquilando una guarnición de veinte hombres que había en aquel lugar, para incorporarse luego a los combatientes de la ciudad…”

            Aquel movimiento, que pasó a la historia con el nombre Del Manganeso,  se frustró al fin, pero dio paso a un sentimiento de admiración y simpatía  entre Maceo y el médico explorador. Cuando en 1892 Martí funda en Estados Unidos el Partido Revolucionario Cubano, Castillo Duany viaja a Nueva York y recibe órdenes directas del Apóstol de la Independencia de Cuba. Será en su ciudad natal  uno de los pilares de la guerra que se prepara y que estalla el 24 de febrero de 1895. El 1 de julio está ya Castillo Duany en el campo de batalla. Combate, por separado, bajo las órdenes de los hermanos Maceo, José, también general,  y Antonio. Como delegado de la región oriental de la Isla asiste a la Asamblea Constituyente de Jimaguayú y el gobierno de la República en Armas lo designa subsecretario de Hacienda. Pero Castillo Duany está hecho para la acción. Renuncia al alto cargo y acompaña a Maceo en la invasión hacia occidente. Ostenta ya el grado de general y es jefe de Sanidad del Ejército Libertador.

OTRA VEZ EN EE UU

Por órdenes de Maceo debe salir al exterior. Lo hace por el puerto de La Habana, burlando la férrea vigilancia española. Quiere el general Antonio que en Santo Domingo contacte con el presidente Hereaux y otros políticos y militares que simpatizan con la independencia cubana y recabe su apoyo. Pasa después a Estados Unidos y en Nueva York se le designa subdelegado del Partido Revolucionario Cubano y asesor de su Departamento de Expediciones. Envía hombres y pertrechos bélicos a la Isla, y lo hace con éxito, y no es extraño que venga él mismo a bordo de alguna de aquellas frágiles embarcaciones utilizadas para el trasiego de armas y combatientes. “Navegó seguro Castillo Duany, desafiando esta vez no la inhóspita soledad de los mares del norte, sino las fuertes corrientes del Golfo de México y un mar infestado de barcos de guerra españoles a la caza de expediciones mambisas”, escribe su biógrafo González Barrios.

A LA LUZ DEL MORRO

La organización de esas expediciones le cuesta persecución y cárcel en Estados Unidos. Pero le vale la admiración y el respeto de sus compatriotas. Impresionada por su audacia e intrepidez, decía la revista Cuba y América: “Va y vuelve, impertérrito, tenaz, sin darse cuenta de que hace algo maravilloso. Como si fuera un sajón de raza, apenas sonríe; suele enrojecer por algún elogio vivo, y su modestia, que pasa de raya tal vez, le ha conquistado todas las simpatías y ya le ha ceñido el laurel de César en todos los corazones cubanos”.

Impacta por su osadía cuando logra el desembarco de una expedición por la playa de Boca Ciega, a pocos kilómetros al este de la capital. Un viejo patriota, curado ya de espanto por los largos años de guerra y exilio, escribía al respecto: “Lo de Castillo fue una hombrada. Nadie había jamás pensado se metiera una expedición por la Vuelta Abajo y, después de entregada a Maceo, volver por otras, fracasar dos veces en aguas americanas… y al fin poner la segunda en la misma Habana a la luz de la farola del Morro y al alcance de los cañones de los castillos… Este Castillo Duany se ha convertido en una fortaleza”.

MUERTE EN PARÍS

 

El 25 de mayo de 1898 está otra vez en Cuba. Vino en el vapor Florida, que trae a bordo a unos trescientos combatientes. La Guerra de Independencia se acerca a su final. Estados Unidos ha declarado la guerra a España y decide intervenir en la contienda que libran cubanos y españoles. Castillo Duany y su hermano, el general de división Demetrio, reciben órdenes de asegurar el desembarco del ejército interventor. A la vanguardia de sus tropas garantizan la invasión estadounidense por la playa de Daiquirí, el ataque al poblado de Siboney y la toma de la loma de San Juan. Pero, escribe René González Barrios, los hermanos Castillo Duany fueron de los primeros decepcionados y de los primeros también en percibir la humillación a que los norteamericanos sometían al aguerrido y heroico Ejército Libertador. Una vez derrotada España, el general de división Demetrio Castillo Duany fue el único jefe cubano al que se le permitió entrar en la ya rendida plaza militar de Santiago de Cuba, el 17 de agosto de 1898. Lo hizo en compañía del general Shafter y el contralmirante Sampson, jefes del ejército de ocupación.

            Ya en la paz, José Joaquín asumió la dirección del Hospital Civil de Santiago de Cuba. Más de diez mil santiagueros lo eligieron como  delegado a la asamblea que redactaría la Constitución de 1901. No aceptó la representación. Prefirió el ejercicio de la cirugía. Pero estaba ya muy enfermo y quebrantado. Con la esperanza de restablecerse, viajó a París, escenario de sus días de infancia y juventud. Esfuerzo inútil. Allí falleció el 20 de noviembre de 1902. El Hospital Militar de Santiago lleva su nombre.

  

           

           

           

           

           

Dime cómo escribes

Dime cómo escribes

Ciro Bianchi Ross

 

 

Un libro publicado hace ya algún tiempo  recogió las respuestas que cuatrocientos escritores vivos y muertos  de veinte y ocho países dieron a lo largo de los años  a una sola pregunta. ¿Por qué escribe?

            Hubo de todo en las contestaciones entresacadas de muy diversas entrevistas y confesiones. Así, mientras García Márquez lo hace “para que me quieran más”, y Julio Cortázar dijo que escribió Rayuela porque no pudo “bailarla, ni cantarla ni esculpirla”, ese monstruo de la creación que fue William Faulkner confesaba paladinamente que escribía “para ganarme la vida”. Aunque allí no se dice, el autor de Mientras agonizo y El sonido y las furias carretillaba carbón cuando conoció al novelista Sherwood Anderson y “al percatarme de lo bien que vivía comprendí que escribir era lo mío”. Si Hemingway llegó a tener un yate, Faulkner tuvo avión particular. Fue un hombre con suerte. El éxito monetario o de otro tipo no siempre acompaña al talento. Dostoyevski vivió en la miseria, y Balzac, que era un esclavo de la pluma, escribió asaeteado por las deudas en que lo sumía el afán desmedido de vivir por encima de sus posibilidades. Cuando murió, a los 51 años de edad, luego de legar las noventa y siete novelas de La comedia humana, no había podido redimir compromisos económicos que contrajo en la temprana juventud y que con especial deleite se ocupó de incrementar a lo largo de su vida.

            Nunca se sabrá bien por qué escriben los escritores –el chileno Nicanor Parra afirmó que lo hacía por envidia-, por qué una obra pasa a la posteridad y otra no, ni por qué a veces un solo libro basta para inmortalizar a un escritor. Entonces, por qué no hablar ahora sobre cómo escriben los escritores. Cada vez más  el lector, en el que existe siempre el deseo y la posibilidad de escribir la obra que lee, se interesa por ese tema. Esto es, el revés de la creación. El revés de la trama.

            Víctor Hugo (Los miserables) escribía de pie y lo hacía en la misma habitación donde dormía. No desperdiciaba una sola cuartilla; las numeraba al comienzo de la jornada y las arrojaba al piso a medida que las llenaba para que no le estorbaran en la reducida superficie que utilizaba para el trabajo. El cubano Fernando Ortiz, en cambio, escribía sentado en su cama. Colocaba el papel en una tablita que apoyaba en sus muslos. Escribía en cuartillas sesgadas al medio y, para ahorrar, lo hacía preferiblemente en el reverso de las cartas que recibía. En su pulgar derecho había una zanja del grueso de un lápiz.

            Ortiz escribía de noche, hasta bien entrada la madrugada. Alejo Carpentier comenzaba su jornada a las cinco y treinta de la mañana y trabajaba hasta las ocho. Al final de la tarde pasaba a máquina lo que había escrito a mano anteriormente. Lezama Lima lo hacía a la hora del crepúsculo y se iba a “una segunda noche” si el asma no lo dejaba dormir. Apoyaba una libreta larga y estrecha en el brazo de su sillón de siempre y llenaba la página de signos aljamiados. Luego, su esposa María Luisa sacaba tres copias mecanográficas de cada texto, copias que eran cosidas, no presilladas, en una misma carpeta.

            Leonardo Padura, uno de los cubanos más leídos del momento, escribe todos los días posibles –de lunes a lunes- por las mañanas. Se sienta muy temprano delante de su computadora y trabaja hasta entrado el mediodía. Hace una primera versión de una novela, y después hace tantas versiones como crea necesario –cinco o seis versiones es la media. No trabaja en más de un libro a la vez. Espera concluirlo y, entre novela y novela, hace periodismo o acomete un guión de cine. El mexicano Paco Ignacio Taibo II, otro renovador, como Padura, del policial contemporáneo, sí suele trabajar en dos o tres proyectos al mismo tiempo hasta que se decide por uno que lleva hasta el final. Prefiere la noche, lo que  quiere decir que aprovecha también la mañana y la tarde. Tiene más de cincuenta títulos publicados y todos de éxito. Tras la biografía de Che Guevara -250 000 ejemplares vendidos- acometió la de Pancho Villa y anda ahora tras las huellas del cubano Antonio Guiteras, uno de los revolucionarios, dice, menos conocidos de toda la historia americana. El narrador Lisandro Otero –La situación, Temporada de ángeles, Árbol de la vida…-  que escribe un artículo diario para la prensa mexicana, hace su periodismo  entre las seis y las ocho de la mañana por lo que el día le queda libre para avanzar en algún proyecto de novela. Comenzó a escribir a los catorce años de edad en una vieja Remington que su padre, un destacado periodista, dejó de usar al cambiar para una Underwood. El último libro que Lisandro hizo totalmente a máquina fue  En ciudad semejante. Después comenzó a escribir a mano porque  esa manera, pensó, le posibilitaba una reflexión mayor y enriquecía su prosa. Pero desde fines de los 80 escribe directamente en una computadora y no se explica cómo pudo hacerlo de otra forma durante tanto tiempo.

            Lisandro y Padura fueron de los primeros escritores cubanos que utilizaron el ordenador de palabras. También el historiador Newton Briones Montoto, que descubrió el  invento en una visita a El Corte Inglés, de Madrid, y comprendió de golpe que era ese el aparatado que necesitaba para domeñar su caos. Antón Arrufat se resistió a la nueva tecnología y siguió tecleando sus narraciones  en la tipiadora de siempre hasta que  cayó la tentación.  Miguel Barnet, en cambio, no da su brazo a torcer. Escribe todavía a mano y con una gorra puesta para abrigarse la cabeza. Dice que toda la gran literatura es manuscrita, y teme al ordenador porque cuando una frase aparece en la pantalla empieza a verla como algo lapidario, definitivo, que no lo deja avanzar. Lo priva del placer de  la hoja en blanco que  se llena con sus signos, del goce de estrujar una cuartilla entre las manos, que es como matar una criatura imperfecta para dar vida a otra saludable. Así rompió, no sin dolor, las trescientas cuartillas de una primera versión de Oficio de Ángel, iniciada en 1975. Sabía que alguna vez la retomaría y años después, en 1987, lo hizo  cuando en un feo hotel de Valencia, España, agarró un pedazo de papel y escribió: “Y comenzó el tiempo fluvial. Y el agua de la superficie no volvió a ser calma. Y la noche se tornó día…” Nadie sabe bien, dado lo intenso de su vida social, a qué horas escribe Pablo Armando Fernández. Confesó en una ocasión que cuando se sienta a hacerlo escucha voces que le dictan lo que escribirá.

            Cortázar hacía la prosa directamente a máquina (eléctrica) y escribía los poemas a mano; de ahí la huella digital que se advierte en ellos. Revisaba poco porque era muy severo a la hora de escribir y los muchos años en el oficio lo enseñaron a desconfiar de las palabras. Por eso, mientras escribía ejercía una especie de control y una vez que lograba el texto apenas le hacía enmiendas. De los cuentos hacía una sola versión que aceptaba o rechazaba en función de su pode hipnótico, que es condición inherente a todo buen cuento.

            El puertorriqueño José Luis González, el gran cuentista de En Nueva York y otras desgracias y Las caricias del tigre, decía que tan pronto tenía la idea ya el cuento estaba hecho. “Los cuentos jamás se escriben por el comienzo, sino por el final. A un cuentista se le ocurre la idea  y ya se le ocurrió el cuento. Busca entonces un buen comienzo y enseguida arma el andamiaje para llegar al final, que es la idea que tuvo primero. A un cuentista no se le ocurre un cuento sobre el adulterio, se le ocurre un cuento sobre un adúltero”, me dijo una vez el autor de En el fondo del caño hay un negrito y La noche en que volvimos a ser gente.

            Augusto Monterroso, que se dedicó a la literatura porque tenía poca habilidad para la vida y no sabía bien cómo conquistar a una muchacha, decía que se enfrentaba a un texto como cualquier buen artesano a su trabajo. No tenía método, horario ni disciplina. Le pregunté una vez como escribía y me dio una contestación lapidaria. Respondió: “Tachando”. Por cierto, y esto no es chisme y fue el propio escritor quien me contó, Monterroso tenía un tío que se dedicaba a falsificar dinero y abandonó ese “oficio” cuando, al poner en claro sus cuentas, se percató de que falsificar le representaba una inversión de un peso con veinte centavos…

            Para el chileno Antonio Skármeta –Ardiente paciencia, Soñé que la nieve ardía, La chica del trombón…-- mirar, oír, comprender, sentir son formas preliterarias de la escritura, y de esa manera escribe siempre, aunque no tenga delante una hoja de papel. Solo se pone a hacerlo cuando siente que tiene madura la historia y entonces trabaja a cualquier hora del día, con la condición de que sea en su casa, y no le importan los ruidos, la música ni la gente que se mueve a su alrededor. No lo entorpecen, más bien lo estimulan. El poeta español Juan Ramón Jiménez, en cambio, buscaba el aislamiento con ansiedad enfermiza. Escribía en una habitación a prueba de ruidos, sin embargo, un intercomunicador lo mantenía en contacto con la calle, y cuando alguien preguntaba desde la acera por el poeta, era el propio autor de Platero quien respondía: “De parte de Juan Ramón, que no está en casa”.

            Jorge Amado se quejaba de continuo de las interrupciones, pero insistía en escribir en el portal o en la sala de estar de su casa de San Salvador de Bahía con todas las ventanas abiertas. Si alguien llamaba a la puerta cuando estaba escribiendo, era él quien atendía al llamado e insistía en contestar el teléfono. A veces dejaba la máquina de escribir y se iba a la cocina a interesarse por el almuerzo y, como presumía de buen cocinero, no era remiso a dar instrucciones a la sirvienta; indicaciones que a veces arruinaban la comida.

            El argentino Mempo Giardinelli, capaz de teclear ciento veinte palabras por minuto y que piensa que la novela debe ser entretenimiento y reflexión, trabaja todos los días y escribe solo cuando tiene ganas. A veces, en una semana, escribe una única cuartilla, y otras en un día le sale un aluvión. Escribe más en verano que en invierno, y lo hace completamente desnudo, con una toalla enrollada al cuello para enjugarse el sudor.

            Isabel Allende, por su parte, necesita vestirse y maquillarse como para una fiesta antes de sentarse a escribir. Si no lo hace así, se desmoraliza. Corrige sus textos hasta el infinito, lo que, reconoce, no siempre es bueno, ya que se corre el riesgo de que la historia se ponga rígida y pierda encanto. Le parece el colmo de la impudicia leerles a los allegados pasajes de un libro en proceso, “es como desnudarse en público o peor”. Es muy supersticiosa. Un ocho de enero comenzó La casa de los espíritus. Desde entonces ha comenzado todos sus libros un día como ese.

           

La Beneficencia

La Beneficencia

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

 

Estoy seguro de que muy pocos de los que pasan hoy frente al hospital Hermanos Ameijeiras o usan de sus servicios saben que en ese sitio estuvo la Casa de Beneficencia y Maternidad, que daba asilo a niños sin amparo filial. La mujer que, por razones económicas o por la “deshonra” de haber cometido un “desliz”, se veía imposibilitada de ocuparse de la atención de su hijo, podía entregarlo a aquel establecimiento sin tener que dar la cara o revelar su identidad.

            Para eso, en la fachada lateral del edificio que daba a la calzada de Belascoaín, estaba el torno.  Se colocaba en él al infante y el depósito giraba al toque de una campanilla. Del otro lado recibía al niño abandonado una monja de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paul, congregación que atendía aquella institución semiparticular que trataba de suplir la incuria oficial en su intento de redimir males que el Estado no suprimía ni remediaba.

            Mi amigo el poeta Norberto Codina, que nació en Caracas y es habanero por amor y vocación, incluyó en su reciente libro Caligrafía rápida un texto en el que apresa  a La Habana “entre la memoria y los sentidos”, y cuenta en esas páginas, que en su infancia  “la curiosidad me hacía detenerme a veces junto a las rejas de la Beneficencia, para contemplar en diálogo mudo a mis iguales que desde el otro lado miraban al remolino de la calle con tristeza. No sé si estaba sugestionado por su condición de huérfanos y abandonados, pero esa es la memoria que tengo siempre que paso a la altura de San Lázaro y Belascoaín”.

            Yo, que de niño, al igual que Codina, fui varias veces al parque Maceo y que tal vez merendé alguna que otra vez en el café Vista Alegre, no me detuve nunca a mirar detrás de los muros de la Beneficencia. Era un coto, me parece, bastante cerrado, y, pese a su césped amable,  me horrorizaba ese edificio, que aplastaba con su severidad. Recuerdo, sí, que antes de 1959, en las paradas estudiantiles de los 28 de enero en el Parque Central, y aun en los grandes actos cívicos de a comienzos de la Revolución, eran siempre parte del desfile niñas y niños de la Beneficencia con su bandera cubana enorme. Eran también dos de esos niños –solo varones- los que cada sábado “cantaban” el sorteo de la Lotería Nacional, que se trasmitía por radio. Daban vueltas al bombo de donde salían las bolas; una, con el número del billete agraciado, y la otra, con la cantidad de dinero que lo premiaba. Uno de aquellos niños, con una entonación que se hacía pegajosa,  decía, por ejemplo: 62 662 y el otro: cien pesos,  hasta que caía el “gordo” y entonces la mesa invitaba al público a examinar la bola.

            Abril era aquí el mes de la Beneficencia. Cada año, en esa fecha, salían a la calle numerosas muchachas a fin de recoger en una alcancía de lata la contribución ciudadana. Esa colecta tenía su slogan: “Con lo que a usted le sobra, puede hacer feliz a un niño”, divisa que en mi memoria se enlaza con la de la fundación de ciegos Varona Suárez: “Para esos ojos cerrados, tenga usted su corazón abierto”.

            Las niñas de la Beneficencia vestían de  uniforme blanco con pañoleta negra. Llevaban además, al menos en la calle, un gorrito blanco. Y zapatos de los que entonces se llamaban de colegiales. No recuerdo el uniforme de los varones. Todos, niños y niñas, tenían un solo apellido: Valdés.

CASA CUNA

La Casa de Beneficencia y Maternidad  no tuvo siempre ese nombre  ni se ubicó  siempre en el mismo sitio. Hubo antes una Casa Cuna, una Casa de Maternidad y una Casa de Beneficencia.  Cuando esas dos últimas se fundieron, la institución comenzó a llamarse Casa de Beneficiencia y Maternidad. Pero muchos siguieron llamándole Casa Cuna o, simplemente, la Beneficencia.

            Su antecedente más remoto hay que buscarlo en la Casa Cuna que en 1687 u 88 fundó a su costa el obispo Diego Evelino de Compostela. Cuando falleció en 1704, la edificación de aquel albergue estaba sin concluir y la institución carecía de recursos para llevar adelante su empeño. Poco  después, su sucesor, fray Gerónimo Valdés, retomó la idea de Compostela y restableció la Casa Cuna en un edificio que construyó en la esquina de Oficios y Muralla. Tampoco progresó mucho. El abandono del gobierno colonial y la administración ineficiente, entre otros males, fueron causas de que aquel establecimiento, que llegó a alojar a 200 huérfanos, se convirtiera en lo que alguien llamó un sepulcro de expósitos.

            Una dama habanera, Antonia María Menocal, dejó a su muerte, en 1830,  un cuantioso legado con la indicación  de que fuera invertido en obras de caridad. Su albacea decidió destinarlo a la creación de una Casa de Maternidad. Contaría con dos departamentos, “el uno para refugio de aquellas parturientas que deseen cubrir su honor ofendido por alguna fragilidad, y el otro para la conservación y educación de los niños hasta la edad de seis años”. La administración colonial secundó esta iniciativa y cedió a la naciente institución el antiguo hospicio de San Isidro, no sin la oposición de los frailes que lo ocupaban. Pero ya en 1831, la Casa de Maternidad tenía edificio propio, en el Paseo del Prado.

            Desde mucho antes  existía la Casa de Beneficencia, emplazada en terrenos situados frente a la caleta de San Lázaro, zona conocida entonces como el Jardín de Betancourt. Su creación fue iniciativa de un grupo de habaneros ilustres entre los que figuraban Luis de Peñalver, obispo de Nueva Orleáns, la condesa de Jaruco y los marqueses de Peñalver y de Cárdenas y la  calorizó  el capitán general don Luis de las Casas. Admitiría solo a hembras y con 34 niñas se inauguró en 1794.

            Con altas y bajas acometió la Beneficencia su humanitaria tarea. Su situación financiera era siempre difícil y a veces angustiosa. Hacia 1824 se abocó a la crisis, pero el capitán general Francisco Dionisio Vives la sacó del atolladero al disponer en su beneficio un impuesto sobre los billetes de lotería y otro sobre las peleas de gallos que tenían lugar en la valla que el propio gobernador mantenía en los fosos del castillo de la Fuerza.

            Un hecho desgraciado vino asimismo en ayuda de la Beneficencia. Un incendio había destruido las chozas de la barriada de Jesús María. Vives, de acuerdo con el conde de Villanueva, Intendente General de Hacienda de la colonia, dispuso que la Casa adquiriese aquellos ya yermos realengos por la cantidad de 4 097 pesos fuertes. Luego, con fuerza de trabajo del presidio, se terraplenaron los manglares de la zona devastada y se abrió allí una nueva calzada, que llevó el nombre de Vives. El área se revalorizó rápidamente y la Casa de Beneficiencia pudo vender sus terrenos con una ganancia de casi 40 000 pesos.

            Vives además construyó la capilla de la Beneficencia y amplió sus locales a fin de que acogiese también a varones. En 1852 la Casa de Beneficencia y la de Maternidad se fundieron en una sola institución.

VALDÉS

Como aquellos niños expósitos recogidos en la primitiva Casa Cuna carecían de apellido, fray Gerónimo Valdés decidió darles el suyo. Gesto notable y original de ese obispo que tanto hizo por la salud y la educación en la Isla   pues a su empeño con los niños desamparados se suman sus desvelos para el establecimiento del hospital de leprosos y su preocupación por el buen desenvolvimiento de los colegios de San Ambrosio (para varones) y San Francisco de Sales (para hembras) fundados por su antecesor Compostela. Fundó Valdés, en Santiago de Cuba, el Seminario de San Basilio, y fue persistente y enérgico en su idea de la creación de la Universidad de La Habana, que llevó su nombre, pero que no llegó a ver pues murió un año antes de que abriera sus puertas.

            Al ingresar en la Beneficencia se daba a los niños  el apellido Valdés. Recibían allí educación y se les adiestraba para un oficio. A los más dotados intelectualmente, se les ayudaba si  decidían a hacer estudios superiores. Un niño de esa Casa, Juan Bautista Valdés, se hizo médico y llegó a ser director de la institución. El poeta Gabriel de la Concepción Valdés, que haría célebre el seudónimo de Plácido, era también un expósito.

FINAL

 

La Beneficencia llegó a disponer de cuantiosos bienes propios. No era raro escuchar la afirmación de eran ricos los niños de la Beneficencia. Lo eran, ciertamente, pero no les tocaba.  Durante mucho tiempo fue administrada por la Sociedad Económica de Amigos del País y una Junta de Patronos regía sus destinos. Se mantenía, mayormente, por la ayuda que le daba un grupo de filántropos y las cuestaciones públicas. En 1914, el presidente Menocal la convirtió en una institución estatal y  la dotó de un presupuesto para su mantenimiento, sin que se renunciara por ello a los donativos y las colectas populares. Pero parece que las cosas no siempre anduvieron bien en la Beneficencia y resultaba lamentable que gobiernos que derrochaban y malversaban millones de pesos, se confiaran en la caridad y no dieran mejor  atención a un centro como ese.  Aun así no se puede desconocer la infinita bondad de sus propósitos. En los años 50 unos 150 niños ingresaban allí todos los años.

            En el siglo XIX la caleta de San Lázaro, frente a la que se construyó la Beneficencia, era un paraje apartado y casi bucólico. En lo que ahora es el parque Maceo, se instaló la llamada batería de cañones de la Reina. Por la calzada de Belascoaín, frente al costado del edificio, estaba la plaza de toros de La Habana. Y muy cerca, pero más acá en el tiempo, el frontón de pelota vasca.

            La ciudad fue creciendo y  se  metió encima de  la Beneficencia. A fines de la década del 50, el gobierno de Batista compró el edificio. Sería demolido y en sus terrenos se construiría la sede del Banco Nacional. Se imponía buscar un nuevo sitio para el alojamiento de los expósitos. Triunfó la Revolución y se decidió instalarlos en lo que había sido el Instituto Cívico Militar, en Ceiba del Agua; un lugar amplio, salubre y apropiado para el desarrollo de la niñez y su esparcimiento. Se le dio el nombre de Hogar Granma a la nueva instalación.

            La vida se transformaba en Cuba. La maternidad sin legalizaciones ni papeles dejaba de ser deshonrosa y las mujeres, sin excepción dueñas de sus vidas y destinos,  entraban en capacidad para atender a sus hijos, incluso aquellas que los asumían como madres solteras.  Bastaron entonces unas pocas casas para acoger a niños sin amparo filial.  Ignora quien esto escribe qué pasó con aquel Hogar Granma ni cómo ni cuándo desapareció. El edificio de la Beneficencia fue demolido y se empezó la construcción del Banco. Un día esa obra se paralizó cuando ya se habían construido inmensas bóvedas para guardar los caudales de la nación.  Y sobre lo hecho para la instalación bancaria se edificó el Hospital Ameijeiras.

           

             

La renuncia que no fue

La renuncia que no fue

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Adán

 

Este es un hecho poco conocido. A comienzos del invierno de 1932, el dictador Gerardo Machado quiso presentar su renuncia. Quizás fuese solo de mentiritas. Pero  su dimisión la tenía guardada desde meses antes Orestes Ferrara, secretario de Estado (canciller)  del gobierno machadista.

EL CHACAL DE ORIENTE

Tras el atentado que costó la vida al capitán Miguel Calvo,  el dictador designó al comandante Arsenio Ortiz  para sustituirlo en la jefatura de la Sección de Expertos de la Policía Nacional. A Ortiz se le conocía como El chacal de Oriente,  era tristemente célebre por sus instintos sanguinarios y gobiernos anteriores al de Machado lo habían utilizado para ejecutar actos de violencia extrema. Cuando el decreto con el nombramiento de Ortiz estaba a punto ya de ser llevado a La Gaceta Oficial para su publicación, lo que lo hubiera hecho efectivo, Ferrara logró que Machado variara de opinión. No ocuparía Ortiz la jefatura de los expertos, pero sus métodos de represión ganaron  cuerpo en los institutos armados, y tanto el general Alberto Herrera, jefe del Ejército, como el brigadier Antonio Ainciart, de la Policía Nacional, Trujillo, de la Secreta,  y Alfonso Fors, de la Policía Judicial se mostraban partidarios de enfrentar a la oposición a sangre y fuego. Dice Ferrara que Machado los llamó a la moderación porque “era preciso no inspirar miedo a los ciudadanos pacíficos ni tampoco atropellar a los detenidos”.  Pero los jefes citados amenazaron al dictador con la renuncia colectiva si no los dejaba actuar a su antojo. A su juicio, si no se reprimía con energía a la oposición,  el sentimiento antimachadista  terminaría por permear a las mismas fuerzas públicas.

            “Lo peor es que tienen razón”, dijo Machado a Ferrara una mañana en la que conversaban en el despacho privado del presidente de la República, en el tercer piso del Palacio. Fue entonces que el astuto italiano le recomendó que evitara cargar con la responsabilidad de lo que pasaría y presentase la renuncia. El dictador  redactó de puño y letra su dimisión y confió el documento a su interlocutor para que lo presentara en el momento oportuno. Corría el mes de julio de 1932.

ATENTADO A VÁZQUEZ BELLO

            Pasaron los días. El 27 septiembre, fue ajusticiado  Clemente Vázquez Bello, presidente del Senado, en el Gran Bulevar del Country Club,  por un comando revolucionario que encabezaba Pío Álvarez –quien también había ultimado al capitán Calvo.

            Ese día, como siempre, Ferrara almorzaba  en la casa de su cuñado, el coronel Aguirre, cuando le avisaron de la muerte Vázquez Bello. Su cadáver estaba en el hospital de Marianao. Corrió a verlo.  Todos los allí reunidos hablaban de venganza y dos o tres jóvenes se empapaban las manos en la sangre del muerto y se las restregaban hasta que el líquido se secaba en ellas.

            Salió de allí con una triste impresión y se dirigió al Palacio Presidencial. Machado estaba en cama, enfermo y terriblemente deprimido por la noticia pues tenía  a Vázquez Bello (“Mi inseparable”, le decía)  como a un hijo. Sonó el teléfono. Querían comunicar al dictador una noticia que ya él sabía: el asesinato del doctor Miguel Ángel Aguiar y de los hermanos Gonzalo, Guillermo y Leopoldo Freyre de Andrade, todos antimachadistas.  Machado ordenó que llamasen a los jefes de la Policía y Ferrara recordó a aquellos jóvenes que se embarraban las manos con la sangre del presidente del Senado. Aunque terminaría  por convencerse de que la Policía era  responsable  de aquellas víctimas, en un primer momento pensó que solo había tolerado los asesinatos. Lo que ya era bastante.  Por eso increpó durante al brigadier Ainciart cuando hizo acto de presencia en la habitación del presidente y rogó a este que dispusiera que el Ejército ocupara La Habana a fin de evitar desmanes mayores.

EL MUERTO ES PÍO ÁLVAREZ

Ángel (Pío) Álvarez fue uno de los más corajudos combatientes contra Machado. Estudiante de Ingeniería y miembro del Directorio Estudiantil Universitario, preparó asimismo un atentado –frustrado- contra Arsenio Ortiz y tuvo entre sus más caros anhelos el ajusticiamiento del propio Machado. Precisamente con la muerte de Vázquez Bello perseguía ese objetivo. Se daba por seguro  que el dictador acudiría a su entierro en el cementerio de Colón, donde se le inhumaría presumiblemente en el panteón de su suegro, y se procedió a dinamitar dicha tumba para hacerla explotar durante el sepelio. Pero Vázquez Bello fue enterrado en Santa Clara.

            La persecución contra Pío fue a partir de ahí de tal magnitud que en diciembre de 1932 se decidió su salida de Cuba. Con el nombre de Ángel Hernández abandonaría la Isla en avión el 3 de enero de 1933. A última hora, sin embargo, cambió de idea, y al día siguiente, el 4, lo detuvieron en la casa de la familia Cuervo Rubio, en 21 y O, en el Vedado, donde el combatiente se escondía. Los expertos de Machado actuaron al seguro, aunque hasta ahora ha sido imposible saber, dice el historiador Newton Briones Montoto, como conocieron su paradero y que aquel joven que se hacía llamar Doctor Hernández era realmente Pío Álvarez. “Cinco mil pesos de recompensa se ofrecían por su captura. Tal una estampa del lejano oeste norteamericano”, precisaba el periodista Enrique de la Osa.

            Lo torturaron salvajemente, pero Pío no dijo una sola palabra que comprometiera a sus compañeros. Inconsciente lo sacaron de su celda y lo condujeron, en automóvil, al reparto Santo Suárez. En la calle General Lee, casi a boca tocante, le dieron un tiro en la cabeza y arrojaron su cuerpo fuera del vehículo en marcha. Otro coche, también de los expertos, que avanzaba detrás, lo recogió. Pío todavía estaba vivo. Lo llevaron a la Casa de Socorros de Jesús del Monte. El médico de guardia quiso auxiliarlo, ponerle al menos una inyección para calmar su sufrimiento, pero los expertos lo impidieron. De allí lo trasladaron al Hospital de Emergencias y lo arrojaron como un fardo al pavimento. Murió dos horas después en medio de una terrible agonía.

            Tras la detención, amigos íntimos de Pío hicieron gestiones para salvarlo de la muerte. Apelaron incluso a Harry Guggenheim, embajador de Estados Unidos, y este, actuando por primera vez en favor de un detenido político, pidió garantías para su vida al canciller Orestes Ferrara. “No pasará nada”, contestó el ministro. Cuando se supo la noticia de la muerte de Pío, el diplomático se sintió obligado a pedir explicaciones. La respuesta de Ferrara fue desvergonzada y cínica: “Usted pidió garantías para el doctor Hernández, y el muerto es Pío Álvarez”.

SON DE OTRAS CAMPANAS

Tras la muerte de Vázquez Bello y los asesinatos que le siguieron,  Ferrara aconsejó  a Machado  que aprovechara la agitación que reinaba en el país para hacer un llamado a la concordia y declarara  su poco interés en seguir al frente del gobierno.

            -Yo tengo el deber de escuchar también el son de otras campañas –replicó el dictador a su ministro. Y este, puesto entre la espada y la pared, se vio sin otra alternativa que la de ofrecer su dimisión al presidente. Machado no se la aceptó.

            -Has interpretado mal mis palabras. Muy pronto te autorizaré a presentar la renuncia que tienes en tu poder. Pero yo conozco a mis paisanos mejor que tú. Si en esta hora trágica levanto bandera de parlamento, me considerarían vencido y saldría cadáver de este Palacio.

            Llegó así el invierno de 1932. Una tarde, al subir al tercer piso, Ferrara encontró a Machado desplomado en un banco de mármol. Él, siempre tan enérgico y vivaz, estaba como perdido, dominado por una indecisión enorme. Pasaba las horas entre el sí y el no; entre si dimitía o se quedaba.

            Se franqueó con Ferrara. Comentó que estaba harto y ambos convinieron en que se imponía actuar de inmediato. Machado dijo que saldría de Cuba, al menos por un tiempo, y que Ferrara podía sustituirlo de manera interina. El italiano se horrorizó. No podía aceptar el ofrecimiento: la Constitución no lo permitía ni él lo quería tampoco. Comentó que de hacerse público que el dictador lo  pensaba   como su sustituto, toda la saña de la oposición también lo alcanzaría, e igual aversión provocaría el anuncio entre los aspirantes a la presidencia y en las directivas de los partidos políticos que todavía apoyaban al dictador.

            -Tienes razón –repuso Machado. Publica mi renuncia y que se arreglen ellos.

            Ferrara abandonó el Palacio con la creencia de que todo estaba resuelto. Llamó a Juan Gualberto Gómez y le dejó comprender el éxito alcanzado. Le rogó que guardara silencio ya que aún debían precisarse los detalles y eso ocurriría cuando se reuniera con Machado en su casa de Varadero.

¿TAMBIÉN TÚ…?

Al famoso balneario llegaron el presidente y su ministro. Los acompañaban sus respectivas esposas.  Estarían solos por poco tiempo.  La noticia de la renuncia inminente se había filtrado de alguna manera y en menos de veinticuatro horas la residencia era invadida por políticos liberales y también por  la plana mayor del partido conservador,  altos jefes militares  y funcionarios de todo género alarmados por el curso de la situación. Pronto llegaron informaciones inquietantes. El coronel jefe del Distrito de Oriente no aceptaba pacto ni acuerdo alguno que excluyera a Machado, y el  de Matanzas amenazaba con la insubordinación.

            Los liberales pidieron a Machado una reunión para tratar formalmente el tema de su renuncia. Ferrara, pese a la hostilidad que se le demostraba, se sumó al grupo, dispuesto a dar la batalla por la dimisión.

            -Oye, Orestes, quiero hablar con estos amigos… ¿Puedes esperarnos?

            -No, no puedo esperarte. Y te ruego que tomes este documento –respondió y puso en manos de Machado la renuncia que meses antes el dictador le había entregado.

            Abandonó entonces el salón, llamó a su mujer, que compartía con la señora de Machado, previno al chofer y salió con destino a La Habana.  Aún antes de su llegada a la capital, Machado lo había hecho llamar dos o tres veces y dio la orden de que se comunicara con él cuanto antes. Cuando por fin conversaron le advirtió que no tomara ninguna determinación antes de que se vieran personalmente.

            Se encontraron en el Palacio Presidencial y el ministro comunicó al presidente su decisión de renunciar. No lo haría. Machado lo venció con una frase:

            -¿También tú me abandonas…?

            Lo que siguió es bien conocido. El 12 agosto de 1933 Machado, incapaz ya de frenar el empuje de la oposición y con el país paralizado por la huelga,  huyó al exterior. Orestes Ferrara lo acompañó hasta el final.

           

           

           

           

           

           

           

Dos habaneras de ayer

Dos habaneras de ayer

Ciro Bianchi Ross

 

¿Qué tal si le digo que María Teresa Montalvo y O’Farrill, Condesa de San Juan de Jaruco por más señas, una ilustre habanera, viuda y con cuatro hijos, pero todavía joven, apetecible y perfectamente encamable, fue amante del rey José I, aquel “Pepe Botella” elevado al trono de España por obra y gracia de su tierno hermano Napoleón? ¿Y que su hija María de las Mercedes Santa Cruz y Montalvo, la muy célebre Condesa de Merlin, lo fue a su vez de Jerónimo Bonaparte, sobrino del Emperador?

            ¿Verdad o mentira? ¿Rumores alentados por la envidia o la malquerencia? No se sabe. Al menos, es lo que se dice. Chismes de la historia. Pero lo cierto es ambas dieron pábulo a los comentarios. Lady Holland, en su libro Mi viaje a España, retrata a la Condesa de Jaruco como una “hermosa habanera, en extremo voluptuosa, que vive entregada por completo a la pasión del amor”, en tanto que en un panfleto político de la época se la tacha de “disoluta y escandalosa”. Y en cuanto a la hija, sus biógrafos, siempre ansiosos de hurgar en las sábanas sucias, sobre todo por tratarse de las de una mujer, le atribuyen unos cuantos romances, entre ellos el del Príncipe Jerónimo, sin que a la vuelta del tiempo podamos saber ya cuáles fueron platónicos y cuáles aristotélicos.

UN CONDE ILUSO

La Condesa de Jaruco es figura principal de aquel Madrid de Carlos IV, primero,  y luego de José Bonaparte. Su tío Gonzalo O’Farrill ocupa importantes cargos en la corte del rey Borbón y será ministro de Hacienda del rey francés. En su  palacio de la calle madrileña de Clavel, donde habita María Teresa, son visitas frecuentes los poetas Quintana y Moratín y también un pintor que responde al nombre de Francisco de Goya, personajes que agradan a la Condesa tanto como exasperan a su marido, que prefiere recibir en sus predios a don Manuel Godoy, elevado a la condición de superministro y exaltado como Príncipe de la Paz gracias a los favores íntimos que tributa a la fea y desdentada reina María Luisa y a la paciente tolerancia del simple de Carlos IV.

            Porque don Joaquín de Santa Cruz y Cárdenas, tercer Conde de San Juan de Jaruco y primer Conde de Mopox, no se anda por las ramas. No en balde fue en su tiempo (1769-1807) el hombre más rico de Cuba. Pero es iluso y poco práctico. Sueña con grandes empresas y casi todas fracasan; pese a que carece de escrúpulos, su capital decrece y las deudas aumentan. Cuando fallece, lega a su hijo la, para la época, inmensa fortuna de nueve millones de pesos, condicionada por una deuda de siete millones que en el testamento le obliga a honrar.

            Don Joaquín ha sido designado en Madrid gentilhombre de cámara de Carlos IV y lo hacen Caballero de la Orden de Calatrava hasta que, un día de 1795, gracias a su amistad con Godoy y al empuje del habanero Francisco Arango y Parreño, el llamado “estadista sin Estado”, eminencia gris de la sacarocracia criolla, lo nombran subinspector general de las tropas españolas en Cuba y presidente de una comisión que elaboraría planes, casi todos ideados por el propio Conde, para la transformación económica de la Isla.

            Esos cargos le obligan a trasladarse a Cuba una y otra vez y a medida que el Conde se aleja de Madrid crecen los rumores malignos acerca de la conducta de su esposa. Cierto es que llevan ya muchos años de matrimonio; se casaron cuando él tenía quince  y ella, doce. En uno de esos viajes, enfermo de hidropesía como estaba, lo sorprende la muerte en La Habana, pero ya había llevado a España a la hija mayor, María de las Mercedes, que quedó aquí al cuidado de una bisabuela y después como pupila en el convento de Santa Clara, de donde, con diez u once años y con la ayuda de una monja, logró fugarse para no volver jamás.

LA BELLA CUBANA

 

Es muy linda María de las Mercedes, aunque no nos lo parezca ahora en los retratos. Ya se sabe que el concepto de lo bello muta con el tiempo. Ella misma, en su libro Mis doce primeros años (1832) dice que a los once ya había llegado a todo su tamaño y si bien muy delgada, estaba tan formada como cualquier muchacha de diez y ocho. Precisa:

            “Mi color de criolla, mis ojos negros y animados, mi pelo tan largo que costaba trabajo sujetarlo, me daban cierto aspecto salvaje, que se hallaba en relación con mis disposiciones morales… Viva y apasionada en exceso, no vislumbraba la necesidad de reprimir mis emociones y mucho menos de ocultarlas”.

            Apenas tiene trece años cuando llega a Madrid y la aristocracia española le rinde pleitesía. La asedian militares, políticos, escritores… Goya, un día, ve sus pinturas y, más que en los cuadros, repara en el destino de la adolescente. Le dice: “Como pintora no alcanzarás la gloria, pero llegarás lejos como mujer”.

            Los acontecimientos políticos de precipitan. Napoleón, que quiere engullirse a toda Europa, invade a España. Carlos IV abdica y lo obligan a trasladarse a Francia, y Godoy es puesto preso, mientras que el pueblo español se alza en armas contra el extranjero y no cesará en su lucha hasta expulsarlo. Los nobles se acobardan; muchos huyen, otros se quedan y, pasado el desconcierto inicial, buscan acomodo al lado de los franceses. Entre ellos están Gonzalo O’Farrill, tío de la Condesa de Jaruco, y la propia Condesa que, se dice, encontrará entonces consuelo a su viudez en los brazos del rey usurpador José I.

            Fue una mala jugada. Cuando los Borbones recuperan el trono en la persona del nefasto Fernando VII, hijo de Carlos y María Luisa, ya la Condesa de Jaruco había muerto, pero el tío padecerá el exilio y la fortuna familiar será confiscada.

            Para entonces María de las Mercedes está casada con Antonio Cristóbal Merlin, un general francés que recibe en España el título de Conde. Cuando contraen matrimonio, ella tiene veinte años de edad y él, cuarenta. No se piense, sin embargo, en una  relación de conveniencia, por muy buen partido que el General pudiera ser en el país ocupado. Las cartas que le remite cuando él parte a la conquista de Andalucía evidencian a una mujer enamorada. Son, dice el profesor Salvador Bueno, misivas “escritas con cierta ingenuidad a veces, y otras con palabras apasionadas y referencias francamente eróticas”. Muy distintas a las que escribiría a Philaréte Chasles, un amante de pacotilla, literato e historiador fracasado, que se aprovecha del amor de la Condesa ya viuda y en un etapa en que la belleza de la Merlin necesitaba de urgente chapistería y su economía se resquebrajaba.

EL DERRUMBE

 

También debe salir de España la Condesa de Merlin ante la caída de José I. Y le tocará asistir, años después en París, al derrumbe de Napoleón. Aunque excluido de la nueva corte que encabeza otro Borbón, Luis XVIII, el matrimonio, que tiene tres hijos, mantiene una posición y su residencia es visitada por muchos famosos. Con María de las Mercedes alternan Víctor Hugo y Lamartine,  Musset y Rossini, María Malibrán, la celebérrima cantante, y Domingo del Monte y José Antonio Saco, sus compatriotas, en reuniones en que la Condesa deja escuchar su bella voz de soprano.

            Ese mundo empieza a resquebrajarse con la muerte de Antonio Merlin, en 1839. Viaja la Condesa a Cuba y acopia datos para su obra más conocida, La Havane,  que escribe por encargo de los hacendados esclavistas,  que le retribuyen muy bien el servicio. Aparecerá también en español, abreviado y con prólogo de Gertrudis Gómez de Avellaneda, bajo el título de Viaje a La Habana. En 1845 vuelve a España. Quiere recuperar lo que los Borbones confiscaron a los suyos. “Nunca pedigüeña  fue tan bien atendida”, escribe, pero nada logra, se a con las manos vacías.

            Y sobreviene el final. Rodeada de sus hijos y olvidada por los que tanto la halagaron y brillaron en sus salones, ve llegar la muerte con resignación extraordinaria, el 31 de marzo de 1852, a los sesenta y tres años de edad. Un pequeño cortejo siguió sus restos hasta el cementerio parisino de Pére-Lachaise. Muchos años después, Domingo Figarola-Caneda, su más acucioso biógrafo, logró localizar su tumba. Estaba cubierta por la hierba y no había en ella un epitafio que recordase a esta bella cubana, apasionada en exceso y que jamás se cuidó mucho de reprimir sus sentimientos y emociones.

  

La guayabera (I)

La guayabera (I)

Ciro Bianchi Ross

 

 

Esta semana me fui a Sancti Spíritus. A trabajar, que es para lo único que me invitan. Sucede que la Dirección Provincial de Cultura de ese territorio comenzó a organizar a partir de este mes Los días de la guayabera, proyecto de reanimación cultural que pretende revitalizar esa prenda típica como nexo indiscutible de la ciudad con el resto de Cuba y el Caribe. Quieren sus organizadores que esas jornadas  desemboquen en la Fiesta de la Guayabera, celebración que identificará a la provincia, potenciará nuevas formas de expresión para sus artistas y escritores y procurará la sistematicidad de su vida cultural al proponer acciones también en  áreas y grupos desfavorecidos socialmente. Excelente idea que debe contar con el concurso de instituciones y personalidades, tanto locales como de la nación.

LA LEYENDA

¿Y por qué ese interés de los espirituanos en la guayabera?  ¿Nació la guayabera en Sancti Spíritus? En verdad, no hay documentación que avale su nacimiento en tierras del Yayabo. Pero justo es decir enseguida que no existe tampoco documentación en sentido contrario y que ninguna otra región cubana ha discutido a Sancti Spíritus la paternidad de la prenda.  La primitiva yayabera se extendió por las provincias vecinas, y fue trochana en Ciego de Ávila y camagüeyana, en Camagüey sin perder el cuño que le imprimieron los espirituanos.

            Se dice que en 1709 arribó a la villa del Yayabo un matrimonio conformado por los andaluces José Pérez Rodríguez y Encarnación Núñez García. José era alfarero y  a los tres meses de su llegada  había construido ya una nave de madera para su taller. Se dice asimismo que un buen día el matrimonio recibió una pieza de tela de lino o hilo que mandaron a buscar o les remitieron sus familiares desde España  y que José pidió a Encarnación que le confeccionase con ella camisas  sueltas, de mangas largas, para usar por fuera del pantalón  y con bolsillos grandes a fin de llevar en ellos la fuma y otros efectos personales. La mujer acometió el encargo y a los pocos meses aquellas camisas se popularizaron en la comarca.

Este suceso tiene varios detractores. Aseguran que en dicha fecha las disposiciones de la Real Compañía de Comercio que regían  entre la metrópoli y la colonia, prohibían tales envíos y que, por otra parte, tampoco había comunicación entre España y Sancti Spíritus. Esa prohibición resulta a la larga poco significativa, a mi juicio,  pues los andaluces pudieron  haber obtenido su paquete de tela por la vía del contrabando o comercio de rescate tan en boga entonces.

 Es inconcebible que un hecho meramente doméstico como la confección de una o varias camisas quedara registrado en la historia, y con tanto lujo de detalles: fecha, nombre de los protagonistas, diseño de la ropa… como para que los historiadores del futuro pudieran proclamar, sin sombra de duda, que ahí nació la guayabera. La historia de José y Encarnación es tan perfecta que no deja más alternativa que la de dudar de su veracidad. Pero marca el inicio de la leyenda de la guayabera o fija la entrada de la guayabera en la leyenda.

Nuestros guajiros del siglo XIX no la usaron. La literatura de la época los describe cubiertos con camisas azules o “de listado”, que usaban generalmente por fuera del pantalón. Constantes de su ajuar cotidiano  eran el sombrero de yarey, el machete al cinto,  los zapatos de vaqueta y un pañuelito atado al cuello para enjugar el sudor,  mientras que reservaban el mejor atuendo  para las salidas  al pueblo y a la valla de gallos. Esteban Pichardo no recoge la palabra guayabera  en su Diccionario provincial casi razonado de voces cubanas, que alcanza, en vida del autor, su cuarta edición en 1875, y hasta donde sé tampoco lo hace Manuel Martínez Moles en su vocabulario del espirituano. Aparecerá, sí, en Leonela, novela de Nicolás Heredia publicada en 1893, pero que cuenta una historia anterior al estallido, en 1868, de la Guerra de los Diez Años. En ella, don Cosme, un hacendado ganadero y maderero, llega a su casa de la ciudad procedente de la finca, donde pasa la mayor parte del tiempo, y se quita la guayabera, dice el narrador,  como si se quitara el pellejo para someterse por unos días a la vida ciudadana. Desconozco si hay en la literatura menciones a la guayabera anteriores a esta de Heredia, pero es la más antigua que logré localizar, y que nos dice que no era en ese tiempo  camisa de ciudad, pero tampoco de campesino pobre.

NO VA A LA GUERRA

Para este, lo usual en ese entonces era la chamarreta, que era asimismo una prenda con faldillas y mangas estrechas. Y es la chamarreta y no la guayabera la que se fue a la manigua. En la Guerra Grande,  el Ejército Libertador careció de uniforme. El mambí se vestía como podía, con las ropas de la ciudad o del campo a su alcance.  A Honorato del Castillo lo representan en combate con la camisa hecha jirones, y se habla de Serafín Sánchez y Carlos Roloff con la camisa dentro del pantalón. Ya en el 95, Martí alude a la chamarreta en su Diario.  Charito Bolaños cosió para los libertadores  durante toda la Guerra de Independencia. Los generales Alberto Nodarse, Mayía Rodríguez y García Menocal se vestían con lo que salía de sus manos. Jamás remitió una guayabera a la manigua, solo chamarretas.   María Elena Molinet, hija de un general de la Independencia, investigó este asunto desde dentro pues fue la directora de vestuario de películas como Baraguá y La primera carga al machete, y acopió más de 120 fotos de mambises en la manigua. Ninguno viste de guayabera. Manuel Serafín Pichardo escribió a comienzos de la República el soneto “Soy cubano”,  que gozó de una popularidad enorme y que todavía en los años 50 se incluía en los libros de Lectura de nuestra enseñanza primaria. Dice en su estrofa inicial: “Visto calzón de dril y chamarreta / que con el cinto del machete entallo. / En la guerra volaba mi caballo / al sentir mi zapato de vaqueta”.

A PARTIR DE LA CAMISA

Desciende de la camisa, la prenda de vestir más antigua que se conoce. Un tubo más o menos ancho con cuatro aberturas: una, para la cabeza; otra, para la parte baja del torso, y dos para los brazos. La camisa evolucionó desde la Edad Media. Se confeccionó de algodón, de hilo, de seda. Fue más ancha o más estrecha. Con adornos. Sin adornos. Una prenda interior. Unisex. Con los años perdió los puños y el escote y se hizo prenda exterior, protegida o no  por  levitas, sacos y chaquetas. En Cuba, los más humildes usaron la camisa hecha de algodón basto.

“¿Cuándo esa camisa se transformó en guayabera? ¿Cuándo y quién empezó a coser pliegues en las camisas hasta convertirlos en alforzas, reforzó el borde y las aberturas inferiores, hizo los primeros picos al canesú del frente y al de la espalda? El nacimiento de la guayabera no es obra de una sola persona y todavía falta por determinar a partir de qué momento se convirtió en prenda elegante, fresca, blanca, muy bien almidonada y planchada, que se podía llevar sin corbata”, escribía, en la revista Sol y Son, María Elena Molinet.  

Resulta muy difícil enmarcar el surgimiento y evolución de la ropa popular tradicional. Tanto,  que en 1948, Herminia del Portal de Novás Calvo, al consumir su turno en un ciclo de conferencias sobre el uso y el abuso de la guayabera, convocado por la sociedad  Lyceum, del Vedado,  aseguró que buena parte de la historia de esa prenda había transcurrido ante sus ojos  y  los de los otros disertantes y que ninguno tenía memoria ni podía dar fe de ella. 

 El testimonio gráfico más remoto que de la guayabera  llega a nosotros data de 1906. Pero la palabra guayabera, como cubanismo, no se  legitima  hasta 1921, cuando Constantito Suárez la incluye en su Vocabulario cubano. . El autor, a quien apodaban El Españolito, la describe como una “especie de camisa de hombre, con bolsillos en la pechera y en los costados, muy adornada con pliegues y lorzas  de la misma tela, que se usa sin chaqueta y con las faldas por fuera, por encima del pantalón, al exterior”. Añade Constantino Suárez: “Es una prenda de vestir, muy generalizada y típica, del campesino cubano”.

PRENDA NACIONAL

 

Ya para esa fecha la guayabera no era la misma  que lucía don Cosme en Leonela. De la chamarreta y la camisa campesina surge, en la década del 1920,  la guayabera clásica, que terminaría imponiéndose, después de 1940,  como prenda nacional.  Habrá que precisar cuánto debe esa guayabera a sastres, camiseros y costureras de Sancti Spíritus y Zaza del Medio.

La guayabera, en su nueva versión, ganó pronto las ciudades del interior, pero no le fue fácil conquistar  La Habana. Referencias a ella en la capital  aparecen a cuentagotas, y no siempre son de fácil comprobación.  Se dice que fue el mayor general José Miguel Gómez, espirituano por añadidura, quien la trajo. Otros aseguran que, más que traerla, lo que hizo fue enseñar a otros políticos a usarla en sus giras por el interior. El presidente Zayas, cuando los Veteranos y Patriotas se alzaron en Cienfuegos, en 1924, se despojó del saco y la corbata, se cubrió con una fresca guayabera y salió a discutir con los amotinados. Le bastó una libreta de cheques para convencerlos de que depusieran su beligerancia. En 1926, Jorge Mañach publica sus Estampas de San Cristóbal; en una de sus páginas tres campesinos se estiran las mangas de sus estrujadas guayaberas antes de fotografiarse.  Machado, en guayabera y con un fusil en la mano, se aprestó a la defensa del Palacio Presidencial cuando supo de la insubordinación del batallón número 1 de Artillería, el 11 de agosto de 1933.  En esa época, se dice, la guayabera fue el uniforme de la Policía Judicial y de la Porra. No hemos podido comprobar esa afirmación. De todas formas, su uso era tan limitado que puede casi calificarse de nulo. No se ve a nadie vistiéndola en el cine ni en las fotos de prensa de la época y Abela no vistió al Bobo de guayabera, sino de traje.    

Escribe el poeta Nicolás Guillén: “Después de la caída de Machado las costumbres cubanas experimentaron cierta modificación, al menos en sus signos exteriores. A los generales de la Guerra de Independencia, muchos con barbas, todos con bigotes, sucedió una generación lampiña y expeditiva que se corrompió rápidamente […]  y que hizo tabla rasa de muchos hábitos populares heredados del siglo XIX. Los sargentos ascendieron a coroneles, los soldados se paseaban por las calles vestidos de oficiales, el pueblo colgó el saco, tiró el sombrero, desanudó la corbata, se alivió, en fin, de aquella vestimenta traída de un clima que no es nuestro, y la cual era considerada hasta entonces sine qua non”.

Todavía en 1941 se exigía el saco o la chaqueta para  acceder a la platea de un cine de barrio; no así a la llamada tertulia. Una noche de ese año un juez de apellido Alfonso, que era amigo o conocido de mi padre y a quien yo también conocí de niño, sacó su entrada para  la platea del cine San Francisco, en Lawton. El portero le impidió la entrada porque el juez  vestía  una elegante guayabera de manga larga. Alfonso reclamó su derecho porque esa camisa, enfatizó, era la prenda nacional. De momento, perdió la batalla, pero ganó la guerra y a partir de ahí pudo entrarse a los cines también en guayabera.

Con eso de prenda nacional tocamos un extremo que nadie ha esclarecido con la fundamentación necesaria. ¿En qué momento  recibe  la guayabera dicho título? ¿Quién se lo otorga? Lo veremos el próximo domingo.