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Curiosidad y lucidez de Graziella Pogolotti

Curiosidad y lucidez de Graziella Pogolotti

Ciro Bianchi Ross

 

Todos le llaman,  con cariño y respeto,  la doctora. Tiene una memoria prodigiosa y su lucidez es implacable. Lleva la frase oportuna a flor de labios y en una discusión aplaca los ánimos o reaviva el debate y luce la rara virtud de poner de acuerdo, con sabiduría y moderación,  a todos los interlocutores. Después de desempeñar durante diez años una de las vicepresidencias de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, tuvo la elegancia de apartarse cuando casi por unanimidad se insistía en que su nombre figurara de nuevo en las boletas electorales. Su libro inicial, Examen de conciencia (1965) confirmó la solidez de su información, la seriedad de su pensamiento y la responsabilidad de sus juicios. El más reciente, El ojo de Alejo (2007) propone una travesía ininterrumpida por la obra del autor de El siglo de las luces y propicia otras miradas a la creación carpenteriana, incluidos su periodismo y su ensayística. Por el conjunto de su obra, Graziella Pogolotti mereció en el 2005 el Premio Nacional de Literatura, y en esa misma fecha se hizo acreedora del Premio Nacional de la Enseñanza Artística, que reconoció su magisterio de toda la vida.

-En circunstancias diferentes, Fernando Ortiz y José Lezama Lima me recomendaron concentrarme en un área delimitada de estudios. De haber seguido ese consejo, tendría una obra más extensa. La curiosidad insaciable me ha impedido hacerlo. Asumí de buen grado las tareas sucesivas impuestas por las circunstancias. Me gusta establecer relaciones entre las distintas áreas del saber. Sin desdeñar la indispensable investigación erudita, la especialización excesiva me aterra –dice.

Nació en París, en 1932. La bella época quedaba cada vez más atrás y la palabra guerra comenzaba a cobrar un matiz real.  La pequeña Graziella andaba también con su máscara antigás en bandolera. Un día, en compañía de sus padres, cruza a pie la frontera con Italia. La familia prepara el viaje a América y lo hará en un barco lleno de emigrantes despavoridos. El arco reverberante del Malecón le anuncia que ha llegado a un mundo nuevo, y, enseguida, la bulla, el pregón de los vendedores ambulantes, la música y  las voces de la radio que atraviesan paredes y las conversaciones de balcón a balcón entre vecinas… un mar de voces sin palabras reconocibles para la niña, le confirman que está en La Habana. Al comienzo reprochará a sus padres el haberla sacado de su mundo europeo, pero con el tiempo el refugio se convierte en destino y, llegado el momento, renuncia a optar a la ciudadanía a la que tenía derecho por nacimiento. En 1952 se diplomará en Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana y matriculará y concluirá los estudios de Periodismo. En 1959 es ya una de las jóvenes profesoras de la alta casa de estudios de donde egresara.

Su padre, el gran pintor cubano Marcelo Pogolotti, “autoritario, exuberante y conversador”, despertó en ella el espíritu crítico; la enseñó a pensar. La madre, una rusa que terminaría sus días como profesora de su idioma en la universidad habanera, la influyó sobre todo en el plano de los sentimientos, empeñada siempre en desentrañar el lado bueno de cada cual. Con su padre deberá Graziella, todavía niña,  hacer funciones de lazarillo; le describe situaciones, personas y obras de arte a fin de suplir con la palabra su carencia de visión. Eso le permitiría afinar su capacidad de observación y comienza a ver el mundo como un espectáculo. “Con semejante entrenamiento, dice, creció en mí una curiosidad ilimitada, de la que no he podido curarme”.

La desgracia la golpearía también a ella. A mediados de los 60 comienza a tener dificultades para leer,  resultan fallidas las intervenciones quirúrgicas a las que se somete y pierde visión progresivamente hasta que queda privada de ella de manera definitiva. Esa circunstancia adversa no la enajena de la vida. Aun así se va a las montañas del centro de la Isla cuando el grupo Escambray, dirigido entonces por el actor Sergio Corrieri, acometía su experiencia de teatro “nuevo”. La docencia la acostumbró a la expresión oral y el concurso generoso de varios colaboradores le permite “leer” y estar al día, asistir a exposiciones y actos culturales. “Lo importante es mantener nítidas las ideas centrales para que las palabras penetren a través de los intersticios”, afirma.  

Esas ideas centrales quedan en títulos como El camino de los maestros, El dulce oficio de leer y  Experiencia de la crítica, así como en sendas monografías sobre los pintores Portocarrero, Lam y Carlos Enríquez. Otra obra suya, Polémicas culturales de los 60, resulta fundamental para el estudio de esa década en Cuba. Ahora Graziella Pogolotti escribe sus memorias. Y lo hace en su vieja tipiadora de siempre porque no acaba de ponerse de acuerdo con las computadoras.

 

 

 

 

Rita

Rita

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Yo no había cumplido aún  los diez años de edad, pero recuerdo detalles de la muerte de Rita Montaner, el 17 de abril de 1958. Una ola de dolor recorrió el país de extremo a extremo y todos los canales de la televisión nacional, incluido el espacio de Gaspar Pumarejo, a quien Goar Mestre, por viejas rencillas, quiso excluir del duelo, suspendieron sus programaciones habituales para rendir tributo a la artista todavía insepulta.  El deceso se vio precedido de las noticias acerca de su enfermedad y la intervención quirúrgica a la que la sometieron para prolongarle la vida, y por aquella dramática colecta con la que, bajo el lema de “Un centavo para Rita”, quiso el pueblo cubano sufragarle el tratamiento médico. En el Hospital Curie, actual Instituto de Oncología, y con el pañuelo de cáncer ya en el cuello, la revista Bohemia le había hecho un reportaje gráfico y ella, herida de muerte,  intentó sonreír para  aquellas fotos. Todo había transcurrido demasiado rápido. Apenas tenía 58 años. Poco antes, quedó sin voz  durante una representación teatral y  gracias a los remedios que le aplicaron sus compañeros  pudo volver a escena y concluir la puesta. Cosas de la vida… Treinta años antes, a fines de los  20, en el Palace, de París,  tocó a Rita suplir a Raquel Meller, aquejada de una rara e  inesperada afonía. Nació con un lunar en la frente como un designio que nadie, en su momento, se atrevió a descifrar. Y a lo largo de su vida, dice Miguel Barnet, un diablito de candela rondó siempre a su espalda. Un diablito que terminaría por jugarle una mala pasada.

            En opinión del compositor Ernesto Lecuona, Rita Montaner fue “el arte en forma de mujer”;  sus cualidades vocales eran excepcionales y fue además una pianista de línea. Concluía el autor de Siboney: “Anunciarla era tener el teatro lleno por anticipado”. El poeta Nicolás Guillén la vio como una pequeña y gran mujer, cuya piel dorada era símbolo de las dos razas que crepitaban en su corazón y le salían a los labios en un mismo hálito de fuego. Para Alejo Carpentier, que siguió sus éxitos en París, Rita creó un estilo. “Nos grita, a voz abierta, con un formidable sentido del ritmo, canciones arrabaleras, escritas por un Simons o un Grenet, que saben, según los casos, a patio de solar,  batey de ingenio, puesto de chinos, fiesta ñáñiga y pirulí premiado… ¡Cuando se ven las cosas desde el extranjero, se comprende más que nunca el valor de ese tesoro popular!”  Barnet es definitivo en su valoración. “Como la ola trabaja en el arrecife, así Rita pule la expresión nacional, con una gesticulación propia y una forma de cantar”. Recuerda Barnet a Lezama Lima cuando advertía dos corrientes de riqueza en el caudal del saber cubano: una, en la poesía de la sacralidad que culmina en Martí, y la otra en la sabiduría del taita, el esclavo negro llegado a la ancianidad. “Esa irradiación, ese instante de luz, tiene un poderoso destello en el arte interpretativo, agrega Barnet. Y ese es el que alcanzó con sus gajos de yerbas y sus enaguas bordadas Rita Montaner”.

LA ÚNICA

En lo que hoy puede considerarse el primer gran boom internacional de la música popular cubana, tuvo ella un papel destacadísimo, como lo tuvieron, entre otros,  los compositores Moisés Simons y Eliseo Grenet y el malogrado cantante Fernando Collazo. Impusieron el son en Montmartre y en el Barrio Latino, de París, y abrieron las puertas a la rumba y  al jazz cubano, y, por tanto, los universalizaron.  “No puede negarse la influencia decisiva que tuvo, el año pasado, la actuación de Rita Montaner en esta invasión de aires tropicales. Rita Montaner en los dominios de lo afrocubano resulta insuperable”, escribía Carpentier en una crónica fechada en París, en 1929.  Mamá Inés, interpretado por la cubana,  estallaba cada noche en los feudos de Raquel Meller con una elocuencia que convencía a los más tibios.

            Precisaba el autor de El siglo de las luces: “El público pide Mamá Inés, y los ingleses y franceses lo bailan o hacen esfuerzos por bailarlo. La movilidad y el dinamismo de esa música vencen  todos los escrúpulos. Muchachas oxigenadas, que nunca salieron de París, cobran ínfulas tropicales y exigen el bis a gritos. Los archiduques rusos pierden sus monóculos. Los yankys gritan ‘¡Oh, wonderful!’. Las pálidas hijas de Albión olvidan por un instante sus poses prerrafaelistas al enterarse del sortilegio sonoro que viene de las Antillas… Nuestras batas gráciles suben al escenario del music hall. Los franceses empiezan a tener una vaga noción de nuestra situación geográfica, y se enteran de que La Habana produce algo más que falsos [tabacos] Coronas a dos francos”.

            Rita fue única. Tanto en París como en Nueva York, en México o en Buenos Aires,  puso muy alto “el corazón prieto y apretado de la Isla”. Le llamaron Rita de Cuba y ya en 1942 hacía rato que era conocida por el calificativo de La Única. Rita de Cuba, Rita la Única… “No hay tan adecuado modo de llamarla, si ello se quiere hacer con justicia, escribía Nicolás Guillén. De Cuba, porque su arte expresa hasta el hondón humano lo verdaderamente nuestro. La Única, pues solo ella, y nadie más, ha hecho del ‘solar’ habanero, de la calle cubana, una categoría universal”.

            En sus actuaciones buscaba la naturalidad hasta encontrar la naturalidad misma. Su espontaneidad era fruto de un largo y paciente trabajo.  Para cantar El manisero, uno de sus grandes éxitos, hizo un boceto a mano, estudió las inflexiones de la voz, dónde la voz debía ser suave y dónde, rajada y buscó en qué parte el vendedor quería enamorar a la caserita y en cuál, vender realmente su mercancía. Era genuina porque lo genuino  le venía de raíz.

            Sus admiradores recuerdan una noche de Rita en el Auditórium. En un palco cercano al escenario ocupan asientos el cardenal Manuel Arteaga y el Nuncio Apostólico en Cuba. El presentador anuncia el nombre de la artista y el lunetario cobra vida cuando la orquesta acomete los compases iniciales de El manisero. Sale ella de pronto. “Maniiií, maniiií, caserita no te acuestes a dormir…” y enfila hacia el palco de monseñor  Arteaga,  agita el cucurucho ante su cara y se lo pone casi en la boca. El purpurado aprieta los labios, se sonroja; el Nuncio lo mira y ambos se toman de las manos. Rita sigue agitando el cucurucho, ahora ante el rostro del representante del Papa. Les vuelve la espalda y, en cuclillas, mueve su generosa anatomía. La ovación es indescriptible. Los dos prelados  también aplauden. 

            Aquella artista que con su simpatía sabía meterse al público en el bolsillo, era sin embargo una mujer triste y solitaria. “Ser su amigo era una prueba de fuego en la amistad”, afirma alguien que gozó de su cercanía. Acogió en su casa a Roderico Neyra, el célebre Rodney,  cuando le diagnosticaron la lepra,  y  fue capaz de deshacerse de sus dormilonas de brillantes para sacar del apuro al empresario del teatro Martí, amenazado por los músicos con dejarle la función a medias si no les pagaba. 

            Supo ser  dúctil y respetuosa en la escena. Pero entre la gente de la farándula, Rita, deslenguada y mal geniosa,  era tan admirada como temida. De su agresividad e ironía no se libraban siquiera aquellos que pasaban como sus amigos.  En un mundo signado por una competencia atroz, defendió su lugar con uñas y dientes y fue implacable con los cronistas que le hacían críticas adversas; salía a discutirlos y los cubría con los peores epítetos. “Era tremenda cuando la acorralaban, saltaba a la yugular”, recordaba Félix B. Caignet, el autor de Frutas del Caney, Carabalí y Te odio, de las que Rita hizo verdaderas creaciones.

MEJOR QUE ME CALLE

 

Rita Aurelia Montaner Facenda nace en Guanabacoa, en 1900. Su padre es un médico distinguido de la villa, un caballero bien plantado y extremadamente amable,  y la madre, una mulata bellísima. Conforman una familia acomodada, pero no rica. La niña estudiará piano. Matricularía en el Conservatorio Peyrellade, en la Calzada de Reina número 3, y más tarde hará estudios de canto con el maestro Pablo Morales. Evidencia  una facilidad extraordinaria para la música, su técnica es inmejorable, puede leer a vuelo de pájaro una pieza musical e interpretarla al piano en primera lectura. Tiene además una voz agradable y bien timbrada. Canta a capella y no requiere de entonación previa para hacerlo. Le gusta mucho cantar y cuando lo hace quiere que el salón íntimo y familiar de su casa se convierta como por arte de magia en un gran escenario.

            Aquellos intentos iniciales son íntegramente operáticos; el conservatorio impone las  arias de locura, los duettos de amor, las marchas triunfales,  afirma Miguel Barnet. Prosigue el autor de Oficio de Ángel: “Pero Guanabacoa es un rico arsenal de música cubana.  Sus oídos aguzados perciben algo de ese rumor. Su sensibilidad de impregna de estas melodías que para una familia clase media están vedadas, al menos en apariencia. Pero ella solo necesita un golpe mínimo del tambor para que su sangre recupere de inmediato la sustancia buscada, la claridad perdida”.  Solo que un ligero escozor en la garganta le dificulta entonar los pregones callejeros, que serán el más rico tesoro de su repertorio futuro. Rita no se amilana. Alivia la irritación  con los trocitos de hielo que va sacando de un vaso de cristal. Más tarde sustituye el vaso por un ánfora de plata, pero el escozor seguirá siendo el mismo. Quizás peor.

            El 10 de octubre de 1922 marca un hito en nuestra historia. Se inaugura ese día la radio en Cuba. A las cuatro de la tarde, las notas del Himno Nacional, interpretado por la orquesta de Luis Casas Romero, dan paso al discurso de Alfredo Zayas, presidente de la República. Sigue un solo de violín y enseguida Rita interpreta Rosas y violetas, de José Mauri y Presentimiento, de Eduardo Sánchez de Fuentes. Es la señora Rita Montaner de Fernández pues cinco años antes, con 17, la artista contrajo matrimonio con el abogado Alberto Fernández Macías, que insistirá en acompañarla a todos sus conciertos, así como antes el padre la llevó de la mano al conservatorio. Vendrían después otros matrimonios. Relaciones maritales  atribuidas o reales. Como la del músico Xavier Cugat, con quien se presentó en Broadway. Afirma Cugat en sus memorias que se enamoró de Rita cuando ambos hacían estudios en el Conservatorio Peyrellade y que  contrajeron matrimonio en México. Nadie  lo cree, pero Carlos Palma, el abogado farandulero de la revista Show, afirmaba haber visto el certificado de la boda.

            En París, Josephine Baker se cambiaba de ropa entre bastidores para no perderse la actuación de la cubana. Rita cantará con Al Jolson y alternará con María Luisa Landín, Libertad Lamarque, Pedro Vargas… Se mueve en lo lírico y en lo popular. Se hará aplaudir  en el cine. Muy gustado fue en la radio su personaje de Lengualisa que, con sus bromas picantes, metía el dedo en la llaga de la realidad nacional para concluir con un invariable “mejor que me calle, que no diga nada” que sin embargo lo decía todo. La televisión la tuvo como una de sus figuras principales. Fue una artista, y ahí también está su grandeza, que no decayó. Murió en plena ascensión, como lo acreditan sus últimas actuaciones, como aquella madame Flora de La médium, de Menotti, que electrizó a los que la vieron y que evidenció que mucho podía aún esperarse de ella si la muerte no se hubiera cruzado en su camino.  

           

           

             

 

                       

Calles de la ciudad

Calles de la ciudad

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Una de las calles habaneras que más nombres ha tenido a lo largo de su historia, es la de San Juan de Dios, pese a las escasas cinco cuadras de su trazado, desde Aguiar hasta Monserrate o Avenida de Bélica.

              Los primeros habaneros la llamaron Del Padre Sánchez, por un sacerdote de ese apellido, apoderado del Hospital de Paula, que allí vivía.  Un poco más tarde, se le llamó Del Vigía del Morro, por su vecino Don Francisco Evia que tenía ese cargo en el castillo.  Posteriormente, se le conoció como Cerrada de Santa Catalina, al estar cerrado el paso hacia la bahía por el convento de este nombre que allí existió; luego, De la Pólvora, y, más tarde, con mucho sentido del humor, Del Progreso por ser   sitio de residencia de prostitutas y lugar de frecuentes escándalos y riñas.   Con una sola cuadra, entre las  calle de Habana y Compostela, quedaba entonces la que se conocía como San Juan de Dios, porque sobre ella daba  el fondo del hospital homónimo, calle interrumpida o separada de su otra parte por el citado convento.

            A partir del Siglo XVIII, se le conoce como Bomba. Hay dos versiones sobre la razón de ese nombre. José María de la Torre, un autor más antiguo y más próximo a los hechos, ofrece  quizás la más pintoresca.

            Según De la Torre, se denominó así por una bomba que durante el sitio de La Habana por los ingleses cayó en una de sus casas que se encontraba llena de milicianos, y que, aunque explotó,  no mató a nadie.  Por su parte, Manuel Pérez Beato, Historiador de  La Habana a comienzos del siglo XX,  sostenía que debía su nombre a cartel colocado en la fachada de un polvorín emplazado allí  y que decía: "Almacén de pólvora a prueba de bomba".

            Después de demolido  el antiguo convento, como lo fue el hospital, se unieron las dos calles formando una sola vía llamada indistintamente Bomba y San Juan de Dios. En 1923, el Ayuntamiento le dio el nombre de Julio de Cárdenas, como tributo al ex-alcalde municipal que poco antes había fallecido en la casa de la esquina con la calle  Habana y en cuyo lugar se fijó una lápida conmemorativa.  Llama la atención, que, en 1910,  este  alcalde  se había opuesto  a que calles o barrios de la ciudad llevasen  nombres de personas vivas y rechazó el acuerdo del Consistorio de cambiarle sus  nombres antiguos a calles de los barrios de Arroyo Apolo y Jesús del Monte por el de personas que ocupaban en esa fecha cargo de concejales.  Se opuso también a que en los edificios municipales se colocasen lápidas que consignaran  que la obra fue acordada o realizada por tal o cual alcalde municipal. Pero ninguno de esos acuerdos fue respetado por sus sucesores.   Finalmente, en 1936, se dio el  nombre de San Juan de Dios a  toda la  extensión de la vía.  

            Lagunas, calle del municipio Centro Habana que corre paralela a San Lázaro desde Galiano a Belascoaín, no tuvo tantos nombres como San Juan de Dios, pero le pica cerca. Se le conoció en un tiempo como de Los Vidrios, por los muchos que había en ella toda vez que era un basurero. En un momento determinado comenzó a llamarse por su nombre actual, debido a una charca existente en la zona, pero, cuando la laguna se rellenó, se le conoció por el de Seca y, sucesivamente, De las Canteras, San Francisco Javier y Del Baluarte hasta que recuperó el definitivo de Lagunas.

            Y ya que mencionamos a Galiano y Belascoaín, veamos el origen de esas denominaciones.

            Galiano debe su nombre a don Martín Galiano,  ministro interventor en las obras de fortificaciones de la ciudad, quien construyó un puente, que llevó su apellido, sobre la Zanja Real que recorría la actual calle de este nombre y surtía de agua a la ciudad.  Luego, en 1839, se construyó otro puente que permitía el paso  del ferrocarril que salía de la Estación de Villanueva,  que se encontraba en parte de los terrenos donde hoy se ubica el Capitolio.  Hasta 1842,  Galiano estuvo cerrada en la calle San Miguel por una manzana de casas. Desde ahí hasta San Lázaro, Galiano no era Galiano, sino  Montesinos, posiblemente un vecino o comerciante  del lugar.

            Como datos curiosos, añadiremos   que en la esquina de Zanja existió un baño público, que el terreno donde se encuentra la iglesia de Monserrate se conoció por el nombre De la Marquesa, por pertenecer a la marquesa viuda de Arcos y que en el entronque de Galiano con San Lázaro se encontraban las canteras de donde se extrajeron  piedras para  las primeras casas que con  ese material  se construyeron en  la villa.

            En  1917 se  dio a Galiano  el nombre oficial,  que no ha sido modificado nunca, de Avenida de Italia, como Belascoaín recibió, primero, el de Padre Félix Varela, rectificado enseguida por el de Padre Varela, aunque,  como sucede con otras muchas calles,  los habaneros prefirieron seguir llamándolas a la antigua. Belascoaín fue originalmente la Calzada de la Beneficencia, por hallarse el edificio de esa institución al comienzo de la vía, pero el capitán general Leopoldo O’Donnell, Conde de Lucena,  que gobernó la Isla con mano de hierro entre 1843 y 1848, prefirió darle el de un amigo, el teniente general  Diego León, Conde de Belascoaín, muerto trágicamente en España en 1841 sin que hubiera venido a Cuba jamás.

CAMBIO DE NOMBRES

Fue bajo el mando del gobernador Miguel Tacón que se rotularon por primera vez las calles de La Habana y se procedió asimismo a numerar  de los locales. Tal procedimiento se puso en práctica entre 1834 y 1838, y no volvió a hacerse hasta 1937. Dice el historiador Emilio Roig que tras el cese de la dominación española en Cuba, el Ayuntamiento habanero comenzó a cambiar los nombres de las calles de manera caprichosa e inconsulta, sin obedecer orden, plan ni sistema alguno, sino en respuesta a intereses personales, vanidades, razones políticas y adulonería. A veces, reconoce el historiador, el Ayuntamiento actuó movido por la buena voluntad. Pero cada cambio provocaba siempre la protesta del vecindario.

            Así, las calles Cocos y Correa, en Jesús del Monte, pasaron a ser  Alfredo Martín Morales y José Miguel  Gómez, respectivamente;  la Calzada de Luyanó empezó a llamarse Manuel Fernández de Castro, considerado por el Ayuntamiento como un benefactor de la ciudad; Santa Emilia, Antonio de la Piedra, Venerable Gran Maestro de la Gran Logia de Cuba, ya entonces fallecido, y a Melones se le dio el nombre de José Antolín del Cuento, que era el del abogado de los propietarios del reparto donde esa calle se encuentra ubicada. Al Vedado, cuyas calles se identifican con letras y números, le tocó también su cuota de cambios, y la calle 17 fue la Avenida de España, y 11, Fernando Figueredo. Años después, en 1927,  los concejales del Ayuntamiento, en un acto de sublime  guataquería, nombraron Avenida Presidente Machado a 23.  Y, cosa curiosa, ese nombre perduró hasta tres años después de la caída de la dictadura porque nadie recordaba que ese era hasta entonces su nombre oficial. Justo es reconocer en este punto que José Miguel fue totalmente ajeno a que se diese su nombre a la calle Correa.  Ocurrió incluso antes de que tomase posesión de la Presidencia de la República. Y todavía es el nombre oficial de esa calle.

            Fue el propio Emilio Roig, en 1935, quien propuso que se restituyese a las calles habaneras sus nombres antiguos, tradicionales y populares, siempre que no hirieran el sentimiento patriótico del cubano. Los nombres de próceres o de celebridades nacionales de la cultura y de la ciencia con los que se rebautizaron esas calles, debía reservarse, a juicio del historiador, para calles nuevas o innombradas. Proponía además que no se diese a ninguna calle, calzada o avenida nombres de personas vivas o que no tuviesen al menos diez años de muertas, y que no quedara al arbitrio de los dueños de las nuevas urbanizaciones la denominación de sus calles. Los argumentos de Roig tuvieron aceptación por parte de las autoridades.

A CAPRICHO

Del nombre de un vecino que sobresalía entre los demás, de un establecimiento comercial, de un hecho curioso ocurrido en ella, de una iglesia, de un árbol… iban  tomando y variando  las calles  sus denominaciones a medida que La Habana crecía. Aguacate se llama así por el frondoso aguacatero del huerto del antiguo convento de Belén, árbol  talado en 1837. Bernaza, por un panadero de la zona. Gervasio, por Gervasio Rodríguez, propietario de una famosa conejera que se hallaba en la esquina de la calle Lagunas. Escobar, por un regidor del Ayuntamiento que vivió en una de las primeras casas que en ella se construyeron.  Ejido, desde Lamparilla hasta Muralla, se llamó Del hombre caído, por un vecino que tuvo la desgracia de caer desde el techo de su casa. Calle trágica, por lo demás, porque en ella, frente al convento de las Ursulinas, se alzaba la tenebrosa horca, trasladada en 1810 para la explanada de La Punta, donde cayó en desuso en 1830 para dar paso al no menos tenebroso garrote. Por cierto, como las ejecuciones eran públicas, mientras se ahorcaba a un sujeto,  un viejo religioso pedía limosnas entre los presentes a fin de ayudar con lo recaudado a la familia del condenado o propiciarle un entierro decente. Solicitaba  las donaciones al compás de dos campanillas, que hacía sonar con insistencia. Luego, cuenta la tradición, viejas devotas conseguían que el  sacerdote les prestase aquellos adminículos. Las llenaban de agua para dar de beber a los niños. Decían que favorecía la dentición.

REINA Y MONTE

El habanero nunca ha asimilado los nombres oficiales de las  calzadas de Reina y Monte.  Sucede lo mismo con Carlos III.  

            Monte era,  de ahí su nombre,  el camino del campo. Se le llamó primitivamente De Guadalupe, por la ermita donde se rendía culto a esa virgen, y porque conducía al ingenio de ese nombre, en Santiago de las Vegas. Pero ya a mediados del siglo XIX se le denominó de manera oficial Príncipe Alfonso. Un Borbón que llegaría al trono español como Alfonso XII. Por Monte entró Máximo Gómez a La Habana, finalizada ya la Guerra de Independencia, y así la bautizó el Ayuntamiento en 1902. Pero esa denominación  no prendió y sigue sin prender. Reina, llamada así por Isabel II, la de los tristes destinos y los alegres amores,  recibió el nombre oficial de Simón Bolívar en 1918 y muy pocos parecen estar enterados. El uso y la costumbre actuaron también aquí negativamente. Persiste el nombre antiguo y casi nadie la conoce por el nombre honroso del Libertador. Tuvo antes  otros nombres. Camino de San Antonio, por conducir a ese ingenio, en la zona de la actual Plaza de la Revolución, y de San Luis Gonzaga, por una ermita situada a la altura de Belascoaín. Fue la primera salida de la ciudad hacia el campo hasta que la construcción del puente de Chaves sobre Monte permitió el acceso también por esa vía.

(Con documentación del doctor Ismael Pérez Gutiérrez)     

 

 

           

           

           

           

 

 

 

 

 

Bandidos y verdugos

Bandidos y verdugos

Ciro Bianchi Ross

 

Allá por el mil ochocientos ochentitantos don Luis Prendergart y Gordon, gobernador general de la Isla de Cuba, no encontró forma mejor para acabar con el bandidismo que entonces asolaba a la colonia que la de parlamentar con los bandidos. El jefe de banda dispuesto a deponer su actitud recibía como compensación el indulto, un pasaporte para viajar al exterior y 2 000 pesos oro que se le entregaban de manera oficial, mientras que por debajo del tapete se le deslizaban otros 5 000. En ese admirable negocio se enrolaron Chamendis, Lengue Romero, Víctor Fragoso y Manuel Galano, entre otros cabecillas notorios, pero cuando Prendergart concluyó su mando, en 1883, ya todos estaban de vuelta y operaban a sus anchas. Solo uno no aceptó la capitulación. El temido Victoriano Machín se las arregló para hacerle saber al Capitán General que por menos de 50 000 no se iría a ninguna parte porque esa era la cantidad que, más o menos, le reportaban cada año sus fechorías.

            En los campos de Pinar del Río y en zonas del oeste de La Habana, Machín sembraba, con su banda, el terror y la muerte; actuaba con total  impunidad hasta que un día del mes de agosto de 1888, Francisco Fajardo, un honesto ciudadano de Guanajay, condujo a las autoridades hasta el lugar donde se ocultaba el delincuente y las dejó sin alternativa. El 28 del propio mes lo juzgaron en el Castillo de la Fuerza y lo sentenciaron a muerte. Igual condena recibió su hermano, que había sido capturado en su compañía.

            El día 3 de septiembre, sin embargo, cuando se llevaba a cabo el conteo de presos en el Castillo del Príncipe la celda que ocupaban los Machín, el calabozo 16 y medio, estaba vacío. Habían limado los barrotes de la pequeña claraboya que se alzaba a 11 varas del suelo y se habían escurrido hacia los fosos por una cuerda de algodón encerada de menos de un dedo de diámetro. Fue tal el escándalo que provocó la fuga que se dispuso de inmediato la detención del alcaide del Castillo. Pero ahí no paró la cosa, pues apenas un mes después, Victoriano Machín se presentaba en Guanajay y a la luz pública dada muerte a Francisco Fajardo. Veintiséis machetazos se le contaron en el cuerpo.

            Aquello era más de lo que España podía resistir. La repercusión de la fuga de Machín y el asesinato de Fajardo fue en Madrid atronadora y la Corona decidió la destitución del gobernado Sabás Marín. Se nombraba en su lugar al teniente general Manuel Salamanca y Negrete, hombre rígido, inflexible, severo y honesto, que acometió en Cuba, con éxito, una campaña feroz contra los bandidos de abajo, pero otro sería el cantar cuando detectó en su gobierno una malversación de 14 millones de pesos y quiso proceder contra los bandidos de arriba. Murió de la noche a la mañana sin que pudiera diagnosticarse la enfermedad que lo llevó a la tumba. Se dice que lo envenenaron.

EL MINISTRO EJECUTOR

Al hacerse cargo de la administración colonial, el 13 de marzo de 1889, Salamanca responsabilizó a todas las autoridades civiles y militares y, desde luego, a la Policía con los actos que los bandidos pudieran cometer, y advirtió que bajo su mando no se seguiría proceso alguno por “infidelidad en la custodia de los presos”, pero que podría suceder que por alguna confusión lamentable se le aplicase la ley de fuga al custodio que permitiera la evasión de un prisionero. Poco después, Victoriano Machín y su suegro, el también bandido José Eusebio Moreno, eran detenidos en la ciudad de Cienfuegos, trasladados a La Habana y encerrados en la Cabaña, donde Victoriano esperaría el día en que sería ejecutado.

            Desde mucho tiempo atrás La Habana no presenciaba una ejecución. El verdugo, que recibía el pomposo título de ministro ejecutor, tuvo que ser traído desde Camagüey, donde residía. Se llamaba José Cruz Peña, era natural de la ciudad española de Badajoz, y aunque ejercía su ministerio desde muchos años  antes no había tenido ocasión de privar a nadie de la vida.

            La llegada de Cruz Peña a la capital fue todo un acontecimiento. Arribó a bordo del vapor Avilés y su paso desde el muelle de Caballería hasta la cárcel fue seguido por millares de habaneros de todas las clases sociales, entre los que no faltaban los que le solicitaban el autógrafo. Era alto, de buena presencia, de pelo y bigote rubios. Envaselinado y perfumado, vestía una chaquetilla azul fileteada en rojo de corte irreprochable.

            Ante una multitud que nunca antes se vio en la ciudad se llevaría a cabo la ejecución de Victoriano. El terrible bandido, que tenía más de 30 asesinatos sobre sus espaldas, se portó, llegado el caso, como un cobarde; lloraba, suplicaba, se arrodillaba, se arrastraba por el suelo… Tuvieron que cargarlo para sentarlo en el garrote, y una vez allí, con las manos atadas, trató de morder al verdugo, aquel pintoresco ministro ejecutor que, de tan acobardado que estaba también, cayó al suelo desmayado.

VALENTÍN

 

Entró entonces en escena Valentín Ruiz Rodríguez. Había nacido en Matanzas, tenía 22 años de edad, cumplía una condena de 15 por homicidio y era el ministro ejecutor asistente, aunque tampoco había ejecutado a nadie. Frío, sereno, casi sonriente se acercó al garrote, dio media vuelta a la palanca y terminó con la vida de Victoriano Machín para pasar a ser, a partir de ese día, el verdugo oficial.

            El general Salamanca había prometido que bajo su gobierno aquella máquina infernal no descansaría en Cuba y cumplió su promesa. Bien pronto se vio a Valentín con el garrote, que era itinerante, en Jovellanos, Guanajay, Santa Clara, Matanzas, Colón, Remedios… Veinte ejecuciones en menos de un año y medio. “Hasta de matar se cansa uno”, dijo un día Valentín, molesto. “Ese es tu oficio”, ripostó alguien, y el verdugo, recapacitando, añadió: “¡Es verdad! Me había olvidado que somos como un circo de caballitos que vamos de pueblo en pueblo y sin podernos quejar…” Otro día, en que debió agarrotar, de pegueta, a tres condenados, comentó: “Tres ejecuciones seguidas es un abuso. No volveré a ejercer mi sagrado ministerio si no me pagan el doble y por adelantado”. Sin embargo esta vez había impuesto un récord: demoró 14 minutos justos en despachar a los tres supliciados. En más de una ocasión pidió que le pusieran un ayudante, “aunque me haga la competencia”. En verdad, se lucía en su oficio y le gustaba. No era raro que manejara la palanca del garrote con una sola mano, lo que ocasionaba sufrimientos enormes al condenado, y,  a veces, sobre todo cuando había muchas mujeres en el público, lo hacía con tanta violencia que el corbatín de la máquina desarticulaba de manera espantosa la cabeza del tronco.

            Con todo se topó Valentín durante el ejercicio de su cargo de verdugo oficial. Gente que se enfrentaba a la muerte acobardada, y otros que lo hacían con una sonrisa a flor de labios. Algunos llegaban al garrote en son de fiesta y no faltó –el dato es estrictamente cierto- quien lo hiciera cantando y bailando el zapateo. Cierta vez debió ejecutar a Pablo Cantero, un espirituano de 33 años y vecino de Camajuaní quien para fugarse había dado muerte al custodio. Apresado de nuevo, intentó suicidarse para librarse del garrote. Valentín se esmeró con el herido. Día y noche permaneció a su lado prodigándole atenciones y cuidados, tantos que el médico del penal, conmovido, le preguntó si eran viejos amigos. “Nada de eso, aclaró Valentín, lo que pasa es que firmé un vale por 30 pesos por levantar el patíbulo y si el hombre se me muere antes me desgracio porque tendré que pagarlos”.

            La influencia y autoridad de Valentín Ruiz Rodríguez llegaron a ser casi inapelables en el “sector”. Cuando se trató de estrenar en Cuba el nuevo garrote adquirido por la Audiencia de Matanzas, el verdugo se opuso de plano y se negó con firmeza. Afirmó: “¡Eso de usar máquina nueva no va conmigo! Respondo solo por lo que yo manejo… Hasta ahora ningún cliente se me ha quejado”.

            Y el garrote de Matanzas quedó apartado en un rincón.

           

Su foto al minuto

Su foto al minuto

Ciro Bianchi Ross

 

Antes eran muchos y se les veía donde quiera que hubiera afluencia de público: la Fuente de la India, el Parque Central, la Plaza de la Fraternidad, los jardines del Capitolio… Cubanos y chinos, en una feroz competencia, controlaban  el negocio. Hoy los chinos desaparecieron y solo unos pocos cubanos se concentran frente al último de los lugares mencionados. Saben que todo el que pasa por La Habana quiere ver ese edificio, el más fastuoso de la capital, con su imponente escalinata y su cúpula  que se alza a 94 metros desde el nivel de la acera, y que en su estilo solo es superada   por la de San Pedro, en Roma, y la de San Pablo, en Londres, con 129 y 107 metros de alto respectivamente. El  sitio impone  al visitante a tomarse una foto, y para eso están ellos allí, en espera de quien desee que sus máquinas misteriosas lo perpetúen.

            Son, así se llaman ellos mismos, los fotógrafos minuteros,  capaces de tomar, revelar e imprimir una foto en cuestión de minutos, y de hacerlo con un equipo que parece tener más de magia que de técnica. Una simple caja a la que incorporaron elementos de cámaras fotográficas desactivadas o en desuso, soviéticas e incluso norteamericanas,  y que tiene adosada una manga por la que el fotógrafo trastea en el interior del aparato. Porque esas cámaras antediluvianas, de trípode, ajenas a  cualquier invento reciente, tienen su laboratorio dentro. Antes eran de un tamaño mayor y la manga estaba confeccionada con un retazo  de tela negra. Ahora la manga puede ser   un pedazo de la pata de un pantalón de mezclilla y desaparecieron de los costados de la caja aquellas fotos en forma de corazón o de flores que tanto llamaban la atención de determinados clientes.

            Su principio es el de la cámara oscura. No usa rollo. Se vale de papel fotográfico virgen donde, al abrir el fotógrafo el lente, queda atrapada en negativo la imagen que quiere captar. Lograrla es todo un arte. Sitúa el fotógrafo a su objetivo, lo acomoda en el pedacito de Capitolio que escogió para la foto,  le arregla, si es preciso,  algún detalle de la ropa y, ya en posición detrás de la cámara, le pide que no se mueva. Aprieta entonces el disparador y empieza a contar: uno, dos, tres, cuatro… y a los diez segundos deja de oprimirlo. Por la manga introduce la mano en la cámara. Dentro hay dos cubeticas; una con el revelador y con el fijador la otra. Mete el papel que atrapó la imagen en la primera de ellas y cuenta hasta llegar al minuto, cuando lo pasa a la otra cubeta para darle un minuto más. Todo es cuestión de tiempo más que de vista. Pero con el ojo pegado a una pequeña abertura puede el fotógrafo seguir el proceso mientras que por una ventanita de vidrio especial  que hay al costado del aparato y que abre y cierra a discreción, deja entrar la luz suficiente para ver al sujeto fotografiado sumergido en los pozuelos. Cuando saca el papel, lo seca con una pequeña toalla. El proceso está a punto de concluir. Basta solo llevarlo  a positivo. Lo coloca entonces en una tablita frente a la cámara y, con un lente de acercamiento, lo consigue.

            Ya está lista la foto. La prisa con se hizo conspiró contra su calidad y no es raro que esté desenfocada. Pero el fotografiado paga sin chistar el precio pactado y sonríe contento y  agradecido. Quizás la foto pudo hacérsela él mismo, con esa cámara fenomenal que le cuelga del cuello. Pero se ha dado el gusto de que lo fotografíen con una cámara que no encontrará en ninguna otra parte del mundo y teniendo como fondo el Capitolio de La Habana,  un coche tirado por caballos o una de esos automóviles  imprevisibles que conforman el museo rodante de la ciudad.   

           

De repente en el verano

De repente en el verano

Ciro Bianchi Ross

 

Con la misma facilidad con que se las puso y las usó sin que apenas las necesitara, se desembaraza el cubano de sus ropas de invierno y desde que se anuncia la inminencia de la Semana Santa está ansioso por irse a la playa. Poco importa que falte aún  para el inicio de la temporada. Las noches siguen siendo frescas, pero el calor asoma su oreja peluda y él se siente de repente en el verano. No en balde es este un país que cuenta con unos  330 días de sol al año.

            Para el cubano promedio, la playa es la diversión máxima, la mayor distracción, el mejor de los estímulos, el sitio ideal para ganar o perder el tiempo. El paraíso y la aventura. Un domingo en la playa, gratifica,  compensa del esfuerzo de los días precedentes, aunque a la postre se  termine más cansado que la víspera. Si la estancia es de una semana o más, la alegría desborda los límites e invade a toda la familia. Unas vacaciones en la playa confirman como pocas cosas el carácter gregario del cubano. Parientes cercanos y lejanos, amigos, amigos de amigos, vecinos y conocidos… a todos invita para que también disfruten. Luego habrá que hacer malabares porque la reservación incluía hospedaje y comida para cuatro personas y no para las 16 que aceptaron el convite y terminaron haciendo fila delante del urinario.

            Hay diversos tipos de playeros. El que creyéndose el mejor se traza metas imposibles, invita a competir a cuantos encuentra a su paso y despierta de su sueño olímpico con el  boca a boca que le da el salvavidas que lo rescató. Y el que se pierde en la contemplación de un paisaje que incluye a las muchachas que deambulan por la arena con sus tangas mínimas y adheridas a la generosa anatomía. El que, acorde con los tiempos, quiere cuidarse tanto del sol que más le hubiera valido quedarse en casa. Y el que se  lo coge para él solo y termina con quemaduras de segundo grado en la espalda que lo obligan a buscar asistencia médica y lo colman de preocupaciones y molestias en los días subsiguientes. Hay gente que se achicharra al sol cuando va a la playa. Es la forma que tiene de demostrarle  a los demás donde pasó su asueto.

            Pese a que las ofertas recreativas se multiplican aquí durante los meses de verano, ninguna supera a la de la playa. No siempre fue así. En el lejano ayer, las familias más opulentas lo  pasaban  fuera de La Habana, bien en el campo o en la periferia y  aprovechaban la cercanía de los ríos para procurarse ratos de solaz y esparcimiento, hasta que poco a poco surgieron en la costa  los llamados “baños”; playas artificiales que la construcción y las sucesivas ampliaciones del Malecón habanero terminarían tragándose en el siglo XX.  Todavía en 1930 Varadero era un paraje desierto y casi desconocido, las playas de Marianao comenzaron a explotarse en la década del 20  y no fue hasta después de 1944 cuando  las Playas del Este de La Habana contaron con  un acceso fácil y rápido. Entre esos años el cubano se quitó la chaqueta,  desanudó la corbata y soltó el sombrero  para portar la cubanísima guayabera y quedar, a la larga, en mangas de camisa a secas.

Hoy los más jóvenes vuelven a privilegiar los baños en la costa y, con el pretexto del calor, el vestuario y las costumbres siguen simplificándose con olvido de que el clima siempre ha sido en Cuba más o menos el mismo. A partir de 1771 los habaneros dispusieron del hielo, traído  desde Veracruz y Boston,  para mitigarlo, si bien comenzó a importarse con fines medicinales. Los arquitectos coloniales aprendieron a sacarle el mayor partido posible a las brisas. Se vivía de cara a la calle,  con las ventanas abiertas y las familias se reunían y recibían en el lugar más fresco de la casa. Quedaba aún el recurso del abanico que, con sus revoloteos y cierres, trasmitía un lenguaje de coquetería en que fueron expertas las cubanas.

 Las aguas del mar regalan en Cuba una temperatura promedio anual de 25ºC. Por eso se dice y se repite que es posible disfrutar de sus playas durante todo el año. No es un mero slogan publicitario. Es la verdad monda y lironda.   

           

           

 

Presidentes

Presidentes

Ciro Bianchi Ross 

¿Sabía  usted que la antigua provincia de Las Villas, en el centro de la Isla,  fue el territorio que más nombres aportó a la presidencia de la República de Cuba entre 1902 y 1959? ¿Que no hubo ningún camagüeyano que llegara a desempeñar la primera magistratura y que tres de los que lo hicieron nacieron en el exterior? ¿Que de los presidentes de Cuba seis fueron abogados y dos médicos, y que hubo incluso un graduado de Filosofía y Letras y dos ingenieros? ¿Que de los de extracción más humilde fueron los que más se amillonaron en el ejercicio del poder? ¿Conoce usted lo que el periodista Mario Kuchilán, hace muchos años  llamó “el sino de los Carlos”? Pues sí, entre 1902 y 1959, llamarse Carlos fue fatal para los presidentes cubanos.

De estas y otras cosas que atañen a los mandatarios  anteriores a 1959  estaré hablando en seguida.

 

BREVES Y BREVÍSIMOS

 Hubo aquí presidentes constitucionales y otros que no lo fueron, y hubo también quienes ocuparon con carácter provisional la jefatura de la nación. Entre los primeros, Carlos Prío no llegó a completar el mandato de cuatro años, para el que fue elegido en 1948 porque se lo impidió el golpe de Estado que en el 52 dio Batista. Tampoco pudo completarlo Miguel Mariano Gómez, juzgado y destituido por el Senado siete meses después de su toma de posesión, en 1936. Estrada Palma, García Menocal y Gerardo Machado se hicieron reelegir, y las consecuencias fueron terribles. El primero se vio obligado a renunciar; Menocal, aunque retuvo el poder hasta el final, provocó con su actuación la llamada revuelta de La Chambelona, y Machado fue derrocado por una revolución. De los mandatarios provisionales, Carlos Manuel de Céspedes duró 23 días en el cargo, y Grau San Martín en su primer período (1933-34) algo más de cien. Su sustituto, Carlos Hevia, fue presidente entre el 14 y el 18 de enero del 34, y Carlos Mendieta lo fue entre ese día y el 12 de diciembre del año siguiente, cuando cedió paso a José Agripino Barnet, que ocupó el cargo hasta el 20 de mayo de 1936. Andrés Domingo y Morales del Castillo fue, al amparo de Batista, presidente entre agosto del 54 y febrero del 55. Federico Laredo Bru asumió la magistratura al ocurrir la destitución de Miguel Mariano; su mandato, por tanto, tampoco fue completo.

De esos presidentes breves, los brevísimos fueron el general Alberto Herrera y el periodista Manuel Márquez Sterling. El primero sustituyó a Machado el 11 de agosto de 1933 y no llegó a cogerle el gusto al cargo pues, siguiendo instrucciones de la embajada norteamericana,  lo traspasó a Céspedes al día siguiente. Márquez Sterling duró menos. Juró la presidencia, en una habitación del Hotel Nacional de Cuba  y a la luz de una vela, al filo de las seis de la mañana del 18 de enero del 34 y la soltó a las 12 meridiano del propio día. La República estaba acéfala por la renuncia de Hevia y correspondía a Don Manuel como Secretario de Estado la sustitución reglamentaria hasta que Mendieta, impuesto por el entonces coronel Batista, asumiera.

 

ORIGEN, PROCEDENCIA

 En Las Villas nacieron José Miguel Gómez y su hijo Miguel Mariano (ambos en Sancti Spíritus), Machado (Santa Clara), Herrera y Mendieta (San Antonio de las Vueltas) y Laredo Bru (Remedios). Curiosamente también eran villareños Manuel Urrutia Lleó  (Remedios) y el cienfueguero Osvaldo Dorticós Torrado, ambos abogados,  que no entran en este recuento porque ocuparon la presidencia a partir de 1959. Dorticós fue el último en desempeñar tal cargo, que desaparecería en 1976, cuando la Constitución que entró en vigor entonces creó el cargo de Presidente del Consejo de Estado. En Matanzas (Jagüey Grande) nació Menocal. Pinareños eran Grau (La Palma) y Prío (Bahía Honda). Hevia y Alfredo Zayas nacieron en La Habana; el último de ellos en el Cerro. En Oriente, Estrada Palma (Bayamo), Batista (Banes) y Andrés Domingo (Santiago). Nacieron en el exterior Céspedes (Nueva York), Márquez Sterling (Lima) y Barnet (Barcelona).De esas 17 figuras —no se olvide que Grau y Batista ocuparon la presidencia en dos ocasiones diferentes—  tenían títulos de abogados Zayas, Céspedes, Miguel Mariano, Andrés Domingo, Laredo y Prío. Menocal y Hevia eran ingenieros, graduados ambos en Estados Unidos, el primero en Cornell y el segundo en Anápolis. Estrada Palma era graduado,  en La Habana, de Filosofía y Letras, y empezó a estudiar Derecho en España, pero abandonó la carrera cuando, a la muerte de su padre, regresó a Cuba, a fin de administrar el cuantioso patrimonio familiar, que le confiscarían durante la Guerra de los Diez Años. Grau y Mendieta eran médicos. Grau,  un excelente clínico y tisiólogo, profesor de Fisiología de la Universidad de La Habana. Cuando asumió la presidencia por segunda vez, en 1944, pidió que se le hiciera la auditoria de sus bienes y el arqueo arrojó que su capital ascendía a 72 000 pesos. Antes de abandonar el cargo en 1948 solicitó otro inventario y su fortuna personal había descendido a 22 000. Declaró entonces que el haber estado apartado de la Medicina durante cuatro años lo había empobrecido.José Miguel era bachiller y no continuó estudios universitarios porque se incorporó a las filas del Ejército Libertador durante la Guerra de los Diez Años. Machado y Batista no superaron la enseñanza primaria. Herrera provenía de las filas del Ejército. No consta en las biografías que tenemos al alcance que Barnet ni Márquez Sterling hicieran estudios superiores. El primero estuvo toda la vida en el servicio exterior de la República. El segundo ya a los 15 años era periodista. Es uno de los grandes periodistas cubanos de todos los tiempos.

De esas figuras, el de mayor edad al asumir el poder fue Barnet (71 años) y el más joven, Carlos Hevia (34). Batista alcanzó su primer mandato con 39 y se cogió el  segundo, con 51.  Estrada Palma llegó a la presidencia con 70 años, Céspedes y Márquez Sterling, con 62, Zayas, con 60 y Mendieta y Laredo, con 61. Estaban en la quinta década de sus vidas al llegar al poder, Machado (54) y José Miguel (51). Grau tenía 51 años en su primer mandato, y 62 en el segundo. Menocal y Miguel Mariano, 47.  Prío, 45,  Urrutia llegó a la presidencia con  58 años, y Dorticós,  con 40.

 

APODOS, MATRIMONIOS, ETC.

 A diferencia de José Miguel, Miguel Mariano, Grau, Mendieta... que nacieron en cuna rica, Machado tuvo un origen muy humilde y en un momento de su vida fue obrero agrícola. Batista se metió a soldado, que era una carrera para los pobres, y se sabe que Prío llegó a concurrir a la universidad con los pantalones remendados... Los tres se enriquecerían a costa del Tesoro de la nación.A Machado le apodaban El Mocho, porque perdió el índice de la mano izquierda  mientras trabajaba como carnicero en su región natal. A José Miguel le apodaron Tiburón,  por lo que mordía, y a Menocal, El Mayoral porque fue administrador del central azucarero  Chaparra, de propiedad norteamericana. . A Zayas le decían El Pesetero, ya que se conformaba con poco siempre que la gota no dejara de caerle en el bolsillo. A última hora transó con Machado y se comprometió a ayudarlo a alcanzar la presidencia a cambio de cinco humildes milloncitos que recibiría,  en cuotas, de la Renta de la Lotería Nacional. Por cierto,  Zayas recibió en 1913  la encomienda de escribir una Historia de Cuba, y la República le pagó por esa tarea un salario de 500 pesos mensuales hasta su muerte, en el 34. No parece que escribiera una sola línea. Volviendo a lo de los apodos, Grau fue El Viejo, en atención a su edad, y, por lo enrevesado y repetitivo de su oratoria, El Divino Galimatías;  Mendieta era el Solitario de Cunagua, y a Batista, ávido de una popularidad que nunca tuvo, debía resultarle grato oírse llamar El Guajirito de Banes.Todos estos 17 presidentes estaban casados, menos Grau, que era un solterón empedernido. Sus amores platónicos y epistolares con una enfermera norteamericana se extendieron desde 1932 hasta 1965.  Dos de esos mandatarios  contrajeron matrimonio con extranjeras; Céspedes con la italiana Laura Bertini, y Estrada Palma con Genoveva Guardiola, a la que pescó cuando fue director de Correos en la República de Honduras y Genoveva era la hija del Presidente hondureño.  De las Primeras Damas, la más bella fue sin duda Mary Tarrero, la mujer de Carlos Prío. América Arias, esposa de José Miguel y madre de Miguel Mariano, fue  una gran señora respetada por todos;  se curtió como mensajera del Ejército Libertador  en los días de la Guerra de Independencia. Mariana Seba de Menocal compraba en París collares que no podía darse el lujo de adquirir Victoria Eugenia, la esposa de Alfonso XIII, rey de España. La más humilde fue Genoveva Guardiola,  que sentada en un balcón de Palacio zurcía las medias del marido, que, por otra parte, solo tenía tres trajes. Estrada Palma fue el más tacaño de los presidentes cubanos, y Menocal el más manirroto. La prensa británica, en 1969, proclamaba a Batista el hombre más rico de España, mientras que Prío, en Miami, se declaraba pobre de solemnidad, no porque perdiera su fortuna sino porque la traspasó íntegra a su esposa. Grau, en La Habana, disfrutó durante sus últimos años de una pensión de 500 pesos mensuales, que le otorgó el Gobierno Revolucionario.  Aunque los mandatarios cubanos no tenían  jubilación, el único que volvió a trabajar,  una vez cesado en la presidencia,  fue Barnet. Terminó sus días como empleado del Ministerio de Estado, donde había sido titular de la cartera. Márquez Sterling murió en Washington, en 1934,  en el desempeño de una misión diplomática, y Machado, en Miami, en 1939.  En los años 40 el Congreso de la República dispuso que sus restos nunca pudieran ser traídos a Cuba. En calidad de exiliados fallecieron, también en Estados Unidos, Carlos Hevia y Carlos Prío, que se suicidó en 1977. Había pedido en una carta  que transcurridos cinco años de su muerte, sus restos se trajeran a Cuba, fuera cual fuera el sistema político imperante en la Isla ya que quería descansar para siempre al lado de su madre, doña Regla Socarrás, Capitana del Ejército Libertador.  Su viuda e hijas  han  sido remisas  a cumplir esa última voluntad. Mendieta falleció en La Habana, en 1960, y Grau, también en esta capital, en 1969. Batista murió en España, en 1973, y Urrutia, en Estados Unidos.   El resto murió en Cuba antes del triunfo de la Revolución. Tal fue la pasión de Mendieta por los gallos finos o de pelea que existe  una raza de esos animales que lleva su apellido.  ¿Qué hay del sino de los Carlos? Sucede, decía el periodista  Kuchilán en sus fabularios, que ningún presidente con ese nombre llegó en Cuba a completar su mandato y salió de la presidencia como bola por tronera. Así le sucedió a Céspedes, a Hevia, a Mendieta y a Prío. Otro hubo de nombre Carlos que ni siquiera pudo tomar posesión, Carlos M. Piedra y Piedra, que el primero de enero de 1959 fue llamado a la Ciudad Militar  de Columbia y quiso hacérsele presidente en sustitución de Batista, por ser el magistrado más antiguo del Tribunal Supremo. Pero el propio tribunal se negó a tomarle juramento y Piedra se la dejó en la mano al general Eulogio Cantillo, jefe de la junta militar,  y volvió a su casa. Murió viejísimo en La Habana.          

Presencia de Eduardo Saborit

Presencia de Eduardo Saborit

Ciro Bianchi Ross

 Era un hombre cariñoso, comunicativo y amable y un compositor prolífico que  con altos vuelos llevó  la música campesina al pentagrama. En dos ocasiones pusieron en  manos de Eduardo Saborit  un cheque en blanco para que escribiese él mismo la cantidad que quería recibir: Cuando escribió Conozca a Cuba primero y la petrolera Esso quiso utilizarla en sus campañas publicitarias, y cuando, en los años iniciales  de la Revolución, la agencia de publicidad para la que laboraba en La Habana insistió en que se fuese a vivir y a trabajar a Puerto Rico. Ninguna de las dos veces se dejó comprar. En la primera,  alegó que no vendía a una empresa extranjera lo que componía para su país. La respuesta, en la segunda ocasión, fue más contundente. Escribió Cuba qué linda es Cuba, una canción que le ha dado la vuelta al mundo.

            “Oye, tú que dices que tu patria / no es tan linda. / Oye, tú que dices que lo tuyo / no es tan bueno, / yo te invito a que busques /  por el mundo/ otro cielo tan azul / como tu cielo…”

            Es su canción más emblemática y conocida. Se estrenó formalmente durante el I Congreso de los Escritores y Artistas Cubanos, en 1961, fecha en que también se acometía en Cuba la Campaña Nacional de Alfabetización, una proeza que hizo que más de 700 000 personas aprendieran a leer y a escribir en el plazo de un año. Saborit se entregaría en cuerpo y alma a esa tarea. Sin importarle parajes intrincados, ríos crecidos, noches a la intemperie, comidas al paso y escenarios improvisados, recorre  la Isla como parte de un colectivo de importantes artistas que llevan un poco de esparcimiento a los brigadistas alfabetizadores. Y tras  la invasión mercenaria de Playa Girón, perpetrada en ese mismo año, la dirección del país le encomienda que se traslade a  la zona agredida  y converse con los jóvenes que allí alfabetizan para que después  dé cuenta de ello a sus familiares.

            Fue  el autor del Himno de la Alfabetización y de la marcha Cumplimos, que se cantó en la Plaza de la Revolución  cuando finalizó la gesta. Pero valiéndose del mismo tema  sabría el compositor elevarse sobre la consigna y la contingencia del momento para escribir Despertar, popularizada por Esther Borja; melodía memorable y conmovedora en su lirismo. “Cuántas cosas ya puedo decirte / porque al fin he aprendido a escribir / ahora puedo decirlo en mis cartas / ahora empieza mi amor a vivir. / Ya la patria me ha dado un tesoro, / he aprendido a leer y a escribir”.

            Eduardo Saborit nació en Campechuela, región oriental de la Isla, en 1911. A los 14 años formaba parte ya de la banda de música de su pueblo natal, y con ella estuvo hasta que un médico le recomendó que dejase de tocar instrumentos de viento. Se decidió entonces por la guitarra, instrumento que lo acompañaría hasta la muerte. Formó parte del trío Clave Azul y Ensueño, y,  ya en La Habana,  se dedicó a la creación de jingles publicitario sin dejar de componer.  Los géneros musicales  no parecieron tener límites para él. Escribió boleros, guarachas, canciones... Cantó al amor. A la mujer. A la vida.  Al paisaje. A los símbolos y atributos  patrios. Una obra cubanísima la suya. De una cubanía auténtica que le viene de raíz.  Dice en una de sus piezas: “Quiero un sombrero / de guano, una bandera. /  quiero una guayabera / y un son para bailar”.

            Todo pasó demasiado de prisa para Eduardo Saborit. Tenía 51 años. La salud empezó a fallarle, perdió peso y el médico le indicó un reposo que el compositor se negó a cumplir; tenía demasiadas cosas que hacer. Llegó así una noche que parecía  sería como las otras. Conversó con su médico por teléfono y antes de retirarse a dormir pasó por  la cuna de su sobrino y le cantó hasta dejarlo dormido. Luego se acostó. Veinte minutos después estaba muerto.  Había dejado bien afinada la  guitarra.